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El rencor cinéfilo (2012) por El Despotricador Cinéfilo

Es muy curioso lo pueriles que podemos llegar a ser  los cinéfilos, sobre todo durante la niñez y adolescencia, que nos sentimos como amantes despechados y traicionados cuando somos decepcionados por las expectativas que nos creamos ante nuestros ídolos cinéfilos. Recuerdo perfectamente que a mí me pasó cuando Spielberg estrenó en 1985 El color púrpura pues mi mentalidad infantil no podía concebir porqué hacía esos rollos de dramones pudiendo emplear su descomunal talento en hacer más películas de tiburones, extraterrestres o de Indiana Jones. Para mí fue muy doloroso, como una traición.

Por desgracia, no sería la única vez que me pasase eso, pues ya en mi infancia empecé a abordar todas las comedias de Woody Allen y que, de vez en cuando, estrenase esos aburrimientos bergmanianos tan serios, solemnes y profundos me sacaba de quicio pues yo esperaba siempre, de forma egoísta y dictatorial, que hiciese solo comedias hilarantes una tras otra. Luego ya en la adolescencia vinieron nuevas excepciones de este calibre como ¿qué hace Stallone o Bruce Willis haciendo películas que no son solo de acción? ¿Por qué Coppola no se ha dedicado solo a hacer películas de El padrino? ¿Por qué Jim Carrey no se limita solo a películas cómicas? ¿Por qué Julia Roberts no se dedica a hacer solo comedias románticas?, ¿Por qué Julie Andrews no se limitó solo a hacer maravillosos musicales? etcétera.

Es decir, como cinéfilos que amamos a nuestros ídolos nos sentimos mal y resentidos cuando hacen otras cosas que nada tienen que ver con el motivo por el cual nos enamoramos de ellos. Y todo esto me ha dado por pensar qué inteligentes era el cine más clásico de Hollywood, sobre todo en los años 30 y 40, que raramente decepcionaban a sus fans. Antes se iba a ver una película de Bogart y sabías lo que te encontrarías, eran películas al servicio del personaje cinéfilo que había creado una estrella y del cual nos habíamos encandilado y, por eso, queríamos verlo continuamente en esas mismas situaciones y encima con la gran calidad del cine clásico. Y quién dice Bogart dice James Cagney, John Wayne, Shirley Temple, Errol Flynn, Cary Grant, Tyrone Power, Gary Cooper, James Stewart, Fred Astaire y un largo etcétera, es decir, ir al cine a visionar un producto creado exclusivamente a la imagen de esa estrella para así consolidar más la devoción que le tenemos. O incluso, rizando el rizo, también con directores porque antes se iba a ver una película a lo Frank Capra o a lo Hitchcock.

Ahora, en mi vida adulta, me hace mucha gracia recordar lo dolido, resentido y decepcionado que me sentí en algunos momentos de mi niñez y como ese resentimiento me cegó para no valorar muchas obras de autores que, hoy en día, sí que me parecen películas magníficas pero que, por mi rencoroso despecho infantil/adolescente, no pude en su momento apreciar.

La boda de mi mejor amiga (2011) de Paul Feig (por El Despotricador Cinéfilo)


Cada vez que, de forma distendida, hablo con algún amigo o conocido sobre la música actual más me doy cuenta de que me he quedado estancado en la música del siglo XX y que no tengo ni la más remota idea del tipo de música que se lleva ahora, así como de los estilos de modas o los cantantes del momento. Es más, si me pongo a repasar esas listas de los más grandes éxitos musicales de los últimos 10 años me horrorizo al comprobar que no conozco ninguna de esas canciones y, que al escucharlas, me parecen rematadamente malas e insoportables. Es decir, insisto, me he quedado totalmente estacando en la música del siglo XX (a pesar de mi todavía gran juventud).

Todo este preámbulo viene porque se podría decir lo mismo del cine del siglo XXI. ¿Estoy insinuando que me he quedado obsoleto y solo valoro el cine antiguo en detrimento del cine actual? En absoluto, de hecho opino que en la última década se han hecho películas espléndidas y maravillosas, e incluso que hasta la calidad media de todas ellas es superior a lo que se hizo en los años 80 y 90 donde abundaron los bodrios y los despropósitos.

Mi desilusión viene por las comedias que se hace actualmente, al tipo de comedia que se realizan y que, por mucho que me esfuerzo, no me hace la menor gracia. Empecé a darme cuenta de ello cuando vi hace unos años la célebre Resacón en Las Vegas (uno de los mayores éxitos comerciales de todos los tiempos) que, aparte de algunos divertidos gags merecidamente destacables, me pareció una comedia muy irregular que poco aportaba al género. He visto multitud de comedias, algunas mejores y otras peores, pero no acabo de conectar con el humor actual y mucho menos con el popular humor de la factoría Apatow que intentan imponernos desde hace años. No voy a negar que siempre hay excepciones y que hay comedias relevantes que elevan el nivel, pero son solo una minoría poco destacable.

