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La verdadera historia de Jesse James (1957) de Nicholas Ray (por El Despotricador Cinéfilo)
Ante todo soy un gran fan del western , ya que a mi juicio es el único
género que aunque la película sea rematadamente mala no deja de
entretenerte y distraerte por muy banal, simplón y lineal que pueda ser
el guión. Por ello, de vez en cuando, me dejo caer en la tentación y me
doy el gustazo de verme una clásica película del Oeste. ¿Y qué mejor
opción que una obra del maestro Nicholas Ray sobre la legendaria vida de
Jesse James?
La verdadera historia de Jesse James es un western visceral,
espléndido, vigoroso, vibrante, excitante y sobre todo conmovedor por lo
muy bien definidos que están los personajes y la maravillosa forma, a
través de flashback, que Ray nos lo va contando. Explicando y
justificando en menos de 90 minutos todos los claroscuros de la mítica
personalidad de Jesse James, el magnetismo que siempre ha deprendido su
leyenda y, sobre todo, los motivos de humillación que le llevaron a su
vida delictiva y sanguinaria como atracador de bancos y ferrocarriles.
Eso sí, lo realmente divertido de visionar esta película de Nicholas Ray es que a pesar de que hace ya muchos años que vi Tierra de audaces de Henry King (y la posterior secuela, La venganza de Frank James de Fritz Lang) me las estuvo recordando continuamente. Cierto que la historia es exactamente la misma pero podría jurar que hay escenas calcadas la una de la otra, los mismos diálogos e incluso hasta los mismos encuadres y planificaciones. ¿Esto desmerece en algo la película de Ray? Pues claro que no, cierto que es deudora de esas otras películas, pero tienen lo suficientes ingredientes propios para hacerla incluso más atractiva e interesante (para empezar un espléndido cinemascope, unas impecables escenas de acción y una crudeza visceral ausente en los films de King y de Lang).
He leído por ahí que quizás La verdadera historia de Jesse James se resiente por culpa del poco carisma de sus dos actores protagonistas. No puedo estar más en desacuerdo. Cierto que Robert Wagner es un actor mediocre con muchas limitaciones interpretativas pero en este difícil papel de encarnar a un mito como Jesse James sale airoso y lo resuelve de manera digna y creíble. Y en cuanto a Jeffrey Hunter es un actor intocable para mí haga lo que haga, porque un actor que consiguió en Centauros del desierto mantener el tipo y estar a la misma altura interpretativa de John Wayne merece todos los elogios y consideraciones. Y si nos ponemos quisquillosos hasta se podría decir que físicamente dan mucho más el pego como hermanos Wagner y Hunter que Tyrone Power y Henry Fonda en los films originales.
Eso sí, lo realmente divertido de visionar esta película de Nicholas Ray es que a pesar de que hace ya muchos años que vi Tierra de audaces de Henry King (y la posterior secuela, La venganza de Frank James de Fritz Lang) me las estuvo recordando continuamente. Cierto que la historia es exactamente la misma pero podría jurar que hay escenas calcadas la una de la otra, los mismos diálogos e incluso hasta los mismos encuadres y planificaciones. ¿Esto desmerece en algo la película de Ray? Pues claro que no, cierto que es deudora de esas otras películas, pero tienen lo suficientes ingredientes propios para hacerla incluso más atractiva e interesante (para empezar un espléndido cinemascope, unas impecables escenas de acción y una crudeza visceral ausente en los films de King y de Lang).
He leído por ahí que quizás La verdadera historia de Jesse James se resiente por culpa del poco carisma de sus dos actores protagonistas. No puedo estar más en desacuerdo. Cierto que Robert Wagner es un actor mediocre con muchas limitaciones interpretativas pero en este difícil papel de encarnar a un mito como Jesse James sale airoso y lo resuelve de manera digna y creíble. Y en cuanto a Jeffrey Hunter es un actor intocable para mí haga lo que haga, porque un actor que consiguió en Centauros del desierto mantener el tipo y estar a la misma altura interpretativa de John Wayne merece todos los elogios y consideraciones. Y si nos ponemos quisquillosos hasta se podría decir que físicamente dan mucho más el pego como hermanos Wagner y Hunter que Tyrone Power y Henry Fonda en los films originales.
