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La aventura (1960) por Bakunin


La aventura
, de Antonioni, otra obra maestra del aburrimiento y de la tomadura de pelo. Considerar esta película como obra maestra me parece el colmo del esnobista cinéfilo con orejeras que trata con desprecio a aquellos que no están a su altura en “su conocimiento y sabiduría cinematográficos”. En el cine de Antonioni se habla para no decir nada. Todas esas zarandajas de la incomunicación entre las personas, de la pérdida de libertad, de innovación del lenguaje cinematográfico, son la tapadera que usan sus defensores para encumbrarlo sin merecimiento alguno.

La aventura (¡qué desfachatez llamar así a bodrio semejante!) consta de dos partes. La primera despierta algún interés por la desaparición de Ana, pero salvo el plano de la Vitti abriendo el ventanuco al amanecer (tampoco es para convertirse en onanista incondicional de ese plano) nada sobresale notablemente. Todo son secuencias a base de planos sobre cada uno de los personajes que no paran de dar vueltas por la isla buscando a la imbécil que ha desaparecido. La segunda parte es de lo peor que he visto en el cine. Planos y planos de la Vitti (su figura no coincide con mi gusto de hembra y su interior está tan vacío de contenido, tan poco interesante, que no sé qué coño quiere mostrarnos el director), pues eso, la Vitti ahora seria, ahora sonriendo de forma estúpida sin motivos o tarareando puerilmente. Vamos, que no me enamora sino todo lo contrario. Planos de habitantes machos de las islas, la clase baja, devoradores de cualquier mujer que se ponga a tiro (al menos devorándolas con los ojos). Planos de burgueses aburridos en fiestas insípidas sin que el director se atreva a diseccionarlos con vehemencia, ni siquiera con ironía. Planos y más planos de tiempos muertos y secuencias inútiles y monótonas hasta el infinito. Mucha visión neorrealista de la burguesía pero ceguera completa en cuanto a propuestas.

Los personajes son anodinos, pequeños burguesitos insustanciales como el Antonioni (nacido en una familia de clase media, él). Este marxistoide intelectual elevado a la cima por sus seguidores ha debido ejercer tal influencia hipnótica en ellos que les ha hecho enaltecer algo que sólo ellos ven, como ese supuesto cuidado por los diálogos.

No hay ni un solo diálogo enriquecedor en toda la película, salvo para aquel que sea tan nimio, trivial, vulgar, insignificante, insulso, superficial, intrascendente, etc., tan soporífero como Antonioni. Y decir (como dijo el señor Lamet en el coloquio tras la emisión de la película en el programa de Garci en Telemadrid) que el final “es el más bello final en la historia del cine” me parece de una presunción absoluta. Ya chocheamos, querido Lamet. Resumiendo: Señor Antonioni descanse en paz en el olvido, que aunque esté bien catalogado en el mundo del cine usted ha destacado por la ausencia total de personajes interesantes, por la ausencia total de acertadísimos guiones y por la ausencia total de adecuados y pulidos diálogos.

Blow-up (1966) por Betomovies


Blow-up
de Antonioni es una película de ambigua interpretación (debo advertir que ni el desenlace aclara en forma contundente el meollo de la cuestión expuesta en la narración), lenta en su desarrollo y con pocos diálogos.

El metraje de Blow-up es bastante extenso y bien podría beneficiarse de haber contado con una edición que elimine secuencias bastantes tediosas que poco aportan al filme.

Su historia sigue las alternativas propias de un famoso fotógrafo de modas que experimentará una intrigante situación de fotografiar a una pareja de aparentemente enamorados que deambulan por un desolado parque. Así, la espontaneidad buscada al fotografiar in fraganti a la pareja acarreará una sucesión de especulaciones sobre un posible asesinato perpetrado en el lugar del hecho al revisar las fotografías tomadas y la sospechosa conducta de uno de ellos.

La cinta posee un ritmo cansino, ingresa muy lentamente en su conflicto principal y sus personajes poseen en muchos pasajes conductas bastante extravagantes. A ello se le suma toda esa onda psicodélica y obsesiva que se respira en la atmósfera de la cinta y un redundante acompañamiento musical jazzístico que van en detrimento de un filme ágil y dinámico.

Sólo develar si las pesquisas del protagonista son acertadas o si se trata de su imaginación es lo que más puede llegar a absorber de esta apenas pasable cinta de intriga.

