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El más valiente entre mil (1968) por El Despotricador Cinéfilo
El cine nunca deja de sorprenderme. Nunca. Pues, a pesar de las toneladas de películas que llevo vistas en mi vida, de vez en cuando me encuentro con alguna sorpresa que descoloca todos mis principios cinéfilos, los cuales creía ya muy asentados. Y un buen ejemplo es El más valiente entre mil.
No obstante, no es la película lo que me ha sorprendido o asombrado, pues se trata simplemente de un western correcto, crepuscular y desmitificador muy en la línea de otros similares de finales de los 60. Lo que me ha maravillado y fascinado sobremanera ha sido el señor Charlton Heston. Desde siempre, mi opinión sobre Heston ha sido en todo momento la misma y apenas ha cambiado a lo largo de los años. Dicha opinión, la cual supongo que mucha gente corpartirá, es que estamos ante un actor solvente y correcto, pero de unos registros y recursos interpretativos muy limitados (un caso muy parecido al de Tom Cruise en la actualidad), es decir, un actor mediocre, pero muy adecuado para determinados tipos de papeles que borda sin problema.
Sin embargo, en El más valiente entre mil me encontré con una espléndida, entrañable y erforzada interpretación de Heston, repleta de matices y de una convicción asombrosa que le permitía lucirse en todo momento con escenas violentas, intensas, dramáticas, cómicas y hasta románticas. Y en todas ellas sale victorioso con total convicción. Francamente no sé a qué o a quién atribuir este mérito de la estupenda interpretación. Lo primero que hace pensar es que Tom Gries ha sabido dirigirlo mejor que nadie y sacar todo su potencial como actor. Sea como sea, lo beneficiarios somos, sin duda, los espectadores.
En fin, que nunca es tarde para rectificar para bien y, aunque me asombre hasta escribirlo aquí, Charlton Heston ha entrado en mi galeria de grandes actores, aunque solo sea por esta película.
No obstante, no es la película lo que me ha sorprendido o asombrado, pues se trata simplemente de un western correcto, crepuscular y desmitificador muy en la línea de otros similares de finales de los 60. Lo que me ha maravillado y fascinado sobremanera ha sido el señor Charlton Heston. Desde siempre, mi opinión sobre Heston ha sido en todo momento la misma y apenas ha cambiado a lo largo de los años. Dicha opinión, la cual supongo que mucha gente corpartirá, es que estamos ante un actor solvente y correcto, pero de unos registros y recursos interpretativos muy limitados (un caso muy parecido al de Tom Cruise en la actualidad), es decir, un actor mediocre, pero muy adecuado para determinados tipos de papeles que borda sin problema.
Sin embargo, en El más valiente entre mil me encontré con una espléndida, entrañable y erforzada interpretación de Heston, repleta de matices y de una convicción asombrosa que le permitía lucirse en todo momento con escenas violentas, intensas, dramáticas, cómicas y hasta románticas. Y en todas ellas sale victorioso con total convicción. Francamente no sé a qué o a quién atribuir este mérito de la estupenda interpretación. Lo primero que hace pensar es que Tom Gries ha sabido dirigirlo mejor que nadie y sacar todo su potencial como actor. Sea como sea, lo beneficiarios somos, sin duda, los espectadores.
En fin, que nunca es tarde para rectificar para bien y, aunque me asombre hasta escribirlo aquí, Charlton Heston ha entrado en mi galeria de grandes actores, aunque solo sea por esta película.
Cometieron dos errores (1967) por Vircenguetorix
Este híbrido entre la clásica película del oeste norteamericana y el spaghetti-western europeo, no hubiera pasado a tener cierto éxito si no es por la presencia de Clint Eastwood. Y digo esto, porque objetivamente Cometieron dos errores es más bien poca cosa.