Ahora bien, no sé porque tenía muy buenas vibraciones con esta La boda de mi mejor amiga. Presentía que podía ser una gran comedia y prometía mayor calidad de lo habitual. Quizás es que subconscientemente añoraba, por la semejanza del título, que estuviese al nivel de La boda de mi mejor amigo (un gran éxito de los años 90 con la mejor Julia Roberts y una comedia espléndida de principio a fin, todo un clásico a reivindicar desde ya).

Y sin embargo, con esta La boda de mi mejor amiga me encontré una vez más con la previsible comedia mediocre con los típicos gags escatológicos (esta vez protagonizados por chicas, lo cual tampoco es que haya sido muy innovador), las tópicas y muy repetidas situaciones pseudorománticas que rozan la vulgaridad, una originalidad cero y, sobre todo, una incomprensible excesiva duración (con lo bien que se hubiese condensado todo en menos de 90 minutos). Una decepción total, a pesar de que el tráiler, una vez más, nos engañaba aparentando más de lo que realmente era.

En fin, habrá que seguir esperando que algún día la comedia actual, aunque sea para masas, vuelva a beber de las fuentes de los grandes Maestros para ver si así consiguen arrancarnos alguna sonrisa, que falta nos hace.

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Algo pasa en Las Vegas (2008) por José Luis Martínez Orea


Inicio mi colaboración en El despotricador, empresa familiar pero abierta al infinito, con la crítica de una comedia que se exhibe estos días en los cines de España: ALGO PASA EN LAS VEGAS de Tom Vaugham.


Es una comedia romántica hecha a la medida de la protagonista Cameron Díaz,propósito que hasta los traductores del título en español (en el original What Happens in Vegas) han forzado haciéndolo coincidir con aquel "Algo pasa con Mary" (1998), famosísima comedia gamberra que en su día lanzó a la protagonista. Claro los Farrelly eran otra cosa.

El comienzo es interesante, rápido. Nos mete en el ajo o el embrollo (in media res) como muchas de las comedias clásicas de Hawks, Wilder, Minelli, Bogdanovich, Edwards, con unos primeros minutos en Las Vegas prometedores, pero que, según avanza el metraje, la película se vuelve tópica, previsible, y que, algún diálogo chispeante, alguna réplica realmente cómica, algún personaje secundario (Rob Cordry) hay una sensación generalizada de que la película está muriendo por momentos: Y lo peor es que sus personajes impostan y sobreactúan al darse cuenta de esa muerte anunciada.

Cameron Díaz.¿Por qué los personajes abundantes son tan buenos para la comedia? ¿Por qué los que tienen la boca desbocada, como un buzón de cartas, dan tanto papel? ¿Recuerdan a los dos buzones postales andantes que son Julia Roberts y Cameron Díaz disputándose el novio en "La boda de mi mejor amigo"? Sí Cameron es abundante en todo: los ojos se salen de la pantalla. Los brazos infinitos y las piernas larguísimas (vean las primeras escenas que bien camina con zapatos de tacón). A estas alturas con buenos directores ha aprendido ya a utilizar (movilidad, timidez, guiños, risas) su abundancia en la comedia.

¿Por qué aquí no? Lo peor es el montaje. da la sensación de que, cumplido el fin primordial de hacer una comedia de Cameron Díaz con Aston Cutcher, el nuevo guapo de moda, el joven marido de la talluda Demi Moore, todo lo demás ha salido fallido. Hay varias películas con distintos estilos en una. El final es el principio, no por el estilo, sino por aprovechamiento de descartes valiosos. Anacronismo en el maquillaje, como si la protagonista se hubiera ido a la playa a mitad de una escena. ¿Y que me dicen de la doble trama fallida? ¿Era necesario divorciarse y casarse dos veces? ¿Por qué en vez de ir los protagonistas frente al mar infinito a decir tonterías sobre amor y filosofía, no los manda otra vez a Las Vegas?.

Insoportable la segunda parte por la filosofía que desprende sobre la felicidad y el trabajo. Sobre la vida americana y la empresa privada. ¿Es mejor, más íntegro, trabajar en una ebanistería que en la bolsa? ¿Son así los jueces, los chinos integrados, los servicios sociales, las fiestas de empresa?.

Con ALGO PASA EN LAS VEGAS pasa que, si no la ve no pasa nada y, si la ve, tampoco. En fin, El Despotricador que mejor despotrique, buen despotricador será…