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La iniciación a la cinefilia (2011) por El Despotricador Cinéfilo

Seguramente ningún educador infantil estará de acuerdo conmigo (y no les faltará razón; al fin y al cabo ellos son los expertos y yo solo un mero observador), pero aun así desearía expresar mi opinión. Antes de adentrarme en el tema en términos cinematográficos, me gustaría hacerlo empleando un cierto paralelismo con el mundo de la literatura. Uno de los recuerdos más vivos que tengo de mi temprana adolescencia es cómo en el bachillerato (sería 1º o 2º de BUP) nos obligaron (por no decir "nos forzaron") a leer a Cervantes, Quevedo y otros clásicos de la literatura española.

Para mí, al igual que para todos mis compañeros, eso suponía un gran pesar, un plomazo insoportable y un suplicio intelectual mayúsculo. Probablemente ha sido el causante de que durante muchos años hayamos aborrecido la lectura y hayamos perdido mucho del sentido del placer de una buena lectura (afición que yo no cogí con pasión hasta bien entrado en la veintena). Un caso muy divertido, a la par que patético, es cómo al obligarnos a los 14 años a leer El buscón muchos de nosotros no nos dimos cuenta de que se trataba de una comedia y lo asimilamos como un tostón de drama muy incomprensible. Desde entonces siempre he pontificado a favor de la iniciación a la lectura de los adolescentes a través de novelas (por muy genios que sean Cervantes, Quevedo, Góngora y demás glorias de nuestro Siglo de Oro) asequibles y adecuadas, como Los tres mosqueteros, La isla del tesoro, El conde de Montecristo, etcétera. Solo así se conseguirá captar su atención y ayudarlos a desarrollar el amor a la letra impresa de modo que puedan saborear años después otros clásicos indiscutibles.

Todo este rollo literario viene a que este Verano, en plan docente y educador, me he impuesto disciplinadamente la ardua tarea de iniciar a mi sobrino Pablo en la cinefilia. Esto que puede parecer muy sencillo me ha sumido en múltiples dudas e indecisiones, pues no sabía por dónde empezar. Porque no me interesa que vea películas, sino despertar en él el virus de la cinefilia para que nunca le abandone. Tras mucho deliberar, me pregunté a mí mismo qué era lo que más me atraía, atrapaba y fascinaba de niño. La respuesta fue bien rápida: Hitchcock. Y el experimento solo se podría denominar como éxito, pues, tras ver cuatro de las más emblemáticas películas del maestro inglés, está ansioso y expectante por ver muchas más obras suyas. Hitchcock siempre es una apuesta segura, un caballo ganador; tan asequible que cualquier mente no iniciada en el cine quedará cautivada por sus imágenes. En fin, no seré yo a estas alturas del 2011 el que vaya a descubrir aquí las virtudes de este genio indiscutible e irrepetible.

Lo verdaderamente importante es que ahora ya sí que puedo meterle cualquier cosa y la aceptará con expectación e interés. La veda ya está abierta y el virus cinéfilo ya recorre su cuerpo. Es el momento, pues, de avanzar con los hermanos Marx, Chaplin, Frank Capra, Billy Wilder y todos aquellos que dejaron una profunda huella en mi infancia para toda mi vida. Y todo esto me lleva a una reflexión aparte: ¿por qué el Ministerio de Cultura no se deja ya de tantas gilipolleces banales y obliga a que en las escuelas se exhiban las películas de Chaplin y Keaton? Pues no hay mayor manera de amar y aprender las cosas que disfrutando con ellas.

Boudu salvado de las aguas (1932) por Anónima


A lo largo de la historia del celuloide, los antihéroes han representado un papel fundamental como el reverso necesario de los héroes. Uno de esos antihéroes por antonomasia es Boudu, el protagonista de la película de Jean Renoir Boudu salvado de las aguas (1932).

Boudu sauvé des eaux, como reza su título original, es una adaptación de la obra teatral homónima, de 1925, escrita por René de Fauchois y, como ella, constituye una mordaz sátira social sobre la hipocresía y los valores de la burguesía de la primera mitad del siglo XX.

