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Cinderella man (2005) de Ron Howard (por El Despotricador Cinéfilo)

Existen dos grandes clases de películas: las que son originales, innovadoras, fascinantes y sorprendentes, y otras que son simple y académicamente perfectas, Cinderella man pertenece a esta segunda categoría.

¿Es eso bueno o malo? No, ni una cosa ni la otra. Simplemente son películas para degustar, digerir y olvidar pues su factura técnica es impecable y, por tanto, son muy disfrutales y entretenidas de ver en su momento. Pero solo en su momento. Porque si se piensa posteriormente en ellas, y Cincerella man es un caso más que evidente, nos damos cuenta de lo sumamente tramposa, pueril, tendenciosa, banal y lineal que es.

En esta película en concreto estamos al acabar de verla tan fascinados, ensimismados y asombrados que nos hemos dejado gustosamente engañar por nuestros sentidos y emociones, incluso hasta derramar alguna que otra lágrima. Pero, una vez pasado el efecto inicial, nos damos cuenta que la película en sí no aporta absolutamente nada al turbio y sórdido mundo del boxeo. Todo lo que cuenta lo hemos visto ya docenas de veces antes en otros films. Incluso hasta nos sabemos lo que va a ocurrir en cada escena e incluso, puestos a rizar el rizo, cómo va a ser rodado y planificado cada una de dichas escenas. Es lo que tiene las películas simplonas y triviales, que el factor sorpresa o la originalidad es nula.

Cinderella man es solo un producto prefabricado y muy planificado que, muy artesanalmente, Ron Howard ha ido diseñando siguiendo paso a paso el manual del director, por lo que nos encontramos en ella todos los tópicos, trampas y engaños necesarios para hacernos vibrar, sufrir, emocionar y cautivar por lo que nos cuenta. No digo que eso sea malo, es parte del interés de las películas y lo que nos motiva ir a verlas, pero a veces se notan demasiado las costuras y el engaño se hace más evidente (en este caso concreto se exceden en el tono bondadoso, bienintencionado, abnegado, íntegro, angelical, inmaculado y heroico del protagonista durante la gran depresión).

Puede que mucha gente llegue a opinar que es una película prescindible e innecesaria porque no aporta nada nuevo y es más de lo mismo. Yo no, pues aunque sea eso cierto, que lo es, entretiene y, solo por eso, a mí ya merece un respeto y un interés.

Master and commander: al otro lado del mundo (2003) por El Despotricador Cinéfilo


La primera vez que vi Master and Commander tenía un trancazo tremendo que tenía mis facultades mentales muy mermadas, por lo que asumí que no estaba en condiciones de juzgar la película como se merecía, y por tanto el problema de que no me acabase de gustar era mío.

Ahora que la he vuelto a ver (y disfrutar, pues el film es muy disfrutable) sigue habiendo algo que no me cuadra (o es que todavía no tengo yo dichas facultades mentales respuestas del todo). Y es que me da la sensación de que la película tiene un guión que rompe todos los esquemas que debe tener un buen guión, es decir, un inicio, un desarrollo y un desenlace. En esta película no. Aquí ocurre lo mismo todo el rato, no hay desarrollo, no hay desenlace, todo es una sucesión de las mismas aventuras e historias. Por tanto no me parece que sea una película resolutoria.

Tengo entendido que está basada en varias novelas del mismo autor, eso explicaría que sea tan plana y repetitiva en su estructura, pues crea tal mezcolanza argumental que acaba por desorientar, y es que el flojo guión no ofrece muchas oportunidades donde lucirse. Aunque claro, eso sí, es un espectáculo cinematográfico de tal magnitud (imágenes, fotografía, sonido, efectos especiales, interpretaciones, etcétera) que acabas disfrutando aunque el argumento sea francamente pobre.

Yo como espectador cinéfilo lo agradezco, pues ante todo quiero disfrutar con una película de aventuras bien hecha, y Peter Weir lo consigue de sobra con este Master and Commander, pero puestos a mejorar y a hacer un film impecable ¿por qué no pulir ese guión hasta darle una coherencia argumentativa que tanta falta le hace? El resultado de no hacerlo es que consigue excitarnos mucho visualmente, pero no intelectualmente, y es una pena.