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Esta mujer es mía (1940) por Father Caprio
Hay actores a los que nos cuesta infinito imaginárnoslos de otro modo. Seguramente coincidirán conmigo que Spencer Tracy es uno de ellos, anclado per secula seculorum en personajes de valores personales profundos o cuando menos de trato amigable, distendido, juicioso y con sentido del humor. Seguramente habrá excepciones, pero no harán más que confirmar esta regla. En el caso que nos ocupa, Tracy da vida a un doctor comprometido con la gente y con su profesión, disconforme con las prácticas médicas de algunos colegas suyos que desde suntuosos edificios se dedican a sanar a hipocondríacas adineradas mordidas por lindos gatitos. El papel le sienta a Tracy como anillo al dedo y aunque la película no venga a ser nada del otro jueves, el actor deja trazas de su excelente profesionalidad.
Junto a él, en el rol femenino de señorita acostumbrada al buen vivir y con problemas sentimentales, Hedy Lamarr pone encanto, figura y belleza y algunas dotes, no demasiadas, como actriz. Su imagen acapara la pantalla y nuestros ojos secuestrados le rinden pleitesía, pero quizás por esa misma razón acabamos advirtiendo que el “talento” corporal cobra notoria ventaja sobre el artístico. No quiero pecar de injusto, la muchacha lo intenta y la resultante es un trabajo digno, que, si se deciden a verla, les entretendrá y les ofrecerá alguna que otra moralina.
De entrada les diré que el proyecto de esta película tardó bastante en realizarse y en el participaron en distintas épocas directores como Joseph von Sternberg, Frank Borzage y el propio W.S.Van Dyke. Las intromisiones de Louis B.Mayer, obsesionado con hacer de la Lamarr de Extasis una gran estrella, no gustaban a Sternberg por lo que se retiró y su material fue descartado. Borzage y especialmente Van Dyke (en 23 días) terminaron un proyecto que se conoció como I re-take this woman ( con el re delante) o La locura de Mayer.
Como en todos los films que repaso, ha tratado de encontrar, como si de Wally se tratase, esa ostra madrepórica con perla dentro que se esconde en algunas películas. En este caso la sandokaniana perla de Labuán la encontramos en Verree Teasdale. Una de actriz de la que tenía pocas referencias pero que borda un personaje fuerte y con carisma. Toda la debilidad de Georgi Gragore (Hedy Lamarr), todas sus inseguridades, se contrapuntean con la fortaleza de Verree. Su personaje de Madame Cesca, propietaria de una tienda de modas de señora con buenísimas relaciones sociales daba mucho juego pero la fuerza interpretativa de que hace gala, lo mejor sin ninguna duda.
Llegados a este punto de que apenas les he dicho nada del argumento. Bueno, no suelo dar demasiadas pistas. Baste decir en este caso que las desventuras sentimentales de Georgi en lugar de sumergirla en las aguas oceánicas la sumergen en los brazos matrimoniales del Dr. Karl Decker, pero la sombra del anterior amor sigue siendo alargada. Sencillo resumen de una película que más bien pasó a la historia por las controversias de su realización que por méritos propios, aunque se deja ver y alguno tiene.
El séptimo cielo (1937) por El Despotricador Cinéfilo
Debo reconocer que mi neutralidad, objetividad y disposición a la hora de enfrentarme al visionado de esta película no eran los adecuados. Pues la maravillosa versión del cine mudo El séptimo cielo (Frank Borzage, 1927) es una de mis películas favoritas de todos los tiempos y una de las más altas cotas que ha alcanzado el romanticismo en el cine.
Y eso que, desde cierto punto formal, partía con cierta ventaja ante la versión muda. Para empezar, la incorporación del sonido, los diálogos y la música que siempre pueden aportar más matices que una película silente. Pero está claro que no es problema del guión, ni tampoco de los actores, pues James Stewart está francamente bien, convincente (aunque claro, ¡qué difícil es encontrar una película en que Stewart no esté bien!), y la mirada de Simone Simon no puede ser más expresiva, tierna, cándida y maravillosa (aun así es imposible competir con la antológica interpretación de Janet Gaynor de 1927).
