ccc

Mostrando las entradas para la consulta La aventura ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta La aventura ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

Lago Ness (1996) de John Henderson (por Diego Vinagre Nevado)

El lago Ness ha sido una fuente constante de atracción en nuestro pensamiento por todo el halo misterioso que impregna su leyenda y también por el romanticismo de sus maravillosos paisaje. Esta leyenda comenzó a tener una gran dimensión en el año 1933, cuando un periódico local publicó una información realizada por una pareja que había avistado a un monstruo marino nadando sobre la superficie; a partir de descripciones realizadas por otras personas, e incluso fotografías, extendieron aún más la rumorología sobre la existencia de un ser misterioso que poblaba las frías aguas del inmenso y estrecho lago; todo ello unido al estreno dentro del mundo del cine de la mundialmente famosa película "King Kong", despertó dentro del público una ola de fascinación hacia todo lo relacionado con lo monstruo.

Para encontrar las primeras señales de esta leyenda hay que remontarse hacia el año 565 D.C cuando el poeta irlandés San Columbano arribará al lago Ness y conocerá de boca de los lugareños de la existencia de un monstruo marino que había mordido a un hombre mientras nadaba. Con el transcurso de los siglos se hablará de la existencia de un espíritu maligno de las aguas en forma de caballo, denominado Kelpie viviendo en el lago. Posteriormente relatos nos hablan de una isla flotante que aparecía y desaparecía, hasta llegar a su momento álgido del siglo XX, donde nace la figura del Monstruo del Lago Ness, familiarmente llamado Nessie, quizás el "misterio" más difundido por la criptozoología, aunque la mayoría de los científicos y otros expertos afirman que las pruebas que apoyan la existencia de Nessie no son convincentes, y consideran dichos informes fraudes o identificaciones erróneas de criaturas reales.

El mundo del cine no podía estar ajeno a las posibilidades que el Lago Ness le podía ofrecer. Billy Wilder en La vida privada de Sherlock Holmes (1970) rodó los exteriores de la película en este sitio dotándolo incluso de un monstruo marino con corazón mecánico y forma de submarino. Más recientemente encontramos Mi Monstruo y yo (The Water Horse: Legend of the Deep) de Jay Russell, que convierte la leyenda del lago Ness en un cuento encantador protagonizado por un niño escocés, Angus MacMorrow cuya relación con una cría de plesiosaurio, va a convertir su vida en una mágica aventura.

La película que nos ocupa Lago Ness (1995), John Henderson narra la historia de un profesor universitario (Ted Danson) al que se le encomienda la tarea de demostrar la inexistencia de monstruos en el lago, en un intento de recuperar su prestigio perdido en fracasadas investigaciones y su moral hundida por el alcoholismo. Así pues, el tal doctor acude a esos bellísimos parajes para descubrir la verdad, con la ayuda de su casera (Joly Richardson) y de su hija Isabel ( Kirsty Graham) pese a las dificultades que interpone en su camino el personaje interpretado por Ian Holm un viejo y misterioso guardia de pesca, y la acabará descifrando, pero de una manera distinta a la que podía esperar como lo podemos apreciar en la parte final de la película.

La película en muchos aspectos resulta muy predecible y la búsqueda del monstruo, lo que podíamos considerar la parte de aventura de la película, muy mediocre, con situaciones muy repetitivas, sin ninguna emoción, que afortunadamente queda relegada en un segundo lugar reemplazada por las relaciones humanas, y la búsqueda de los misterios de las llanuras abisales del alma de las personas en perfecta conexión con el de las profundidades marinas, habitat del monstruo, donde la bondad de las personas es el mayor descubrimiento que podemos ofrecer al mundo.

En un primer momento, el Dr Dempsey llega con un objetivo claro, recuperar su honor perdido, y para ello tiene que demostrar la inexistencia de esa criatura fantástica, y romper con el dudoso título que porta dentro de su equipaje de fracasado cazador de monstruos, corroborado incluso por la casera, cuando le pregunta si este es su oficio. Cuando piensa que ha logrado su objetivo, encuentra una foto del anterior investigador que muestra una aleta de un ser extraño y esto le lleva a una realidad distinta: su recuperación definitiva como persona sería demostrar que algo misterioso puede encontrarse.

Allí surge las dificultades a la hora de emprender su labor; en primer lugar con el misterioso alguacil del lago que va a hacer todo lo posible, incluso provocando un accidente para sabotear la búsqueda de la verdad y salvaguardar todo lo que representa, invocando a los celtas y a sus 1400 años de historia, donde se mezclan la tradición y las raíces de sus antepasados que nunca podrá cambiar ni vencer el investigador con todos sus equipos técnicos modernos y nocivos.

El personaje de la pequeña druida representa la fantasía y la magia que todos quisiéramos tener y las ilusiones que nos queda por descubrir, y que ella quiere mostrárselas al doctor, llevándolo a las oquedades donde habitan los plesiosarius. Él traiciona su confianza cuando a la hora de contemplarlos en la cueva, realiza unas fotografías que provoca que los animales huyan. El reproche doloroso de la niña diciéndole que no van a volver y comprender que sus sueños infantiles han quedado rotos, junto a la conversación mantenida con el alguacil en el tren, le permite descubrir que la fama y el prestigio no son nada comparados con lo que puede perder: el amor, recién encontrado en su casera, el cariño que la niña constantemente le muestra, y el respeto hacia algo más grande que nuestro propio egoísmo, que en este caso es el simbolismo del lugar que tiene que convertirse en su hogar.

El homenaje más grande a todo ello será en el momento de la presentación de su descubrimiento en el marco incomparable del Museo de Historia Natural de Londres, donde va a mostrar una diapositiva borrosa y el dibujo de la niña del duendecillo del lago. El colofón final de la película, con la bella música de Trevor Jones que evoca los bellos parajes de Escocia y la imagen de los animales en el fondo del lago, con la voz de Rod Stewart y su canción Rhythm of my heart, supone un canto a la libertad y a los valores que siguen conservándose.

Como epílogo este resumen del precioso cuento de Oscar Wilde El hombre que contaba historias que guarda una gran relación con el mensaje de la película:

” Había un hombre muy querido en su pueblo, porque contaba historias, le preguntaban todos los días ¿ que has visto hoy ? y el respondía : he visto en el bosque un fauno que tocaba la flauta y que obligaba a danzar a un coro de silvanos y en la orilla del mar tres sirenas que peinaban sus verdes cabellos con un peine de oro y así todos los días.

Una mañana al dejar su pueblo como todos los días, al llegar a la orilla del mar vio tres sirenas, y a llegar al bosque vio a un fauno y a un corro de silvanos. Al llegar la noche, cuando regresó al pueblo, le preguntaron.

¿ qué has visto hoy?

Él respondió: no he visto nada.


Más crítica de Diego Vinagre Nevado en:
http://www.eldespotricadorcinefilo.com/diego-vinagre-nevado.html

La aventura (1960) por Bakunin


La aventura
, de Antonioni, otra obra maestra del aburrimiento y de la tomadura de pelo. Considerar esta película como obra maestra me parece el colmo del esnobista cinéfilo con orejeras que trata con desprecio a aquellos que no están a su altura en “su conocimiento y sabiduría cinematográficos”. En el cine de Antonioni se habla para no decir nada. Todas esas zarandajas de la incomunicación entre las personas, de la pérdida de libertad, de innovación del lenguaje cinematográfico, son la tapadera que usan sus defensores para encumbrarlo sin merecimiento alguno.