Algo que me llamó la atención es que la numerosa cantidad de personajes femeninos que aparecen en el filme son de agraciada belleza. Esto no va en favor de la credibilidad de la historia obviamente, pero no deja de ser un elemento bastante llamativo y alentador para el público que gusta de observar bonitas “actrices”.

La cinta blanca (2009) por Aurea García Fernández


Un coro de niños dirigidos por su maestro en una apacible aldea alemana, luterana por más señas, y prácticamente propiedad de un aristócrata en las vísperas de La Gran Guerra va a desencadenar una serie de extraños sucesos nunca esclarecidos. El director ha declarado que si un ideal o un principio es considerado como algo absoluto, sea éste político o religioso acabará convirtiéndose en inhumano y llevará derechito al terrorísmo. ¡Qué gran verdad!. Así pues el meollo de la peli apunta al sentido de culpabilidad inculcado machaconamente desde la más tierna infancia y su secuela inevitable la violencia gratuita. Leía unas páginas de Stephan Zweig en las que se quejaba amargamente del sistema educativo que tuvo que sufrir en su adolescencia vienesa más o menos por las fechas en que se sitúa la película quizás un poquito antes. Un sistema desfasado, mediocre, que no aportaba nada a los alumnos salvo terror pues los castigos tanto físicos como psicológicos eran aplicados con una crueldad meticulosa y salvaje. Y ya se sabe: los niños repiten lo que ven.

Porque de eso se trata precisamente de introducir como el que no quiere la cosa una fuerza maligna sin justificación ni motivación alguna en un ambiente aparentemente confortable e idílico y eso...la verdad, desazona mucho. Porque la violencia no se nos muestra de forma explicita sino, así, como si nada, no visible, sugerida y eso...la verdad también desazona lo suyo. Como desazona y hasta te cabrea un poquito otra marca de la casa que es el plantear cuestiones de orden social (relaciones del barón con sus siervos, etc.), o de orden personal (padres con hijos, esposas con esposos, amantes entre sí, etcétera) o incluso de orden histórico o cultural que luego,!hala!,apáñatelas como puedas porque respuestas ni una que así luego se oye por ahí lo que se oye: que si parábola del nazismo, que si fulanito tal o cual, que no hombre que no, que lo que ocurre es que...pero no te fijaste cuando... ¿y la comadrona, qué me dices?. En fin, si es para que la gente hable de tu película, para que conjeture y hasta para que se organicen "cine-forum" parroquiales como el de "Cuéntame..." pues muy bien, oye, hablando se entiende la gente ¿verdad?,pero que como se repite por doquier estemos ante una "obra maestra",un poquito de "por favor" o sea de contención que "obra maestra" son palabras mayores y en mi modesta opinión no aplicables al caso que nos ocupa aunque casi todos estemos de acuerdo en que es una bue na película pero ya vale ¿no?.

Lo que de verdad te subyuga es ese blanco y negro tan deslumbrante, tan bello, tan pictórico que debemos a la maestría del fotógrafo Christian Berger como también el montaje de Monika Billi lleno de aciertos yo diría que impecable, así las magníficas interpretaciones de ese reparto coral en el que todos brillan especialmente esos "inocentes" e "inquietantes" niños salidos de un "casting" de más de siete mil criaturitas, se ve que les costó trabajo pero ciertamente dieron en el clavo.

Hablemos ahora de la dirección que seguramente no defraudará a sus "fans" pues como siempre en Haneke va tejiendo meticulosamente con precisión de relojero ese tapiz, por momentos siniestro, de perversiones y maldades bajo apariencia de absoluta normalidad que es precisamente lo que provoca en el espectador ese desasosiego que a fuerza de ser tan reiterativo acaba produciendo aburrimiento cosa que al parecer (según declaraciones al respecto) a Haneke no le importa un pimiento: pues mire usted que bien.

Y es que a eso iba: no hay en la peli esa emoción, ese temblor, ese deslumbramiento que suscitan de inmediato las "obras maestras". El señor Haneke es un buen director pero de momento aquí no ha hecho nada que no hubieran hecho ya, tiempo ha, el maestro Dreyer y su discípulo Bergman así como Bertold Brecht y hasta Antonioni (a la manera mediterránea, claro) o sea otra vuelta de tuerca, aunque sí es cierto introduce aquello más de su generación de la deconstrucción de las estructuras narrativas tradicionales y tal.

