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#Encuentrosenlatercerafase Crítica "Encuentros en la tercera fase" (1977) de Steven Spielberg (una crítica de Begoña Suárez)
El dicho de que “ya no se hacen películas como antes” es bastante cierto con esta película que más bien resulta una obra de arte tanto por las imágenes como por el guión. Y, como no, fue escrita por Steven Spielberg, un soñador nato que sabía despertar la curiosidad en el espectador, probablemente la que él sintiera ante el tema de los OVNIs (Objeto Volador No Identificado).
Encuentros en la Tercera Fase data de 1977 un época en que se empezaban a experimentar con los efectos especiales en la gran pantalla antes de la era digital, y que tiene su mayor esplendor en los años 80. También la temática sobre ovnis seguía en boga en esta época ya desde el Caso Roswell (1947) que lo convirtió en todo un fenómeno en la cultura...
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Ascensor para el cadalso (1957) de Louis Malle (por El Despotricador Cinéfilo)
¿Por qué será que cada vez que nos enfrentamos a una película de la "Nouvelle Vague" tenemos tendencia a encumbrarla como Obra Maestra y a considerarla un referente de la cultura popular cinematográfica europea? ¿Por qué todo lo que huele -o habría que decir tufa- a "Nouvelle Vague" tiene ese tufillo pseudointelectual repelente y pretencioso tan típico de los autores franceses de este movimiento?
Pues bien, a pesar de estar ya a estas alturas de mi vida muy escaldado por los bodrios insufribles de la nueva ola francesa de los 50 y 60, me enfrenté a este Ascensor para el cadalso con mucha ilusión, pues Louis Malle es, junto a Truffaut, el único autor no soberanamente coñazo de estos creadores de tedio, desesperación y aburrimiento. Sabía que Malle no me decepcionaría y que su película sería al menos entretenida. Pues bien, ¡qué equivocado estaba!: a pesar de empezar francamente bien, con mucho interés, ritmo, acción y suspense, acababa regododeándose en los peores tópicos del cine francés de esos años.
A los 30 minutos de metraje toda la energía, acción y fuerza de la película (digna del mejor Hitchcock, al que implícitamente homenajea) se diluye totalmente y queda solo una sucesión de planos interminables que muestran la angustia del rostro de Jeanne Moreau (a lo que Hitchcock hubiese dedicado 25 segundos Malle le dedica 25 minutos), incoherencias ridículas y brutales en el guión, situaciones completamente irreales e inverosímiles, reflexiones pseudofilosóficas que encima no conducen a nada ni hacen avanzar la acción, música jazzística machacona e inadecuada y, lo peor de todo, insufribles y trascendentales diálogos entre personajes cuyo único interés reside en ver cómo crece la hierba tras ellos; de ahí que se eternicen dichos diálogos.
Ay, entiendo que era la primera película de Malle y que estaba todavía demasiado influenciado e inspirado por Godard y compañía, pero ¡cuantísimo ganó este director cuando empezó a hacer su propio cine lejos de esas nefastas y obsoletas influencias!
Pues bien, a pesar de estar ya a estas alturas de mi vida muy escaldado por los bodrios insufribles de la nueva ola francesa de los 50 y 60, me enfrenté a este Ascensor para el cadalso con mucha ilusión, pues Louis Malle es, junto a Truffaut, el único autor no soberanamente coñazo de estos creadores de tedio, desesperación y aburrimiento. Sabía que Malle no me decepcionaría y que su película sería al menos entretenida. Pues bien, ¡qué equivocado estaba!: a pesar de empezar francamente bien, con mucho interés, ritmo, acción y suspense, acababa regododeándose en los peores tópicos del cine francés de esos años.
A los 30 minutos de metraje toda la energía, acción y fuerza de la película (digna del mejor Hitchcock, al que implícitamente homenajea) se diluye totalmente y queda solo una sucesión de planos interminables que muestran la angustia del rostro de Jeanne Moreau (a lo que Hitchcock hubiese dedicado 25 segundos Malle le dedica 25 minutos), incoherencias ridículas y brutales en el guión, situaciones completamente irreales e inverosímiles, reflexiones pseudofilosóficas que encima no conducen a nada ni hacen avanzar la acción, música jazzística machacona e inadecuada y, lo peor de todo, insufribles y trascendentales diálogos entre personajes cuyo único interés reside en ver cómo crece la hierba tras ellos; de ahí que se eternicen dichos diálogos.
Ay, entiendo que era la primera película de Malle y que estaba todavía demasiado influenciado e inspirado por Godard y compañía, pero ¡cuantísimo ganó este director cuando empezó a hacer su propio cine lejos de esas nefastas y obsoletas influencias!
