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El rey del tabaco (1950) de Michael Curtiz (por Father Caprio)
En verdad El rey del tabaco ha resultado ser una sorpresa agradable. Bueno, sorpresa relativa, porque Michael Curtiz a la dirección, Gary Cooper, Patricia Neal y Lauren Bacall como trio protagonista principal y las participaciones de Donald Crisp uno de esos secundarios de lujo al que vengo siguiendo desde ¡Que verde era mi valle!, junto con la aparición efímera de Gladys George en un papelito de apenas lucimiento, eran mimbres más que suficientes para un cesto de artesanía.
Un film que les recomiendo encarecidamente porque a pesar de sus "peros", que los tiene, la resultante se me figura positiva, aunque no les engaño y es probable que se encuentren con un Gary Cooper un tanto distinto a lo acostumbrado y como si no acabase de situarse bien en el foco central de su personaje. A su lado Patricia Neal, con quien había trabajado con éxito en El manantial y con quién, por aquel entonces, mantenía una conocida relación sentimental extramarital. El personaje de Patricia resultaba odioso a los ojos del espectador, tanto que hasta su propio padre (Donald Crisp) llega a decirle en una escena llena de fuerza "Nunca en esta familia se ha engendrado nadie como tu", dicho en sentido despectivo. Miss Neal nunca estuvo de acuerdo con tal personaje e incluso movió cielo y tierra para que se le asignara el rol de chica buena y abnegada que interpretó Lauren Bacall. Ciertamente, su compañero sentimental, Cooper, no quería problemas y no se implicó demasiado.
Y por lo que hace, al rol de Sonia interpretado por Miss Bacall, resulta de una abnegación escasamente creible al tiempo que la química con nuestro protagonista se nos figura prácticamente nula. Y cuando hablamos de química no nos estamos refiriendo ni a la belleza de la actriz ni a su trabajo interpretativo que, dentro de lo exigido por el guión, cumple razonablemente. Aun así se la recomiendo. Y lo hago por un argumento que sobrepasa a la elección de los personajes, y que mantiene nuestro interés a pesar de que sentimos como Gary Cooper se encuentra a disgusto en su papel de hombre de negocios vengativo, tiránico, prepotente y un sinfín de perlas más. La pérdida de valores de Cooper respecto a otros films emblemáticos suyos no ayuda. El mal dibujo de Sonia como Penélope en el banco del andén, tampoco. El forzado acoplamiento de Patricia Neal a un personaje del que trató de escapar flota en el ambiente. Por descontado que excluyo a Donald Crisp, sin duda de lo mejor del film.
Pero la historia nos gana, nos abduce y las casi dos horas de su duración se nos figuran casi cortas. Quizás busque un efectismo final que podría haberse evitado. Pero opino que hasta le viene bien. Quizás todo lo que acabo de explicarles se resuma en un detalle, la crítica rechazó el film, el público lo aplaudió intensamente. En mi opinión, otra elección de actores, siendo buenos éstos, hubiese igualado ambas valoraciones.
Desayuno con diamantes (1961) por Hartmann
No es Desayuno con diamantes una obra maestra, ni tan siquiera un clásico de los grandes por más que algunos lo vean así. Y con todo, hay que reconocer en ella momentos de obra maestra y de clásico, pero una película debe ser juzgada por el conjunto, y ésta exhibe algunos defectos de base que sus aciertos parciales no logran disimular.
En su novela Desayuno en Tiffany´s Truman Capote pretendió esbozar un retrato de la parte más frívola e insustancial de la sociedad neoyorquina, pasto habitual de la prensa de cotilleos. Sin embargo, el relato de Capote carece de acidez y distanciamiento y acaba por resultar tan encantador como falto de profundidad precisamente porque se ve parcialmente contagiado por los vicios de la fauna que describe. A ello hay que sumar una cierta incapacidad del autor norteamericano para retratar el universo femenino: en la obra de Capote que conozco mujer e inteligencia parecen incompatibles. Y cuando es una mujer la que lleva el peso de la trama, como en este caso, el panorama resulta problemático.
Con semejante base no debería sorprender que el principal escollo a superar por Edwards a la hora de realizar la adaptación a la pantalla fuera una trama algo insulsa y a la que los guionistas hicieron poco por mejorar: convertir al protagonista en un mantenido e incluir un final totalmente hoollywodiense podían dar más carga dramática a la cinta, pero no se saca el debido provecho de los cambios. Tampoco resultan convincentes algunos personajes, con un histriónico Mickey Rooney en un papel de vecino cascarrabias totalmente exagerado, la vena cómica funciona sólo a ráfagas y en otras cae en el puro vodevil, y los diálogos son irregulares; apuntan buenos momentos, sobre todo en las discusiones de la pareja protagonista, pero se quedan a medias, sin rematar lo que bosquejan.
Naturalmente que esta película tiene sus aciertos, como ya se decía: Edwards sabe rodar, hallar el encuadre exacto y dar a cada plano la duración justa, y la mejor muestra la tenemos en el excelente plano de arranque o en la escena del guateque, narrada con un ritmo endiablado y la precisión de un mecanismo de relojería. La hermosa Audrey Hepburn se convirtió aquí en todo un icono (una de las pocas veces que se puede llevar con clase la tan temida anorexia) y sabe construir un personaje alocado a la vez que frágil e inseguro, capaz de pasar del registro más elegante al abiertamente cómico con total naturalidad.
Capítulo aparte merece la banda sonora. Hoy muchas de sus páginas pueden resultar desfasadas al pertenecer a la moda de los 60; pero resulta más que merecido que pasara a la historia gracias al bellísimo tema de Moon River, al que Mancini supo sacar todo el partido que pudo consciente de que, ahí sí, tenía delante una verdadera joya.
La otra, Hepburn.
Entre las dos lograron dejar para la posteridad una obra que de otra manera no hubiera pasado de ser una aceptable historia de amor narrada con oficio.
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