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Los insaciables (1963) por Father Caprio

La sombra de la senatorial caza de brujas es alargada. Lo mismo que la del ciprés, Y todavía alcanza a Edward Dmytryk, visto lo visto. Solo así puede explicarse las críticas negativas en exceso a una película que supuso la mayor inversión de la Paramount en el año 1964 así como un gran éxito de taquilla.

Los insaciables    

Basada en un best seller del prolífico Harold Robbins, narra la ascensión de Jonas Cord a la cúspide de un imperio económico que negociaba con aviones lo mismo que con plásticos así como con el propio cine. Esta es una película mas de esas que tratan el cine desde dentro pero lo hace, no desde la óptica del cine y su mundillo sino desde la esfera del money money, del dinero que llama al dinero, del dólar que confiere el poder, la gloria y las mujeres.

Se ha dicho que guarda cierto paralelismo con la vida de Howard Hughes. Y ciertamente algunos de los personajes están claramente "emparentados" con stars cinematográficas de los 30. Es clara la relación Carroll Baker (Rina) con Jean Harlow, el rubio platino las delata, e incluso se habla de la posibilidad de que el papel de Martha Hyer (Jennie) fuese el equivalente a Joan Crawford. Sin embargo, y en mi opinión, el film no precisa de estas semejanzas para convencer al espectador.

Bueno, no es un convencimiento absoluto. Tiene sus lagunas. Ese lado oscuro del protagonista que condiciona su actitud de defensa agresiva y sus planteamientos negativos y fatalistas ante el concepto de familia estable, merman un tanto el film. Son buenos planteamientos para películas como Psicosis pero aquí las cosas van por otros derroteros, por lo que tratar de explicar las maldades inexplicables por la vía de la psicología freudiana es un riesgo innecesario. El espectador se contenta con millonarios pisoteando con garbo al personal, con sexis chicas boom envueltas en visones y con una colección de barrabasadas y perlas gramaticales a diestro y siniestro. No es preciso que en el fondo sean buenos.

Papel que ni pintado para George Peppard, actor que tal vez hubiese despuntado de no haber sido porque en aquellos años había otro, al que todos recordamos, que daba idéntico perfil para papeles como este pero que además tenia una calidad superior.

Por último, mencionar a Alan Ladd, nuestro recordadísimo Shane, quien fallecería poco después, victima de una mezcla letal de tranquilizantes y alcohol. Es posible que su actuación sea la más destacable de una película por la que no se tirarán cohetes pero que tampoco hay que denostarla en exceso.

Baby doll (1956) por Daniel Quinn


Baby Doll es una extraña cinta que traza deliberadamente personajes con los que el espectador difícilmente va a identificarse. Esta situación, unida al efecto de película confusa en sus objetivos y a la caducidad de sus inclinaciones sensuales -por muy bien que se acaricie el velo del paladar con el pulgar Carroll Baker-, pueden conferir al metraje sensación de premiosidad, como si la película careciera de finalidad y clímax bien definido. Algo que se apunta pero no llega. En ese sentido, pesan más las batallas interpretativas que una trama que apuntala el metraje sin enganchar.

Pero las bazas de la película, por si hubiera que defenderla, van por otro camino. El cariz de humedad e instintos típicos de Tennessee Williams, la definición de caracteres perfectamente establecidos en ese sur arquetípico de boberías y ambiciones, y un tono de desenfado teatral muy de Kazan.

Muy de Kazan el efecto teatral de la peli, digo, no tanto el desenfado juguetón.

En todo caso, ese no tomarse en serio a los personajes le llega al espectador como separación y falta de implicación, por mucho que el realizador defendiera la opción de presentarlos desde una nada disimulada imbecilidad.

Lo mejor, como digo, son unas interpretaciones acertadas en sus intenciones paródicas y su efecto cómico a ratos logrado, pero que no evita un resultado general de cierta rigidez ya que, si bien el trío protagonista está en su salsa, el resto de elementos se dedican a orillar inseguros las intenciones de película alocada sin llegar a sumergirse plenamente en ellas.

Final de énfasis malogrado también, donde se ven típicas costuras de desenlace artificial que anda mejor en el texto que en su plasmación. Pero como siempre en Kazan, cineasta de calculada intelectualidad y dirigido compromiso artístico y social, más preocupado por construir obras que parirlas. Su cine es colección de efectos periféricos, era capaz de grandes logros con buenas interpretaciones, con un buen guión, y una buena fotografía. Como todos- diréis, pero en el caso de Kazan se quedaba ahí, no buscaba utilizar esos elementos para trascenderlos, sino que creía que en ellos debía concluir su mirada.

El gran combate (1964) por El Despotricador Cinéfilo


A lo largo de mi vida como cinéfilo (y de mi constante admiración por el cine de John Ford, es decir, por el cine en estado puro) siempre he tenido una gran curiosidad por visionar “El gran combate”, pues es un film del que siempre he leído que fue una obra desdibujada y desvirtuada por los productores, los cuales vilmente masacraron y cambiaron totalmente la idea original de la película tal y como la concibió Ford.

Esto llevaría a pensar que “El gran combate” es una película desequilibrada, fallida, descompensada e incoherente, pero, cual grata ha sido mi gran sorpresa, cuando me he encontrado un film compacto, consecuente, inteligente y nada adulterado. No se cuáles fueron esos cortes que los “malvados” productores hicieron a esta obra tan fordiana, lo que sí sé en que no la desvirtuaron en absoluto, pues mantiene todo el espíritu y emotivo homenaje a los cheyennes, así como al tremendo éxodo al que se vieron obligados. Una obra fordiana genial y crepuscular, impecablemente rodada como era habitual en el Maestro.

Entonces ¿qué es despotricable en ella? pues algo que me irrita considerablemente y que quiebra rotundamente el (hasta entonces) magnífico ritmo de la película. Me estoy refiriendo a ese episodio cómico, metido con calzador, de la partida de poker entre James Stewart, Arthur Kennedy y John Carradine. ¿Qué sentido tiene esos toques de humor en una película tan sería y dramática como esta? puede que la intención de Ford fuese desdramatizar un poco la tensión acumulada y, por eso, mete este numerito cómico. Pero en mi opinión fracasa totalmente, y, esto, sí que desvirtúa la película.

Que el bueno de Jimmy Stewart esté impecable (como siempre en él) haciendo de Wyatt Earp no justifica la existencia de este episodio, pues es un episodio totalmente incoherente en la trama, innecesario, absolutamente prescindible; podría estar metido en esta película como en cualquier otra, es intercambiable, entonces ¿qué necesidad habría de mantenerlo? Y no digo que esté mal rodado o sea más flojo que el resto del film, no, por Dios, está magistralmente rodado, pero no aporta nada a la película y es sumamente superfluo. Menos mal que la película es tan magnífica que este “desliz” no consigue empañar el buen sabor de boca que siempre nos deja el Maestro de Maestros, el siempre añorado John Ford.