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Canción de cuna (1994) por Alvaro03
Poner en manos del habitualmente cursi y sensiblero Garci una obra teatral tan vetusta como “Canción de Cuna” de Martínez Sierra solo podía deparar el resultado previsto, un "melodramón" ñoño que causa bastante sonrojo. Ya el mismo enunciado del argumento que nos cuentan, -historia de alegres monjitas de clausura que reciben a una niña abandonada en el torno- alerta de por donde pueden ir los tiros. Algunos comentarios:
- Desde el punto de vista formal, Garci nos atiza una ración insoportable de pausadísimos travellings laterales y otros recursos que ya son una antigualla en el cine (fundidos a negros) todo con la pretensión deliberada de emular a sus admirados clásicos. La admiración de Garci a los clásicos es una hipoteca que le pesa demasiado. Siempre quiere dar esa excelencia formal de lo que el llama “los grandes” del cine como Max Ophuls. Hay siempre una pretensión de hacer cine de “qualité” que a mí me irrita bastante.
- La puesta en escena es artificial. Aquí también tiene pretensiones de excelencia estética que chocan con lo falso e impostado de las escenas (véanse por ejemplo las silente monjas cosiendo o labrando que no transmiten ninguna verosimilitud sino una escena falsa y apolillada de museo de cera).
- Fotografía. Más dosis de esteticismo vacuo. Los rayos de sol penetrando por las ventanas en las sombrías estancias o por el claustro del convento está bien cuando lo ves una vez pero no como leitmotiv en toda la película.
- La interpretación actoral. La selección de actores por parte de Garci es bastante especial. Siempre prescinde de los más habituales en el “mercado” y escoge a otrora glorias del cine español o nuevos interpretes que, además, luego parecen malograrse en sus carreras como si hubiera una autentica maldición “garciana” por participar en sus películas. Viendo la película me preguntaba ¿donde están Fiorella Faltoyano, Ampara Larrañaga, Virginia Mataix, Diana Peñalver?. Mención aparte merece Maribel Verdú que pone unas caritas y hace unos mohines verdaderamente horrorosos. A algunas actrices les dobla la voz en estudio (Diana Peñalver) no estando bien sincronizado imagen y palabra. A Carmelo Gómez si no me equivoco lo dobla en estudio un actor de doblaje.
- Música. Vulgar, el tema principal, te lo aprendes en cuanto lo has oído una vez, y está demasiado presente.
En conclusión, mala película de un José Luis Garci muy seguro de que ser una “rara avis” o ir contracorriente en el cine actual (tanto en temática como en forma) automáticamente le convierte en un cineasta de calidad.
- Desde el punto de vista formal, Garci nos atiza una ración insoportable de pausadísimos travellings laterales y otros recursos que ya son una antigualla en el cine (fundidos a negros) todo con la pretensión deliberada de emular a sus admirados clásicos. La admiración de Garci a los clásicos es una hipoteca que le pesa demasiado. Siempre quiere dar esa excelencia formal de lo que el llama “los grandes” del cine como Max Ophuls. Hay siempre una pretensión de hacer cine de “qualité” que a mí me irrita bastante.
- La puesta en escena es artificial. Aquí también tiene pretensiones de excelencia estética que chocan con lo falso e impostado de las escenas (véanse por ejemplo las silente monjas cosiendo o labrando que no transmiten ninguna verosimilitud sino una escena falsa y apolillada de museo de cera).
- Fotografía. Más dosis de esteticismo vacuo. Los rayos de sol penetrando por las ventanas en las sombrías estancias o por el claustro del convento está bien cuando lo ves una vez pero no como leitmotiv en toda la película.
- La interpretación actoral. La selección de actores por parte de Garci es bastante especial. Siempre prescinde de los más habituales en el “mercado” y escoge a otrora glorias del cine español o nuevos interpretes que, además, luego parecen malograrse en sus carreras como si hubiera una autentica maldición “garciana” por participar en sus películas. Viendo la película me preguntaba ¿donde están Fiorella Faltoyano, Ampara Larrañaga, Virginia Mataix, Diana Peñalver?. Mención aparte merece Maribel Verdú que pone unas caritas y hace unos mohines verdaderamente horrorosos. A algunas actrices les dobla la voz en estudio (Diana Peñalver) no estando bien sincronizado imagen y palabra. A Carmelo Gómez si no me equivoco lo dobla en estudio un actor de doblaje.
- Música. Vulgar, el tema principal, te lo aprendes en cuanto lo has oído una vez, y está demasiado presente.