El explorador perdido (1939) de Henry King (por Father Caprio)
Oir Stanley y Livingstone y a algunos - serán las canas- se nos dispara
automáticamente el "¿Doctor Livingstone, supongo?", una especie de frase
hecha que parece investirnos, y hablo exclusivamente por mi, de un aire
de superioridad cultural que en el fondo oculta un desconocimiento
supino de estos dos personajes históricos. Con esta película de Henry
King y un poco de información adicional encontrada en esta
misericordiosa Red que enseña al que no sabe, he conseguido reparar,
siquiera en parte, mis profundas carencias en la materia. Y es que
Stanley y Livingstone fueron mucho más que una frase.
David Livingstone fue médico, explorador y misionero. También botánico y geógrafo. Pero, por encima de todo un hombre ávido de saber y amante del mundo. Un ser humano al que Africa robó el corazón hasta el punto de que su cuerpo descansa en la Abadía de Westminster pero cuyo corazón está enterrado bajo un árbol africano. Por su parte Henry Stanley era un reputado periodista de un rotativo neoyorkino (New York Herald) de lo que hoy llamaríamos periodismo de investigación y que se caracteriza por no esperar la noticia sino ir a buscarla allí donde se encuentre. Y la noticia era el paradero de un explorador mundialmente conocido al que un periodico londinense había dado por muerto. Un reto suficientemente atractivo para un ambicioso Stanley.
Sobre esta historia real, se construye una buena historia adaptada. Una película que exalta la figura de dos hombres a los que Africa hizo distintos. Sin embargo por lo que hace a Stanley, personaje interpretado por Spencer Tracy, el film corre un tupido velo sobre sus tropelías con los nativos en un postrero viaje al continente negro para, presuntamente, continuar la labor de Livingstone. Ya sabemos que en muchas ocasiones los intereses comerciales y un cierto paternalismo respecto a qué debía ofrecerse a los espectadores, ocultaban aspectos importantes y significativos de la realidad. En cualquier caso la pelicula demuestra coherencia en toda su integridad y su ocultación de esta verdad no resulta significativa en ningún modo ni desmerece un gran trabajo de Henry King.
Y es que a King parecía atraerle no solo el desconocido continente africano sino que otorgaba a éste poderes regeneradores y con capacidades casi catárticas sobre los seres humanos. Ahí queda también su versión de la obra de Hemingway Las nieves del Kilimanjaro. El cambio que experimenta Stanley es comparado por Eve Kingsley (Nancy Kelly), su frustrado amor, con el experimentado por el propio Doc Livingstone, e incluso por el propio padre de Eve, avejentado en extremo por una tierra dura donde las haya, donde la malaria, la disentería, el canibalismo, el tráfico de esclavos y las propias fieras, ponen a prueba dia a dia el temple del que estan forjados quienes se atreven a adentrarse en ella.
En esta transformación espiritual del hombre está, pues, uno de los grandes activos del film. Pero hay otros. La grabación de exteriores en las propias tierras donde se desarrollaron los hechos, con sus escenas de safaris e incluso de luchas es otro elemento a considerar. Por descontado los actores, con Spencer Tracy en su línea de actor con buenos fundamentos, Walter Brennan como guia del salvaje oeste desubicado en una ignota Africa y poniendo unas notas de humor tan excelentes como su propia categoría como profesional y Charles Coburn como editor del periódico de la competencia poco interesado en el éxito de la empresa del New York Herald. Por encima de ellos, lo cual es decir mucho, Sir Cedric Hardwicke en su papel de Livingstone, un actor al que ya celebré hace poco por su papel de obispo en Los miserables de Boleslawski.