La aventura (¡qué desfachatez llamar así a bodrio semejante!) consta de dos partes. La primera despierta algún interés por la desaparición de Ana, pero salvo el plano de la Vitti abriendo el ventanuco al amanecer (tampoco es para convertirse en onanista incondicional de ese plano) nada sobresale notablemente. Todo son secuencias a base de planos sobre cada uno de los personajes que no paran de dar vueltas por la isla buscando a la imbécil que ha desaparecido. La segunda parte es de lo peor que he visto en el cine. Planos y planos de la Vitti (su figura no coincide con mi gusto de hembra y su interior está tan vacío de contenido, tan poco interesante, que no sé qué coño quiere mostrarnos el director), pues eso, la Vitti ahora seria, ahora sonriendo de forma estúpida sin motivos o tarareando puerilmente. Vamos, que no me enamora sino todo lo contrario. Planos de habitantes machos de las islas, la clase baja, devoradores de cualquier mujer que se ponga a tiro (al menos devorándolas con los ojos). Planos de burgueses aburridos en fiestas insípidas sin que el director se atreva a diseccionarlos con vehemencia, ni siquiera con ironía. Planos y más planos de tiempos muertos y secuencias inútiles y monótonas hasta el infinito. Mucha visión neorrealista de la burguesía pero ceguera completa en cuanto a propuestas.

Los personajes son anodinos, pequeños burguesitos insustanciales como el Antonioni (nacido en una familia de clase media, él). Este marxistoide intelectual elevado a la cima por sus seguidores ha debido ejercer tal influencia hipnótica en ellos que les ha hecho enaltecer algo que sólo ellos ven, como ese supuesto cuidado por los diálogos.

No hay ni un solo diálogo enriquecedor en toda la película, salvo para aquel que sea tan nimio, trivial, vulgar, insignificante, insulso, superficial, intrascendente, etc., tan soporífero como Antonioni. Y decir (como dijo el señor Lamet en el coloquio tras la emisión de la película en el programa de Garci en Telemadrid) que el final “es el más bello final en la historia del cine” me parece de una presunción absoluta. Ya chocheamos, querido Lamet. Resumiendo: Señor Antonioni descanse en paz en el olvido, que aunque esté bien catalogado en el mundo del cine usted ha destacado por la ausencia total de personajes interesantes, por la ausencia total de acertadísimos guiones y por la ausencia total de adecuados y pulidos diálogos.

La voz del terror (1942) de John Rawlins (por Diego Vinagre Nevado)

En 1939, el personaje de Sherlock Holmes había alcanzado una gran popularidad en Estados Unidos por dos películas realizadas por la 20th Century Fox e interpretadas por Basil Ratbhone y Nigel Bruce: El perro de los Baskerville, Sidney Lanfield, siguiendo el clásico de Conan Doyle y Sherlock Holmes contra Moriarty, Alfred Werker que era una adaptación de la obra teatral en cinco actos interpretada por el actor norteamericano William Gillette a finales del siglo XIX.

Inesperadamente a pesar del éxito de taquilla y la aceptación por parte del público la Century decidió repentinamente interrumpir la serie, quizás influenciada entre otras cosas porque las fechorías de los villanos victorianos quedaban en segundo plano por la situación reinante que imperaba en Europa, con el inicio del conflicto bélico a la vuelta de la esquina. A partir de ese momento en el otoño de 1939, Basil Rathbone y Nigel Bruce comenzaron a ofrecer la versión radiofónica de sus personajes con 24 capítulos semanales con una duración cada uno de 30 minutos, con una gran audiencia que les permitió firmar un contrato por siete años.

En 1942 otra compañía la Universal que buscaba mejorar su situación, tras el declive de los éxitos que sus películas de terror habían tenido en los años anteriores retomará la figura de Sherlock Holmes y los dos interpretes con un cambio radical; no va a estar ambientada en la época victoriana, los coches de caballos y las farolas de gas, iban a quedar en el recuerdo de los tiempos y van a vivir en el mundo contemporáneo con la turbulenta situación histórica y con la guerra en Europa ya en marcha y la futura intervención de los Estados Unidos en el conflicto, demandaba argumentos que acercara al espectador a la realidad.

La Voz del Terror, John Rawlins, 1942
Será la película que abrirá el ciclo de la Universal, en esta primera entrega encontramos dos premisas importantes; en primer lugar y como va a suceder en las demás películas comenzamos con una extensa neblina que cubre toda la pantalla, con un recorrido ascendente de la cámara hacia un retrato de Rathbone y Bruce con trajes de época y con sus nombres sobreimpresionados antes del título de la película. A continuación la cámara va siguiendo la sombra de los dos personajes, que avanzan en la niebla nocturna acompañadas de la música de Frank Skinner.

En segundo lugar el estudio llamó la atención sobre la modernización a que se había sometido su personaje, conviviendo con automóviles, teléfonos y aparatos modernos de la época, incluyendo el siguiente mensaje en los primeros episodios de la serie Sherlock Holmes, el inmortal personaje de ficción creado por Sir Arthur Conan Doyle es invencible, inmutable y no tiene edad y continúa siendo el maestro del razonamiento deductivo en la solución de importantes problemas.

Se puede apreciar como incluso el propio Rathbone se acercó tanto en vestuario como imagen al estilo imperante en la época como lo podemos comprobar en la película con el reproche de Watson a Holmes cuando va a coger su gorra de cazador, "Holmes me lo prometió" una manera muy ingeniosa de acercar con esa frase al espectador de la situación que se va encontrar con Holmes vistiendo con un estilo más acorde con la época y con la ausencia de su celebre gorra de cazador como vestigio de su pasado victoriano.

La película está ambientada en los inicios del conflicto bélico. A Holmes le será encomendada la misión de frenar los sabotajes que los nazis efectúan en el interior de Inglaterra y que son anunciados previamente en radio por un personaje que se denomina la voz del terror. El argumento no está tomado del canon holmesiano, salvo la parte final donde se utiliza el diálogo final de Su último saludo en el escenario que había sido escrito 25 años antes pero que encasillaba perfectamente con el momento actual "sopla viento del este Watson, como jamás soplo con tanta violencia sobre Inglaterra, viento crudo y frío y es posible que muchos de nosotros desaparezcamos bajo su soplo, pero cuando aclare la tormenta, brillará el sol sobre un país mas sano, mejor y fuerte".

Está inspirado en un hecho real, concretamente en las emisiones que el programa propagandístico nazi Germany Calling realizó en inglés entre 1939 y 1945 para minar la moral de los aliados desde la estación emisora en Hamburgo y Bremen, radiada por el traidor británico William Joche y otros locutores.