¿Dónde puede residir entonces el problema? Pues quizás en que para rodar esta película se necesita un director muy romántico o, mejor dicho, extremada y enfermizamente romántico, como lo fue siempre Frank Borzage. Henry King, a pesar de ser un excelente artesano y un director más que notable, no es capaz de obtener todo el halo de romanticismo exacerbado e irracional que necesitaba el film. ¿Cuál es entonces el resultado? Pues una buena película sentimental, muy bien interpretada y que puede conmover mucho, sobre todo si se desconoce la magistral versión muda.
Eso sí, lo que es imperdonable es haber cambiado la emblemática escena de Chico, ya ciego, subiendo acelerada y apasionadamente los siete pisos del edificio hasta llegar a su ático. Se trata de uno de los momentos más dramáticos, intensos y maravillosos que ha dado el cine, y en esta versión de 1937 lo omiten de forma descarada. Por tanto, nos queda una sensación agridulce y un final mucho más insípido que el que todos esperábamos.
Y eso que, desde cierto punto formal, partía con cierta ventaja ante la versión muda. Para empezar, la incorporación del sonido, los diálogos y la música que siempre pueden aportar más matices que una película silente. Pero está claro que no es problema del guión, ni tampoco de los actores, pues James Stewart está francamente bien, convincente (aunque claro, ¡qué difícil es encontrar una película en que Stewart no esté bien!), y la mirada de Simone Simon no puede ser más expresiva, tierna, cándida y maravillosa (aun así es imposible competir con la antológica interpretación de Janet Gaynor de 1927).
¿Dónde puede residir entonces el problema? Pues quizás en que para rodar esta película se necesita un director muy romántico o, mejor dicho, extremada y enfermizamente romántico, como lo fue siempre Frank Borzage. Henry King, a pesar de ser un excelente artesano y un director más que notable, no es capaz de obtener todo el halo de romanticismo exacerbado e irracional que necesitaba el film. ¿Cuál es entonces el resultado? Pues una buena película sentimental, muy bien interpretada y que puede conmover mucho, sobre todo si se desconoce la magistral versión muda.
Eso sí, lo que es imperdonable es haber cambiado la emblemática escena de Chico, ya ciego, subiendo acelerada y apasionadamente los siete pisos del edificio hasta llegar a su ático. Se trata de uno de los momentos más dramáticos, intensos y maravillosos que ha dado el cine, y en esta versión de 1937 lo omiten de forma descarada. Por tanto, nos queda una sensación agridulce y un final mucho más insípido que el que todos esperábamos.
Las carencias del cine mudo (2009) por El Despotricador Cinéfilo
Tengo que reconocer un poco avergonzado que, a pesar de llevar sobre mis espaldas kilómetros de celuloide y miles de películas almacenadas en mi memoria, no soy un buen cinéfilo. Pues tengo una carencia que no consigo superar a pesar de los años, y eso que la he alimentado a conciencia, pero supongo que ya es irreversible: no tolero el cine mudo.
Sé, y lo digo muy sinceramente, que es algo terrible, pues cualquier cinéfilo (buen cinéfilo, quiero decir) clamará al cielo diciendo que en la mayoría de la producción del cine mudo se encuentran muchísimas de las mejores Obras Maestras que ha dado el cine, por no hablar de que técnicamente marcó las bases de la cinematografía y sentó cátedra en los postulados del Séptimo Arte. Y yo no discutiré eso, por Dios, pero, ay, ¿Es suficiente motivo para poder visionar un film mudo sin prejuicios?
Supongo que el problema nació porque yo me inicié en el cine mudo, como tantos otros, con genialidades de Chaplin, Keaton, Harold LLoyd, Stan Laurel y Oliver Hardy, etcétera, por tanto me sedujo brutalmente y empecé a amarlo de verdad; amor que fue aumentando cuando descubrí Obras Maestras como El séptimo cielo (Borzage, 1927) , Amanecer (Murnau, 1927), El demonio y la carne (Brown, 1926), y tantas otras.