Todo es mejorable, pero les aseguro que estamos ante un film que no deja impasible a nadie, con planos fotográficos soberbios (mención especial para la despedida de Stanley y Livingstone en la vuelta de este al mundo civilizado), con diálogos notables (el discurso de Stanley ante el Colegio de Geógrafos) y en general un desarrollo sin apenas fisuras de un film que mezcla aventura, amor y sobre todo el poder y la fuerza de dos voluntades inquebrantables.
David Livingstone fue médico, explorador y misionero. También botánico y geógrafo. Pero, por encima de todo un hombre ávido de saber y amante del mundo. Un ser humano al que Africa robó el corazón hasta el punto de que su cuerpo descansa en la Abadía de Westminster pero cuyo corazón está enterrado bajo un árbol africano. Por su parte Henry Stanley era un reputado periodista de un rotativo neoyorkino (New York Herald) de lo que hoy llamaríamos periodismo de investigación y que se caracteriza por no esperar la noticia sino ir a buscarla allí donde se encuentre. Y la noticia era el paradero de un explorador mundialmente conocido al que un periodico londinense había dado por muerto. Un reto suficientemente atractivo para un ambicioso Stanley.
Sobre esta historia real, se construye una buena historia adaptada. Una película que exalta la figura de dos hombres a los que Africa hizo distintos. Sin embargo por lo que hace a Stanley, personaje interpretado por Spencer Tracy, el film corre un tupido velo sobre sus tropelías con los nativos en un postrero viaje al continente negro para, presuntamente, continuar la labor de Livingstone. Ya sabemos que en muchas ocasiones los intereses comerciales y un cierto paternalismo respecto a qué debía ofrecerse a los espectadores, ocultaban aspectos importantes y significativos de la realidad. En cualquier caso la pelicula demuestra coherencia en toda su integridad y su ocultación de esta verdad no resulta significativa en ningún modo ni desmerece un gran trabajo de Henry King.
Y es que a King parecía atraerle no solo el desconocido continente africano sino que otorgaba a éste poderes regeneradores y con capacidades casi catárticas sobre los seres humanos. Ahí queda también su versión de la obra de Hemingway Las nieves del Kilimanjaro. El cambio que experimenta Stanley es comparado por Eve Kingsley (Nancy Kelly), su frustrado amor, con el experimentado por el propio Doc Livingstone, e incluso por el propio padre de Eve, avejentado en extremo por una tierra dura donde las haya, donde la malaria, la disentería, el canibalismo, el tráfico de esclavos y las propias fieras, ponen a prueba dia a dia el temple del que estan forjados quienes se atreven a adentrarse en ella.
En esta transformación espiritual del hombre está, pues, uno de los grandes activos del film. Pero hay otros. La grabación de exteriores en las propias tierras donde se desarrollaron los hechos, con sus escenas de safaris e incluso de luchas es otro elemento a considerar. Por descontado los actores, con Spencer Tracy en su línea de actor con buenos fundamentos, Walter Brennan como guia del salvaje oeste desubicado en una ignota Africa y poniendo unas notas de humor tan excelentes como su propia categoría como profesional y Charles Coburn como editor del periódico de la competencia poco interesado en el éxito de la empresa del New York Herald. Por encima de ellos, lo cual es decir mucho, Sir Cedric Hardwicke en su papel de Livingstone, un actor al que ya celebré hace poco por su papel de obispo en Los miserables de Boleslawski.
Todo es mejorable, pero les aseguro que estamos ante un film que no deja impasible a nadie, con planos fotográficos soberbios (mención especial para la despedida de Stanley y Livingstone en la vuelta de este al mundo civilizado), con diálogos notables (el discurso de Stanley ante el Colegio de Geógrafos) y en general un desarrollo sin apenas fisuras de un film que mezcla aventura, amor y sobre todo el poder y la fuerza de dos voluntades inquebrantables.