No quiero acabar sin hacer referencia a una de las escenas más insoportablemente dura y violenta que yo haya visto nunca en la pantalla. El crítico de "El País" ,el señor Boyero, utiliza al referirse a ella la única palabra posible "vomitar" porque eso es lo que hace el personaje (el dichoso médico) "vomitar" las palabras más injustas, crueles, deleznables, hirientes, despiadadas y todos los adjetivos del campo semántico de lo más abyecto y ruin del ser ¿humano? que se quieran añadir. Una violencia verbal espeluznante. Ay, señor Haneke, como es usted, caramba, de verdad,¿hacía falta tanto?. Con todos nuestros defectos que son muchos, lo siento, me quedo con lo mediterráneo, con perdón.

La aventura (1960) por Aurea García Fernández


¡Qué gusto da cuando casi en la madrugada te sorprenden los programas televisivos con una película fetén!. No alcancé a ver los títulos de crédito pero daba igual estaba segura de que sería una película digna de ser vista. Y lo era. Por supuesto con mil fallos pero !cuántas novedades!. Sin duda un antes y un después en el cine europeo.

Como siempre ocurre en Antonioni la película es enigmática, reflexiva, llena de interrogantes y oscuridades puesto que la desaparición de una joven burguesa (Lea Massari) durante una excursión que parece va a ser la trama esencial queda muy en segundo plano y nada volvemos a saber de ese hecho desencadenante pues los temas que interesan al director son "otros".

Un grupo de amigos de la alta burguesía romana deciden pasar unos días de vacaciones navegando por el Sur. Recalan en una de las islas Eolías, cerca de Sicilia, deshabitada, y es allí donde desaparece sin dejar rastro la caprichosa e insatisfecha joven que mantiene una extraña relación con su prometido el arquitecto Sandro (Gabriele Ferceti). Les acompañan otras parejas y también la íntima amiga de Ana, Claudia, interpretada por la musa del director en la vida real, Monica Vitti.

La intriga por la desaparición de Ana va desvaneciéndose y lo que toma protagonismo como ocurre casi siempre con Antonioni son las relaciones de pareja en las que yo creo que por primera vez en el cine italiano se pone en cuestión con meridiana claridad el machismo reinante en la sociedad italiana. Vista ahora es increíble la intuición de este hombre para evidenciar ese cambio, esa transformación que se está produciendo en las relaciones hombre-mujer. Se ha hablado mucho de que la participación de las mujeres durante la Segunda Guerra Mundial en la retaguardia (en las fábricas, por ejemplo, en los hospitales del frente, etc.) pusieron en evidencia que podían realizar eficazmente los mismos trabajos que hasta ese momento habían desempeñado los hombres. Las cosas por tanto ya no podían ser iguales que en la época de las heroicas y vilipendiadas sufragistas, blanco de todas las burlas e incomprensiones.

Antonioni expresa de forma magistral esos cambios apenas perceptibles incluso para los que los están experimentando pero que naturalmente como todos los cambios generan conflictos y no sólo con los demás sino sobre todo con nosotros mismos.

Visualmente el film nos recuerda por momentos el estilo "documental" del maestro Rossellini y nos pone en evidencia una vez más el antagonismo entre lo urbano y lo rural, entre el Norte y el Sur sobre todo en las escenas rodadas en la isla en las que el director parece más interesado en mostrarnos la desnuda, salvaje y bella naturaleza que las peripecias de sus personajes.

En un último viaje a Italia comprobé asombrada como el héroe nacional Garibaldi era cuestionado y el ministro Cavour que quiso que el Sur fuera agrícola y el Norte industrial aun más pues con esa política hizo que las diferencias se intensificaran. Ahora lo que sigue uniendo a los italianos es Dante o sea la lengua que al contrario de lo que ocurre en España no es cuestionada en absoluto a pesar de los infinitos acentos y dialectos. Estas diferencias están muy bien reflejadas en la película: los cultos, ricos y sofisticados capitalinos que vienen de vacaciones y los primarios, pobres y rústicos habitantes del Sur que viven de forma arcaica apegados al terruño y al mar.

¿Fallos?: un montón pero los dejo para otro día.

Martín (Hache) (1997) por Anónima


"Todos los hombres, hermano Galión, quieren vivir felices" escribe Séneca al comienzo de De vita beata. Ese supuesto del que parte el filósofo cordobés -la universalidad de la apetencia de felicidad y la estrecha relación entre vida y felicidad- es uno de los temas fundamentales de Martín (Hache), excelente y compleja película de Adolfo Aristarain que presenta una serie de personajes, todos desencantados en cierto modo, autodestructivos y envueltos en un halo de fatalidad que los arrastra. De hecho, toda la película está impregnada de ese fatalismo de tango, pero, al igual que en el baile rioplatense, el caos es solo la antesala de un nuevo orden que surge tras la catarsis del dolor profundamente sentido.