Pero de repente la magia se apagó cuando con 15 ó 16 años vi la mítica Avaricia (1924, Stroheim) y me aburrió mortalmente sus 3 horas de metraje, y descubrí algo desconocido hasta entonces para mí: ¡¡¡ el cine mudo tenía intertítulos !!!, hasta entonces no había reparado en ello, como tampoco había reparado en que los actores no hablaban, pues me habían hechizado tanto esas otras maravillosas películas que habían bloqueado esas supuestas limitaciones técnicas, pues por mis retinas solo veían cine en estado puro.
Y ese fue el principio del fin, pues muchas obras (algunas de ellas muy alabadas por la crítica) produjeron el misma impacto en mí: aburrimiento y, lo que es peor, ser consciente de estar viendo una película de cine mudo. Ahora, tras tantos años de buen cine albergado en mi corazón (y por tanto, con conocimiento de causa) puedo llegar a entender porque algunos films mudos (insisto en lo de algunos, pues otros son espléndidos) lleguen a aburrir: y es por la exageración de las actuaciones, tan artificiales y artificiosas, tan teatrales, tan hijas de su época en definitiva.
Y realmente es una pena, porque mucha gente, al igual que yo, ya empieza a ver una película muda con prejuicios, y eso le motiva a desechar la mayoría de la producción de esa época, lo que lleva a un mal todavía mayor ¿cuántas joyas como Amanecer nos estaremos perdiendo solo por el miedo a aburrirnos? Y es que los miedos cinéfilos son a veces más dañinos para nuestra alma que los miedos reales.
Sé, y lo digo muy sinceramente, que es algo terrible, pues cualquier cinéfilo (buen cinéfilo, quiero decir) clamará al cielo diciendo que en la mayoría de la producción del cine mudo se encuentran muchísimas de las mejores Obras Maestras que ha dado el cine, por no hablar de que técnicamente marcó las bases de la cinematografía y sentó cátedra en los postulados del Séptimo Arte. Y yo no discutiré eso, por Dios, pero, ay, ¿Es suficiente motivo para poder visionar un film mudo sin prejuicios?
Supongo que el problema nació porque yo me inicié en el cine mudo, como tantos otros, con genialidades de Chaplin, Keaton, Harold LLoyd, Stan Laurel y Oliver Hardy, etcétera, por tanto me sedujo brutalmente y empecé a amarlo de verdad; amor que fue aumentando cuando descubrí Obras Maestras como El séptimo cielo (Borzage, 1927) , Amanecer (Murnau, 1927), El demonio y la carne (Brown, 1926), y tantas otras.
Pero de repente la magia se apagó cuando con 15 ó 16 años vi la mítica Avaricia (1924, Stroheim) y me aburrió mortalmente sus 3 horas de metraje, y descubrí algo desconocido hasta entonces para mí: ¡¡¡ el cine mudo tenía intertítulos !!!, hasta entonces no había reparado en ello, como tampoco había reparado en que los actores no hablaban, pues me habían hechizado tanto esas otras maravillosas películas que habían bloqueado esas supuestas limitaciones técnicas, pues por mis retinas solo veían cine en estado puro.
Y ese fue el principio del fin, pues muchas obras (algunas de ellas muy alabadas por la crítica) produjeron el misma impacto en mí: aburrimiento y, lo que es peor, ser consciente de estar viendo una película de cine mudo. Ahora, tras tantos años de buen cine albergado en mi corazón (y por tanto, con conocimiento de causa) puedo llegar a entender porque algunos films mudos (insisto en lo de algunos, pues otros son espléndidos) lleguen a aburrir: y es por la exageración de las actuaciones, tan artificiales y artificiosas, tan teatrales, tan hijas de su época en definitiva.
Y realmente es una pena, porque mucha gente, al igual que yo, ya empieza a ver una película muda con prejuicios, y eso le motiva a desechar la mayoría de la producción de esa época, lo que lleva a un mal todavía mayor ¿cuántas joyas como Amanecer nos estaremos perdiendo solo por el miedo a aburrirnos? Y es que los miedos cinéfilos son a veces más dañinos para nuestra alma que los miedos reales.
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