Esta excelente y divertidísima comedia de Jean Renoir cuenta la historia de Boudu (magníficamente interpretado por Michel Simon), un vagabundo que se arroja al Sena después de haber sido abandonado por su perro (¿acaso existe mayor traición?).

Se trata de un canto a la libertad, pues Boudu, que nada posee, tiene, sin embargo, la fortuna de ser libre. No obstante, habrá un intento de coartar su libertad cuando el señor Lestingois le impida suicidarse y decida erigirse en su benefactor. Lestingois, librero hedonista y bondadoso, decide acoger al mendigo para sociabilizarlo. Sin embargo, Boudu sembrará el caos en la casa, dinamitando las bases de la convivencia familiar del hogar burgués.

Irónicamente, este Boudu-Moisés (el paralelismo es evidente: Moisés significa "salvado de las aguas") es ya un hombre adulto (y no un niño, como el profeta hebreo) cuando lo rescatan de las aguas. Además, su cariz anárquico y ácrata, al margen de toda ley y todo poder, tiene poco que ver con el del autor de la Torá.

Ahora bien, Boudu, que es un provocador desvergonzado e impúdico, posee sentimientos puros. Al contrario, Lestignois, su mujer y la criada que otorga al señor los favores que su esposa le niega, representan esa doble moral de la clase media francesa de la época, hipócrita e inmoral. A pesar de ello, los personajes están vistos con humor y mucha ternura.

Es interesante el contraste entre la vida burguesa, que transcurre en interiores y la vida del "clochard", que se mueve en espacios abiertos, en contacto con la naturaleza. Y es curioso cómo esos espacios tan cerrados de la librería y la casa del señor Lestingois se abren con la llegada de Boudu.

Particular importancia tienen esos toques teatrales con que está aderezada la película. El guiño más importante es, sin duda, ese prólogo teatral, que podríamos considerar metanarrativo, con el cual Renoir, a modo de introducción, nos habla de su concepción del teatro y de la relación de este con la vida. Sin embargo, Renoir no concibe el teatro como una representación de la vida. Para él, el teatro es anterior a la vida, y esta debe salir de aquel como de un espejo.

Otra pincelada teatral clave para comprender el filme aparece en la escena en la cual el señor Lestingois observa con su catalejo, a través de la ventana, el ir y venir de las gentes. Como si asistiera a una representación teatral, exclama al ver a Boudu: "¡Qué vagabundo tan logrado!" Y, así, Boudu ensaya su papel de "clochard" dentro del marco teatral de la ventana de Lestingois (y, más adelante, otros varios dentro del escenario de la casa-librería) hasta desbordar los límites teatrales y, al encontrar su verdadero papel, entrar en la vida.

La película de Renoir dio lugar a dos versiones posteriores: una "sitcom", de 1986, dirigida por Paul Mazursky y protagonizada por Nick Nolte, y una versión francesa de Gérard Jugnot, del 2005, con Gérard Depardieu como protagonista. Lamentablemente, ninguna de las dos adaptaciones posteriores de la obra de Fauchois está a la altura de la que hiciera Renoir. Y esto, a pesar del tremendo éxito que cosechó, al ser tan aclamada por la crítica, la versión americana.

En cuanto al "remake" americano, Down and Out in Beverly Hills (traducido al español como Un loco suelto en Hollywood), se trata de una comedia disparatada, en la cual la sátira social se diluye hasta desaparecer entre un montón de situaciones ridículas que buscan arrancar la risa fácil. Su título nos recuerda el de la obra de George Orwell Down and Out in Paris and London (1933), aunque su propósito y el modo como trata el tema de la pobreza están bien lejos de los del escritor inglés.

Respecto a la refundición francesa, Boudu (2005), se trata de un filme mediocre que naufraga entre la comedia y el drama sin desarrollar plena y satisfactoriamente ninguno de los dos géneros. Ni siquiera alcanza las cotas de humor de la película americana y su final, anodino e insípido como el resto de la película, resulta desagradablemente sentimental.