Martín (Hache) cuenta la historia de un joven argentino a caballo entre la adolescencia y la edad adulta que deja Buenos Aires y viaja a Madrid para vivir con su padre, reconocido guionista y director de cine, un hombre hermético que se aísla voluntariamente tras una férrea coraza que no deja vislumbrar las inseguridades que lo acosan o la nostalgia que lo abisma. A Martín (padre) (Federico Luppi) lo acompañan su amigo Dante (Eusebio Poncela) y su novia (Cecilia Roth). Martín (hijo) (Juan Diego Botto) acaba de recuperarse de una sobredosis (¿intento fallido de suicidio?) y se encuentra perdido. Como si de una novela de formación (Bildungsroman) se tratara, la película narra el aprendizaje del chico hasta que consigue tomar las riendas de su propia vida. Estrechamente relacionado con este proceso de búsqueda de su propia identidad está el viaje a Madrid, viaje iniciático, que implica también un viaje interior.

Según ha reiterado el propio director, el tema nace del temor de un padre a que su hijo adolescente se dé de bruces contra la realidad. Y es que Martín (Hache) sale a su encuentro con la vida, ese "lugar extraño" (en palabras de Luis Antonio de Villena), y en busca de su lugar en el mundo. Hache ni siquiera tiene nombre (Martín es el nombre del padre y a él lo llaman Hache por la "h" de "hijo"), y ha de encontrarlo, pero la frustración inicial que produce la imposibilidad de reconciliarse con el padre lo aboca a una lucha en la cual, para ser, debe "matar al padre" o ser fagocitado por él. Aparentemente, el hijo, cual Júpiter redivivo, logra vencer al padre, encarnación de Saturno. Sin embargo, Aristarain reescribe el mito y, al final, logran un entendimiento. Entonces Hache puede continuar la búsqueda de su propio camino a través del regreso.

No son nuevos, en el cine, los temas de la incomunicación, la soledad o la complejidad de las relaciones afectivas. Otros directores abordaron semejantes aspectos vitales con gran maestría, como Ingmar Bergman (mediante largos planos secuencia y silencios) o Michelangelo Antonioni (con su peculiar estilo minimalista); pero si Antonioni supo retratar como nadie la soledad y la incomunicación mediante los silencios y los tiempos muertos, Aristarain demuestra que es posible el extremo contrario: hacer un filme sobre la incomunicación con un exceso de palabras.

El director argentino plasma la falta de comunicación y la soledad de otro modo. Sus personajes están solos, aunque conviven con otros, porque hay distancias insalvables entre ellos. Sin embargo, ese aislamiento no surge tampoco del pudor a expresar los sentimientos, pues los personajes de Martín (Hache) desnudan el alma sin pudor. El problema es que el diálogo es sustituido por una serie de monólogos sucesivos o, lo que es aún peor, que el poder transformador de la palabra se emplea para herir o anular al otro.

La palabra adquiere una importancia enorme, tiene entidad, corporeidad. Las palabras construyen el mundo y en virtud de esa capacidad creadora de la realidad, son más reales que aquel que las pronuncia, pues los personajes son en la palabra. Asimismo, las palabras son el único instrumento de que disponen para luchar contra su propio caos interior y contra el desorden, no siempre aparente, que los rodea. Sin embargo, aunque el lenguaje humaniza, abre, paradójicamente, una brecha perpetua entre el ser humano y la felicidad primigenia.

Billy Wilder decía que lo más importante es tener un buen guión. En Martín (Hache) constituye una apoyatura básica, y solo su solidez salva la película de caer en un grave error que algunos han denominado "sobresaturación dialógica". Y es que aquí el guión es el pilar fundamental que sustenta el filme, en el cual minimalismo y teatralidad se dan la mano para crear un tipo de cine filmado, como Vicente Aranda dijo, "con actores y paredes".

Con todo, se echa en falta una mejor técnica de cámara, pues, lamentablemente, los encuadres no están a la altura del resto del filme, y la fotografía, paupérrima, ni siquiera es capaz de reflejar la belleza que, sin artificio, ofrecen ciertas realidades filmadas.