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Déjà Vu (2006) por Father Caprio
Estoy tentado de calificar esta película como de ciencia ficción pero me pregunto ¿Dónde está la ciencia? Débil memoria la mía, pues casi olvidé la lección magistral que el espectador recibe en medio de la cinta. Eso de los planos temporales que se doblan o del río que discurre.
Bueno, sin más ironías, de la película sólo salvaría a Denzel Washington y eso por su trayectoria profesional (que por cierto ya anda un poco tocada, véase si no A contrarreloj). De todo lo demás solo son digeribles las palomitas.
El tema de los viajes por el tiempo ha dado lugar a muchas películas con mayor o menor éxito pero, sinceramente, de las que recuerdo esta es la peor. Hasta Paycheck con todas las críticas negativas tanto a su trama como al inescrutable rostro de Ben Affleck supera ampliamente a Déjà Vu. Al menos la trama, aunque sumamente fantástica, podría ser creíble desde el punto de vista de la ciencia ficción. La propuesta de Paycheck es el cambio de un futuro con máquinas que permiten verlo a otro más normal sin maquinitas y sin los problemas añadidos que se originan por la propia existencia de estos artefactos. Incluso debe reconocerse cierto ingenio al guión.
En Terminador se acude al pasado para modificar un presente (las máquinas tratan de impedir un nacimiento) y además entre ese pasado que se modifica y ese presente que va a resultar afectado, transcurren varios años, con lo cual la historia no pierde verosimilitud. Siempre desde la óptica de la ficción.
Otras películas como Regreso al futuro o El tiempo en sus manos (La máquina del tiempo) nos ofrecen planteamientos ingeniosos y agradables de ver.
Pero esta es la primera ocasión, que yo sepa (y reconozco tener muchas lagunas) en que se acude al pasado para modificar el propio pasado. Y esto a mi juicio es infumable.
¿Cómo puede entenderse que no haya visto lo visto? Vamos que, si Tony Scott después de darse cuenta del bodrio que acaba de realizar vuelve atrás, lo desmonta todo y cuando retorna al presente, nada de todo ello ha sucedido y él, claro está, no recuerda nada.
Tal vez el problema esté en mí, que no debí entender muy bien la clase de Física.
Bueno, comiendo palomitas, se puede pasar una tarde entretenida. Eso sí.
Spy game (2001) por Father Caprio
Mucha pena y poquísima gloria la de este film de Tony Scott que, gracias a la interpretación siempre profesional de Robert Redford y al tirón de Brad Pitt consigue un aprobado raspando que se dice ahora. Y es que entre esas películas de espías “bond-vivant” con martinis mezclados y Halle saliendo de las aguas y aquellas de espías surgidos del frío “made in Le Carré” caben muchísimas posibilidades pero Juego de Espías no tiene hueco ni hace demasiado honor a su denominación de origen (Spy Game).
En el fondo lo que se dirime en el film es un problema de identidades con componente generacional, en el marco de la CIA. No es casual que un veterano Nathan Muir (Robert Redford) esté viviendo sus últimas horas laborales en una Institución rejuvenecida en mandos y en ideas, dispuesta a demostrar que hasta su llegada al poder de los mandos intermedios no existía vida inteligente alguna. La vieja guardia frente a las juventudes Griffindor. El purismo, la legalidad y los acuerdos comerciales preferentes frente al aquí te pillo aquí te mato, tipo Chuck Norris y Rambo juntos. No hay secretos de estado ni fórmulas de cuya posesión dependa el futuro del mundo, ni Doctores No ni Moneypennys siempre dispuestas a echar un cable.
Estamos ante un juego de voluntades, del aquí mando yo y tú con las maletas a las Bermudas. ¡Ah! y no te despistes que te estoy grabando. Luz y taquígrafos. Todo lo contrario al oscurantismo tradicional que lo mismo ponía un comando en el mar de la China que en de la Tranquilidad sin que nadie se apercibiese hasta que las balas rebotaban a diestro y siniestro. Lo que sucede es que las vidas humanas se salvan antes entre tinieblas que a plena luz y en eso la veteranía es un grado.
Reconozco que el inicio es espectacular y que anima a frotarse las manos y repanchingarse en el sillón frente al televisor. Pero, al poco, nos damos cuenta que la cosa va de historias, loas y panegíricos de la amistad, lo cual no estaría mal si no estuviésemos frente a una presunta película de espías y si además no se desarrollase mediante flasbacks, cosa que elimina de sopetón cualquier asomo de intriga. No obstante, Scott (nada que ver con Ridley) consigue algunos momentos logrados donde, al amparo de las nuevas tecnologías y “amigos para siempre”, los buenos arreglan el asunto sin tanto mariconeo. Con el móvil en una mano y la “navy” en la otra. En lugar de Juego de espías quizás hubiese debido llamarse Desaparecido en Combate 25.
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