Esta tierra es mía (1959) de Henry King (por Father Caprio)
De idéntico nombre a la excepcional película de Renoir, este trabajo de Henry King es un melodrama bastante descafeinado y con trazas de habérsele metido tijera en demasía, que dejará contentos a los seguidores de Jean Simmons y Dorothy McGuire y quizás también a los de Rock Hudson, aunque éste las ha tenido mejores. De Claude Rains solo puedo decir una palabra: Profesional.
La historia de una familia de viticultores franceses en los viñedos californianos evoca con facilidad los avatares de aquella Falcon Crest televisiva, aunque estos Rambeau se mueven un tanto entre el quiero y no puedo, en un término medio que al género melodramático le sienta muy mal. Porque, coincidirán conmigo en que las intrigas unidas a las ansias de poder y de dinero son elementos imprescindibles en este tipo de cine. Aquí, haberlas hailas pero de baja intensidad, como si se pidieran perdón por alguna que otra salida de madre. Así, John Rambeau (Hudson) pasa de cabecilla de la revolución familiar a humilde granjero injertando cepas o la propia Jean Simmons (Elizabeth Rambeau) que parece haberse incorporado a la familia con alguna intención no demasiado confesable, acaba siendo su reserva espiritual.
Como he dicho al principio la película, que sobrepasa las dos horas, acusa en demasía los tijeretazos. Es cierto que los espectadores somos seres inteligentes a los que se nos cuenta la mitad y componemos el retablo entero, pero tampoco hay que abusar, que más de uno puede quedarse en el camino. Desde el principio se ponen a prueba nuestros conocimientos de genealogía familiar y debemos rebobinar para saber quién es quién y quién se acostó con quién. No se preocupen si suspenden pues al final el aprobado es generalizado con la frase de Rock Hudson a su progenitor natural: “Padre” “Lo sé hace mucho” Y es que el niño prometía…
Película no excelente pero entretenida. Seguro que las habrán visto peores. Las tribulaciones de una familia dedicada al vino durante la Ley Seca merece cuando menos un homenaje, sobre todo si es honrada y tratan de subsistir únicamente vendiendo las uvas para que con ellas se elabore vino para misa, se conviertan en pasas o se coman supongo que con queso, que saben a beso. Y todo ello durante doce años, que no serán nada pero arruinan a cualquiera.
Los viñedos como fondo, la ambición en primer plano, el amor por todas partes y el “honore” italiano condicionando la historia, son los elementos de un film de King más bien light que, a mi parecer, merece un aprobado, siquiera sea por su excepcional reparto, su fotografía en cinemascope y porque en líneas generales se deja ver con interés.
La historia de una familia de viticultores franceses en los viñedos californianos evoca con facilidad los avatares de aquella Falcon Crest televisiva, aunque estos Rambeau se mueven un tanto entre el quiero y no puedo, en un término medio que al género melodramático le sienta muy mal. Porque, coincidirán conmigo en que las intrigas unidas a las ansias de poder y de dinero son elementos imprescindibles en este tipo de cine. Aquí, haberlas hailas pero de baja intensidad, como si se pidieran perdón por alguna que otra salida de madre. Así, John Rambeau (Hudson) pasa de cabecilla de la revolución familiar a humilde granjero injertando cepas o la propia Jean Simmons (Elizabeth Rambeau) que parece haberse incorporado a la familia con alguna intención no demasiado confesable, acaba siendo su reserva espiritual.