Se nota que es una película de novatos. Casi todo el cuerpo técnico que participa en la cinta eran nuevos en esto del cine, aunque ya tenían algunos de ellos cierta experiencia en televisión.
los errores de Cometieron dos errores son los habituales, falta de solidez y dispersión de la trama argumental, creando subhistorias de poco valor. Atracción por las corrientes de moda en la forma de rodar de la época, que pasados unos años suele quedar muy caduca –los zooms de esta son lamentablemente malos-. Y en general, cierta inclinación hacia el efectismo propio del cine de terror, en el que aquí se inspiran.
Y eso que el director, Ted Post, no era un niño precisamente, pero su forma de manejar la cámara está más cercana a la un estudiante de cine que a la de un cincuentón. El que es malo, lo es siempre, luego nos regalaría ese fiasco titulado Regreso al planeta de los simios.
Pero lo más interesante de esta película es la apología de la pena de muerte que se hace en ella. Si el personaje de Eastwood, representa el hombre que quiere resolver los problemas a la antigua usanza, el juez simboliza el nuevo modelo que se va imponiendo en Estados Unidos por aquella época. Y es él, y no los pistoleros de siempre los que imparten esa justicia. Aunque se equivoquen. Esta es la clave de la cuestión.
La pena de muerte es necesaria, ya que si no lo hacen ellos se hará en otra parte tomándose la gente la justicia por su mano. Y aunque se asuman errores y que hay personas que serán ajusticiadas de forma errónea, lo individual no puede parar lo estructural, que es el sistema judicial.
Este mensaje, bastante discutible, es el motor de la una historia rodada en Nuevo México, donde nuestro amigo Clint, está bien como siempre. Eso sí, nadie puede creerse que pueda ser abogado. Sus conocimientos de Derecho en la película son los mismos que los de Bisbal de Sociología de las Religiones.
Hay más puntos en contra de ella, desde la horrible banda sonora, una de las peores que recuerdo, a la lamentable historia de amor, completamente forzada, deshilvanada y carente de credibilidad. Papel de mujer florero, muy típico de las películas ultraderechistas norteamericanas como es el caso.
Lo mejor de todo es el comienzo, tiene unos diez primeros minutos extraordinarios, que parecen sacados de lo mejor del género. Pasado el gas inicial, viene el sopor y las incongruencias.
Una película bastante floja, que no debe tener más de un visionado, que debe servir para ver a Clint ponerse el sombrero y fumar sus puritos. Poco más.
Grupo salvaje (1969) por Betomovies
La película está muy bien valorada por el público, no obstante lo primero que tengo que decir de ella es que el metraje es demasiado extenso y que se podrían haber sacado muchos minutos sin alterar en nada la trama.
A pesar de ser uno de los western mejor considerados de todos los tiempos, a mí me dejó insatisfecho, y una de las grandes razones es que por momentos la película me aburrió, hay momentos que son para el bostezo y otros que por el contrario nos regala altas dosis de acción típica de esos tiroteos y pleitos del Oeste. Todo ello en ausencia de cualquier mensaje o trasfondo profundo, o por lo menos yo no he podido encontrárselo. Digo típico western, pero ojo, en esta cinta tenemos un coche a motor y una ametralladora, señal que una era está finalizando para dar comienzo a otra. No obstante esa mezcla no resulta absurda ni mucho menos, sino que es una verdadera novedad al menos para mí. Y hay que saber adaptarse a las novedosas circunstancias.
Esta película se diferencia por la característica que sus personajes no caen el maniqueísmo propio de buenos versus malos, aquí cada uno de ellos tiene un complejo perfil donde hay que poner mucho esfuerzo para encontrar bondad en estos verdaderos anti-héroes sucios, mujeriegos detestables, alcohólicos y aprovechadores. Un clima muy extraño se respira en el filme, sobre todo cuando entramos al territorio mexicano, allí parecería ser que estamos ante una anarquía absoluta, abandonados a nuestra propia suerte donde no podemos fiarnos de nadie. Delincuentes forajidos, caza-recompensas inhumanos que representan en cierto forma la ley, el ejército mexicano de Mapache, los revolucionarios de Pancho Villa; todo una atmósfera sórdida donde rige la amoralidad más cruda.
