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Harper, investigador privado (1966) de Jack Smight (por Father Caprio)
¿Para qué les voy a engañar? Considero a Newman uno de los mejores
actores que ha dado el cine. Un magnífico profesional más allá de su
notorio éxito con las féminas. Del mismo modo, creo que su
interpretación de Lew Harper está muy conseguida y confiere al personaje
un sesgo particular que lo identifica plenamente con el irrepetible
actor de los ojos azules al tiempo que lo diferencia de otros como por
ejemplo el mismo Bogart, sin ser mejor ni peor sino distinto. Pero,
permítanme que puestos a elegir, prefiera aquellos Marlowe del gran
Humphrey, aquellas atmósferas menos playeras, aquellos inacabables
cigarrillos y aquella Lauren Bacall con los mismos ojos pero muchos...
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Lolita (1962) por El Despotricador Cinéfilo
Lolita es uno de los escasos y raros casos de que me he leído el libro antes de ver la película, y el libro me pareció sumamente divertido, sobre todo a costa del pobre personaje de Humbert Humbert, el cual en un tono de humillante y divertida sumisión pasa todo tipo de desventuras y situaciones patéticamente divertidas que su deseo por Lolita le hace cometer (como ya hizo de forma muy parecida, y por otra Lola también, el Emil Jannings de El Ángel azul (Stemberg, 1930) esta vez humilladamente seducido por Marlene Dietrich). Eso sí, luego reconozco que el libro se vuelve insoportablemente aburrido cuando empiezan a irse de motel en motel (aun recuerdo con desazón las soporíferas descripciones que hacía Navobok de las toallas de los hoteles y similares).
Pero ¿qué pasa con la película?, pues la película demuestra que Kubrick tiene una ausencia absoluta de sentido del humor (no sólo se ve en este film, se ve en todos los suyos) pues no consigue transmitir ni una sola vez el gran humor que desprendían las sumisiones y humillaciones de Humbert Humbert, siendo una película muy seria e incluso aportando mayor sosez de la que merece. ¿Y que se salva entonces en Lolita?, pues no es precisamente Sue Lyon, que no aparenta 13 años ni de coña (y encima hace sentirnos como deplorables y perversos pedófilos a los espectadores masculinos, ay, esa escena del hulahop), en este aspecto es mucho mejor la niña de la nueva versión de Lolita que en los años 90 hizo Adrian Lyne.
Descartada ya Sue Lyon ¿qué salva el film? Pues lo salva el tremendo trío protagonista que lo componen dos excelentes actores como James Mason y Shelley Winters (soberbios los dos en la película) y ese genio de la comedia llamado Peter Sellers, desgraciadamente muy comedido (por la pulcra y castrante seriedad de la dirección de Kubrick), pero el cual hace brillar y remontar totalmente el film cuando ya empezaba a ser francamente aburrido.
¿Qué sería de Stanley Kubrick sin Peter Sellers? Pues sencillamente que ni Lolita ni Telefono Rojo, volamos hacía Moscu (1964) serían buenas películas, es más, serían unos bodrios considerables, pero disponer de Sellers es sinónimo de éxito (que se lo digan sino al mediocre Blake Edwards, ¿verdad?), pero aún así hay que elogiar la tremenda labor de James Mason (una de las mejores interpretaciones de su carrera sin duda) y de la siempre excelente Shelley Winters (sobre todo en la memorable escena cuando descubre cotilleando la gran pasión oculta de su marido). Pero uno no puede evitar dejar de preguntarse ¿no hubiese sido una película mucho mejor con otro director, con más sentido del humor y de mente menos cuadriculada, que el perfeccionista Kubrick?
La torre de los ambiciosos (1954) por Father Caprio
Los ojos de Barbara Stanwyck llenando por completo la pantalla. Como música de fondo, el discurso "romántico-idealista-país multicolor" de William Holden. Esta es la síntesis de un film que prometía tiburones despedazándose y se quedó en plácidas abejas Maya bajo el sol. Porque, miren ustedes, sin adelantar desenlaces, la cosa no es creíble. El mundo empresarial si por algo se caracterizó en el siglo XX fue por su culto al dinero, al beneficio y a la rentabilidad de los accionistas. O sea que Fredric March es el único que parece tener los pies en el planeta Tierra, mal que nos pese y aunque sea el malo de la película.
