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Sin city (2005) de Robert Rodríguez y Quentin Tarantino (por Quercus Súber)
A falta de ser protagonistas incluso de nuestra propia película, sirve
pasar un rato delante de una pantalla para imaginar que otra vida pudo
ser la nuestra y, por momentos, deseamos que el personaje que nos
identifica en el filme, haga esto o aquello, sabiendo que no será
nuestra cara la que abofetearán, nuestros huesos los que romperán, ni
nuestra cuenta la que quedará vacía.
Entusiasmados con el personaje o decepcionados con el desenlace, bastará con cambiar de canal y volver a las sempiternas noticias de crisis que tantos titulares han rellenado y tanto papel han vendido.
En casa de un amigo, a 3 de febrero de 2.013.
Querida mía:
El otro día pasó por la pantalla de mi televisor Sin city contando tres historias de las que ahora no voy a hacer sinopsis y ni siquiera voy a vender como algo recomendable, pero me llamó la atención que el narrador tuviera el mismo doblaje que uno de los protagonistas. Me recordó la parodia de José Mota con el doblaje de Al Pacino y Robert de Niro, aunque en este caso, Ramón Langa se llevó mi aplauso y despertó en mí, aún más, ese deseo de seguir escuchando historias y ver cómo el narrador se convierte en protagonista, aunque solo fuera por la voz, más o menos como lo estoy haciendo yo ahora aporreando un teclado.
Me embriagó la mezcla de atracción por lo sucio, lo escabroso, el heroísmo, las situaciones límites y las medidas desesperadas que nunca encontramos en nuestra mediocre vida. Nadie se enamora de una prostituta ni recurre a su protección, pero la historia de la masacre, destilaba por los cuatro costados eso que los americanos llaman "true love". Es cierto que la morenita estaba como un queso, incluso dibujada a carboncillo, que la asiática Miho resultaba mucho más atractiva y eficiente que todos los héroes de Marvel juntos y que Bruce Willis no pasaba de poli pringaíllo en un escenario tan sórdido, al más puro estilo de Mad Max, Conan o El viaje de Chihiro.
De vuelta por el mundo real y cambiando al canal de veinticuatro horas, me dan ganas de fugarme con Raquel Martínez, mientras hago arder en llamas el plató y salto al vacío con mi chica en brazos reventando los ventanales; aterrizo en mi batmóvil (un smart phone de última generación) y me pierdo por las ondas haciendo estallar las cabezas de aquellos individuos con carné de la casta política.
Mi mujer se ha ido a acostar al niño. Me he quedado soñando despierto en el sofá y una mueca entre sonrisa e impotencia se ha dibujado en mi cara, al tiempo que me dirijo al cuarto de baño a cepillarme los dientes antes de irme a dormir.
Ayer se me olvidó sellar la tarjeta del paro y hoy ni siquiera he mirado el correo. Ya no me intereso ni en abrir infojobs, ni redtube, ni las páginas de contactos que prometen chicas calientes en tu ciudad. Es posible que esté entrando en el túnel del tiempo, ese que se abre cuando dejas el mando a distancia sobre la nevera antes de sacar otra lata de cerveza, rascarte el culo dejando los palominos en esos calzoncillos blancos mil veces remojados en lejía y la barba, de más de cuatro días, deja entrever tu barriga y no tu miembro viril, recordándote que no eres más que un pichacorta en espera recibir los cuatrocientos veintiséis euros que les prometen a los marginados por la edad, después de veinticinco años de quemarse las pestañas y machacarse las cervicales sobre el sillón que te dejó el culo como una artesa.
Ahora vuelvo a Sin city, es mucho mejor; la prostituta morena me besa en la boca y me clava en su alma con una mirada que no olvidaré jamás. Me aprieta fuerte mientras me rodea el cuello, mete una pierna entre las mías y percibo su deseo de que ese instante sea eterno, tan eterno como efímero, tan efímero como toda una vida cuando llega la muerte y vuelvo a ser Ramón Langa contando mi vida como me hubiera gustado vivirla, quedándome con la buena, matando a los malos sin piedad y ahogándome en este túnel que he abierto desde la nevera hasta el sofá para introducirme en la dimensión del limbo que es estar a tu lado... y sin ti.
