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Las brujas de Zugarramurdi (2013) de Álex de la Iglesia (por Aurea García Fernández)
La verdad es que en estos tiempos desconcertados y coléricos que estamos
viviendo se agradece un montón ver una película como esta en la que
sobre todo en su primera parte no paras de reír !qué alivio, señor!
Aunque como muchas veces le pasa a este director hay una especie de
bajón que remonta al final con trepidante, surrealista, barroquísimo
aquelarre por cierto muy bien rodado.
Todo en la película Las brujas de Zugarramurdi está organizado como de "dos en dos" o casi. Veamos. Hay esa primera parte desternillante que podríamos calificar de "madrileña" rodada en ese "rompeolas de todas las Españas” y más allá que es la Puerta del Sol y que querrías que no acabase nunca y luego está la segunda parte, la "vasco-navarra", la "brujeril" unidas ambas por la cinta interminable de la carretera que une Madrid con la frontera francesa y que también tiene lo suyo en esta delirante huida de unos atracadores "sui generis", que en el taxi robado se van despojando de sus "disfraces" y mostrándonos sus verdaderos rostros de "mindundis" desorientados. En el maletero llevan a un señor que lo que quiere es ir a la oficina de empleo de Badajoz y al que podríamos emparejar en este mundo de duetos con el aterrorizado taxista.
Pulsa aquí para leer la crítica completa
Todo en la película Las brujas de Zugarramurdi está organizado como de "dos en dos" o casi. Veamos. Hay esa primera parte desternillante que podríamos calificar de "madrileña" rodada en ese "rompeolas de todas las Españas” y más allá que es la Puerta del Sol y que querrías que no acabase nunca y luego está la segunda parte, la "vasco-navarra", la "brujeril" unidas ambas por la cinta interminable de la carretera que une Madrid con la frontera francesa y que también tiene lo suyo en esta delirante huida de unos atracadores "sui generis", que en el taxi robado se van despojando de sus "disfraces" y mostrándonos sus verdaderos rostros de "mindundis" desorientados. En el maletero llevan a un señor que lo que quiere es ir a la oficina de empleo de Badajoz y al que podríamos emparejar en este mundo de duetos con el aterrorizado taxista.
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Viento salvaje (1957) de George Cukor (por El Despotricador Cinéfilo)
Pocas veces me he quedado más asombrado y perplejo mientras veía una película que en el caso de este Viento salvaje. Porque bien es cierto que existen muchas películas que se parecen a otras, o incluso que son remakes directos o indirectos, pero en este caso son tan escandalosamente notables las similitudes que no puedes evitar esbozar una sonrisa, sobre todo teniendo en cuenta que hablamos de una diferencia de tan solo un año. Me explico.
Hará unos meses disfruté con la excelente película Deseo bajo los olmos (1958, Delbert Mann) y hace tan solo unos días vi este Viento salvaje (1957, George Cukor). Cualquiera que haya visionado ambos films se quedará muy confundido y desconcertado, pues el argumento de los dos es exactamente el mismo. Y no es que estemos hablando de un argumento muy típico, manido y mil veces utilizado en muchas películas, sino que se trata de una historia francamente original, lo cual llama aún más la atención por el calco que supone una de la otra.
Porque, vamos a ver, en ambas la historia se desarrolla en una inmensa casa situada en un entorno hostil, salvaje, solitario y rural (en una es un granjero; en la otra, un ganadero). Los protagonistas son, en ambas, viudos maduros adinerados que se van a Italia a buscar una esposa con la que volver a casarse (en una Sophia Loren y en otra Anna Magnani). Además, en los dos casos el hijo del viudo acaba enamorándose de su madrasta, lo que desatará todas los acontecimientos trágicos. Es más, poniéndome quisquilloso, diría que hasta las escenas de enfrentamiento y peleas o incluso las de los bailes de las fiestas son idénticas. ¿Alguna posible diferencia? Pues quizás solo una: Anthony Perkins está francamente bien en Deseo bajo los olmos, lo cual no se puede decir del soso y limitadito Anthony Franciosa en Viento salvaje.
De todos modos, en ambos casos se trata de dos películas magníficas y muy recomendables, aunque solo sea por contemplar el inmenso talento de Sophia Loren y de la Magnani haciendo lo que mejor saben hacer: de italiananas apasionadas y viscerales.
De cualquier forma, no son las únicas ocasiones en que argumentos similares te pueden liar la memoria cinéfila, pues recuerdo perfectamente que, por puro azar, un día vi Tiempo de amar, tiempo de morir (1958, Douglas Sirk) y La cruz de hierro (1977, Sam Peckinpah) y, desde entonces, soy incapaz de diferenciar la una de la otra por su temática casi idéntica. De hecho, muchos años después, me volvió a pasar lo mismo al ver el mismo día El ilusionista (2006, Neil Burger) y El truco final (2006, Christopher Nolan). ¿Qué conclusión se podría sacar de todo esto? Pues un mandamiento que deberíamos cumplir todos los cinéfilos con rigor: No verás películas argumentalmente muy parecidas, a menos que disten muchos meses entre los dos visionados.
