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Contact (1997) por Betomovies


Ágil y dinámica cinta de ficción que escarba en la eterna y trascendental búsqueda de respuestas por parte de la humanidad: ¿estamos solos en el universo? ¿existe un ser superior y creador?.

Siempre en un tono bastante sólido apoyado en teorías físicas y sin enredarse en fundamentaciones filosóficas ni abundar en acción repleta de efectos especiales, la película basa sus alternativas en la contrastante oposición entre la ciencia y religión para dar claridad a las intrigas más llamativas de la raza humana.

Además Jodie Foster brinda una contundente interpretación de una científica obcecada con encontrar evidencias sobre lo desconocido.

Una película sencilla en sus planteos, directa en sus intenciones, efectiva a la hora de entretener y valiosa debido a que su argumento abunda en lo sugerido sin mostrar tanta parafernalia extraterrestre.

Claro que por allí el filme tiene algunos baches lógicos o inclusive puede que resulte previsible en algunos pasajes, pero es una digna opción para dar rienda suelta a los poderes de la investigación científica, para reflexionar sobre los alcances de los dogmas religiosos referentes al principio de todo, o para fantasear con las posibilidades que nos brinda la ficción sobre cómo podría llegar a ser nuestra eventual interacción con seres superiores.

PD: si bien hay poco despliegue de efectos visuales, hay que disfrutar de los momentos donde se produce el contacto, imágenes fascinantes donde el colorido y lo sobrenatural cautiva desde lo meramente estético.

Cuentos de Navidad (Parte II) (2010) por Anónima

Si hay un cuento navideño por excelencia, ese es, sin duda, Cuento de Navidad (Charles Dickens, 1843). Como bien es sabido, el relato, típicamente victoriano, discurre entre la tenebrosidad de la novela gótica y la sordidez de la realista. Nos abisma en la oscura realidad londinense del siglo XIX, pero, aún más adentro y más allá, trasciende lo tangible y nos sepulta en la negrura de la miseria humana. Se trata de un viaje de doble itinerario: exterior e interior a un tiempo, un vuelo desde las alturas que permite a Scrooch —que nos permite— otear el discurrir de la vida de sus conciudadanos y, a la vez, atisbar su propio pasado, presente y futuro.

Poco podía imaginar Charles Dickens que A Christmas Carol se convertiría en uno de los cuentos más veces adaptados de la historia, menos aún que sería el cine (arte nonato en tiempos del escritor inglés) el receptáculo que le prodigaría una mejor acogida. Desde los inicios del cine, el villancico de Dickens fue adaptado en repetidas ocasiones (sin duda porque, al tratarse de una historia harto conocida, resultaba ideal para el breve metraje de los comienzos). Scrooge; or Marley’s Ghost (Walter R. Booth, 1901) es la primera adaptación conservada. Sin embargo, más de un siglo después, cuando el labrantío de los remakes navideños dickensianos parecía ya agostado, Robert Zemeckis nos sorprende con un fruto nuevo. Entre ambas versiones se han sucedido múltiples películas cuyo punto de vista, aunque palpable, se halla habitualmente supeditado a la voluntad de ofrecer un discurso fiel al texto original. Esto no resta a esas versiones, sin embargo, un ápice de originalidad, menos de calidad, antes bien me parece un acierto, pues resulta particularmente de mi agrado el reconocer en el filme, como si de un espejo se tratara, el texto escrito que gocé con anterioridad, sin que ello merme la capacidad del azogue para deformar la imagen que refleja y hasta para discriminar determinados elementos.

No obstante, más absurdo y superfluo que crear una nueva interpretación fílmica de la obra de Dickens es, seguramente, ofrecer un comentario más acerca de cualquiera de esas versiones, pero mi condición de espectadora ignorante paliará —espero— mi culpa al contribuir con cierta osadía a esta redundancia ad infinitud.

El argumento es de sobra conocido: Ebenezer Scrooge es un viejo mezquino y amargado que enarbola la bandera de la misantropía. Cautivo de sus propias cadenas, las que él mismo ha ido forjando, las que quizá habrá de ceñirse, como su difunto socio Joseph Marley, por toda la eternidad. Pero en Nochebuena todo parece posible y, tras la súbita aparición del fantasma de Marley, que le anuncia la inminente visita de tres espíritus (el de la Navidad pasada, el de la presente y el de la futura), estos harán acto de presencia para brindar al avaro workaholic decimonónico una última oportunidad para resarcir el mal ocasionado, subsanar los errores y, en definitiva, redimirse.