En conclusión, mala película de un José Luis Garci muy seguro de que ser una “rara avis” o ir contracorriente en el cine actual (tanto en temática como en forma) automáticamente le convierte en un cineasta de calidad.
Historia de un beso (2002) por Francisco Rodríguez Criado
Historia de un beso equivocado
José Luis Garci, aun siendo un director de notable interés, cuenta en su carrera cinematográfica con algunas películas malogradas. Yo diría que Historia de un beso es una de ellas.
El filme transcurre en el invierno de 1949 en un pequeño pueblo (Cerralbos de Sella), a medio camino entre la invención literaria y la realidad asturiana. Acaba de fallecer el escritor local Blas Otamendi, miembro destacado de la Generación del 98 (¿acaso una libre recreación de Pío Baroja?). Ese es el punto de partida de la historia de un beso, de un amor, que a la postre acaba siendo la historia de tres besos, tres amores, uno para cada edad del ser humano.
El argumento, tan propenso a la melancolía y a la reivindicación de sentimientos universales como el amor, parece hecho a la medida del manierista Garci. No en vano, el guión es suyo en colaboración con Horacio Valcárcel. Pero en esta ocasión la melancolía ha tomado un rumbo errático y hemos de conformarnos con el poso de un sentimentalismo ramplón, indigno de un director de su prestigio.
El desacierto es general. Para empezar, un decorado excesivo del dos veces oscarizado Gil Parrondo sobre un marco al que, precisamente, le sobra cualquier aderezo: aún sobreviven muchos pueblos españoles “de carne y hueso” (eso sí, cada vez menos) que han sorteado el paso del tiempo. Así pues, tanta parrondez no deja de ser una frivolité. Esa impostura ambiental es tan sólo el inicio; a partir de ahí todo resulta falso, poco convincente: nombres rebuscados para los personajes (Basilio, Blas, Andrea, Melchora), el llamativo maquillaje-disfraz de Tina Sainz, la relación previsiblemente fallida de Alfredo Landa y Ana González (beso acrobático incluido), las gafas “blindadas” de Beatriz Rico (en un pueril intento de convertir a una actriz bella y chispeante en una maestra de pueblo con inquietudes intelectuales), nieve artificial por doquier buscando en el espectador una emotividad –por así decirlo– navideña, etcétera.
Por si fuera poco, Garci se dejó tentar por la farándula al invitar como personajes secundarios al casposo ex cantante Enrique del Pozo y al escritor Juan Manuel de Prada (por entonces asiduo contertulio del programa televisivo de Garci Qué grande es el cine), que no perdió la ocasión para dedicar en su momento un elogioso y pirotécnico artículo sobre la película de marras. Agradecimiento, que se llama.
Historia de un beso se divide entre el homenaje a la generación del 98, con numerosas citas literarias que despistan y confunden al espectador, y la defensa romántica de épocas pasadas donde el médico, el ama de llaves y la palabra sabia frente a la taza de café conferían las señas de identidad de una remota España sombría. Garci, con tantas mentiras a medias, más que rescatar nuestra historia lo que ha hecho ha sido exagerar su atemporalidad.
Lo mejor: el empleo de los numerosos flashbacks y las actuaciones de un contenido Alfredo Landa y Carlos Hipólito, en su papel del sobrino de Otamendi, hombre joven, profesor y poeta con eruditas aspiraciones al beso.
La cinta, en resumen, es un empacho de besos melifluos y resonancias literarias y metafísicas. Para comprobar lo errático de su propuesta, basta enfrascarse en la lectura de los libros de Valle-Inclán, Unamuno o Clarín. En sus páginas el lector podrá apreciar sin tantos artilugios la verdadera esencia del pueblo español de finales del siglo XIX y principios del XX, donde el café verdaderamente sabía a café y el beso era servido sin tanta nieve industrial.
Más críticas de Francisco Rodríguez Criado en:
http://www.eldespotricadorcinefilo.com/francisco-rodriguez-criado.html
Españoladas (2010) por El Despotricador Cinéfilo
Hace ya bastantes años me enfrasqué en una conversación (¿o acaso fue una discusión?) con un amigo que no acababa de entender cómo podía tener tantísima audiencia las películas que echaban en el inefable programa “Cine de barrio”. Todas las películas que emitían eran lo peor de lo peor, los ejemplos más humillantes de “españoladas” y un cine de una bajísima calidad, justamente denostado por todo aquel que ame el buen cine. Sin embargo eso no era motivo para que todas ellas tuviesen unos magníficos índices de audiencia.