Las escenas de acción son muy logradas (sobre todo la secuencia final), pero sólo quedan en ello, en un gran despliegue estético y visual, lo cual es admirable pero hasta cierto punto porque luego de un rato ya causan hastío. En aspectos generales la cinta no me resultó dinámica, se tornó bastante densa, aunque sobria en sus alternativas. Cuestionaría por allí que quizás muchos pasajes debieron ser más fluidos y sé que por allí puedo resultar injusto con una película de esta envergadura, pero también hay que pensar en el público que busca efectividad y contundencia sin tantas vueltas inconducentes.
El rostro impenetrable (1961) por Anónima
A principios de la década de los 60 el western ya había iniciado un leve declive, atrás quedaban las películas que marcaron su época dorada (Río Grande [1950] y Centauros del desierto [1956] de John Ford o Solo ante el peligro [1952] de Fred Zinnemann) y más atrás aún aquellas que establecieron las características que iban a definir la diégesis del cine de género épico americano (Asalto y robo de un tren [1903] de Edwin S. Porter, La caravana de Oregón [1923] de James Cruze o El caballo de hierro [1924] de John Ford). Hacia 1961 las películas del Lejano Oeste ya constituían, pues, un corpus cerrado, y cualquier acercamiento cinematográfico que se propusiera adueñarse de los rasgos distintivos de un género clásico como el western solo podía ser desde la transgresión respetuosa de sus preceptos.
La voluntad manifiesta de Brando, antes incluso de que asumiera la dirección del filme, era llevar a cabo "un asalto frontal al templo de los clichés". En El rostro impenetrable aparecen elementos que desbordan las convenciones del género y se alejan sutilmente de los manidos tópicos del "cine de vaqueros". El protagonista, por ejemplo, se aparta del estereotipo que se había creado para este tipo de héroes, pues ya no encarna el bien a ultranza en oposición a los personajes que representan el mal sin ambages, sino que está hecho de claroscuros, de contradicciones, de diversas tonalidades que lo enriquecen y lo humanizan.
La película, cuyo título original es One-Eyed Jacks, está basada en la novela The Authentic Death of Hendry Jones de Charles Neider, y narra la historia de dos atracadores de banco, Rio (Marlon Brando) y Dad Longworth (Karl Malden), cuyas personalidades, tan diferentes entre sí, tienen, sin embargo, un rasgo común: la doblez. Eso era, precisamente, lo que pretendía reflejar su título, pues representa una clara alusión a los comodines de la baraja inglesa: la jota de picas y la jota de corazones. Estas cartas solían ser denominadas "tuertos" porque sus figuras aparecen dibujadas de perfil, de manera que solo muestran un ojo. Pues bien, en la película todos los personajes ocultan una parte de sí mismos, mienten. Una escena ejemplar en este sentido es aquella en la que aparecen Rio y Dad cara a cara durante su primer encuentro desde el momento de la traición. Están el uno frente al otro, así que solo vemos sus perfiles. De la misma manera, en otra escena clave, Rio, a través de los barrotes de la celda en la que está preso, le dice a Dad: "Aquí pones cara de persona decente, pero yo conozco el otro lado de la moneda".
El filme, deudor del psicologismo freudiano, comienza con una escena insólita en la cual vemos al protagonista comiendo un plátano. Y es que en la película, poseedora de una fuerte carga simbólica, abundan los símbolos fálicos. Es, precisamente, en ese simbolismo visual que lo adensa donde reside la esencia del barroquismo de One-Eyed Jacks. No solo los colores, el mar u otros elementos del paisaje son fuente de imágenes simbólicas, sino hasta pequeños detalles, como la reproducción de La Gioconda (paradigma de pintura enigmática) que aparece en un saloon.