Sus transmisiones, siempre empezaban con: "Alemania llamando, Alemania llamando". Sus comentarios alarmaban a los londinenses y los intrigaban, pues daba informes sumamente precisos de los que estaba ocurriendo, en especial después de un bombardeo Sus emisiones radiales fueron ampliamente escuchadas por los ingleses y fue un periodista del Daily Express quien le puso el sobrenombre de Lord Haw-Haw, debido a su peculiar modo de hablar; este nombre rememoraba el alias que tenía el general británico Lord Cardigan el líder de la famosa e infructuosa carga de la brigada ligera en la batalla de Balaclava durante la guerra de Crimea en 1854 y paradigma del desastre y vergüenza británica , que costó la vida a 110 de los 674 hombres a su mando que tomaron parte de la carga y que en el mundo del cine tiene reflejo con dos películas, La carga de la brigada ligera dirigida por Michael Curtiz, con Errol Flynn, Olivia de Havilland y David Niven, que es una visión muy libre inspirada en Rudyard Kipling, imagen mítica del imperialismo británico con obras como El Libro de la Selva y Kim, y La última carga dirigida por Tony Richardson con John Gielgud, Trevor Howard y Vanessa Redgrave que se basó en las investigaciones de Cecil Woodham-Smith en The Reason Why.

Sherlock Holmes al final descubrirá que tras este plan se encuentra el mismísimo Heinrich Von Bork, (apellido también tomado de Su último saludo en el escenario) un espía de la inteligencia germana durante la primera guerra mundial y que lleva años adoptando la personalidad de Sir Evan Barham, miembro del servicio de inteligencia británico.

Esta película como las dos posteriores tomaron el camino del espionaje como trama argumental, a pesar del mensaje del principio referente a la atemporalidad del personaje para los amantes de Sherlock Holmes y de su escenario ideal que es el misterioso Londres victoriano no resulta muy creíble ver a Sherlock Holmes alejado de ese rol, convertido en un secretario de estado o ministro del gobierno liderando los destinos de Inglaterra, contra los nazis incluso el título original de la película (Sherlock Holmes salva Londres fue reemplazada por el actual, porque hubiera puesto en duda la capacidad del gobierno británico para solventar la situación creada, y el Dr Watson muy alejado del canón holmesiano y de su papel de Boswell el célebre biografo escocés y, por extensión todo biógrafo entusiasta del biografiado como figura cómica y torpe, que en la Universal será mas acentuado.

Por fortuna esta senda se interrumpió por otra más acorde con el personaje, como es el misterio que le da mayor calidad a los episodios posteriores. con un mayor aprovechamiento del canon holmesiano y de los relatos de Conan Doyle aunque para mi gusto muy escasos, con la presencia del profesor Moriarty a partir del segundo episodio como personaje crucial. La garra escarlata 1944 de Roy William Neill con tremendo suspense, competente construcción y pantanos brumosos como escenario sin necesitar que la trama se desarrolle en Inglaterra, fue en Cánada, es el mejor ejemplo de este cambio y la podemos considerar como la mejor aventura de Sherlock Holmes producida por la Universal: en este caso absolutamente recomendable para holmesianos.

Goldeneye (1995) de Martin Campbell (por Juan Carlos Vizcaíno)

Cuando han pasado ya diecisiete años desde su realización, y evocando el notable impacto que provocó en el momento de su estreno, no cabe duda que GOLDENEYE (1995, Martin Campbell) ha logrado superar con éxito no solo su presencia dentro de la mitomanía bondiana, sino su más que aceptable condición como film de acción, alejado en buena medida tanto de los modos narrativos casposos que caracterizaron el género pocos años antes, y los que invadirían y dinamitarían el mismo del mismo modo no mucho tiempo después –con la nefasta influencia de John Woo o Michael Bay-, caracterizadas por una atomización y abuso in extremis del montaje, como elemento sustitutorio de una auténtica puesta en escena.

Sin embargo, no cabe duda que si hay un elemento que permite recordar la película que comentamos, es la de suponer la puesta de largo del anteriormente televisivo Pierce Brosnan –popular ya desde la década de los ochenta por la serie Remington Steele-, en su primera de las cuatro encarnaciones que ofreció del agente creado por Ian Fleming. Y sin entrar en batallitas estériles sobre qué intérprete ha sido el que mejor encarnara a dicho personaje, es de justicia reconocer que Brosnan brilla en su primera recreación del mismo –una elección para la que por cierto estuvo predestinado desde varios años atrás-, otorgando personalidad propia al rol. El Bond de Brosnan destaca por una dureza revestida de elegancia en la que ninguno otro de sus compañeros de personaje ha logrado superarle. En ciertas reseñas, se señala que para dar vida al agente secreto 007, utilizó como modelo el frío asesino soviético encarnado en la nada desdeñable THE FOURTH PROTOCOL (El cuarto protocolo, 1987, John Mackenzie), y justo es señalar que sí se detecta esa dureza. Esa dosis más mitigada de sentido del humor transmutada en un seca ironía, que combinada con la innegable apostura del intérprete –y que el personaje nunca dejará de lado-, y la aridez que se transmitirá ante todo en sus réplicas –también en algunas de sus actitudes y gestos-, conformarán un renacimiento que logró el beneplácito del público de manera abrumadora.

Como suele suceder en los títulos de la franquicia, también la secuencia inicial de GOLDENEYE sirve para atrapar al espectador desde el primer instante. Un inmenso plano general nos trasladará a una presa en la Unión Soviética, donde 007 –del que veremos inicialmente un primer plano de sus ojos en la pantalla ancha en que está rodada la película-, descenderá colgado de un arnés. Será el inicio de la operación de destrucción de una base para la que contará con la ayuda de su fiel compañero 006 –Alec Trevelyan (Sean Bean)-, quien sin embargo sucumbirá y morirá durante el contraataque. La acción se trasladará a nueve años después, encontrándonos con un Bond que es acosado en su automóvil –que discurre por la costa azul francesa-, por una de las controladoras, al tiempo que se producirá el primer encuentro –también conduciendo otro sofisticado automóvil rojo- con la que luego sabremos es una malvada componente de un grupo de poder soviético –Xenia Onatopp (Famke Janssen)-. La persecución, de forma inevitable nos recordará no solo el Bond de los sesenta. Incluso, con un poco de imaginación, nos podría retrotraer a la comedia de aventuras de lujo ejemplificada por la magnífica TO CATCH A THIEF (Atrapa a un ladrón, 1955. Alfred Hitrchock). Será un oportuno contraste tras unos brillantes títulos de crédito, descritos a partir de la ruina de estatuas y elementos que forjaron la revolución rusa, unidos a la brillante canción de Tina Turner. En definitiva, la agudeza de Martin Campbell se despliega casi desde el primer momento en una aventura más, en la que curiosamente destaca la deliberada huída de diálogos, aunque cierto es que en su debe se planteen determinados aspectos en su guión –sobre todo a la hora de establecer una un tanto maniqueísta división de soviéticos "buenos" y "malos"-, dentro de un contexto en el que funciona pura y simplemente una narrativa siempre eficaz, inserta en los cánones habituales de la serie. Así pues, asistimos a la presentación de los gadgets que en un determinado momento nuestro protagonista utilizará en situaciones apuradas, la inclusión de roles secundarios más o menos pintorescos, como el “friki” informático encarnado por Alan Cumming, o el veterano e irónico agente de la CIA incorporado por Joe Don Baker –a quien se deberá uno de los diálogos más divertidos del film, denominando a Bond "culito prieto inglés"-.