Como he dicho al principio la película, que sobrepasa las dos horas, acusa en demasía los tijeretazos. Es cierto que los espectadores somos seres inteligentes a los que se nos cuenta la mitad y componemos el retablo entero, pero tampoco hay que abusar, que más de uno puede quedarse en el camino. Desde el principio se ponen a prueba nuestros conocimientos de genealogía familiar y debemos rebobinar para saber quién es quién y quién se acostó con quién. No se preocupen si suspenden pues al final el aprobado es generalizado con la frase de Rock Hudson a su progenitor natural: “Padre” “Lo sé hace mucho” Y es que el niño prometía…
Película no excelente pero entretenida. Seguro que las habrán visto peores. Las tribulaciones de una familia dedicada al vino durante la Ley Seca merece cuando menos un homenaje, sobre todo si es honrada y tratan de subsistir únicamente vendiendo las uvas para que con ellas se elabore vino para misa, se conviertan en pasas o se coman supongo que con queso, que saben a beso. Y todo ello durante doce años, que no serán nada pero arruinan a cualquiera.
Los viñedos como fondo, la ambición en primer plano, el amor por todas partes y el “honore” italiano condicionando la historia, son los elementos de un film de King más bien light que, a mi parecer, merece un aprobado, siquiera sea por su excepcional reparto, su fotografía en cinemascope y porque en líneas generales se deja ver con interés.
El séptimo cielo (1937) por El Despotricador Cinéfilo
Debo reconocer que mi neutralidad, objetividad y disposición a la hora de enfrentarme al visionado de esta película no eran los adecuados. Pues la maravillosa versión del cine mudo El séptimo cielo (Frank Borzage, 1927) es una de mis películas favoritas de todos los tiempos y una de las más altas cotas que ha alcanzado el romanticismo en el cine.
Y eso que, desde cierto punto formal, partía con cierta ventaja ante la versión muda. Para empezar, la incorporación del sonido, los diálogos y la música que siempre pueden aportar más matices que una película silente. Pero está claro que no es problema del guión, ni tampoco de los actores, pues James Stewart está francamente bien, convincente (aunque claro, ¡qué difícil es encontrar una película en que Stewart no esté bien!), y la mirada de Simone Simon no puede ser más expresiva, tierna, cándida y maravillosa (aun así es imposible competir con la antológica interpretación de Janet Gaynor de 1927).
¿Dónde puede residir entonces el problema? Pues quizás en que para rodar esta película se necesita un director muy romántico o, mejor dicho, extremada y enfermizamente romántico, como lo fue siempre Frank Borzage. Henry King, a pesar de ser un excelente artesano y un director más que notable, no es capaz de obtener todo el halo de romanticismo exacerbado e irracional que necesitaba el film. ¿Cuál es entonces el resultado? Pues una buena película sentimental, muy bien interpretada y que puede conmover mucho, sobre todo si se desconoce la magistral versión muda.
Eso sí, lo que es imperdonable es haber cambiado la emblemática escena de Chico, ya ciego, subiendo acelerada y apasionadamente los siete pisos del edificio hasta llegar a su ático. Se trata de uno de los momentos más dramáticos, intensos y maravillosos que ha dado el cine, y en esta versión de 1937 lo omiten de forma descarada. Por tanto, nos queda una sensación agridulce y un final mucho más insípido que el que todos esperábamos.
Y eso que, desde cierto punto formal, partía con cierta ventaja ante la versión muda. Para empezar, la incorporación del sonido, los diálogos y la música que siempre pueden aportar más matices que una película silente. Pero está claro que no es problema del guión, ni tampoco de los actores, pues James Stewart está francamente bien, convincente (aunque claro, ¡qué difícil es encontrar una película en que Stewart no esté bien!), y la mirada de Simone Simon no puede ser más expresiva, tierna, cándida y maravillosa (aun así es imposible competir con la antológica interpretación de Janet Gaynor de 1927).
¿Dónde puede residir entonces el problema? Pues quizás en que para rodar esta película se necesita un director muy romántico o, mejor dicho, extremada y enfermizamente romántico, como lo fue siempre Frank Borzage. Henry King, a pesar de ser un excelente artesano y un director más que notable, no es capaz de obtener todo el halo de romanticismo exacerbado e irracional que necesitaba el film. ¿Cuál es entonces el resultado? Pues una buena película sentimental, muy bien interpretada y que puede conmover mucho, sobre todo si se desconoce la magistral versión muda.