Indudablemente, el director de A Christmas Carol (2009) se ha ceñido con innegable exactitud a la obra que adapta (guión, imaginería, ambientación, etc.), pero no es absolutamente fiel al cuento original; se diría que sacrifica la emoción en aras de la pirueta visual, lo cual bien puede tomarse como un intento de limar el patetismo y el sentimentalismo exacerbado, y hasta morboso, del gusto de Dickens en tiempos menos dados a tales efusiones de ánimo. Sin embargo, consigue un gran logro: por primera vez podemos disfrutar, gracias a la motion capture (tras un largo proceso que, sin duda, parte de la picture capture y pasa por el rotoscopio), de fantasía e imaginación verosímiles. El fantasma que nos ofrece Zemeckis ya no es el teatral y artificioso de Scrooch (Ronald Neame, 1970) cuyos torpes vuelos siempre me recuerdan al primer Superman televisivo (1948). Indudablemente, aquellos efectos especiales, intrínsecamente unidos a una determinada época, supusieron un gran logro por aquel entonces, si bien ni siquiera los entusiasmados espectadores de antaño lograron borrar la soga y el arnés que sujetaban a sus actores al techo.

Ha sido preciso esperar a 2009 para ver volar a Scrooch y sus espíritus navideños con la fluidez y la agilidad vislumbrada a través de las palabras de Dickens (aun cuando los personajes pequen de cierto anquilosamiento), en una extraña mezcla que conjuga la irrealidad de la animación y una especie de hiperrealismo decimonónico que torna palpable el contexto sociohistórico que evoca.

Ahora bien, cuando la acción desborda los límites de lo esperado (valga citar, por poner un ejemplo, la archicriticada escena de la persecución de la carroza o la tremenda caída de Scrooge desde lo alto —en su origen, latino, significaba también ´profundo´—) una no puede menos que preguntarse por la coherencia de tal elemento, por el modo en que contribuye al desarrollo de la trama. La iconicidad de las imágenes revela una intención plástica en la que el movimiento, uniforme o no, acelerado o decelerado, adquiere protagonismo. Considero la escena frenética de la carroza un punto álgido necesario al final de la espiral de la pesadilla, y las arritmias del film, la representación desacompasada de los vaivenes del sueño angustiado.

Hay quien dice que el film no es apto para niños porque es muy tenebroso. Deduzco que tampoco a Dickens lo consideran adecuado para el público infantil: la oscuridad, ya se sabe, evoca en el imaginario colectivo terrores ancestrales y en la idea de la muerte, presente de forma recurrente a lo largo de A Christmas Carol, se concentra el terror humano. Es lógico: la realidad o su reflejo no son aptos para tiernos infantes. Y sin embargo, me permito recordar aquí la famosa conferencia de Federico García Lorca sobre las nanas infantiles.

No podemos olvidar otro gran acierto de esta última revisitación de Cuento de Navidad: las voces, es decir, el hecho de que Jim Carrey ponga voz a siete personajes distintos, no solo a Scrooge, pues las seis restantes también le pertenecen; son sus voces interiores.

La retahíla es larga; las películas que la componen, de calidad desigual; si bien, al fin y al cabo, cada una de ellas, engalana, llena y hermosea ese vasto corpus literario-cinematográfico de límites difusos, desde la primitiva de 1901, con aquel peculiar e incluso pueril fantasma envuelto en una sábana blanca, hasta el expresionismo del espectáculo visual de Zemeckis, pasando por el patetismo sentimental de la magnífica Scrooge (1935), con la excelente interpretación de Seymour Hicks (Ebenezer Scrooge) y de Donald Calthrop (Tom Crachit) y rebosante de escenas henchidas de emotividad (recuérdese la ternura de Crachit con el pequeño Tiny Tim o la conversión de Scrooge, tan verosímil que nos devuelve la fe en los milagros). Igualmente excepcional es la versión homónima de Brian Desmond Hurst (Scrooch, 1951), sobre todo en virtud de la actuación única e irrepetible de Alastair Sim, donde la sobriedad y el humor sarcástico se funden para crear un personaje inolvidable, tan especial como el creado por Michel Caine, con su mirada socarrona, en compañía de los teleñecos (The Muppet Christmas Carol, Brian Henson, 1992). Más de cien años han transcurrido entre la popular adaptación de Thomas Edison, de 1907, y la película de Zemeckis, pero al final, como siempre, asistimos a la catarsis de Scrooge (acaso a la nuestra propia). Pero ¿es posible un cambio de tal magnitud o habremos de afrontar la conocida frase de Joseph Conrad y admitir “que el tigre no puede cambiar sus rayas ni el leopardo sus manchas”?