Entusiasmados con el personaje o decepcionados con el desenlace, bastará con cambiar de canal y volver a las sempiternas noticias de crisis que tantos titulares han rellenado y tanto papel han vendido.
En casa de un amigo, a 3 de febrero de 2.013.
Querida mía:
El otro día pasó por la pantalla de mi televisor Sin city contando tres historias de las que ahora no voy a hacer sinopsis y ni siquiera voy a vender como algo recomendable, pero me llamó la atención que el narrador tuviera el mismo doblaje que uno de los protagonistas. Me recordó la parodia de José Mota con el doblaje de Al Pacino y Robert de Niro, aunque en este caso, Ramón Langa se llevó mi aplauso y despertó en mí, aún más, ese deseo de seguir escuchando historias y ver cómo el narrador se convierte en protagonista, aunque solo fuera por la voz, más o menos como lo estoy haciendo yo ahora aporreando un teclado.
Me embriagó la mezcla de atracción por lo sucio, lo escabroso, el heroísmo, las situaciones límites y las medidas desesperadas que nunca encontramos en nuestra mediocre vida. Nadie se enamora de una prostituta ni recurre a su protección, pero la historia de la masacre, destilaba por los cuatro costados eso que los americanos llaman "true love". Es cierto que la morenita estaba como un queso, incluso dibujada a carboncillo, que la asiática Miho resultaba mucho más atractiva y eficiente que todos los héroes de Marvel juntos y que Bruce Willis no pasaba de poli pringaíllo en un escenario tan sórdido, al más puro estilo de Mad Max, Conan o El viaje de Chihiro.
De vuelta por el mundo real y cambiando al canal de veinticuatro horas, me dan ganas de fugarme con Raquel Martínez, mientras hago arder en llamas el plató y salto al vacío con mi chica en brazos reventando los ventanales; aterrizo en mi batmóvil (un smart phone de última generación) y me pierdo por las ondas haciendo estallar las cabezas de aquellos individuos con carné de la casta política.
Mi mujer se ha ido a acostar al niño. Me he quedado soñando despierto en el sofá y una mueca entre sonrisa e impotencia se ha dibujado en mi cara, al tiempo que me dirijo al cuarto de baño a cepillarme los dientes antes de irme a dormir.
Ayer se me olvidó sellar la tarjeta del paro y hoy ni siquiera he mirado el correo. Ya no me intereso ni en abrir infojobs, ni redtube, ni las páginas de contactos que prometen chicas calientes en tu ciudad. Es posible que esté entrando en el túnel del tiempo, ese que se abre cuando dejas el mando a distancia sobre la nevera antes de sacar otra lata de cerveza, rascarte el culo dejando los palominos en esos calzoncillos blancos mil veces remojados en lejía y la barba, de más de cuatro días, deja entrever tu barriga y no tu miembro viril, recordándote que no eres más que un pichacorta en espera recibir los cuatrocientos veintiséis euros que les prometen a los marginados por la edad, después de veinticinco años de quemarse las pestañas y machacarse las cervicales sobre el sillón que te dejó el culo como una artesa.
Ahora vuelvo a Sin city, es mucho mejor; la prostituta morena me besa en la boca y me clava en su alma con una mirada que no olvidaré jamás. Me aprieta fuerte mientras me rodea el cuello, mete una pierna entre las mías y percibo su deseo de que ese instante sea eterno, tan eterno como efímero, tan efímero como toda una vida cuando llega la muerte y vuelvo a ser Ramón Langa contando mi vida como me hubiera gustado vivirla, quedándome con la buena, matando a los malos sin piedad y ahogándome en este túnel que he abierto desde la nevera hasta el sofá para introducirme en la dimensión del limbo que es estar a tu lado... y sin ti.
Malas calles (1973) por Heifer
Martin Scorsese, Robert De Niro, Harvey Keitel, y la mafia como trasfondo argumental son los ingredientes básicos que no trajo en 1973 Malas Calles. Muchos hoy día veréis semejante combinación y seguramente pensareis, - "Joder; pinta bien la cosa"; y es lógico llegar a esa conclusión, pues después de haber disfrutado en años posteriores con la maestría de otras obras suyas como son Taxi Driver o Uno De Los Nuestros, no cabe esperar otra cosa.