¿Qué los muebles quedan perfectos para la foto del muestrario y nada más? Ya lo dijo Quevedo, poderoso caballero es Don Dinero. ¿Qué la pata de la mesa está desatada y quebrada? Din Don Din Don es Don es Don Dinero. Lo del cliente siempre tiene razón es un invento moderno, un mal necesario para seguir atesorando beneficios pero sin perder el norte. ¿O es que se piensan que la crisis actual surge para proteger al sufrido ciudadano, fiel cliente de las empresas de toda la vida? Más bien al contrario, son las especulaciones financieras de quienes tienen dinero y quieren más todavía, las que pisotean la economía mundial. Todo eso ya lo saben ustedes.
Si no han visto la película tal vez desconozcan que Robert Wise contó con un plantel de actores excelentes: Paul Douglas, June Allyson, Fredric March, Shelley Winters, Walter Pidgeon, Nina Foch (excelente), Louis Calhern, William Holden y mi admiradísima Barbara Stanwyck, y si la película mantiene un nivel medianamente digno es gracias a ellos. Tampoco hay que infravalorar su inicio, cercano al cine negro o determinados aspectos concretos como el desarrollo de las votaciones con su carga de tensiones y motivaciones ocultas. Y para serles, absolutamente sinceros, en ciertas fases del film llegué a buscar puntos de coincidencia con aquella maravilla de Frizt Lang que se llamó Mientras Nueva York Duerme.
Puro espejismo. Al final, la película que rondaba por mi cabeza era La locura del dólar del maestro Frank Capra. Su propuesta optimista para una sociedad americana en crisis me pareció muchísimo más ortodoxa y ajustada a los cánones económicos que esta La torre de los ambiciosos. Capra levantaba los ánimos a un país en bancarrota. Wise levanta a los espectadores de los asientos canturreando..."la abeja Maya bajo el sol"...
El quimérico inquilino (1976) por Father Caprio
De vez en cuando me apetece darme un garbeo por la filmografía de Polanski. Me desligo de cualquier otra consideración respecto al director polaco para centrarme en ese cine suyo que, a mi parecer, tiene las luces y las sombras de la vieja Europa. Me han encantado películas suyas como El pianista, Oliver Twist, La muerte y la doncella o Chinatown. También quedé gratamente sorprendido de su opera prima El cuchillo en el agua.
Debo revisarlas, aunque tengo un recuerdo excelente: La semilla del diablo y El baile de los vampiros. Y por último, Repulsión me mostró el discurso de un Polanski para el que previamente se necesitaba un curso, lo más acelerado posible de psicologías freudianas, que, dado el escaso tiempo que me dejan mis ocupaciones laborales, familiares y otras hierbas, no pude realizar, motivo por el cual acabaron suspendiéndome.
quimérico inquilino anda por esta última línea y si tienen en la biblioteca algún tratado freudiano les recomiendo tenerlo a mano en la mesita del salón. Si Proust buscaba el tiempo que se le había perdido, Polanski busca identidades, especialmente la suya, arrojada ventana abajo en el cuerpo de una inquilina precedente tan quimérica como él. No se sabe muy bien si acaba encontrándola pues a base de saltos del ángel se va mermando y mucho la capacidad para explicarnos sus experiencias paranoicas por lo que somos nosotros los espectadores quienes debemos dar cumplida respuesta a los distintos interrogantes que se plantean en la película.
Es entonces cuando resulta aconsejable echar mano a ese libro debidamente seleccionado y correctamente abierto por el capítulo que ustedes estimen más adecuado al caso. Llegados a este punto nos encontramos con quienes aseguran, juran y perjuran haber asimilado todas las propuestas formuladas durante mas de dos horas de proyección y los que, como yo, tenemos una ligerísima idea y todavía estamos dando vueltas al ejemplar freudiano.
Los primeros serán quienes votarán negativamente este comentario pensando que me he quedado a dos velas (y seguramente tendrán razón) mientras que a los segundos, compañeros del alma del pelotón de los torpes, les invito a acompañarme a alguna librería especializada en busca de "Polanski para torpes". En cualquier caso, a ambos, gracias por leerme. Y finalizo con una pregunta que me viene rondando por la cabeza desde que vi al señor Trelkovsky desdoblando su personalidad: ¿Es en realidad mi identidad, mía o alguien me la cambió mientras dormía?
