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La loba (1941) de William Wyler (por Father Caprio)

Encabezando el grupo de películas que hay que ver (antes o después de morir) y si es posible, repetir, está La loba, film dirigido por un director magnífico como William Wyler (Vacaciones en Roma, La heredera o La calumnia, entre otras) y fotografiada por un genial Gregg Toland en cuyo acreditado curriculum basta citar Ciudadano Kane de Orson Welles.

La loba es muchas cosas: Un actor de la talla de Herbert G. Marshall, un vestuario esplendoroso, decorados y escaleras para los que se acaban los adjetivos, un guión perfecto, pero por encima de todo La loba es Bette Davis. Y Bette Davis fue la actriz en la que inmediatamente pensó William Wyler trás ver la versión Broadway de la obra de Lillian Hellman The Little Foxes con Tallulah Bankhead en el papel de Regina. No lo tuvo fácil para hacerse con sus servicios. Como siempre las productoras no eran generosas en la cesión de sus stars, si bien en esta ocasión la Warner accedió a un trueque con Gary Cooper quien rodaría para ellos El sargento York. Cuentan que, unas astrónomicas deudas de juego de Jack Warner con Samuel Goldwyn, que acabaron saldadas, contribuyeron al buen fin de la operación.

Bette Davis está simplemente perfecta. Es, junto con Eva al desnudo y ¿Qué fue de Baby Jane?, su mejor trabajo. Su Regina es uno de los personajes más odiosos que haya dado el séptimo arte. Imposible para muchas actrices, difícil para otras, pero únicamente personalidades como la de Bette pueden meterse en su piel y sobrevivir. Y en su caso, con nota cum laude… ¿Qué ayuda el maquillaje? Si. ¿Qué el plano profundo de Toland capta mejor los matices y los sentimientos, favoreciendo esa sensación de malignidad que sobrevuela el film? De acuerdo. Pero el gesto, el ademán, la mirada, los ojos, el rictus, la sonrisa que mata en lugar de acariciar… Todo ello lo pone una actriz irrepetible: Bette Davis.

Un lucrativo negocio de algodón se convierte en el detonante de un conflicto familiar donde tres hermanos se están ya repartiendo los beneficios futuros al tiempo que un cuñado frena el trato basándose en los bajos salarios y la injusta explotación de la clase trabajadora. Un corazón débil, un frasco de medicina derramada y una Regina transmutada en inmovil estatua de sal conseguirán variar el curso de una historia donde no se admite ni siquiera el parpadeo y que nos deja abducidos ante el televisor. Un escaparate donde la codicia pasea sus galas y la ambición se beneficia de las flaquezas y ruindades humanas.

La película optó a nueve Oscars no consiguiendo ninguno. Sin entrar en valoraciones acerca de la justicia o no de los premios otorgados, es innegable que siquiera sea por el número de nominaciones estamos ante una película magistral y única. Una verdadera obra maestra. Y ya que las alforjas iban vacías al volver a pisar, en su salida, la alfombra roja, quede aquí mi puntuación y mi recomendación para todos ustedes.

Los miserables (1935) de Richard Boleslawski (por Father Caprio)



Richard Boleslawski, otro de esos directores de los que siempre dudamos si hemos escrito correctamente su apellido, no me resultaba un desconocido. El Jardín de Alá y El velo pintado le precedían en mis retinas cinéfilas. La primera, a pesar de la interesante presencia de la diva Dietrich no pasaba de ser un melodrama poco creíble a la par que lacrimógeno. La segunda, con la divina Garbo en todo su esplendor fotografiada por un William Daniels que la mima y la realza, es una obra imprescindible. Esta especie de balanza moviéndose trémula entre los gozos y las sombras se ha acabado decantando hacia su lado más excelso con esta versión de la magnífica e inmensa obra de Victor Hugo, Les miserables.

Se ha dicho que es la mejor versión cinematográfica de la novela del francés. Nunca acabo de saber cuando algo es lo mejor o no, pero les digo que es una película excelente que sabe recoger el espíritu de la ilustre obra literaria en un prudente metraje que no alcanza las dos horas (la versión de 1934 de Raymond Bernard tenía una duración original de 5 horas y 15 minutos) y donde se estructuran los hechos de la vida de Jean Valjean (Fredric March) en tres capítulos conectados entre si por la permanente huida del protagonista de su implacable perseguidor el Inspector Jauvert (Charles Laughton), circunstancia que a algunos les traerá recuerdos de la obsesiva captura del fugitivo por el Teniente Gerard. Por descontado, no comparo lo incomparable, sino que me limito a poner algún punto de referencia siquiera lejano para ayuda de quienes desconozcan el argumento de la historia.

No tengo la menor duda de que, en la consideración de posible mejor versión, están las dos grandísimas interpretaciones de March y Laughton, dos actores que pueden considerarse entre los mejores de la historia del cine. A Laughton ya lo califiqué como "posible mejor actor del mundo". A March no le he echado tantas flores, debo reconocerlo, pero películas como Dr. Jeckyll and Mr. Hyde, de Rouben Mamoulian o Una mujer para dos, de Ernst Lubitsch y esta misma, cimentan una carrera enconmiable y bastante olvidada en la actualidad. En Les miserables ambos están sublimes encarnando roles radicalmente distintos. Su enfrentamiento es algo así como la lucha entre el bien y el mal, entre el verdadero y cristiano sentido de la justicia y la literalidad de unas leyes opresoras e injustas. Sin embargo sus personajes no son lineales sino que muy al contrario se retuercen interiormente en contradicciones personales profundas que los dos actores saben transmitir a base de gestos y expresiones, miradas y silencios, que demuestran tanto su categoría artística como la excelencia en la dirección de Boleslawski y la habilidad fotográfica del gran Gregg Toland.

Les miserables es la historia de una gran injusticia. Un hombre roba una hogaza de pan para alimentar al bebé de su hermana y es condenado a 10 años de trabajos forzados en galeras. Valjean se encuentra allí con Jaubert, un hecho que marcará su vida. Tras cumplir su condena, su condición de ex convicto le cierra todas las puertas, haciendo imposible su reinserción. Únicamente el obispo Myriel (un excelente Cedric Hardwicke) le da alimento y cobijo, y a pesar de haberle robado su vajilla de plata le trata como un verdadero hermano e incluso le regala dos candelabros de plata que conservará toda su vida y que tienen un significativo lugar en la historia. Estos hechos cambiarán radicalmente la vida de Jean Valjean.

Y volviendo a lo de mejor película, si o no, les dejo el enlace con un blog donde la consideran mejor película del año 1935: http://goodfellamovies.blogspot.com/2009/06/1935-les-miserables-richard-boleslawski.html

Sinceramente, no me hacía falta, se la hubiese recomendado igualmente…
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