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Los implacables (1955) de Raoul Walsh (por El Despotricador Cinéfilo)


Estrellas ha habido en la historia del cine desde sus orígenes y siempre las habrá, pues incluso hoy en día que todo el mundo hollywoodiense está más desmitificado siguen existiendo grandes estrellas del calibre de Brad Pitt, George Clooney o incluso Tom Cruise (que lleva incombustible instalado en el estrellato desde hace casi 30 años a base de instinto, constancia y talento).

Ahora bien, cualquier cinéfilo en el fondo de su corazón sabe que las verdaderas, esenciales y legítimas estrellas son las del cine clásico donde surgieron auténticas leyendas y mitos cinematográficos que atesoraron, consolidaron y mitificaron la magia del cine y la fascinación que nos cautivaron. Y si de estrellas clásicas hablamos, probablemente Clark Gable es su mayor exponente. ¿Por qué? Pues porque concentra y exhala en su dilatada e inolvidable carrera todo el carisma, talento, magnetismo, personalidad, fuerza, atractivo, simpatía y mitomanía que se le puede pedir a un estrella. Un digno Rey de Hollywood como fue apodado en su época por sus fans.

Por tanto, contar con Gable para Los implacables ya es el primer paso para aportar personalidad y enjundia a una película. Añadamos además que tras la cámara está Raoul Walsh, y decir Waslh es como decir John Ford, es decir, cine en estado puro y uno de los más grandes genios cineastas que jamás dará el séptimo arte. Además, para el director no era algo nuevo el argumento de la película, pues si nos fijamos con atención en ciertos momentos es como si fuese un remake de su memorable La gran jornada dirigida por sí mismo 25 años antes con otro mito del celuloide: John Wayne. Y si lo completamos con una muy sensual (y muy divertida) Jane Russell ya la receta es perfecta. Un plato perfecto para ser degustado sobre todo por los amantes del western y del cine clásico.

El resultado de Los implacables es el esperado pero no por eso deja de sorprender. Primero porque es un film muy compacto con algunas de las escenas de paisajes monumentales en cinemascope más bellas jamás rodadas. Segundo, contiene un impecable y firme pulso narrativo de Walsh para dirigir con su maestría habitual la acción, la aventura, el romance, el drama e incluso algunos afortunados toques de humor. Tercero, la química brutal entre Clark Gable y Jane Russell hace saltar chispas con algunos inteligentes y picantes diálogos con doble sentido. Cuarto, por si fuera poco, un solvente grupo de secundarios donde destacaba el siempre correcto y versátil Robert Ryan que siempre aporta más carisma a un film, como si con el de Gable no fuese ya más que suficiente.

De forma concisa y resumida se podría decir que Los implacables es el un western es estado puro, paradigma de los que engrandecieron el género y lo convirtieron en mítico y antológico. Vamos, una gozada, para que nos entendamos.

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El más valiente entre mil (1968) por El Despotricador Cinéfilo

El cine nunca deja de sorprenderme. Nunca. Pues, a pesar de las toneladas de películas que llevo vistas en mi vida, de vez en cuando me encuentro con alguna sorpresa que descoloca todos mis principios cinéfilos, los cuales creía ya muy asentados. Y un buen ejemplo es El más valiente entre mil.

No obstante, no es la película lo que me ha sorprendido o asombrado, pues se trata simplemente de un western correcto, crepuscular y desmitificador muy en la línea de otros similares de finales de los 60. Lo que me ha maravillado y fascinado sobremanera ha sido el señor Charlton Heston. Desde siempre, mi opinión sobre Heston ha sido en todo momento la misma y apenas ha cambiado a lo largo de los años. Dicha opinión, la cual supongo que mucha gente corpartirá, es que estamos ante un actor solvente y correcto, pero de unos registros y recursos interpretativos muy limitados (un caso muy parecido al de Tom Cruise en la actualidad), es decir, un actor mediocre, pero muy adecuado para determinados tipos de papeles que borda sin problema.

