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Jason y los argonautas (1963) de Don Chaffey (por El Despotricador Cinéfilo)

Se suele decir que la mítica Lo que el viento se llevó es una película de productor en vez de director o de autor, y que la mano férrea del implacable productor David O. Selznick fue quién creó esta intemporal Obra Maestra del cine. No suelo estar de acuerdo en esta afirmación, pues sinceramente creo que se nota el toque y el talento de todos los directores que pasaron por ahí. Donde no puede haber ninguna duda es en Jason y los argonautas, pues ahí la labor artesanal del director es meramente decorativa e irrelevante.

Jason y los argonautas es una película cuya fascinación, encanto y profesionalidad no reside ni en el guionista, ni el director ni, por supuesto, en los poco carismáticos actores que intervienen en ella. Todo el mérito y crédito de esta pequeña joya es obra de dos grandes genios. Por una parte Ray Harryhausen, cuyo indiscutible talento para los efectos especiales, incluso hoy en día, pueden llegar a sorprender y entusiasmar; y, por otra parte, si tan sobresaliente y destacable en la labor de este mago de los efectos, no menos es la aportación del siempre genial Bernard Herrmann que firma una de sus partituras más fantasiosas y remarcables. Eso sí, es una película que solo debe verse de niño o, por decirlo de otra manera, desde el punto de vista inocente de la mirada de un niño ensimismado por los asombrosos y fascinantes efectos especiales que nos brinda el Maestro Harryhausen una y otra vez (por cierto, ¿existe alguna otra película de la década de los 60 con efectos visuales tan deslumbrantes, soberbios y magníficos para su época? Porque yo ahora mismo no caigo).

Si nos ceñimos (desde nuestra mirada pueril e inocente) a disfrutar de su impecable aspecto técnico y de la pletórica y apabullante música nos encantará, pero, ay, si la vemos con ojos adultos no podemos más que horrorizarnos por el semejante despropósito que se nos ofrece: una dirección plana, un guión inexistente, un vergonzante sentido ridículo de la aventura, una vulgarización de toda la mitología griega y unos actores inexpresivos y mediocres. La película está planificada y montada únicamente para ir mostrando una tras otra las ingeniosas, imaginativas e innovadores genialidades que se le van ocurriendo a Harryhausen.

Entonces la pregunta es ¿debemos encumbrar y mitificar una película por solo sus efectos visuales ? Yo diría que no, porque el cine posterior ha demostrado que se pueden combinar perfectamente los grandes efectos con el carisma de los actores y la calidad de un buen guión (Indiana Jones, Superman, Star Wars, Terminator, Alien, etc). De todos modos, a pesar de sus innumerables defectos y lo ingenuo de su propuesta, Jason y los argonautas es una película recomendable que debería ser de visión obligatoria para todos los niños. Eso sí, entra de lleno en esa categoría de películas que jamás deben verse de adulto si no se quiere empañar el agradable e inolvidable recuerdo que se tiene de ellas en la niñez.

Los paraguas de Cherburgo (1964) por El Despotricador Cinéfilo


Una vez hace ya mucho leí que el legendario productor David O. Selznick dijo que Los paraguas de Cherburgo era uno de los mejores musicales que había visto en su vida, lo cual siempre ha motivado mi interés por verlo y apreciar esas (supuestas) grandes cualidades.

Pues bien, una de dos, o el señor Selznick no había visto muchos musicales en su vida o estaba ya chocheando pues al año siguiente moriría (lo que no está demostrado es que muriese por la indigestión de haberse tragado semejante pastel empalagoso, cursi, relamido y cutre que es esta película).

Y eso que le reconozco un mérito, pues hay que ser muy valiente y original para hacer una película musical sin diálogos y únicamente con canciones una detrás de otra, pero claro, esto solo funciona sin las canciones han sido creado por compositores de gran talento y que por tanto sean magistrales, pegadizas y de gran calidad. Véase el claro ejemplo de Evita (Alan Parker, 1996).

Pero aquí no se sostiene por ningún lado, pues dejando aparte el bellísimo (y justamente famoso, aunque para mí gusto excesivamente afligido) tema principal, toda la partitura musical es de una cutrez apabullante, temas musicales bobalicones a más no poder, y cursilería por los cuatro costados. Y es que claro, Michel Legrand no puede compararse ni por asomo a los grandes y talentosos compositores de Hollywood que nos han legado tantas y tantas maravillosas Obras Maestras en el Cine Musical.

Sinceramente me cuesta creer como tuvo tanta aceptación la música de Legrand en su época, así como también me sorprende que Jacques Demy esté considerado un buen director cuando se demuestra en esta película su mediocridad absoluta, porque ni siquiera es un director correcto o un artesano, es la mediocridad hecha persona.

Y es que ya que te pones a innovar y a crear un musical típicamente francés, por lo menos acuérdate de cuidar el elemento más importante, básico y esencial de cualquier Musical que se precie: el talento de los que lo crean, y es que de eso no andaban muy sobrados dado el resultado final.