Y ya por aquel entonces, a pesar de mi gran juventud, tenía clarísima la respuesta, pues no hacía falta ver muchas de esas “españoladas” para saber cuál es el secreto de su éxito imperecedero: los excelentes actores que salen en ellas.
Si algo demuestra el cine es que con unos buenos cómicos (y este país está sobrado de ellos, o al menos lo estaba) se puede salvar cualquier película, aunque su guión sea chabacano, vulgar o estúpido. Da igual, lo que divierte a la gente son los actores, verlos actuar, verlos repetir (por enésima vez) el mismo numerito de siempre y, sobre todo, que nuevamente les hagan desternillarse sin parar.
Por eso dichas películas se pueden ver una y otra vez hasta la extenuación, ya que son tan banales y simplonas que resultan muy efectivas, divierten sin parar, lo de menos es el argumento (muchas de ellas ni lo tienen), pero ¿quién puede resistirse a echarse unas carcajadas con López Vázquez, Landa, Fernan-Gómez, Paco Martínez Soria, Tony Leblanc o Pepe Sacristán? Por supuesto que los auténticos cinéfilos huyen despavoridos de este tipo de cine (y yo el primero), pero es un cine sano y necesario para que la gente se ría y pase un rato divertido.
Por ello, es sintomático que cada vez que fallece alguna figura representativa de este tipo de cine (Antonio Ozores es un caso reciente) a la gente le afecte, le apene, porque en el fondo lo que más agradecen los seres humanos es que, en algún momento, les hayan hecho reír. Cuando un cómico te hace reír se convierte en alguien cercano, entrañable y se le quiere, y más si se tiene tantísimo talento.
¿O es que acaso alguien duda a estas alturas de que si todo esos actorazos hubiesen nacido en Estados Unidos no hubiesen ganado el Oscar?, y bueno, si hablamos ya de pesos pesados como López Vázquez, Landa o Pepe Isbert entonces no hay suficientes Oscars en el mundo para recompensar su inmenso talento. Su desgracia fue nacer en un país en donde para sobrevivir, lamentablemente, había que hacer “españoladas”. Por tanto, si la única manera de disfrutar de su gran talento es con dichas “españoladas” pues bienvenidas sean.
Y ya por aquel entonces, a pesar de mi gran juventud, tenía clarísima la respuesta, pues no hacía falta ver muchas de esas “españoladas” para saber cuál es el secreto de su éxito imperecedero: los excelentes actores que salen en ellas.
Si algo demuestra el cine es que con unos buenos cómicos (y este país está sobrado de ellos, o al menos lo estaba) se puede salvar cualquier película, aunque su guión sea chabacano, vulgar o estúpido. Da igual, lo que divierte a la gente son los actores, verlos actuar, verlos repetir (por enésima vez) el mismo numerito de siempre y, sobre todo, que nuevamente les hagan desternillarse sin parar.
Por eso dichas películas se pueden ver una y otra vez hasta la extenuación, ya que son tan banales y simplonas que resultan muy efectivas, divierten sin parar, lo de menos es el argumento (muchas de ellas ni lo tienen), pero ¿quién puede resistirse a echarse unas carcajadas con López Vázquez, Landa, Fernan-Gómez, Paco Martínez Soria, Tony Leblanc o Pepe Sacristán? Por supuesto que los auténticos cinéfilos huyen despavoridos de este tipo de cine (y yo el primero), pero es un cine sano y necesario para que la gente se ría y pase un rato divertido.
Por ello, es sintomático que cada vez que fallece alguna figura representativa de este tipo de cine (Antonio Ozores es un caso reciente) a la gente le afecte, le apene, porque en el fondo lo que más agradecen los seres humanos es que, en algún momento, les hayan hecho reír. Cuando un cómico te hace reír se convierte en alguien cercano, entrañable y se le quiere, y más si se tiene tantísimo talento.
¿O es que acaso alguien duda a estas alturas de que si todo esos actorazos hubiesen nacido en Estados Unidos no hubiesen ganado el Oscar?, y bueno, si hablamos ya de pesos pesados como López Vázquez, Landa o Pepe Isbert entonces no hay suficientes Oscars en el mundo para recompensar su inmenso talento. Su desgracia fue nacer en un país en donde para sobrevivir, lamentablemente, había que hacer “españoladas”. Por tanto, si la única manera de disfrutar de su gran talento es con dichas “españoladas” pues bienvenidas sean.
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