El quimérico inquilino (1976) por Francisco Rodríguez Criado
EL QUIMÉRICO POLANSKI
En la historia del cine es raro encontrar un cineasta, ya sea actor, director o productor que mantenga un alto nivel de calidad en cada una de sus películas, circunstancia que se agrava, como es lógico, en carreras cinematográficas de largo recorrido. Dando por válido el contenido de esta introducción, sigue sorprendiendo la excesiva asimetría que hay entre unas películas y otras aun llevando el mismo sello. Esta situación llama la atención sobre todo cuando el espectador, como me ha ocurrido recientemente, ve lo mejor y lo peor de dicho cineasta en apenas veinticuatro horas de diferencia.
Pero pongamos nombres y apellidos: Roman Polanski. Después de deleitarme por segunda vez con la que es su mejor obra, El pianista, ver casi a continuación El quimérico inquilino ha supuesto toda una decepción.
Y eso que me asomé a la propuesta quimérica sin el menor prejuicio, más bien todo lo contrario, porque yo había leído años antes la novela homónima en la que está basada la película, escrita por el iconoclasta dibujante y escritor Roland Topor (ya puestos recomiendo su recopilación de relatos Acostarse con la reina), y sentía cierta expectación por conocer la versión cinematográfica.
El quimérico inquilino (1976), interpretada por el propio Polanski, narra las desventuras de Trelkovky, un funcionario gris y timorato que, a excepción de alguna ocasional visita por parte de sus ruidosos compañeros de trabajo, vive aislado en un discreto piso de alquiler. El disparador de la historia parte de un personaje no visualizado (su actuación dura unos instantes, mientras yace en un hospital con todo el cuerpo vendado), una joven que había ocupado la habitación en la que ahora vive Trelkovky hasta el día en que decidió suicidarse lanzándose desde una ventana al patio interior. A partir de aquí, el espectador ha de seguir al cuasi omnisciente Trelkovky, quien creyéndose intimidado por sus vecinos –creen que le están empujando hacia el suicidio– acabará por desembocar en una suerte de manía persecutoria, hasta el punto de no distinguir la realidad de la ficción.
Intuyo que Polanski intentó conjugar en esta película los mismos elementos que tan buen resultado le habían dado en la exitosa La semilla del diablo (1968), basada en la novela de Ira Levin Rosemary´s Baby. Ambas películas practican eso que yo denomino “terror casero”, y entiéndase lo de casero: los personajes principales en ambas películas (Polanski y Mia Farrow respectivamente), no necesitan salir de casa para enfrentarse a fantasmas obsesivos que acabarán por minar su estabilidad mental. La aparente normalidad de la que parten ambas novelas/películas acaba por desmoronarse en un final climático, trágico, solvente. La diferencia está en que el buen ritmo y el suspense mantenidos de principio a fin en La semilla del diablo apenas dura una hora en El quimérico inquilino, y a partir de ahí el espectador –al menos quien escribe estas líneas– acaba por desinteresarse por una historia que en principio prometía mucho.
La cinta, un fracaso en su momento, goza ahora de cierta consideración por algunos incondicionales, que la citan como “película de culto”, “obra maestra”, etcétera. (He leído incluso una reseña de quien la considera, y no hay ironía en sus palabras, “la mejor película de todos los tiempos”). Encanto no le falta, pero un excesivo regusto por el esperpento mal entendido, cansino, la convierten en un producto a la larga aburrido y desnortado que va perdiendo sentido conforme sobrepasa el ecuador de su metraje.
Estoy convencido de que El quimérico inquilino hubiera sido un producto mucho más afinado si Polanski, sin necesidad de alejarse un milímetro de su intención estética, se hubiese limitado a comprimir la película hasta dejarla en un cortometraje largo o, en el peor de los casos, en una película de corta duración.
Los que no somos incondicionales per se de Polanski tendremos que conformarnos con la belleza de Isabel Adjani, icono del cine francés contra la que este pobre mortal nunca se atreverá a despotricar.
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