Sin embargo, en El más valiente entre mil me encontré con una espléndida, entrañable y erforzada interpretación de Heston, repleta de matices y de una convicción asombrosa que le permitía lucirse en todo momento con escenas violentas, intensas, dramáticas, cómicas y hasta románticas. Y en todas ellas sale victorioso con total convicción. Francamente no sé a qué o a quién atribuir este mérito de la estupenda interpretación. Lo primero que hace pensar es que Tom Gries ha sabido dirigirlo mejor que nadie y sacar todo su potencial como actor. Sea como sea, lo beneficiarios somos, sin duda, los espectadores.

En fin, que nunca es tarde para rectificar para bien y, aunque me asombre hasta escribirlo aquí, Charlton Heston ha entrado en mi galeria de grandes actores, aunque solo sea por esta película.

Vanilla sky (2001) por El Despotricador Cinéfilo


Nunca he entendido como el cine americano siendo indiscutiblemente el mayor creador de cine de calidad que existe ahora y siempre (es irrefutable que por cada Obra Maestra que hay de cine europeo o asiático, hay 99 Obras Maestras americanas) pueden ser tan rematadamente mediocres, cutres e inútiles a la hora de realizar remakes de films de éxitos de otras nacionalidades.

Se supone que un remake se realiza para superar con creces (o al menos levemente) al original, o para aportar elementos mejores de las que adolecía el film original, pero hasta ahora no creo haber visto un remake americano que sea, no ya superior a la película que revisiona, sino que todos son infinitamente inferior a los remakeados. Incluso en films tan netamente americanos como la francesa Nikita el remake americano fue infumable, y solo películas tremendamente infieles (como Los siete magníficos) consiguen honrar un poco a la película que les precede.

Pero nunca hasta Vanilla sky me había irritado tanto un remake americanizado, y eso que ya de por si Abre los ojos era una película neta y totalmente americana (y es que la maravillosa influencia spielbergiana de mi admirado Amenábar es indiscutible), pero si el film de Amenábar era tremendamente original, impactante y disfrutable (como dijo mi amigo Ángel en su día: "no me he enterado de nada pero que bien me lo he pasado viéndola"), el de Cameron Crowe es un bodrio de tal calibre que sentí verdadera vergüenza del engendro que ha parido.

No se porque tengo cierta empatía y cariño desde siempre por Cameron Crowe (supongo que será por haber leído y releído docenas de veces su magnífico libro de "Conversaciones con Billy Wilder"), porque como cineasta su cine desprende una pretenciosidad y prepotencia que no se de dónde la sacará, porque todas sus películas (a excepción de algunos aciertos parciales) son aburridas, previsibles, tendenciosas y sumamente banales, incluso su mejor film (Casi famosos) se me antoja más un acierto de guión (donde transmite brillantemente sus experiencias autobiográficas como cronista de la revista "Rolling Stone") que como director, donde su mediocridad florece por todas partes.

¿Qué despotricar sobre Vanilla sky?, pues sería mejor decir sobre lo que no despotricar, pues lo único relevante es la selección de canciones que acompaña al film (es lo mínimo que se le puede pedir a alguien como Crowe, en especial la de McCartney), y eso que (aunque parezca increíble) a mi Tom Cruise me gusta mucho como actor (me parece un actor solvente, que no es poco), pero es insalvable ese amago de guión que coge lo peor de lo peor del guión de Amenábar, y encima se regodea en ello, no ofreciendo en ningún momento ni misterio, ni tensión, ni intriga, ni miedo ni tan siquiera emociones básicas. Todo es frialdad, está dirigida con desgana, es como si al empezar a dirigirla se diese cuenta de que era imposible igualar (no ya superar) a Abre los ojos y haya hecho una realización mecánica, fría, despersonalizada y sin el menor sentimiento, es decir, hacer cine como quien hace churros.

En fin amigo Cameron, habrá que seguir queriéndote por tus conversaciones con Billy Wilder, porque como cineasta pocas emociones y sentimientos nos vas a arrancar.