En GOLDENEYE, Bond se muestra más adusto y duro que de costumbre –magnífica la secuencia del encuentro con M (impecable Judi Dench)-, en cuyas réplicas se define en realidad el escaso aprecio que uno sienten por el otro, al tiempo que revelan la personalidad de nuestro agente; necesario pero poco recomendable. La película ofrecerá episodios en los que el verosímil está a punto de resultar difícil de encajar, pero que en última instancia se revelarán magníficos; la huída en la secuencia progenérico, en la que llegará a ocupar un avión cuando tanto el aparato como el propio agente se encuentren a punto de caer al vacío. Al mismo tiempo, su sequedad y dureza llegarán a confundir a su ayudante y, finalmente, enamorada, Natalya Simonova (Izabella Scorupco), cuando esta sea amenazada por el comando soviético encargado de establecer el robo de una incalculable fortuna –a través de una pequeña arma cuya denominación dará título al film-, al tiempo que crear una serie de armas aéreas, que tendrán su demostración más evidente en el tramo final del film –dominado por un impresionante diseño de producción-. Y entre ellos, aparecerá de manera inesperada el eterno amigo de Bond, Trevelyan el antiguo 006 que en estos nueve años decidió cambiar de bando, alegando para ello una especie de venganza ante la actitud que las autoridades inglesas establecieron con sus padres rusos al finalizar la II Guerra Mundial –reintegrándolos con el estalinismo-. Será un episodio magnífico, rodado entre un cúmulo de ruinas de lo que supuso el ya extinto imperio soviético. En este y otros fragmentos, es en donde se advierte la buena mano de Campbell –de filmografía no siempre regular, pero en su conjunto digna de un cierto reconocimiento-, capaz de planificar con un relativo gusto, utilizar con destreza la pantalla ancha y, ante todo, combinar el aspecto eminentemente espectacular de la función, con esos otros episodios intimistas que tienen su oportuno contrapunto con la imperturbable dureza esgrimida por el renacido agente. Si unimos a ello la eficacia que ofrece la presencia de la masoquista Xenia –mucho más eficaz que la Grace Jones de A VIEW TO A KILL (Panorama para matar, 1985. John Glen)-, que establecerá con Bond una serie de instantes de verdadera violencia casi sexual, y que morirá de manera inesperada… aunque quizá disfrutando de los últimos instantes de su existencia, obtendremos el conjunto de un film apreciable, la valía de franquicia renacida, el acierto total en la elección de su principal icono protagonista, y también –en su contra- ciertos elementos un tanto farragosos e innecesarios, que impiden que el disfrute de esta, con todo, atractiva película, alcance un nivel que, por momentos, se encuentra a punto de atisbar.

La tormenta perfecta (2000) por Francisco Rodríguez Criado


No estuvo muy fino Wolfgang Petersen en La tormenta perfecta a la hora de retratar la aspereza de una profesión como la de los pescadores.

Decepciona comprobar que toda la dinámica de este filme se basa en un descarado intento de tocar la fibra sensible del espectador mediante un estilo tan inverosímil (aunque esté inspirado en un suceso real) como pastelero.

Uno se pregunta por qué no convence un glamuroso y millonario actor George Clooney en el papel de capitán de barco de pesca en horas bajas, y, sin embargo, sí encaja (por poner un ejemplo) en el personaje del simpático y carismático presidiario a la fuga de Oh, brother, de los hermanos Coen. Personalmente, no creo que Clooney sea el actor adecuado para una tormenta tan… perfecta.

La película navega entre el realismo cotidiano del mundo de los pescadores, la aventura épica de un barco cuya tripulación elige libremente adentrarse en una terrible tormenta (que el guionista se ha atrevido a adjetivar como “perfecta”) y la historia de amor en segundo plano entre los marineros y sus mujeres, que sufren su ausencia apiñadas alrededor de la barra de un bar que, curiosamente, hace las funciones de centro social, donde niños pequeños entran con papá para tomar un refresco mientras parejas suben a un segundo piso para congraciarse en un desfogue carnal (y todo ello presentado como si fuera la cosa más natural del mundo).

La previsibilidad de los acontecimientos, el empleo abusivo de la banda sonora, la temprana presentación del mar como un elemento desestabilizador dentro de la familia, y esa maldita ola digital que se cuela en nuestras pantallas con la testarudez de un vendedor de seguros convierten a La tormenta perfecta en una película imperfecta, completamente prescindible.

¿Algo a salvar? La buena actuación de Mark Wahlberg como aprendiz de pescador y la fotografía de algunos planos en los que el mar nos muestra su cara más amable.

Lo peor, sin duda: el falso arranque dramático de la película, y el melifluo epílogo, que acentúan aún más si cabe lo que es la película en sí: un auténtico pastel.

La aventura (1960) por Aurea García Fernández


¡Qué gusto da cuando casi en la madrugada te sorprenden los programas televisivos con una película fetén!. No alcancé a ver los títulos de crédito pero daba igual estaba segura de que sería una película digna de ser vista. Y lo era. Por supuesto con mil fallos pero !cuántas novedades!. Sin duda un antes y un después en el cine europeo.

Como siempre ocurre en Antonioni la película es enigmática, reflexiva, llena de interrogantes y oscuridades puesto que la desaparición de una joven burguesa (Lea Massari) durante una excursión que parece va a ser la trama esencial queda muy en segundo plano y nada volvemos a saber de ese hecho desencadenante pues los temas que interesan al director son "otros".

Un grupo de amigos de la alta burguesía romana deciden pasar unos días de vacaciones navegando por el Sur. Recalan en una de las islas Eolías, cerca de Sicilia, deshabitada, y es allí donde desaparece sin dejar rastro la caprichosa e insatisfecha joven que mantiene una extraña relación con su prometido el arquitecto Sandro (Gabriele Ferceti). Les acompañan otras parejas y también la íntima amiga de Ana, Claudia, interpretada por la musa del director en la vida real, Monica Vitti.

La intriga por la desaparición de Ana va desvaneciéndose y lo que toma protagonismo como ocurre casi siempre con Antonioni son las relaciones de pareja en las que yo creo que por primera vez en el cine italiano se pone en cuestión con meridiana claridad el machismo reinante en la sociedad italiana. Vista ahora es increíble la intuición de este hombre para evidenciar ese cambio, esa transformación que se está produciendo en las relaciones hombre-mujer. Se ha hablado mucho de que la participación de las mujeres durante la Segunda Guerra Mundial en la retaguardia (en las fábricas, por ejemplo, en los hospitales del frente, etc.) pusieron en evidencia que podían realizar eficazmente los mismos trabajos que hasta ese momento habían desempeñado los hombres. Las cosas por tanto ya no podían ser iguales que en la época de las heroicas y vilipendiadas sufragistas, blanco de todas las burlas e incomprensiones.

Antonioni expresa de forma magistral esos cambios apenas perceptibles incluso para los que los están experimentando pero que naturalmente como todos los cambios generan conflictos y no sólo con los demás sino sobre todo con nosotros mismos.

Visualmente el film nos recuerda por momentos el estilo "documental" del maestro Rossellini y nos pone en evidencia una vez más el antagonismo entre lo urbano y lo rural, entre el Norte y el Sur sobre todo en las escenas rodadas en la isla en las que el director parece más interesado en mostrarnos la desnuda, salvaje y bella naturaleza que las peripecias de sus personajes.

En un último viaje a Italia comprobé asombrada como el héroe nacional Garibaldi era cuestionado y el ministro Cavour que quiso que el Sur fuera agrícola y el Norte industrial aun más pues con esa política hizo que las diferencias se intensificaran. Ahora lo que sigue uniendo a los italianos es Dante o sea la lengua que al contrario de lo que ocurre en España no es cuestionada en absoluto a pesar de los infinitos acentos y dialectos. Estas diferencias están muy bien reflejadas en la película: los cultos, ricos y sofisticados capitalinos que vienen de vacaciones y los primarios, pobres y rústicos habitantes del Sur que viven de forma arcaica apegados al terruño y al mar.

