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Amarcord (1973) por Pedro (Madrid)
Amarcord es un esperpento tan bello como hueco. Entre los factores positivos de este trabajo de Fellini, hay que subrayar por encima de todo su estética. Cuidada fotografía y composición de escenas que ciertamente atrapan los sentidos, acentuando todo ello con la ya clásica partitura de Nino Rota. Aquí el director italiano puede decirse que crea escuela. Técnicamente impecable.
Ahora bien, hay algo en el mundo cinematográfico que debe insuflar alma a una película; y se trata de la forma narrativa. Fellini en esta película no narra, o al menos no lo hace con eficacia, centrándose fundamentalmente en mostrar belleza.
Lo que describe son trozos aislados de unos recuerdos carentes de continuidad, y presentando a los personajes en cada uno de ellos dentro de una farsa. En mi opinión esto no es suficiente para construir una historia que deje huella como tal (más allá de la belleza visual). Uno puede valerse de una brillante estética de las imágenes en sucesión de escenas para narrar sin ni siquiera palabras o con muy pocas. Basta con echar un vistazo, por poner algún ejemplo, a obras como Bin jip (Hierro 3) de Kim Ki Duk, El camino a casa de Zhang Yimou, o a buena parte del cine de Kurosawa y Mizoguchi.
Sin embargo, estos directores crean una historia con lo que muestran; Amarcord no crea una historia, sino que describe retazos de esperpento. Y para esperpento, le falta por ejemplo el esmero que cineastas como Rafael Azcona, Berlanga o Marco Ferreri ponen en la construcción de sus personajes, en la mejor línea y reflejo de mismo Valle-Inclán –creador de ese nuevo género en las artes escénicas que deforma a los personajes volviéndolos grotescos, pero sin perder el sentido trágico de fondo– . Revisar Bienvenido Mr. Marshall, Plácido, El verdugo o El cochecito dan una idea de lo que quiero decir.
Considero, por tanto, Amarcord un ejercicio exploratorio del esperpento, con tanta preocupación por la estética como abandono de la narrativa. Definitivamente me quedo con el Fellini de La Strada, uno que además de mostrar, narra con lo que muestra.
Una mujer para dos (1933) por El Despotricador Cinéfilo
Esta película es sin duda una de las más afamadas y aplaudidas del gran Lubitsch, y no seré yo quien ponga en entredicho y despotrique contra ella, pues es una comedia donde rezuma todo el aroma de la sutileza, la elegancia, la distinción, el ingenio y sobre todo el incomparable toque Lubitsch, donde por cierto todos los actores están estupendos (aunque me descoloque un poco tanto Gary Cooper como Fredric March en dichos papeles), aunque para mí lo que más destaque la divertidísima actuación de Miriam Hopkins. Reconozco, un poco avergonzado, no haber reparado antes en esta excelente actriz hasta que la he redescubierto tanto en esta película como también en otra lubitschana obra: Un ladrón en la alcoba (1932).
Entonces si tan perfecta y deliciosa me parece esta comedia ¿por qué quiero despotricar contra ella?, pues porque uno al acabar de verla no puede dejar de pensar todo el jugo que un buen guionista le podría haber sacado a ese sorprendente ménage à trois, porque la idea de partida me parece absolutamente flipante, alucino como pudo sortear la censura en su época y como toca temas tan políticamente incorrectos con tanto descaro y como sin ningún pudor habla de sexo liberal (eso sí, disimulado muy sutilmente como solo Lubitsch sabe hacerlo) y de la relación a ménage a trois como si hablase de algo cotidiano.
Por ello, si han sido tan inteligentes, sutiles y elegantes con ese escandaloso tema ¿por qué no echar más leña al fuego y sacar todo el provecho que se le podría haber sacado a semejante historia?, solo de pensar lo que hubiera podido aportar como guionista gente de la talla de Billy Wilder o por ejemplo Rafael Azcona se me hace la boca agua, pues la película se prestaba a hacer juegos, insinuaciones, dobles sentidos y sobre todo muchísimas referencias sexuales entre el trío protagonista.
Y es que aunque la película resulte curiosa y muy avanzada para su época, no acaba de resultar perfecta por esa sensación de vacío que te produce el haber querido ver más y haberte dejado con la miel en los labios, todo por culpa de un guión no tan académicamente perfecto como podría haber sido. Una lastima, sin duda.
Más críticas de El Despotricador Cinéfilo en:
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