De hecho, solo Renoir consigue un final magistral. La película termina con la vuelta, plenamente consciente, de Boudu a la libertad de su vida de vagabundo (en compañía, ahora, de un nuevo amigo, una cabra; pues, al fin y al cabo, el ser humano necesita de otro ser que mitigue su soledad). Este vagabundo arquetípico renuncia a la vida acomodada, al sistema capitalista. Es significativa a este respecto la escena en la que entrega el billete que le habían dado como limosna para comprar pan a un joven adinerado. Este, sorprendido, no comprende el porqué de tal acción, y Boudu responde: "Para comprar pan".

Boudu renace al ser purificado por el agua, pues cuando sale del río por segunda vez, y se despoja del traje burgués que lo oprime, ya es otro.

Ninguno de los protagonistas de las dos adaptaciones posteriores consigue igualar la genial actuación de Michel Simon. Solo él consigue caracterizar de manera excepcional a ese vagabundo descarado, anárquico, ácrata, amoral, ingenuo y, sobre todo, desternillante. Un personaje deudor de Charlot y que influiría en los de los hermanos Marx.

Como Dios (2003) por El Despotricador Cinéfilo


Cada cierto tiempo me encuentro una película con un punto de partida argumental que me parece muy interesante y al que se le puede sacar mucho jugo, para que luego vaya desinflándose vertiginosamente y se convierta en un film mediocre, cutre y, sobre todo, desaprovechado; porque es significativo (y triste a la vez) que al pobre espectador se le ocurran miles de situaciones buenas para ese guión, y al guionista, tan bien (o tan mal, ¿quién sabe?) pagado, no se le ocurra ninguna de ellas.

En la mayoría de los casos se lo perdono, pues los autores de dichos films suelen ser unos mediocres sin talento que, por mucho que expriman sus ganas de hacer cine, no lo consiguen. El dolor es mucho más hiriente cuando esto te lo hacen dos artistas de un talento tan excepcional como Jim Carrey y Tom Shadyac. Y muchos se preguntarán: ¿Tom shadyac un artista de excepcional talento?, ¿no es un poco exagerado para un director tan normalito, convencional y poco destacable como él?. Pues no, no exagero, pues estoy convencido de que la magnífica Mentiroso compulsivo (1997, Shadyac) es precisamente tan magnífica y soberbia, no solo por el desmesurado talento para la comedia de un impagable Jim Carrey, sino por la inteligente, amena y brillante dirección que Shadyac le aporta. De hecho, me parece insultante que no esté entre las grandes comedias del siglo, ya que, en mi opinión, merece ser reivindicada como una de las películas más divertidas, ocurrentes, inteligentes e hilarantes que jamás dará el cine; muy a la altura de lo mejor de los hermanos Marx, Cary Grant o incluso Woody Allen.

Por eso, me duele que este Como Dios resulte tan tremendo bodrio. Por supuesto, el 90% de la culpa la tiene un guión tan desaprovechado, tontorrón, banal y superfluo que solo rasca la superficie de lo que podía haber dado una gran comedia con momentos de extraordinaria comicidad. Sin embargo, ese guión (que parece escrito en un par de horas de bajísima inspiración) no saca provecho de nada, absolutamente de nada, de lo que podría haber aportado un pequeño toque de originalidad o inteligencia a esta historia, cuyo punto de partida, insisto, me parece genial, pero a los 5 minutos de metraje ya te das cuenta de que seguirá el camino más facilón, torpe y chabacano.

Ahora bien, si el 90% de la culpa es del guión, el 10% restante se lo lleva la desganada interpretación de Jim Carrey y la de los demás actores, así como la impersonal y aburrida dirección de Shadyac. Entiendo perfectamente que no estén motivados, al tener que filmar un guión tan chabacano, pero, por lo menos, ya que van a desperdiciar su talento, que no lo hagan con una idea argumental que podría haber dado tanto de sí. Y es que cada vez estoy más convencido de que en el mundo del cine (o en el de cualquier arte en general) no basta con tener talento, sino que hay que contar con unos buenos pilares argumentales sobre los que poder desarrollarlo.