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Las brujas de Zugarramurdi (2013) de Álex de la Iglesia (por Aurea García Fernández)
La verdad es que en estos tiempos desconcertados y coléricos que estamos
viviendo se agradece un montón ver una película como esta en la que
sobre todo en su primera parte no paras de reír !qué alivio, señor!
Aunque como muchas veces le pasa a este director hay una especie de
bajón que remonta al final con trepidante, surrealista, barroquísimo
aquelarre por cierto muy bien rodado.
Todo en la película Las brujas de Zugarramurdi está organizado como de "dos en dos" o casi. Veamos. Hay esa primera parte desternillante que podríamos calificar de "madrileña" rodada en ese "rompeolas de todas las Españas” y más allá que es la Puerta del Sol y que querrías que no acabase nunca y luego está la segunda parte, la "vasco-navarra", la "brujeril" unidas ambas por la cinta interminable de la carretera que une Madrid con la frontera francesa y que también tiene lo suyo en esta delirante huida de unos atracadores "sui generis", que en el taxi robado se van despojando de sus "disfraces" y mostrándonos sus verdaderos rostros de "mindundis" desorientados. En el maletero llevan a un señor que lo que quiere es ir a la oficina de empleo de Badajoz y al que podríamos emparejar en este mundo de duetos con el aterrorizado taxista.
Pulsa aquí para leer la crítica completa
Todo en la película Las brujas de Zugarramurdi está organizado como de "dos en dos" o casi. Veamos. Hay esa primera parte desternillante que podríamos calificar de "madrileña" rodada en ese "rompeolas de todas las Españas” y más allá que es la Puerta del Sol y que querrías que no acabase nunca y luego está la segunda parte, la "vasco-navarra", la "brujeril" unidas ambas por la cinta interminable de la carretera que une Madrid con la frontera francesa y que también tiene lo suyo en esta delirante huida de unos atracadores "sui generis", que en el taxi robado se van despojando de sus "disfraces" y mostrándonos sus verdaderos rostros de "mindundis" desorientados. En el maletero llevan a un señor que lo que quiere es ir a la oficina de empleo de Badajoz y al que podríamos emparejar en este mundo de duetos con el aterrorizado taxista.
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Balada triste de trompeta (2010) por El Despotricador Cinéfilo
En el momento de su estreno en el cine se me escapó de la cartelera esta peculiar Balada triste de trompeta, de Alex de la Iglesia, y ahora, gracias al DVD, la recupero con mucha curiosidad. Lo cierto es que no es que me animen a verla las críticas que ha recibido desde su estreno (la mayoría muy negativas), pues redundan todas ellas en lo mismo: impactante e impecable ejercicio cinematográfico cuyo principal defecto es la ausencia absoluta de un guión coherente y sólido.
Yo, que soy un defensor a ultranza del guión en el cine y que afirmo siempre que para que una película funcione debe tener ante todo un buen guión, soy la persona menos propicia para defender esta Balada triste de trompeta. Y sin embargo me gustó. No solo eso; es que me ha gustado mucho. En un principio, al ir con las expectativas tan bajas, pensé que me esperaba un bodrio tal que hasta me gustaron sus aciertos. Pero no, no es solo eso.
Es difícil de explicar, francamente difícil. No obstante, lo intentaré. Nada más terminar de verla encontré muchas similitudes entre el 2001 de Kubrick y esta película (salvando las distancias, claro). Porque, al igual que pasaba en la Obra Maestra de Kubrick, lo que menos importaba ahí era el guión (de hecho, creo que ni siquiera tiene guión y, a pesar de ello, es un clásico incuestionable del cine), pues lo único que le interesaba a Kubrick era crear un desbordante, implacable y rotundo espectáculo visual que embelesara todos los sentidos de los espectadores y los cautivase de tal manera que llegaran a olvidarse por completo del guión. Y vaya si lo consiguió.
Obviamente, de la Iglesia no es Kubrick, pero sí un cineasta con una personalidad tan marcada y un visionario de tal calibre que ha conseguido (al menos así ha sido en mi caso) que el guión se desvanezca completamente de nuestra memoria y nos ensimismemos de tal manera que el disfrute visual sea absoluto. No podría explicarlo, pues hay cosas que son inexplicables y tremendamente subjetivas, pero esa mezcolanza de esperpento e histeria, de cultura popular setentera, de guiños históricos y locura freak circense acabó engatusándome. ¿Que la película es un desfase sin sentido histriónico y violento? ¡Y qué más da!, lo importante es que la potencia y la fuerza de sus imágenes son tan apabullantes que convierten el film en algo meramente sensorial, emocional, visceral y visual. Y esto sí que es un logro. Digamos que es una película para ver con las entrañas, no con el sentido común.
Ah, otro elemento importante a aportar: desde que vi, de niño, Con la muerte en los talones, del maestro Hitchcock, no he dejado de soñar, tímida y secretamente, con un final similar en el Valle de los Caídos en vez de en el Monte Rushmore.
Yo, que soy un defensor a ultranza del guión en el cine y que afirmo siempre que para que una película funcione debe tener ante todo un buen guión, soy la persona menos propicia para defender esta Balada triste de trompeta. Y sin embargo me gustó. No solo eso; es que me ha gustado mucho. En un principio, al ir con las expectativas tan bajas, pensé que me esperaba un bodrio tal que hasta me gustaron sus aciertos. Pero no, no es solo eso.
Es difícil de explicar, francamente difícil. No obstante, lo intentaré. Nada más terminar de verla encontré muchas similitudes entre el 2001 de Kubrick y esta película (salvando las distancias, claro). Porque, al igual que pasaba en la Obra Maestra de Kubrick, lo que menos importaba ahí era el guión (de hecho, creo que ni siquiera tiene guión y, a pesar de ello, es un clásico incuestionable del cine), pues lo único que le interesaba a Kubrick era crear un desbordante, implacable y rotundo espectáculo visual que embelesara todos los sentidos de los espectadores y los cautivase de tal manera que llegaran a olvidarse por completo del guión. Y vaya si lo consiguió.
Obviamente, de la Iglesia no es Kubrick, pero sí un cineasta con una personalidad tan marcada y un visionario de tal calibre que ha conseguido (al menos así ha sido en mi caso) que el guión se desvanezca completamente de nuestra memoria y nos ensimismemos de tal manera que el disfrute visual sea absoluto. No podría explicarlo, pues hay cosas que son inexplicables y tremendamente subjetivas, pero esa mezcolanza de esperpento e histeria, de cultura popular setentera, de guiños históricos y locura freak circense acabó engatusándome. ¿Que la película es un desfase sin sentido histriónico y violento? ¡Y qué más da!, lo importante es que la potencia y la fuerza de sus imágenes son tan apabullantes que convierten el film en algo meramente sensorial, emocional, visceral y visual. Y esto sí que es un logro. Digamos que es una película para ver con las entrañas, no con el sentido común.
Ah, otro elemento importante a aportar: desde que vi, de niño, Con la muerte en los talones, del maestro Hitchcock, no he dejado de soñar, tímida y secretamente, con un final similar en el Valle de los Caídos en vez de en el Monte Rushmore.
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