Eso sí, lo que es imperdonable es haber cambiado la emblemática escena de Chico, ya ciego, subiendo acelerada y apasionadamente los siete pisos del edificio hasta llegar a su ático. Se trata de uno de los momentos más dramáticos, intensos y maravillosos que ha dado el cine, y en esta versión de 1937 lo omiten de forma descarada. Por tanto, nos queda una sensación agridulce y un final mucho más insípido que el que todos esperábamos.
La estrella del norte (1943) por Aurea García Fernández
Asombra descubrir que hubo un tiempo en el que en Hollywood se rodaban películas pro-soviéticas en las que los malos-malísimos eran sin lugar a dudas los fascistas como se llamaba entonces a los nazis alemanes y los buenos-buenísimos los comunistas, sí,sí, aunque ahora nos parezca mentira, en serio.
La película nos muestra la Arcadia utópica y feliz de una sencillo pueblo ucraniano en el que conviven fraternalmente camaradas jovenes, maduros y viejos en paz y armonía hasta que la invasión alemana al comienzo de las vacaciones veraniegas de 1941 los pone a prueba y TODOS, toditos, todos dan la talla sin resquicio alguno sin importarles su más que probable muerte convirtiéndose así en héroes y algunos, claro, en mártires de la causa antifascista.
Vista ahora se nos presenta como algo falsa y acartonada aunque no cabe duda de que la reacción de los diferentes pueblos soviéticos ante los nazis fue realmente heroica y ahí está el cerco de Leningrado para atestiguarlo más allá de todo lo humanamente posible. Les pilló desprevenidos pero estaban organizados y lo que es más importante motivados. Niños, jovenes, ancianos, mujeres: todos a una, sin guerras generacionales ni sexistas. Cabe preguntarse, tal vez ingenuamente, ¿qué hubiera sucedido si aquel socialismo utópico no hubiera degenerado en la funesta y mortífera tiranía estalinísta? Preguntas vanas tal vez.
En opinión de muchos no hubo en Hollywood un director mejor formado y preparado que Milestone nacido en Rusia y preparado allí, en Alemania y en Bruselas antes de llegar a la Meca del Cine y trabajar con Mack Sennet o Henry King como fotógrafo, montador, director artístico, guionista, enfín que cuando llegó a la dirección conocía el oficio de la A a la Z y de hecho fue reconocido por la recién inaugurada Academia con un par de Oscars y alguna que otra nominación. Es la época, recordemos, en que los escritores acuden a Hollywood (de entre los nuestros Edgar Neville acompañado por su amante la elegante Conchita Montes anticipo de las Penélopes, Patakis, Vegas, etcétera actuales) a escribir guiones como es el caso de Lillian Helman que firma el de la película que comentamos, aunque al parecer Milestone introdujo los cambios que le parecieron pertinentes con disgusto de ella.
El reparto es muy bueno y destaco a una jovencísima Anne Baxter que ya apunta maneras de gran actriz y el luego protagonista de infinitas películas bélicas Dana Andrews, sobrio como siempre por no hablar del magnífico aunque siempre un puntito histriónico el también director Eric Von Stroheim que encarna como no podía ser de otro modo al brillante y cínico médico alemán que no duda en adoptar prácticas horrendas (reclutar a los niños para trasfundir su sangre a los soldados heridos aunque todos ellos mueren sin remedio, pobres víctimas de la sinrazón adulta) aunque no esté de acuerdo con ellas...ah...pero las practica, mas tranquilos que la justicia poética existe.
El film es antibélico pero parece como si el director pensara que el fin último de toda guerra sea la supervivencia, entonces ¿qué pasa?,¿siempre habrá guerras? No puede ser, de verdad que no lo soporto: alguna vez dejará de imponerse la sinrazón y la locura, vamos, digo yo. Aunque no sé como me atrevo a escribir esto con la que está cayendo por doquier.
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