¿Fallos?: un montón pero los dejo para otro día.

El caballero del dragón (1985) por Betomovies


El caballero del dragón
es un tremendo disparate cinematográfico que combina elementos propios de la aventura medieval con algunos dejos ficticios de la fenomenología extra-terrestre.

El guión es un despropósito estratosférico, que desarrolla un amor interplanetario absolutamente irrisorio y donde sus alternativas ni siquiera funcionan como comedia barata porque todo es tan berreta e improvisado que ni gracia de rebote ocasiona.

Aquí se busca generar asombro con la singularidad de las situaciones, pero las mismas tienen un tono tan rocambolesco que no terminan de enganchar nunca, y menos aún con la cutrez del relato.

Lamentable ver a actores de la talla de Harvey Keitel y Klaus Kinski involucrados en tamaño esperpento cinematográfico típicamente amateur. Ya ni que hablar de lo aberrante que resulta ver a un Miguel Bosé platinado con esa ridícula armadura intentando dar vida a una inteligencia superior. Sí, qué absurdo resulta la sola idea de pensar a Bosé como alienígena que nos supera en capacidad intelectual.

Otra contradicción es que el cantante Miguel Bosé no habla en toda la película, al menos un buen timbre de voz hubiera sido un factor positivo a ser tenido en cuenta.

Los efectos especiales no son horribles, pero están al servicio de una trama que flota en la patochada más extrema, por ende se diluye cualquier virtud técnica que aparezca en esta cinta.

Los diálogos son irrisorios y hasta podrían formar parte de cualquier antología de filmes baratos que no dicen nada coherente en sus líneas argumentativas.

Una cinta que debería ir inexorablemente a la quema.

Insoportable en su impronta alucinógena donde se mezclan cual ensalada genérica la ciencia ficción, la aventura fantástica y la comedia. El resultado, un producto inclasificable que sólo tiene como puntos positivos algunas locaciones fílmicas y en cierta medida la ambientación de época.

Aguirre, la cólera de Dios (1972) por Txarly


Nada tiene que ver esta película con la estupenda novela de Ramón J. Sender La aventura equinoccial de Lope de Aguirre. Doy por sentado que Herzog ni siquiera la leyó como base para colocar los cimientos de esta empresa. No, estoy seguro que no.

He llegado a la conclusión al terminar de ver este cansino bodrio que los indios que suben y bajan las escarpadas laderas al comienzo del film, no eran en realidad esclavos, sino porteadores de coca del equipo de producción de Herzog, alcaloide e insano elemento fundamental para embarcar a la humanidad no gafapastera en un viaje al muermo y a la desolación intelectual. Claramente Klaus Kinski abusó como pocos de la nieve en polvo, pudiéndose comprobar el efecto de la adormidera en el entumecido rostro y la mirada perdida con la que nos obsequia el alemán.

Afortunadamente, tras la chapuza iniciática de estos viajes indebidos, Herzog filmaría diez años después la hermosa Fitzcarraldo, esta vez sin indios porteadores y con un Kinski al parecer ya desintoxicado (por lo menos algo).

"Las flechas largas están ahora de moda" dicha por un expedicionario español en la balsa sobre el Amazonas dos segundos antes de palmar es, por derecho, posiblemente la mejor frase de la Historia del Cine. Los gafapastas que la defendéis haríais bien en no engañar a la gente con unos comentarios tan vacíos y estertóreos que sin duda inducen a la confusión de los gentiles que se acercan a esta obra vírgenes y con cierto entusiasmo conquistador. Os lo ruego, hacedme caso por una vez, si os ha gustado esta película no hagáis una crítica sobre la misma, porque generaciones venideras escupirán sobre vosotros cuando ya no estéis en este planeta, hecho este que dudo mucho haya ocurrido alguna vez. Con Dios.

El explorador perdido (1939) de Henry King (por Father Caprio)

Oir Stanley y Livingstone y a algunos - serán las canas- se nos dispara automáticamente el "¿Doctor Livingstone, supongo?", una especie de frase hecha que parece investirnos, y hablo exclusivamente por mi, de un aire de superioridad cultural que en el fondo oculta un desconocimiento supino de estos dos personajes históricos. Con esta película de Henry King y un poco de información adicional encontrada en esta misericordiosa Red que enseña al que no sabe, he conseguido reparar, siquiera en parte, mis profundas carencias en la materia. Y es que Stanley y Livingstone fueron mucho más que una frase.

David Livingstone fue médico, explorador y misionero. También botánico y geógrafo. Pero, por encima de todo un hombre ávido de saber y amante del mundo. Un ser humano al que Africa robó el corazón hasta el punto de que su cuerpo descansa en la Abadía de Westminster pero cuyo corazón está enterrado bajo un árbol africano. Por su parte Henry Stanley era un reputado periodista de un rotativo neoyorkino (New York Herald) de lo que hoy llamaríamos periodismo de investigación y que se caracteriza por no esperar la noticia sino ir a buscarla allí donde se encuentre. Y la noticia era el paradero de un explorador mundialmente conocido al que un periodico londinense había dado por muerto. Un reto suficientemente atractivo para un ambicioso Stanley.

Sobre esta historia real, se construye una buena historia adaptada. Una película que exalta la figura de dos hombres a los que Africa hizo distintos. Sin embargo por lo que hace a Stanley, personaje interpretado por Spencer Tracy, el film corre un tupido velo sobre sus tropelías con los nativos en un postrero viaje al continente negro para, presuntamente, continuar la labor de Livingstone. Ya sabemos que en muchas ocasiones los intereses comerciales y un cierto paternalismo respecto a qué debía ofrecerse a los espectadores, ocultaban aspectos importantes y significativos de la realidad. En cualquier caso la pelicula demuestra coherencia en toda su integridad y su ocultación de esta verdad no resulta significativa en ningún modo ni desmerece un gran trabajo de Henry King.

Y es que a King parecía atraerle no solo el desconocido continente africano sino que otorgaba a éste poderes regeneradores y con capacidades casi catárticas sobre los seres humanos. Ahí queda también su versión de la obra de Hemingway Las nieves del Kilimanjaro. El cambio que experimenta Stanley es comparado por Eve Kingsley (Nancy Kelly), su frustrado amor, con el experimentado por el propio Doc Livingstone, e incluso por el propio padre de Eve, avejentado en extremo por una tierra dura donde las haya, donde la malaria, la disentería, el canibalismo, el tráfico de esclavos y las propias fieras, ponen a prueba dia a dia el temple del que estan forjados quienes se atreven a adentrarse en ella.

En esta transformación espiritual del hombre está, pues, uno de los grandes activos del film. Pero hay otros. La grabación de exteriores en las propias tierras donde se desarrollaron los hechos, con sus escenas de safaris e incluso de luchas es otro elemento a considerar. Por descontado los actores, con Spencer Tracy en su línea de actor con buenos fundamentos, Walter Brennan como guia del salvaje oeste desubicado en una ignota Africa y poniendo unas notas de humor tan excelentes como su propia categoría como profesional y Charles Coburn como editor del periódico de la competencia poco interesado en el éxito de la empresa del New York Herald. Por encima de ellos, lo cual es decir mucho, Sir Cedric Hardwicke en su papel de Livingstone, un actor al que ya celebré hace poco por su papel de obispo en Los miserables de Boleslawski.

