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#laislaminima La isla mínima (2014) de Javier Rodríguez (por Aurea García Fernández)
En las marismas del río conviven unos personajes que son fruto de un pasado político y social en los que se dan riqueza y pobreza, más miserias que alegrías, y en el que la gente más joven desea salir de allí a toda costa pasto fácil pues...
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Primos (2011) de Daniel Sánchez Arévalo (por El Despotricador Cinéfilo)
¿A una película solo por el hecho de ser española ya debemos valorarla por un baremo, ya sea para mejor o peor, que al resto de películas de otras nacionalidades? Parece que sí, y que tenemos cierta tendencia a encumbrar ciertos bodrios al igual que a denostar films magníficos solo por el mero hecho de ser españoles. Parte de la idiosincrasia de este país, supongo.
Primos pertenece sin duda a la primera categoría, y es una pena, porque desde un principio no me sorprendió las excelentes críticas que recibió en general, pues las dos anteriores películas de Daniel Sánchez Arévalo (Gordos y sobre todo la espléndida Azul oscuro casi negro) ya vislumbraban un director más que interesante, por lo que era lógico y normal que este Primos también fuese una obra más que estimable.
Y empieza bien, empieza muy bien, esos primeros minutos de un impagable Quim Gutiérrez soltando su monólogo en la iglesia son dignos de almacenarse en una antología de los mejores momentos cómicos del cine español. Pero justo ahí termina los buenos recuerdos que tengo de la película.
Que el resto del guión y de la historia sea intranscendente, superficial, pueril y muy infantil no es lo que más me cabrea, sino lo sumamente previsible que es la película y cómo sabes en todo momento qué va a ocurrir y lo poco que se esfuerza Sánchez Arévalo como guionista por aportar algo mínimamente original o relevante.
Por no hablar de los insustanciales, lineales y muy poco definidos personajes protagonistas (y bueno, también los secundarios). Y mira que unos personajes aunque sean muy lineales, esquemáticos y muy caricaturescos pueden llegar a funcionar muy bien y responder aportando verosimilitud a la trama por muy exageradas e imposibles que sean sus acciones (un ejemplo claro es la exitosa serie de La que se avecina) pero aquí son tan falsos e irreales que ni funcionan. ¿De qué sirve tener a actores tan sobresalientes y excepcionales como Raúl Arévalo o Antonio de la Torre si sus personajes están tan mal definidos, matizados y desarrollados?
Ay, y pensar que hace unos días pensaba: "qué pena que no estuviesen más trabajados los matices de los todos los personajes de la magnífica Pequeñas mentiras sin importancia de Guillaume Canet para así ya ser una obra completamente redonda y magistral". Ahora ya sí que me parece magistral y redonda después de visionar el bodrio de Primos.
Balada triste de trompeta (2010) por El Despotricador Cinéfilo
En el momento de su estreno en el cine se me escapó de la cartelera esta peculiar Balada triste de trompeta, de Alex de la Iglesia, y ahora, gracias al DVD, la recupero con mucha curiosidad. Lo cierto es que no es que me animen a verla las críticas que ha recibido desde su estreno (la mayoría muy negativas), pues redundan todas ellas en lo mismo: impactante e impecable ejercicio cinematográfico cuyo principal defecto es la ausencia absoluta de un guión coherente y sólido.
Yo, que soy un defensor a ultranza del guión en el cine y que afirmo siempre que para que una película funcione debe tener ante todo un buen guión, soy la persona menos propicia para defender esta Balada triste de trompeta. Y sin embargo me gustó. No solo eso; es que me ha gustado mucho. En un principio, al ir con las expectativas tan bajas, pensé que me esperaba un bodrio tal que hasta me gustaron sus aciertos. Pero no, no es solo eso.