Recordemos el desgraciado final que aguarda a las hermanas de Bella en ese otro estupendo cuento de hadas, La Bella y la Bestia: apresadas por siempre en cuerpos de piedra, testigos mudos de una felicidad ajena, porque es un milagro que pueda convertirse un corazón perverso y envidioso.

Y sin embargo, creamos, porque el milagro existe y, ya se sabe, es un hecho cotidiano.

Peggy Sue se casó (1986) por El Despotricador Cinéfilo


Un amigo mío, el cual para mantener el anonimato le llamaré simplemente sosoman, es de la opinión que Coppola no ha vuelto a ser el mismo desde que terminó la década de los 70, y que en toda la década de los 80 perdió totalmente su toque y solo hizo una basura tras otra sin el menor interés, muy lejos todas de las soberbias e inmortales Obras Maestras que nos brindó en los años 70.

No puedo estar más de acuerdo, aunque yo no soy tan radical. Por supuesto que ni él (ni nadie) ha vuelto al alcanzar sus cotas de maestría que demostró genialmente en esas películas setenteras, y que tanto amor cinéfilo nos ha proporcionado (soy de esos cinéfilos que se ha visto más de 15 veces El Padrino II (1974), y probablemente la volveré a ver en años sucesivos otras 15 veces pues a mi parecer es la Obra Maestra Absoluta de la historia del cine), por ello cualquier otra obra menor empaña siempre mi querido recuerdo hacía Coppola.

No creo que el problema sea que en los años 80 (y en menor medida en los años 90) haya hecho bodrios, creo sinceramente que son films totalmente impersonales y por tanto carentes de alma, son films de encargo, y Coppola es un cineasta que si no se vuelca en un film al 100% (escribiéndolo, madurándolo, produciéndolo y dirigiéndolo, es decir, pariéndolo de sus entrañas) acaba desmotivándose y por ello todos esos films son fríos, distantes, impersonales y realizados con una desgana latente. Cualquier otro director podría haberlos realizado (incluso probablemente mejor que Coppola), y está clarísimo que únicamente, por sus continuos problemas económicos, los realizó para encontrar financiación para sus films más personales.

Pero incluso sus films más queridos y personales (como Corazonada (1982), Cotton Club (1984) o Tucker, un hombre y su sueño (1988)) son películas fallidas sin la garra ni el toque Coppoliano que se espera de ellas.

Es difícil decantarse por cual de todas esas películas de esa época es la peor de todas, pero tras revisionar de nuevo Peggy Sue se casó no me cabe la menor duda, pues pocas ideas arguméntales tan ingeniosas y potenciales jugosas (deudora, como no, de la magistral Regreso al futuro que Zemeckis realizó un año antes) naufragan tan catastróficamente como este lamentable Peggy Sue.

Toda la dirección de la película es impersonal, aburrida, banal, ramplona y sumamente decepcionante, a mí (y a cualquiera) se le ocurrirían 10 maneras diferentes de desarrollar ese guión, todas menos la que se eligió, vaya insulto al espectador, menuda tomadura de pelo y sobre todo vaya desperdició de idea brillante que podría haber dado mucho de no ser por la evidente desgana, desinterés, indiferencia y vageza con la que Coppola se enfrentó al proyecto (y menos mal que gracias a la esforzada interpretación de Kathleen Turner remonta un poco, pero ni por esas).

De todos modos, a pesar de haberme decepcionado ya demasiadas veces, me es muy difícil en general sentir desilusión por Coppola, porque se en mi fuero más interno que este padrino del cine aún nos podrá regalar alguna joya incuestionable, y que ese toque que muchos dan ya por perdido volverá a reflotar, y es que el verdadero amor (sobre todo el cinéfilo) nunca se olvida del todo.