Todo es mejorable, pero les aseguro que estamos ante un film que no deja impasible a nadie, con planos fotográficos soberbios (mención especial para la despedida de Stanley y Livingstone en la vuelta de este al mundo civilizado), con diálogos notables (el discurso de Stanley ante el Colegio de Geógrafos) y en general un desarrollo sin apenas fisuras de un film que mezcla aventura, amor y sobre todo el poder y la fuerza de dos voluntades inquebrantables.

Jason y los argonautas (1963) de Don Chaffey (por El Despotricador Cinéfilo)

Se suele decir que la mítica Lo que el viento se llevó es una película de productor en vez de director o de autor, y que la mano férrea del implacable productor David O. Selznick fue quién creó esta intemporal Obra Maestra del cine. No suelo estar de acuerdo en esta afirmación, pues sinceramente creo que se nota el toque y el talento de todos los directores que pasaron por ahí. Donde no puede haber ninguna duda es en Jason y los argonautas, pues ahí la labor artesanal del director es meramente decorativa e irrelevante.

Jason y los argonautas es una película cuya fascinación, encanto y profesionalidad no reside ni en el guionista, ni el director ni, por supuesto, en los poco carismáticos actores que intervienen en ella. Todo el mérito y crédito de esta pequeña joya es obra de dos grandes genios. Por una parte Ray Harryhausen, cuyo indiscutible talento para los efectos especiales, incluso hoy en día, pueden llegar a sorprender y entusiasmar; y, por otra parte, si tan sobresaliente y destacable en la labor de este mago de los efectos, no menos es la aportación del siempre genial Bernard Herrmann que firma una de sus partituras más fantasiosas y remarcables. Eso sí, es una película que solo debe verse de niño o, por decirlo de otra manera, desde el punto de vista inocente de la mirada de un niño ensimismado por los asombrosos y fascinantes efectos especiales que nos brinda el Maestro Harryhausen una y otra vez (por cierto, ¿existe alguna otra película de la década de los 60 con efectos visuales tan deslumbrantes, soberbios y magníficos para su época? Porque yo ahora mismo no caigo).

Si nos ceñimos (desde nuestra mirada pueril e inocente) a disfrutar de su impecable aspecto técnico y de la pletórica y apabullante música nos encantará, pero, ay, si la vemos con ojos adultos no podemos más que horrorizarnos por el semejante despropósito que se nos ofrece: una dirección plana, un guión inexistente, un vergonzante sentido ridículo de la aventura, una vulgarización de toda la mitología griega y unos actores inexpresivos y mediocres. La película está planificada y montada únicamente para ir mostrando una tras otra las ingeniosas, imaginativas e innovadores genialidades que se le van ocurriendo a Harryhausen.

Entonces la pregunta es ¿debemos encumbrar y mitificar una película por solo sus efectos visuales ? Yo diría que no, porque el cine posterior ha demostrado que se pueden combinar perfectamente los grandes efectos con el carisma de los actores y la calidad de un buen guión (Indiana Jones, Superman, Star Wars, Terminator, Alien, etc). De todos modos, a pesar de sus innumerables defectos y lo ingenuo de su propuesta, Jason y los argonautas es una película recomendable que debería ser de visión obligatoria para todos los niños. Eso sí, entra de lleno en esa categoría de películas que jamás deben verse de adulto si no se quiere empañar el agradable e inolvidable recuerdo que se tiene de ellas en la niñez.

Melancolía (2011) de Lars Von Trier (por Aurea García Fernández)

Hablar del director danés Lars von Trier es hablar de controversias y de discursos "políticamente incorrectos". Ya en 1991 nos dejó con la boca abierta con el punto de vista que adoptó para contarnos en EUROPA de forma brillante pero también para muchos irritante que los tiempos de paz pueden ser tan difíciles como los de guerra y que lo que nos contó Hollywood en la torrentera de películas bélicas con que invadió Europa después de la Segunda Guerra Mundial no era del todo verdad. Von Trier deslumbra y desasosiega casi siempre, nunca deja indiferente. El mismo dijo en algún momento que EUROPA era una película que él tendría miedo de ver y me consta que a muchos les dio miedo verse reflejados en ese tenebroso espejo.

Y eso es lo que yo querría destacar aquí es decir que el universo poético de von Trier está por encima de él, se le escapa de las manos, le salen las cosas de esa extraña manera a su pesar y en ese sentido tiene algo de Oráculo de Delfos, de profeta y claro un poquito te pone los pelos de punta, te irrita, te desasosiega pero también te deslumbra por lo innovador de su lenguaje, por el discurso tan a contracorriente aunque naturalmente con las raíces en lo anterior especialmente en el cine nórdico. Pero vayamos con MELANCOLIA.

A mi corto entender esta última entrega del director danés es quizás lo mejor que ha hecho hasta ahora, su película más redonda aunque naturalmente no exenta de defectos por ejemplo la segunda parte se alarga un pelín, yo diría que nos diez o doce minutos, menos la habrían favorecido. Melancolía es un planeta mayor que la tierra que va a chocar con ella e inevitablemente la va a destruir. Es curioso como estos directores nórdicos (Bergman sería un ejemplo) tan agnósticos e indiferentes desde el punto de vista religioso recurren en sus películas persistentemente a una iconografía bíblica o mitológica cuanto menos chocante. Aquí por ejemplo nos encontramos con una interpretación "sui generis" del Apocalipsis.

Lo que podría ser considerado como un prólogo nos subyuga desde la primera imagen rodada a cámara lenta con la acertadísima música wagneriana que nos arrastra y nos mete en la pantalla sin concesiones: estás atrapado sin más, lo que se dice absorto, efectivamente subyugado. Después de este bellísimo prólogo que según el derrotero que toma la película pareciera cabo suelto pues no, cuando acaba comprobamos que es justo un total acierto que te da las claves para entender todo lo que sucede a continuación.

Von Trier se vale de este bellísimo prólogo y de los dos actos que le siguen, el primero una boda que naufraga y el segundo una vida que desaparece para poner en cuestión los vacíos referentes culturales, sociales personales y hasta económicos de la Europa del siglo XXI.

En la primera parte de este díptico Trier nos muestra un fresco coral repleto de personajes a los que dibuja con mano maestra con unos pocos trazos(no hacen falta más) que los retratan con precisión y profundidad no exenta de ironía. Conjura de necios que sin demasiada estridencia hace saltar por los aires sin el menor asomo de ideología poniendo en evidencia la vacuidad de sus contenidos es decir su disolución.

En el segundo acto Trier cambia de tercio y entra en el terreno de lo solemne, de lo íntimo, en la silenciosa espera de lo inevitable y consigue con sus maneras inesperadas elevar la fatalidad interior de cada personaje a sentimiento universal sin catarsis posible todo ello sostenido con una serenidad y una fascinación indescriptibles.

Cine enigmático, perturbador, poderoso que te atrapa desde el primer instante con ese ejercicio de virtuosismo visual tan subyugador como desasosegante. A destacar el buen uso de la música que colabora a toda esta aventura apocalíptica y el acierto de los escenarios con un toque diría yo romántico, así como el excelente casting que nos deleitan con sus inmejorables interpretaciones.