Hará unos meses disfruté con la excelente película Deseo bajo los olmos (1958, Delbert Mann) y hace tan solo unos días vi este Viento salvaje (1957, George Cukor). Cualquiera que haya visionado ambos films se quedará muy confundido y desconcertado, pues el argumento de los dos es exactamente el mismo. Y no es que estemos hablando de un argumento muy típico, manido y mil veces utilizado en muchas películas, sino que se trata de una historia francamente original, lo cual llama aún más la atención por el calco que supone una de la otra.
Porque, vamos a ver, en ambas la historia se desarrolla en una inmensa casa situada en un entorno hostil, salvaje, solitario y rural (en una es un granjero; en la otra, un ganadero). Los protagonistas son, en ambas, viudos maduros adinerados que se van a Italia a buscar una esposa con la que volver a casarse (en una Sophia Loren y en otra Anna Magnani). Además, en los dos casos el hijo del viudo acaba enamorándose de su madrasta, lo que desatará todas los acontecimientos trágicos. Es más, poniéndome quisquilloso, diría que hasta las escenas de enfrentamiento y peleas o incluso las de los bailes de las fiestas son idénticas. ¿Alguna posible diferencia? Pues quizás solo una: Anthony Perkins está francamente bien en Deseo bajo los olmos, lo cual no se puede decir del soso y limitadito Anthony Franciosa en Viento salvaje.
De todos modos, en ambos casos se trata de dos películas magníficas y muy recomendables, aunque solo sea por contemplar el inmenso talento de Sophia Loren y de la Magnani haciendo lo que mejor saben hacer: de italiananas apasionadas y viscerales.
De cualquier forma, no son las únicas ocasiones en que argumentos similares te pueden liar la memoria cinéfila, pues recuerdo perfectamente que, por puro azar, un día vi Tiempo de amar, tiempo de morir (1958, Douglas Sirk) y La cruz de hierro (1977, Sam Peckinpah) y, desde entonces, soy incapaz de diferenciar la una de la otra por su temática casi idéntica. De hecho, muchos años después, me volvió a pasar lo mismo al ver el mismo día El ilusionista (2006, Neil Burger) y El truco final (2006, Christopher Nolan). ¿Qué conclusión se podría sacar de todo esto? Pues un mandamiento que deberíamos cumplir todos los cinéfilos con rigor: No verás películas argumentalmente muy parecidas, a menos que disten muchos meses entre los dos visionados.
Roma, ciudad abierta (1945) por Grandine
Roma, ciudad abierta es una película muy sobrevalorada, pero a la vez muy digna. La verdad es que hay que reconocer el mérito que tuvo rodar este film durante la época que se rodó y sucediendo todo lo que estaba sucediendo por aquel entonces.
Sin embargo, Rossellini no desistió y, pese al bajo presupuesto que se ve claramente reflejado en algunos de los aspectos del film, consiguió rodar esta cinta, considerada hoy día como una obra maestra por muchos.
Es posible que sea por la enorme cantidad de información que poseemos hoy en día sobre lo que sucedió, o por haber visto retratado el holocausto de mil formas distintas, pero el conjunto global de esta propuesta sigue pareciéndome sobredimensionado, aun y teniendo cualidades que la dignifican y hacen de ella una más que meritoria propuesta, además de valerosa.
Contando con una historia sin demasiados alardes, de base sencilla y sin excesivas complicaciones en su desarrollo argumental, Rossellini desarrolló su propuesta con buenas aptitudes, haciendo de un ritmo prácticamente perfecto y de una BSO de las que se graban en el recuerdo algunas de sus principales bazas para superar su primer escollo en el mundo cinematográfico.
Tampoco desmerece el trabajo de los intérpretes, pese a encontrarnos con algún secundario sobreactuado, los principales cumplen con creces y logran su labor sin alardes, pero con arraigado oficio.
El entramado, además, está suficientemente bien tejido y desenvuelto como para que todo resulte fidedigno a los ojos del espectador, y no lleguemos a toparnos con momentos desafortunados a los que sí han llegado otras cintas de carácter similar.
También obtiene un plus la película por tratar el tema que trata del modo en que lo hace, sin efectismo barato ni secuencias gratuitas que tan del agrado de muchos realizadores llegan a ser hoy en día.
En pocas palabras, un esfuerzo que merece la pena recompensar y una obra que debe ser vista, puede que no por sus cualidades técnicas, pero si por lo que finalmente dejó como herencia cinematográfica e histórica.
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