ccc

Mostrando entradas con la etiqueta Sal Mineo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sal Mineo. Mostrar todas las entradas

Krakatoa, al Este de Java (1969) por Father Caprio


Lo de Krakatoa al Este de Java tiene fácil arreglo. Se coge el mapa, se la da la vuelta convenientemente y ya la tenemos al Oeste como debe ser. Corregir lo demás resulta algo más peliagudo y difícil.

Y es que la película no es mala ni es peor (como algunos pensarán). Es un quiero y no puedo. O un no sé, que todavía es más culpable. Kowalski se agarra a un cine catastrofista naciente y a unos buenos efectos visuales que serán nominados a los Oscar, para envolver como si de papel de regalo se tratase un film donde las coherencias internas brillan por su ausencia. Las catástrofes naturales no están necesariamente reñidas con las aventuras inconfesables. Los caza tesoros de los Mares del Sur pueden sufrir erupciones, mareas, tifones, tsunamis y hasta tormentas de arena si el guionista se lo sabe montar, dejando a los espectadores con la baba caída, pero juntar a un grupito trapisonda de tal calibre es demasiado hasta para los espectadores más crédulos y con las tragaderas más holgadas.

Y así nos encontramos un buzo profesional con el certificado de caducidad sobrepasado ampliamente y mal sobreviviendo a base de láudano. A su amiguita, “fiestas, canciones y distracciones varias” ofreciendo numeritos musicales con striptease incluido. A un preso ajeno al cotarro en una especie de libertad bajo palabra, campando a sus anchas por cubierta y evidentemente enterándose del negocio que se llevan entre manos los componentes del susodicho circo Trapisonda. A una pareja, padre e hijo, exploradores en globo aerostático que para una vez que lo utilizan se escacharra y a punto están de acabar en el interior del volcán. ¡Ah! Y el hijo (Sal Mineo) se llama Leoncavallo. ¿Será un animal mitológico?. A todo ello, la presunta viudita de buen ver conocedora de la existencia de una fortuna en perlas en el barco hundido ha sufrido un proceso de insania mental y presenta dudas razonables sobre si lo sabe o lo imagina. Además junto con perlas y marido ha perdido un hijo lo cual es grave, melodramático, favorecedor de la lágrima fácil y un directo al corazón del espectador si se le coge algo distraído.

Maximilian Schell, buen actor y competente no consigue, a pesar de su talento artístico dar coherencia a esto. Al contrario, verlo con una manguera de agua a presión echar por la borda a treinta facinerosos dispuestos a todo resulta lo mismo de creíble que las historietas de El Capitán Trueno, El Jabato y el sargento Gorila, todos juntos.

Antes afirmaba que no es mala ni peor. Lo digo, con cierta generosidad, por tres aspectos: Un inicio prometedor. Unos efectos especiales logrados y una fotografía donde se confunden los rojos lava con los azules océano y eso resulta bello y atractivo en formato pantalla grande. Y por último por un desarrollo final donde la tragedia viene a poner las cosas en su sitio y al sentido común donde siempre debió estar, ello junto a unos espectaculares FX del tsunami sobre las islas y el buque.

Regulín, regulan…

El gran combate (1964) por El Despotricador Cinéfilo


A lo largo de mi vida como cinéfilo (y de mi constante admiración por el cine de John Ford, es decir, por el cine en estado puro) siempre he tenido una gran curiosidad por visionar “El gran combate”, pues es un film del que siempre he leído que fue una obra desdibujada y desvirtuada por los productores, los cuales vilmente masacraron y cambiaron totalmente la idea original de la película tal y como la concibió Ford.

Esto llevaría a pensar que “El gran combate” es una película desequilibrada, fallida, descompensada e incoherente, pero, cual grata ha sido mi gran sorpresa, cuando me he encontrado un film compacto, consecuente, inteligente y nada adulterado. No se cuáles fueron esos cortes que los “malvados” productores hicieron a esta obra tan fordiana, lo que sí sé en que no la desvirtuaron en absoluto, pues mantiene todo el espíritu y emotivo homenaje a los cheyennes, así como al tremendo éxodo al que se vieron obligados. Una obra fordiana genial y crepuscular, impecablemente rodada como era habitual en el Maestro.

Entonces ¿qué es despotricable en ella? pues algo que me irrita considerablemente y que quiebra rotundamente el (hasta entonces) magnífico ritmo de la película. Me estoy refiriendo a ese episodio cómico, metido con calzador, de la partida de poker entre James Stewart, Arthur Kennedy y John Carradine. ¿Qué sentido tiene esos toques de humor en una película tan sería y dramática como esta? puede que la intención de Ford fuese desdramatizar un poco la tensión acumulada y, por eso, mete este numerito cómico. Pero en mi opinión fracasa totalmente, y, esto, sí que desvirtúa la película.

Que el bueno de Jimmy Stewart esté impecable (como siempre en él) haciendo de Wyatt Earp no justifica la existencia de este episodio, pues es un episodio totalmente incoherente en la trama, innecesario, absolutamente prescindible; podría estar metido en esta película como en cualquier otra, es intercambiable, entonces ¿qué necesidad habría de mantenerlo? Y no digo que esté mal rodado o sea más flojo que el resto del film, no, por Dios, está magistralmente rodado, pero no aporta nada a la película y es sumamente superfluo. Menos mal que la película es tan magnífica que este “desliz” no consigue empañar el buen sabor de boca que siempre nos deja el Maestro de Maestros, el siempre añorado John Ford.