Más críticas de Aurea García Fernández en:
http://www.eldespotricadorcinefilo.com/aurea-garcia-fernandez.html

Poder absoluto (1996) por Francisco Rodríguez Criado


CLINT EASTWOOD, DEL PODER ABSOLUTO AL PODER LIMITADO

Cualquiera puede hacerse una idea de lo que es un gran cineasta, y también de lo que es una mala película. Más difícil de entender es por qué estos dos conceptos, aparentemente disímiles, se encaman tan a menudo. (De ahí el objetivo de esta web: denunciar las malas películas al margen de la sangre azul de sus creadores). Mi maledicencia me lleva a veces a pensar que algunas películas mediocres han nacido solo para que sus autores reciban halagos camuflados bajo críticas ásperas como: “Esta película tan floja de no está a la altura del resto de su obra” o “Sin duda una mancha en su valiosa carrera cinematográfica”, etcétera. Un pequeño tirón de orejas, en definitiva, que les recuerde lo magníficos que son cuando no malgastan su talento en obras menores.

Pero dejemos de divagar y entremos en materia. Un título y un autor: El poder absoluto (1997) y Clint Eastwood. El ya veterano actor acababa de bajarse de Los puentes del Madison (1995) y aún no se había subido al oscarizado cuadrilátero de Million Dollar Baby (2004), tras el cual se dedicaría a clavar las banderas de los Estados Unidos de América y la de Japón en Iwo Jima (a bandera por película). Le parecería que hacer buenas películas es algo tedioso y se enfrascó en un proyecto poco recomendable, El poder absoluto, con guión de William Goldman sobre la novela de David Baldacci, autor de bestsellers.

El filme narra las desventuras de un ladrón profesional, Luther Whitney (Clint Eastwood), que entra a robar en casa de un multillonario, Walter Sullivan (E.G. Marhsall), casualmente el mejor amigo del presidente de los Estados Unidos (Gene Hackman). Para entretejer los mimbres del thriller, Eastwood presencia el asesinato de la esposa del citado millonario a manos del equipo de seguridad del Presidente, dos matones trajeados que siguen los dictados de una super–secretaria–para–todo. (Al parecer, entre las obligaciones de este trío entraba no despegarse de su ilustre protegido ni siquiera cuando este se disponía a echar una canita al aire).

Partiendo de estas premisas, Eastwood intenta ofrecer al espectador un filme donde dejar al descubierto las entretelas de tres elementos sospechosamente afectos entre sí que suelen salir invictos ante cualquier fechoría (en este caso un asesinato): el poder, el dinero y la política. En fin, un ejemplo de eso que ha venido a llamarse “intriga presidencial”, género o subgénero que cuenta últimamente con muchos adeptos. La película, que se mueve entre la aventura y la denuncia, naufraga en ambos casos. El papel de Eastwood, mitad ladrón mitad artista, es poco creíble, entre otros motivos porque las necesidades del guión le obligan a realizar una serie de proezas físicas impropias de un señor de su avanzada edad por muy ladrón de guante blanco que sea. A todo esto se añade gratuitamente un hilo argumental paralelo al de la acción, presuntamente intimista, que potencia la condición de padre ausente del personaje principal, una triquiñuela poco sólida concebida más que nada para tocar la fibra sensible de los espectadores más sentimentales.

Tibieza, escenas paternalistas y un estilo a lo Bond donde todo se pone de cara al personaje principal marcan las pautas de esta floja cinta con happy end, justicia poética incluida.

Aunque quisiéramos rebajar la responsabilidad de Eastwood en este filme, no podríamos teniendo cuenta que no es solo el actor principal sino también el director. Por qué voces autorizadas (Javer Rioyo, Carlos Reviriego, Augusto M. Torres y Carlos Boyero entre otros) han apoyado de manera parcial o sin fisuras este bodrio sigue siendo una tarea pendiente de descifrar.

Algunos se han atrevido a llamar genio a Eastwod por la dirección de El poder absoluto. En mi opinión, en caso de ser un genio lo es no gracias a esta película sino a pesar de ella.

El hidalgo de los mares (1951) de Raoul Walsh (por Father Caprio)

Raoul Walsh dirige con acierto esta película de aventuras, sobre Horatio Hornblower, héroe de una saga novelística sobre la marina británica en las guerras napoleónicas, escrita por Cecil Scott Forester. El propio Forester intervino en la elaboración de un guión que conjuga batallas navales, duelos de capa y espada y un romance central, pues según Walsh: "En todas mis películas la historia gira siempre alrededor de las escenas de amor".

Y el romance Gregory Peck – Virginia Mayo es el eje del film, tanto, que en el guión se fusionaron distintas novelas para conseguir que la aventura nunca abandonase el romance. Esta sensación de historias "cosidas" queda patente cuando en Portsmouth, la pareja debe separarse para desconsuelo de los aficionados a los "happy ends". Pero no. Una nueva aventura y nuevas dosis de caprichoso azar y "tutti contenti". No se confundan, la película es muy buena, las batallas navales son de lo mejor que he visto en cine, incluso y a pesar de los 53 años de diferencia entre una y otra, superior a Master and Commander: Al otro lado del mundo de Peter Weir (basada en otro personaje novelesco, Jack Aubrey), pero el añadido se percibe con claridad, incluso para quienes desconocíamos la saga de Mr. Forester.

Pulsa aquí para leer la crítica completa

Capricornio Uno (1978) por El Despotricador Cinéfilo


He de reconocer gratamente asombrado que no esperaba que me gustara tanto esta película, y como casi sin darme cuenta me fui metiendo en ella cuando tenía pocas expectativas de que me gustase, pues por regla general todas las películas de astronautas suelen ser bastante aburridas (inclusive las muy sobrevaloradas Apolo 13 y Elegidos para la gloria).

Pero Capricornio uno sabe combinar magistral e inteligentemente todos los elementos de varios géneros: el thriller político más intenso, la acción más trepidante, la denuncia social, la emoción más conmovedora, la intriga (al más puro estilo Hitchcockiano), el suspense, la aventura e incluso hasta unos afortunados toques de humor a cargo del personaje de Elliott Gould (y en menor medida del desmadrado Telly Savalas en un breve pero impagable personaje).

Y cuando ya está a punto de terminar la película con el previsible final que todos esperamos, es cuando literalmente Peter Hyams rompe y quiebra su excelente dirección hasta ese momento, porque ese final se podría haber rodado de 10 maneras diferentes, y posiblemente todas ellas serían impecables, pero Hyams tuvo que elegir probablemente la más torpe, cutre y sensiblera que uno podría concebir.

El poner a James Broslin en la escena del cementerio corriendo a una lentísima (y por supuesto inadecuada) cámara lenta para su feliz reencuentro, acaba rompiendo todo el ritmo y filosofía de la película, convirtiéndola así en un telefilm barato, cutre, de una cursilería tal y de una torpeza de dirección que te deja tan mal sabor de boca.

La única explicación plausible que encuentro (y que quiero creer), es que esa escena fue rodada por el segundo operador y no por Hyams, porque sino no me explico como durante 120 minutos te hace disfrutar como un cosaco, para estropearlo con uno de los finales más pésimamente rodados que puedo recordar.