El conflicto surge cuando Dad traiciona a Rio, pues éste pasará cinco años en la prisión de Sonora (México) hasta que finalmente logre escapar. Igual que le sucede a Edmond Dantès (Conde de Monte-Cristo), solo una idea ocupará la mente de Rio durante su encarcelamiento: la venganza. A partir de ese momento la traición y la venganza serán las hebras que irán dando forma a la trama, dos pasiones clásicas que plasman la esencia épica del western, cuyos paralelismos con la epopeya griega son evidentes. No se verá, pues, mermado el carácter heroico del protagonista por el hecho de ser emblema de tal afecto, ya que la venganza no era considerada una pasión innoble por los héroes clásicos, al contrario, se trataba de una obligación ética y moral (y hasta de un deber legal).
Por otro lado, el impulso vengador nace siempre de la impotencia, de la falta de poder. En medio de un marco de tragedia griega que rezuma desafortunados ecos edípicos, el personaje de Brando será víctima de una influencia castrante por parte de su antagonista (su nombre, "Dad", significa "papá" en inglés) hasta que finalmente logre "matar al padre" en el mismo lugar donde lo halla desempeñando el cargo de sheriff, en Monterrey. Allí será, asimismo, donde se enamore de la frágil y delicada hijastra de su enemigo, Louisa (Pina Pellicer), porque también la ciudad participa de la ambivalencia de connotaciones simbólicas que poseen casi todos los elementos del filme.
"Siéntate a la puerta de tu tienda, y verás pasar el cadáver de tu enemigo", reza un proverbio árabe. Sin embargo, no parece ser el deseo de Rio de tomar frío el dulce plato de la venganza el que lleva a Brando a demorar en exceso el desquite final, sino la intención de permitir al protagonista congraciarse con el espectador a través de las múltiples humillaciones que tendrá que sufrir y de los varios agravios de que será objeto por parte del amigo traidor. Es patente la búsqueda, hasta la náusea, de la aquiescencia del público a través del trazado, cada vez más preciso, del contorno de los personajes, como si paulatinamente sus rostros de perfil fueran girando hasta dejar ver sus caras verdaderas: humana, por la abundancia de matices, la de Rio; vil y despreciable hasta el aborrecimiento la de Dad. Se diría que el director siente la necesidad de justificar el odio y la venganza, como si la traición inicial no bastara para establecer la licitud de tales inclinaciones del ánimo. Por otro lado, es bien cierto que, ante el surgimiento de la pasión amorosa, que cambia al protagonista, se hace inevitable acrecentar el deseo de venganza, que amenaza con extinguirse, disuelto en las aguas del amor.
Y es que solo el vengador parece estar vivo en medio de este filme con hechura de cuento infantil por el que pululan unos personajes totalmente acartonados, cuyas pasiones exaltadas forman parte del estereotipo clásico. Dad, magníficamente interpretado por Karl Malden, constituye un perfecto ejemplo de "personaje lineal", y lo mismo sucede con su esposa, María (Katy Jurado). En realidad, solo Rio y Louisa son personajes complejos, "personajes circulares".
El paisaje adquiere un relieve especial en El rostro impenetrable, pues es una proyección de las emociones del protagonista. Así, nos encontramos ante un paisaje bifaz en el que alternan y se complementan dos fuerzas en equilibrio: el océano y el desierto. Como en un western clásico, abundan las imágenes panorámicas y los amplios encuadres que captan la vasta aridez del desierto. Este es, en cuanto reino del sol, el espacio del héroe por excelencia, el terreno de la lucha y de la muerte, el espacio donde se levantan densas polvaredas que ocultan y disuelven. Sin embargo, en contra de las convenciones, aparece un elemento tan poco habitual en este tipo de películas como el océano, símbolo de lo femenino y del origen de la vida. Quizá por eso Louisa es fecundada por Rio de noche, junto al mar, momento en que el sol se hunde en las aguas saladas.