Es difícil de explicar, francamente difícil. No obstante, lo intentaré. Nada más terminar de verla encontré muchas similitudes entre el 2001 de Kubrick y esta película (salvando las distancias, claro). Porque, al igual que pasaba en la Obra Maestra de Kubrick, lo que menos importaba ahí era el guión (de hecho, creo que ni siquiera tiene guión y, a pesar de ello, es un clásico incuestionable del cine), pues lo único que le interesaba a Kubrick era crear un desbordante, implacable y rotundo espectáculo visual que embelesara todos los sentidos de los espectadores y los cautivase de tal manera que llegaran a olvidarse por completo del guión. Y vaya si lo consiguió.
Obviamente, de la Iglesia no es Kubrick, pero sí un cineasta con una personalidad tan marcada y un visionario de tal calibre que ha conseguido (al menos así ha sido en mi caso) que el guión se desvanezca completamente de nuestra memoria y nos ensimismemos de tal manera que el disfrute visual sea absoluto. No podría explicarlo, pues hay cosas que son inexplicables y tremendamente subjetivas, pero esa mezcolanza de esperpento e histeria, de cultura popular setentera, de guiños históricos y locura freak circense acabó engatusándome. ¿Que la película es un desfase sin sentido histriónico y violento? ¡Y qué más da!, lo importante es que la potencia y la fuerza de sus imágenes son tan apabullantes que convierten el film en algo meramente sensorial, emocional, visceral y visual. Y esto sí que es un logro. Digamos que es una película para ver con las entrañas, no con el sentido común.
Ah, otro elemento importante a aportar: desde que vi, de niño, Con la muerte en los talones, del maestro Hitchcock, no he dejado de soñar, tímida y secretamente, con un final similar en el Valle de los Caídos en vez de en el Monte Rushmore.
Yo, que soy un defensor a ultranza del guión en el cine y que afirmo siempre que para que una película funcione debe tener ante todo un buen guión, soy la persona menos propicia para defender esta Balada triste de trompeta. Y sin embargo me gustó. No solo eso; es que me ha gustado mucho. En un principio, al ir con las expectativas tan bajas, pensé que me esperaba un bodrio tal que hasta me gustaron sus aciertos. Pero no, no es solo eso.
Es difícil de explicar, francamente difícil. No obstante, lo intentaré. Nada más terminar de verla encontré muchas similitudes entre el 2001 de Kubrick y esta película (salvando las distancias, claro). Porque, al igual que pasaba en la Obra Maestra de Kubrick, lo que menos importaba ahí era el guión (de hecho, creo que ni siquiera tiene guión y, a pesar de ello, es un clásico incuestionable del cine), pues lo único que le interesaba a Kubrick era crear un desbordante, implacable y rotundo espectáculo visual que embelesara todos los sentidos de los espectadores y los cautivase de tal manera que llegaran a olvidarse por completo del guión. Y vaya si lo consiguió.
Obviamente, de la Iglesia no es Kubrick, pero sí un cineasta con una personalidad tan marcada y un visionario de tal calibre que ha conseguido (al menos así ha sido en mi caso) que el guión se desvanezca completamente de nuestra memoria y nos ensimismemos de tal manera que el disfrute visual sea absoluto. No podría explicarlo, pues hay cosas que son inexplicables y tremendamente subjetivas, pero esa mezcolanza de esperpento e histeria, de cultura popular setentera, de guiños históricos y locura freak circense acabó engatusándome. ¿Que la película es un desfase sin sentido histriónico y violento? ¡Y qué más da!, lo importante es que la potencia y la fuerza de sus imágenes son tan apabullantes que convierten el film en algo meramente sensorial, emocional, visceral y visual. Y esto sí que es un logro. Digamos que es una película para ver con las entrañas, no con el sentido común.
Ah, otro elemento importante a aportar: desde que vi, de niño, Con la muerte en los talones, del maestro Hitchcock, no he dejado de soñar, tímida y secretamente, con un final similar en el Valle de los Caídos en vez de en el Monte Rushmore.
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