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El viejo y el niño (1967) por Concha Panero Tamame
Vaya por delante decir que no entiendo de cine. A mí, que no me hablen de planos, de secuencias, ni de planos secuencia. No me nombren actores o actrices, con haberlos magníficos; no me señalen directores, aunque se den genios; y menos guionistas, a pesar de que algunos sean verdaderos magos. No es pequeño ya en sí el aprieto de meterme a opinar, pero metida a ello, procuraré no hacerlo buceando en honduras de las que no sabría salir airosa.
Cuando me acerco al cine lo hago con la arrogancia y con la ingenuidad de un niño. Me basta y me sobra con que ese pedazo de paraíso artificial me arranque una sonrisa o una lágrima, me enseñe, sin herirme o me dé una lección sin lastimarme más de lo necesario (eso hacen los maestros), ahí es nada; que me aleje, sabedora del regreso, por hora y media, al menos, del tedio y la tristeza cotidianos.
Todo eso lo consigue El viejo y el niño ( Claude Berri, 1967), Le vieil homme et l´enfant, en el original. Dos vidas, una que empieza y otra que declina, con el telón de fondo de la segunda guerra mundial en sus días más cruentos; el encuentro, la unión de dos soledades con sus conflictos personales, en el campo, al acecho terrible y alejados también de ese conflicto mundial (la guerra).
El niño, Claude (Alain Cohen), un pequeño al que los padres, judíos, se ven obligados a dejar en el campo para evitar que corra peligros innecesarios, se aferra, sin saber de ideologías, ni de religiones, a la mano del viejo, Pépé (Michel Simon), antisemita por desinformación, que no sabe, ni quiere saber, quién es el niño; y los dos, junto al anciano perro de Pépé, Kinou, tremendamente mimado por su dueño, crecen juntos y disfrutan juntos, a pesar de la guerra, de los hijos y de la dureza de una maestra de escuela rural, intransigente con lo que no comprende.
¿Despotricar, como apunta la página? También. Algunas veces resulta necesario, pero no contra esta pequeña joya hecha con sencillez y naturalidad; reconocida y alabada por los que gozan ingenuamente y por los que disfrutan con el descubrimiento minucioso de los aciertos, sino contra los que no saben tratar los temas conflictivos, en este caso es el antisemitismo, con tanta delicadeza como lo hace Claude Berri (hijo de padres judíos).
Boudu salvado de las aguas (1932) por Anónima
A lo largo de la historia del celuloide, los antihéroes han representado un papel fundamental como el reverso necesario de los héroes. Uno de esos antihéroes por antonomasia es Boudu, el protagonista de la película de Jean Renoir Boudu salvado de las aguas (1932).
Boudu sauvé des eaux, como reza su título original, es una adaptación de la obra teatral homónima, de 1925, escrita por René de Fauchois y, como ella, constituye una mordaz sátira social sobre la hipocresía y los valores de la burguesía de la primera mitad del siglo XX.
Esta excelente y divertidísima comedia de Jean Renoir cuenta la historia de Boudu (magníficamente interpretado por Michel Simon), un vagabundo que se arroja al Sena después de haber sido abandonado por su perro (¿acaso existe mayor traición?).
Se trata de un canto a la libertad, pues Boudu, que nada posee, tiene, sin embargo, la fortuna de ser libre. No obstante, habrá un intento de coartar su libertad cuando el señor Lestingois le impida suicidarse y decida erigirse en su benefactor. Lestingois, librero hedonista y bondadoso, decide acoger al mendigo para sociabilizarlo. Sin embargo, Boudu sembrará el caos en la casa, dinamitando las bases de la convivencia familiar del hogar burgués.
Irónicamente, este Boudu-Moisés (el paralelismo es evidente: Moisés significa "salvado de las aguas") es ya un hombre adulto (y no un niño, como el profeta hebreo) cuando lo rescatan de las aguas. Además, su cariz anárquico y ácrata, al margen de toda ley y todo poder, tiene poco que ver con el del autor de la Torá.