One-Eyed Jacks termina al estilo del western clásico, con un dilatado horizonte hacia el que galopa, como centauro, la figura del héroe sobre su caballo hasta perderse en la lejanía. Se trata de un final abierto en el que el plano panorámico del jinete, que se aleja a lomos de un caballo negro, alterna con el de la protagonista femenina, que monta un caballo blanco. Al final reaparece, por tanto, ese cromatismo simbólico que vertebra el filme: la contraposición del blanco y el negro como dos fuerzas en equilibrio.
Sin duda, El rostro impenetrable habría sido un filme distinto si Stanley Kubrick no hubiera abandonado el proyecto (su título inicial era A Touch of Vermelion), acaso mejor, exento del narcisismo y de los desaciertos cometidos a consecuencia de la impericia de Brando como director. Sin embargo, quizá carecería de esa exuberancia simbólica que apenas hemos esbozado y de esa peculiar caracterización de los personajes que los acerca y los humaniza. Y, probablemente, habría perdido esa misteriosa magia que hechiza al espectador.
Río Grande (1950) por El Despotricador Cinéfilo
En el cine todo es relativo, cuestionable y objetivo, prácticamente es muy difícil de decir o pontificar una verdad absoluta, o plantear una afirmación en que todos los cinéfilos estén de acuerdo. Pero si hay unanimidad total sobre un tema concreto es que indiscutiblemente John Ford es el mejor director de cine que ha habido y habrá. El auténtico maestro de los maestros, el más completo, el más innovador y sobre todo el creador que más Obras Maestras ha aportado a la historia del Séptimo Arte.
En mi opinión John Ford hacía películas redondas, así de sencillo, simplemente eso, películas redondas, algunas mejores y otras peores, pero siempre académicamente perfectas. Eso no quita, por supuesto, que como todo cineasta tenga films decepcionantes, fallidos o sencillamente malos, pero su técnica narrativa (de la que fue pionero en muchos aspectos) es incuestionable en todas ellas.
En mi curiosidad cinéfila estoy intentando abarcar lo máximo posible de su excepcional filmografía (tarea abrumadora sin duda, pues son más de un centenar de películas), pero poco a poco me voy empachando de esas joyas (y no tan joyas) obras fordianas que tanto me están cautivando.
Tarde o temprano tenía que enfrentarme a su célebre trilogía de la caballería. Primeramente vi Río Grande, y me gustó muchísimo, seguidamente La legión invencible, y me gustó mucho más todavía, y finalmente acabé con Fort Apache, donde he disfrutado de una de las más soberbias Obras Maestras Absolutas que ha dado el cine, engrandeciendo el género del Western a las más altas cotas del arte, donde todo es absolutamente perfecto, genial e intachable.
Pero eso me ha hecho recapacitar, ¿era realmente tan buena Río Grande? Me ha entretenido tantísimo Fort Apache que a su lado Río Grande palidece, ¿Cuál es el motivo? Pues lo tengo muy claro, clarísimo. Y es que si el guión de Fort Apache es soberbio, el de Río Grande me parece muy endeble, parece como si todo estuviese concebido y narrado para contar una historia muy simple, muy básica, con todos los tópicos del cine fordiano pero sin chicha ni enjundia en la historia realmente, es decir, me aburrió.
Eso sí, reconozco que técnicamente es impecable, es una película redonda, pero eso no es suficiente, porque además parece más un documental de la caballería que una película en sí. No basta con dirigir con ese gran talento, si no hay ningún guión bueno la película al final acaba resintiéndose, incluso se me antoja algo panfletaria. Además, no se porque, pero me da la sensación de que Ford estaba como desinteresado rodando, como si solo fuese un entrenamiento con la pareja protagonista, es decir, John Wayne y Maureen O´hara están geniales, pero parece como si esto fuese solo un aperitivo, un casting de prueba donde ya se estaban preparando para sus inolvidables personajes de El hombre tranquilo.
De todos modos con Ford me pasa como con Orson Welles, aunque la historia sea aburrida y sin interés, siempre me puedo regodear observando atentamente los maravillosos encuadres que tanto me deleitan, y que le coronan como el mayor artesano que ha engrandecido el arte del cine como nadie.
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