Pues nada más lejos de lo que he terminado encontrado en esta cinta. No sé si he caído otra vez en la trampa de haber dado por hecho que los que hoy considero grandes han sido y fueron siempre grandes, o qué... pero el caso es que al final me he quedado desilusionado y con mal sabor de boca.
Y es que, Malas Calles, me parece una película con demasiados fallos como para poder enganchar totalmente a nadie. Me explico; su guión, por ejemplo, va dando tumbos desde el principio, y una historia que tiene muy poca chicha que ofrecer, se estira demasiado hasta cansar al espectador en una eterna espera por que pase algo de una vez. Además, mientras nadamos en una historia que parece estar permanentemente a la deriva esperando un viento que la lleve a algún sitio en concreto, nuestros sentidos se verán distraídos por descuidos tan inexplicables como pueden ser una mala iluminación o un mal montaje en momentos determinados. Y la verdad que es una lástima, pues esos detalles unidos al poco peso que tiene el desarrollo del guión, empaña enormemente el trabajo de una buena actuación de Harvey Keitel, y un genial de Robert De Niro.
Pero en fin, los comienzos siempre son tiempos de aprender, y esta pequeña historia de mafiosillos de segunda fila puede considerarse el germen de lo que luego sería Taxi Driver, o The Goodfellas. El retrato que la cámara hace de las calles y la fauna urbana, y un acertado uso de una buena banda sonora, hacen que atisbemos lo que luego serían cualidades características en la obra de Scorsese.
Resumiendo un poco ya; que el gran defecto de Malas Calles, es lo alarmantemente fácil que te lo pone para terminar pensando por ejemplo en las cosas que tienes que hacer mañana, o en la papa que vas a coger el próximo finde. Podría decirse que pasa tan poco, que al final terminas pasando. Pero bueno, un final muy bien rodado nos da el caramelito para que vayamos contentos de vuelta a la realidad de nuestra vida.
Disfruten con los sinsabores que Charlie tiene que pasar por culpa de su compañero Johnny Boy, siempre hay alguien que tiene que resaltar dentro de la discreción de la mafia... maldita estupidez arrogante; con esas cosas no se juega Johnny...
Por cierto; mejor en versión original, pues el doblaje al castellano es merecedor de un disparo lejano.
Nota del Despotricador Cinéfilo: Efectivamente el doblaje original de los años 70 es terrible, pero el redoblaje realizado en el año 2002 con las voces de Antonio García Moral (Keitel) y Juan Antonio Bernal (De Niro) es espléndido.
Enamorarse (1984) por El Despotricador Cinéfilo
No estoy en absoluto en contra que se hagan películas a la medida de los actores para que estos se luzcan y extiendan su amplia (o limitada en algunos casos) gama de registros, haciendo lo que mejor sepan hacer ¿o acaso se le puede reprochar a Errol Flynn que todos sus films de aventuras estuviesen cortados por el mismo patrón hechos exclusivamente a su medida para lucirse en su limitado talento interpretativo?, y quien dice Errol Flynn dice tantos y tantos otros.
Pero desde luego lo que me revienta es que se realice un film con el único y exclusivo objetivo para que dos excelentes actores monten su numerito interpretativo, se luzcan interpretando paso por paso cada uno de sus registros y tics interpretativos y que básicamente el film sea únicamente eso. En esta clase de películas lo de menos es el argumento, que encima en el caso de este Enamorarse es un cutre y pastelero telefilm (muy hija de su tiempo, pues rezuma esa extraña cursilería, sensibilidad y ternura que desprenden ciertos tufos románticos de los años 80) forzado con calzador a ser una película, y sobre todo que el casting sea tan desafortunado e inapropiado para tales roles.
¿Quiero decir que Meryl Streep y Robert de Niro están mal?, en absoluto, son tan buenos actores los dos que saben salir airosos de unos papeles tan inadecuados para ellos, pero al final te queda la sensación de que lo has visto es un recital de unos actores todoterrenos que se atreven contra cualquier reto interpretativo, pero que paradójicamente sus actuaciones acaban por perjudicar considerablemente a la película (la cual con otros actores más apropiados y acertados hubiese sido un film muy diferente, y por supuesto, mucho mejor).
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