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La indómita y el millonario (1959) por Father Caprio
Una película con Doris Day y Jack Lemmon. Transparente y en botella: Comedia. Rica, rica y sin demasiados fundamentos. De nuevo la línea Capra al poder, pero sin Capra, que es lo peor. Las virtudes de Richard Quine siendo buenas no son las de Frank y Caballero sin espada (Mr. Smith goes to Washington) solo hay uno.
Porque no hay que ser un especialista en mensajes cinematográficos subliminales y profundos para darse cuenta de que La Indómita y el millonario es un alegato en contra del pisoteo descarado y con recochineo de los derechos individuales por parte de los grandes monstruos empresariales. Porque miren ustedes, aunque el pez grande se coma la langosta chica, lo menos que puede exigírsele es que se lo coma con educación, o sea con absoluto respeto a la legalidad vigente y a los pocos derechos que asisten a los crustáceos. Este es el quid de un film donde el empresario de ferrocarriles Malone, “el hombre más malo del mundo”, pisotea e intenta aplastar con el peso de su brutalidad, a Jane “la mujer langosta”, empresaria suministradora de estos apreciados animalitos a las mesas de hoteles, restaurantes y otros centros de la “jet”.
La lucha de David contra Goliath siempre ha suscitado expectación. La gente de la calle y el cuarto poder toman rápidamente partido a favor del débil cuando el gigante de turno además de gigantesco es un impresentable de tomo y lomo. Y claro, en los años 50 lo mismo que ahora, los periódicos, la radio y la TV buscan carnaza y se manejan al filo de la noticia lo cual es inconveniente para quienes hacen de la ilegalidad y el trapicheo su residencia permanente. Por consiguiente, como no podía ser de otro modo, las presiones populares y mediáticas, obran el milagrito capriano y el tal Malone acaba presentando instancia para bendiciones divinas.
Con la consiguiente historia de amor, blanca de día y requeteblanca de noche, apropiadísima para toda la familia unida frente al televisor, la película cumple, que no convence. Jack Lemmon y Doris Day son dos excepcionales actores. Es difícil que una película donde ellos intervengan sea solemnemente mala, pero algunas se quedan en entretenidas moralinas sin apenas chicha ni limoná. La línea Capra, “far, far away”.
Cómo matar a la propia esposa (1965) por El Despotricador Cinéfilo
Si existe en el mundo una película necesitada de un buen remake, esta es, sin duda, “Cómo matar a la propia esposa”, pues hoy en día tiene más vigencia, sentido y coherencia que nunca el mensaje que transmite.
Cuando los datos estadísticos actuales hablan de que el 73% de las parejas se divorcia (a saber por qué el 27% restante no lo hará) se demuestra cómo la institución del matrimonio está más fracasada, obsoleta y caduca que nunca, incluso más que el Comunismo, que ya es decir. Ahora bien, ¿por qué un remake de esta película? Pues porque su punto de partida me parece genial, interesante y muy prometedor; soltando perlas muy ingeniosas y verdades como puños sobre la inviabilidad de llevar a buen puerto un matrimonio en la actualidad, pero fracasando estrepitosamente en su edulcorado, y hasta almibarado, final, políticamente correcto, pero indigno de la gran inteligencia y las pretensiones que había mostrado hasta entonces el film.
Quizás el problema es que no debería ser una comedia, sino un drama, un drama muy demoledor, es decir, que alguien se atreviese, de una vez por todas, a hacer la película definitiva sobre el matrimonio. Desde luego, no será por falta de material al respecto: desde las lúcidas frases de Woody Allen (“Algunos se casan por la iglesia, otros por idiotas”) hasta el continuo e incesante río de divorcios de amigos y conocidos, lo cual conlleva docenas de conversaciones que alimentan, aún más, la gran verdad de que el matrimonio en pleno siglo XXI es la institución más absurda, banal y sinsentido que existe.
¿No hay ningún cineasta audaz que demuestre en una buena película que el hombre nunca aprenderá del error del matrimonio? ¿Tan difícil es hallar uno inteligente que plasme en celuloide la paradoja de que, si bien se divorcia el 73% de las parejas, al mismo tiempo se casan anualmente otras 250.000 (la amplia mayoría de sus miembros previamente divorciados)? ¿No ha nacido aún el cineasta sagaz e incisivo que analice cómo el ser humano intenta, una y otra vez, buscar la felicidad en otro ser humano, cuando en realidad la felicidad siempre está en uno mismo, y no en una convivencia forzada dentro de una sociedad que sigue imponiendo el estar casado como algo normal (cuando pocas cosas hay más anormales como el tener que convivir dos soledades juntas)?. Por eso pido (casi imploro) a los “Jack Lemmon” y a los “Richard Quine” del siglo XXI que se atrevan a hacer la película definitiva sobre este espinoso tema, y, así, contribuir a que, al menos socialmente, el individuo sea un poco más inteligente y coherente.
Yo, sinceramente, espero con ansiedad ese gran film, aún por venir, que sea capaz de dejar claro que el matrimonio no tiene nada que ver con el amor, con el sexo ni con el deseo de tener hijos; un film que nos aleccione a todos y nos ayude a buscar el verdadero camino de la felicidad. ¿Necesitaremos que resucite Billy Wilder para que esta película sea una realidad o es que nadie más tiene el talento y las agallas necesarios para hacerla?
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