Ahora bien, Boudu, que es un provocador desvergonzado e impúdico, posee sentimientos puros. Al contrario, Lestignois, su mujer y la criada que otorga al señor los favores que su esposa le niega, representan esa doble moral de la clase media francesa de la época, hipócrita e inmoral. A pesar de ello, los personajes están vistos con humor y mucha ternura.
Es interesante el contraste entre la vida burguesa, que transcurre en interiores y la vida del "clochard", que se mueve en espacios abiertos, en contacto con la naturaleza. Y es curioso cómo esos espacios tan cerrados de la librería y la casa del señor Lestingois se abren con la llegada de Boudu.
Particular importancia tienen esos toques teatrales con que está aderezada la película. El guiño más importante es, sin duda, ese prólogo teatral, que podríamos considerar metanarrativo, con el cual Renoir, a modo de introducción, nos habla de su concepción del teatro y de la relación de este con la vida. Sin embargo, Renoir no concibe el teatro como una representación de la vida. Para él, el teatro es anterior a la vida, y esta debe salir de aquel como de un espejo.
Otra pincelada teatral clave para comprender el filme aparece en la escena en la cual el señor Lestingois observa con su catalejo, a través de la ventana, el ir y venir de las gentes. Como si asistiera a una representación teatral, exclama al ver a Boudu: "¡Qué vagabundo tan logrado!" Y, así, Boudu ensaya su papel de "clochard" dentro del marco teatral de la ventana de Lestingois (y, más adelante, otros varios dentro del escenario de la casa-librería) hasta desbordar los límites teatrales y, al encontrar su verdadero papel, entrar en la vida.
La película de Renoir dio lugar a dos versiones posteriores: una "sitcom", de 1986, dirigida por Paul Mazursky y protagonizada por Nick Nolte, y una versión francesa de Gérard Jugnot, del 2005, con Gérard Depardieu como protagonista. Lamentablemente, ninguna de las dos adaptaciones posteriores de la obra de Fauchois está a la altura de la que hiciera Renoir. Y esto, a pesar del tremendo éxito que cosechó, al ser tan aclamada por la crítica, la versión americana.
En cuanto al "remake" americano, Down and Out in Beverly Hills (traducido al español como Un loco suelto en Hollywood), se trata de una comedia disparatada, en la cual la sátira social se diluye hasta desaparecer entre un montón de situaciones ridículas que buscan arrancar la risa fácil. Su título nos recuerda el de la obra de George Orwell Down and Out in Paris and London (1933), aunque su propósito y el modo como trata el tema de la pobreza están bien lejos de los del escritor inglés.
Respecto a la refundición francesa, Boudu (2005), se trata de un filme mediocre que naufraga entre la comedia y el drama sin desarrollar plena y satisfactoriamente ninguno de los dos géneros. Ni siquiera alcanza las cotas de humor de la película americana y su final, anodino e insípido como el resto de la película, resulta desagradablemente sentimental.
De hecho, solo Renoir consigue un final magistral. La película termina con la vuelta, plenamente consciente, de Boudu a la libertad de su vida de vagabundo (en compañía, ahora, de un nuevo amigo, una cabra; pues, al fin y al cabo, el ser humano necesita de otro ser que mitigue su soledad). Este vagabundo arquetípico renuncia a la vida acomodada, al sistema capitalista. Es significativa a este respecto la escena en la que entrega el billete que le habían dado como limosna para comprar pan a un joven adinerado. Este, sorprendido, no comprende el porqué de tal acción, y Boudu responde: "Para comprar pan".
Boudu renace al ser purificado por el agua, pues cuando sale del río por segunda vez, y se despoja del traje burgués que lo oprime, ya es otro.
Ninguno de los protagonistas de las dos adaptaciones posteriores consigue igualar la genial actuación de Michel Simon. Solo él consigue caracterizar de manera excepcional a ese vagabundo descarado, anárquico, ácrata, amoral, ingenuo y, sobre todo, desternillante. Un personaje deudor de Charlot y que influiría en los de los hermanos Marx.
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