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El nacimiento de una nación (1915) de David Wark Griffith (por Álvaro de la Cueva)


El nacimiento de una nación es otra inmerecida "vaca sagrada" del cine que, de tener algún valor para el desarrollo fundacional del lenguaje cinematográfico (como dicen los entendidos), queda muy desacreditado por su discurso racista que, si hace 100 años ya fue polémico, hoy es intolerable para un espectador no excesivamente embrutecido. 
La basurilla racista se concentra en la última hora de la película, teniendo su momento cumbre en la escena en la que unos "heróicos" jinetes encapuchados del Ku Kux Klan acuden prestos a impartir la justicia blanca al son de la wagneriana "Cabalgata de las Valkirias", escena que hay que tener estómago para digerirla y que, sólo por ella, me basta para atizarla directamente un suspenso. 

Leo por ahí que el racismo de la película motivó que fuera boicoteada por los actores negros. En realidad, sí intervienen negros en la película pero siempre en papelillos comparseros, de extras, generalmente danzarines y entregados al "dolce far niente". 

Cuando Griffith tiene que otorgar un papel que requiera un desarrollo dramático un poco mas elaborado (o, simplemente, una presencia mas larga en pantalla, léase un soldado o un criado) recurre a actores blancos con la cara pintada, con lo que los “negros” en esta película lucen como esos concejales disfrazados de Baltasar en la Cabalgata de los Reyes Magos. Desconozco si el extraño travestismo se debe a que los actores negros (en caso de que los hubiera profesionales ya en 1.915, lo dudo) rechazaran prestarse a ser cómplices del infame producto, o si fue Griffith el que reservó los roles protagonistas para "white men,only"). 

De los falsos negros, hay dos que tienen cierto protagonismo; son dirigentes de los Estados del Sur, que una vez tomado el poder, persiguen fieramente a los pobres blancos. Los nombres de los malvados son muestra de lo sutil de la peli (o de la novela en que se basa): uno es "Stoneman" (hombre de piedra) y el otro (por si existieran dudas de sus abyectas intenciones) Lynch... 

En los intertitulos (cuyo fin en esta parte de la película no es ayudar a explicar lo narrado sino a soltar autenticas soflamas racistas) se alude al carácter "resentido" del "mulato" Stoneman (parece que por no poseer la pureza de la raza blanca). 

La gesticulación de estos dos y la del (falso) negro lujurioso (que va violando jovencitas blancas) es descacharradamente exagerada y no se disculpa con el manido argumento de que esta era el patrón interpretativo de la época (por ejemplo: hace poco ví la Carreta Fantasma de Sjostrom posterior en sólo 6 años, de una sobriedad interpretativa notable, lo que revela el papel clave del Director- también entonces- para controlar la interpretación actoral). 

La película vista hoy carece del interés que otros clásicos del mudo conservan por sus brillantes aportaciones al lenguaje del cine (El Gabinete del Dr. Caligari o un Acorazado Potemkin) y su alegato racista la arruina definitivamente.

The Artist (2011) de Michel Hazanavicius (por El Despotricador Cinéfilo)

Hace ya varios días fui al cine a ver The Artist con la plena confianza de que me enfrentaba a una película excepcional por las excelentes críticas recibidas y por todos los premios importantes que había cosechado (y que aún habría de cosechar días después como los Oscars). Con semejantes expectativas la contemplé con una mirada más crítica y feroz de lo aconsejable y, quizás también por ello, al estar ya tan condicionado me irritó tantísimo la película y salí tan decepcionado del cine.

¿Por qué esa irritación? Pues porque me pareció el guión de una extrema simpleza y poco originalidad. Era simplón, anodino, endeble, infantil y previsible en cada momento. Se sabía en todo momento lo que iba a pasar y cómo iba a pasar. La capacidad de sorpresa u originalidad era nula. Al ser tan previsible y obvio el interés para el espectador es mínimo. Mi impresión inicial fue que, más que un homenaje a ciertas películas clásicas, había espoleado completamente el guión de Ha nacido una estrella y Cantando bajo la lluvia, así como a tantas otras. Por lo que a un nivel consciente la película me decepcionó y cabreó. Pero mi subconsciente me tenía preparada una sorpresa que me hizo replantearme por completo mi opinión.

Y es que esa noche, sin saber ni cómo ni porqué, me soñé con la escena final de Intolerancia de Griffith y la mezclé en el sueño con la emotiva carrera en coche de Bérénice Bejo en la película. Y al despertar lo comprendí todo. El gran mérito de The Artist no es la película en sí, que es banal, simplona y superficial, sino su gran capacidad para evocar emociones del mejor cine de todos los tiempos. Comprendí de repente, como con una convulsión, que muy deliberada e intencionadamente se había escrito un guión sencillo y lineal, confundí simpleza con sencillez. Y justo a partir de ese momento pude asimilar la maravillosa película que había visto el día anterior. No importaba qué contaba sino cómo lo contaba.

Y desde ese instante ya todo fue rodado, pues cada vez que recordaba cada una de las escenas de la película de Hazanavicius me sobrecogían otras imágenes de grandes clásicos del cine. Todo es perfecto en la película ya que consigue, desde la simpleza más absoluta, evocar un amor al cine mudo y a toda la cinematografía en general . Te hace amar el cine más de lo que creías y, sobre todo, acumula en su metraje toda la esencia, aroma y enjundia de porqué el cine es grande y porque lo amamos tanto.

Esta claro que hay películas que hay que dejarlas reposar un tiempo y que sea nuestro subconsciente quien opine. Cuando el poso que queda de la visión del film empieza por fin a asimilarse nos damos cuenta de lo grandiosa, fascinante, cautivadora y absolutamente maravillosa que es The Artist. Cine en estado puro. Eso no es solo fruto del talento, la casualidad o la profesionalidad de quienes intervienen. Es simplemente fruto de esa magia que toca a ciertas películas y que se filtra en ellas sin saber ni cómo.