Los implacables (1955) de Raoul Walsh (por El Despotricador Cinéfilo)


Estrellas ha habido en la historia del cine desde sus orígenes y siempre las habrá, pues incluso hoy en día que todo el mundo hollywoodiense está más desmitificado siguen existiendo grandes estrellas del calibre de Brad Pitt, George Clooney o incluso Tom Cruise (que lleva incombustible instalado en el estrellato desde hace casi 30 años a base de instinto, constancia y talento).

Ahora bien, cualquier cinéfilo en el fondo de su corazón sabe que las verdaderas, esenciales y legítimas estrellas son las del cine clásico donde surgieron auténticas leyendas y mitos cinematográficos que atesoraron, consolidaron y mitificaron la magia del cine y la fascinación que nos cautivaron. Y si de estrellas clásicas hablamos, probablemente Clark Gable es su mayor exponente. ¿Por qué? Pues porque concentra y exhala en su dilatada e inolvidable carrera todo el carisma, talento, magnetismo, personalidad, fuerza, atractivo, simpatía y mitomanía que se le puede pedir a un estrella. Un digno Rey de Hollywood como fue apodado en su época por sus fans.

Por tanto, contar con Gable para Los implacables ya es el primer paso para aportar personalidad y enjundia a una película. Añadamos además que tras la cámara está Raoul Walsh, y decir Waslh es como decir John Ford, es decir, cine en estado puro y uno de los más grandes genios cineastas que jamás dará el séptimo arte. Además, para el director no era algo nuevo el argumento de la película, pues si nos fijamos con atención en ciertos momentos es como si fuese un remake de su memorable La gran jornada dirigida por sí mismo 25 años antes con otro mito del celuloide: John Wayne. Y si lo completamos con una muy sensual (y muy divertida) Jane Russell ya la receta es perfecta. Un plato perfecto para ser degustado sobre todo por los amantes del western y del cine clásico.

El resultado de Los implacables es el esperado pero no por eso deja de sorprender. Primero porque es un film muy compacto con algunas de las escenas de paisajes monumentales en cinemascope más bellas jamás rodadas. Segundo, contiene un impecable y firme pulso narrativo de Walsh para dirigir con su maestría habitual la acción, la aventura, el romance, el drama e incluso algunos afortunados toques de humor. Tercero, la química brutal entre Clark Gable y Jane Russell hace saltar chispas con algunos inteligentes y picantes diálogos con doble sentido. Cuarto, por si fuera poco, un solvente grupo de secundarios donde destacaba el siempre correcto y versátil Robert Ryan que siempre aporta más carisma a un film, como si con el de Gable no fuese ya más que suficiente.

De forma concisa y resumida se podría decir que Los implacables es el un western es estado puro, paradigma de los que engrandecieron el género y lo convirtieron en mítico y antológico. Vamos, una gozada, para que nos entendamos.

¿Te ha gustado esta crítica? ¿Quieres leer más críticas de El Despotricador Cinéfilo? Pulsa aquí

Quinto aniversario (2012) por El Despotricador Cinéfilo

Hace mucho, mucho, mucho tiempo en una lejana página web… (música de John Williams de fondo)

8 de Septiembre de 2007.

7,30 de la tarde aproximadamente.

La pasión por la cinefilia que desde niño había arrastrado un joven y entusiasta cacereño le incitó y motivó a crear una web, no sin antes cuestionarse una y otra vez ¿Es necesaria una nueva web sobre cine en Internet? ¿Ya existen millones de webs sobre cine y, sin lugar a dudas, muchas de ellas mucho mejores de lo que jamás podrá ser nunca ésta? ¿Realmente, como cinéfilo, tengo algo que aportar qué merezca la pena? Todas estas cuestiones me hacían renegar, una y otra vez, de crearla pero al final, en un acto de espontaneidad asombrosa e inaudita, me animé y, dejando atrás todas mis dudas, me embarqué en esta aventura cibernautica llamada El Despotricador Cinéfilo.

Por tanto, les ruego hoy a los cientos de fieles seguidores, lectores, amigos, compañeros y cinéfilos que me siguen a diario que, por una vez no hable de cine en esta web, sino que saque pecho para henchido de orgullo pueda gritar a todo pulmón (acompañado de fondo, claro está, por una grandilocuente y pomposa fanfarria de John Williams): “FELIZ QUINTO ANIVERSARIO QUERIDA WEB DE EL DESPOTRICADOR CINÉFILO”.

Cinco años ya. Cinco años ya crítica a crítica, artículo a artículo y manteniendo la ilusión, dedicación y entusiasmo del primer día (a pesar de los avatares, con la dichosa crisis incluida, que han ido pasando en todos estos años). Por supuesto que a lo largo de este lustro esta web ha ido mejorando de forma bien visible tanto en contenidos (uff, Dios, me aterra solo pensar en releer esas mierdas de críticas que escribí a finales del 2007, qué basura) como de estética pues a lo largo de los años he ido añadiendo muchos más apartados que me han ido sugiriendo los lectores: más elementos multimedia, Twitter, Facebook, blog, etcétera.

Por supuesto, la principal motivación de todos estos cinco años es comprobar cómo estadísticamente este último año han vuelto a subir notoriamente el número de visitas y de seguidores en las redes sociales. Aunque, nada me hace más ilusión, que seguir recibiendo emails de la gente no solo para felicitarme o animarme por la web, sino para seguir contribuyendo a ella ya sea con críticas, artículos, opiniones, comentarios, etcétera. Por lo que muy sinceramente os digo que muchas gracias a todos, pues jamás hubiera llegado a este quinto aniversario de no ser por el entusiasmo e ilusión renovada que me producen todos esos emails.

Y ya solo desear que este sexto año de vida que hoy comienza nos reporté mucha cinefilia a todos y que la familia de seguidores que constituye El Despotricador Cinéfilo siga creciendo más y más. Gracias.

¿Te ha gustado esta crítica? ¿Quieres leer más críticas de El Despotricador Cinéfilo? Pulsa aquí

Los vikingos (1958) de Richard Fleischer (por El Despotricador Cinéfilo)



Uno de los primeros acontecimientos cinéfilos que recuerdo con especial cariño eran las sesiones dobles que durante mi infancia programaban algunos cines. De muchas de esas primeras películas no recuerdo ni el título dado que apenas tendría yo unos 4 ó 5 años. Lo que sí tengo presente en mi memoria es que en cuanto empezaban por fin a aparecer los títulos de créditos todos los niños efusiva, alegre y entusiasmadamente nos poníamos a aplaudir con la mayor devoción, como dando las gracias por lo que íbamos a ver, y volcando toda nuestra confianza y gratitud por anticipado, a través de esos aplausos, en la película.

Como ya he dicho apenas recuerdo ninguna de esas películas (la mayoría de ellas serían reposiciones o productos de serie B) pero ya entonces me marcó de forma apabullante Los vikingos por la minuciosa descripción de las salvajes, crudas, honorables y viscerales escenas y la plasmación, a modo hollywoodiense, de toda la iconografía vikinga. Disfruté tantísimo con esa película de puro escapismo, diversión y aventura “pulp” que se me incrustó en el subconsciente una de sus míticas escenas: aquella en la que el vehemente Kirk Douglas escala valiente e intrépidamente por un portón levadizo aprovechando como escalera las hachas que deliberadamente han lanzado contra él.

Pulsa aquí para leer la crítica completa