El desprecio (1963) por Father Caprio
Como creo que ya quedó patente en un comentario anterior, mis relaciones con el llamado cine de autor no atraviesan un buen momento. Uno de los genios de este mundo del celuloide, universalmente reconocido es Jean-Luc Godard, al que no voy a presentar aquí. Director de películas tan afamadas como “Al final de la escapada” ó “Pierrot el loco” y también allá en 1963 de “Le mepris” (El desprecio).
Me doy cuenta que en ciertos círculos cinéfilos, los comentarios negativos sobre aspectos concretos de su filmografía son inmediatamente contrarrestados con argumentos basados en la idiosincrasia personal del autor, en su forma de ver la realidad, en su pertinaz deseo de dejar su impronta en todos sus trabajos. En definitiva, que por encima de guiones, historias y otras zarandajas que casi no vienen a cuento, destaque con todas las luces de neón encendidas el nombre de Godard.
Esta reivindicación de la autoría la supieron hacer mejor que nadie los directores franceses. Sus películas no eran de Belmondo ni de Jeanne Moreau por citar solo dos actores de la época, eran películas de Godard ó de Truffaut. Y bueno, hay que reconocer que estaban en su derecho. Y a eso se le ha llamado cine de autor.
Pero a este que aquí escribe, le gusta encontrar guiones consistentes y con interés. Las filosofías existencialistas suelen aburrir y producen somnolencia. Los cuerpos maravillosos también acaban cansando si no se les dota de alguna que otra frase coherente. Y si al elenco de personajes unimos, como actor, a un director consagradísimo de la talla de Fritz Lang pues los seguidores de este cineasta alemán nos sentimos bastante desconcertados oyéndole hablar de dioses, héroes y otras historias homéricas incomprensibles para la mayoría de los mortales.
Pero eso sí, la película es Godard, los colores, el rojo, el blanco destacando sobre azules, los carteles, las referencias cinéfilas. ¡Ah, ¿Es de Godard, verdad?! “La crème de la crème” Pues miren, aunque se molesten algunos. No me gustó. Y lo siento. Hasta los dioses hacen obras mediocres.
Jules y Jim (1961) por Father Caprio
Después de haberme acercado al cine de Truffaut desde películas como Los cuatrocientos golpes ó La noche americana, reconozco que Jules et Jim me ha defraudado. No me ha desencantado Truffaut como director sino esa historia donde se mezclan elementos como el amor, la amistad y las libertades e independencias personales que, si bien pueden ser claramente compatibles en la realidad, en la obra de Henri Pierre Roché tienen connotaciones y rasgos tan exagerados que acaban impidiendo cualquier tipo de convivencia, salvo que los protagonistas hayan obtenido buena nota en sufrimiento y masoquismo.
La técnica cinematográfica de Truffaut donde cada plano está estudiado previamente y dibujado al milímetro para, en una gran labor de montaje, conseguir el efecto deseado, es francamente buena, muy buena. Incluso encuentro aceptable ese acercamiento al cine de cámara en bandolera y bicicleta, típico de la "nouvelle vague" francesa y uno de cuyos máximos exponentes es el propio Truffaut juntamente con Eric Rohmer. Todo eso me vale, pero la historia no.
No es una historia de amistad como tampoco de amor. En realidad creo que el único lugar donde se puede ubicar, y eso echándole mucha imaginación, es dentro de las historias de afirmaciones personales, de egos y egolatrías, de miedos, de rupturas con lo establecido. Un cierto cine “psicológico” al compás de una juventud europea de mitad del siglo pasado, claramente imbuida de planteamientos libertarios y de revolución cultural ó contracultural, de Mayos del 68 aun por venir. Y dentro de este contexto de “imaginaciones al poder” previo, que duda cabe, a las revueltas estudiantiles. Porque aquí Truffaut sabe que está haciendo una propuesta cinematográfica de ruptura con lo establecido, de incursiones en planteamientos personales de vida tan singulares que rozan la anormalidad.
El tema de la novela, con su menaje a trois incluido, es arriesgado. Y con ese planteamiento, donde lo sexual siendo arriesgado no pasa de pura anécdota, Truffaut formula una propuesta cinematográfica al espectador. Quizás el espectador de los 60, especialmente el francés, tuviese el terreno abonado y especialmente fértil para este tipo de propuestas pero el espectador de hoy (parece mentira pero casi ha pasado medio siglo desde entonces) tiene el terreno seco y estéril para este tipo de cosas, visto lo visto y vivido lo vivido...
En cuanto a los actores me quedo con Oskar Werner al que descubrí en El barco de los locos. El resto, inclusive Jeanne Moreau, digamos que están simplemente bien. En cualquier caso, en la medida que la historia no interesa, valorar adecuadamente la interpretación es sumamente complicado.
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