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Los muertos andan (1936) de Michael Curtiz (por Father Caprio)
Sé bien que los gustos son como los colores, cada quien tiene su preferido, y este que lo es, no pretende ser menos. Así que entre los grandes actores del terror que en el cine han sido, pongo en el pedestal de las adoraciones y los reconocimientos a Boris Karloff, aunque si alguno me cita a Lon Chaney no discutiremos. Para el resto: Lee, Lugosi, Lorre, Cushing o Price, y otros que seguro me dejo, diplomas de excelencia, medallas al mérito y encomiendas de honor, pero haciéndole pasillos al ruso, digo inglés.
The walking dead (título original de Los muertos andan), con claras reminiscencias a serie televisiva actual, es un film del año 1936 dirigida por el churrero Curtiz. Lo de churrero dicho sin intención peyorativa alguna pues los churros le salían por lo general buenos o muy buenos, aunque, como buen cineasta de encargo, los hacía en abundancia. Como prueba este film donde se atreve en una especialidad que no es propiamente la suya, por encargo de una compañía, Warner Bros. que, vista la cadena de éxitos de la Universal pretendía restarle cuotas en las Box Office. Y el film le sale resultón, digamos... francamente bien.
La trama es sencillamente la esperada, pero menos. Un exconvicto, John Ellman (Karloff) es acusado injustamente del asesinato del juez que en su día lo condenó. En realidad los culpables son una banda de gansters y prohombres de la localidad que no dudan en incriminar a un inocente, quien tras ser ejecutado en la silla eléctrica es devuelto a la vida gracias a los trabajos de un doctor especialista en el tema que ya había experimentado con animales. Sin embargo el comportamiento de Ellman cambia radicalmente al tiempo que parece ser poseedor de extraños poderes.
Entre el cine negro y la ciencia ficción, la película es un excelente exponente para el talento de Karloff quien nos ofrece dos interpretaciones al precio de una. Por un lado está el hombre que tras su periodo en prisión trata de incorporarse a la sociedad. Un buen hombre con talento musical, a quien las artimañas de unos indeseables convierten en cabeza de turco y victima propiciatoria. Por otro, esa extraña entidad (me resisto a llamarle hombre), que acaba regresando del otro lado, que parece arrastrarse como desubicada y que no cesa de demandar respuestas a sus incriminadores. Ahí encontramos al Karloff terrorífico capaz de congelar con la mirada y, convirtiéndose en una especie de diosa Némesis de ultratumba hacer justicia con los asesinos.
Es cierto que hay mucha fantasía en todo ello. Nadie pide que nos creamos nada, aunque hay unas referencias de pasada al tema de la resurrección, al tema de un Dios celoso con los suyos o a un estado de paz posterior a la muerte que dan que pensar... Sin embargo hay una anécdota curiosa y es la de un aparato mostrado en el laboratorio donde el Dr. Beaumont (Edmund Gween) revive a Ellman. que, al parecer es un artilugio real creado en colaboración entre el aviador e ingeniero conocidísimo Charles Lindbergh y el premio Nobel, Alexis Carrel, relacionado, servidor es profano en la matería – con el corazón y el sistema circulatorio. Quisicosas, que se decía antes.
Más críticas de Father Caprio en:
http://www.eldespotricadorcinefilo.com/father-caprio.html
El asesino poeta (1947) por Father Caprio
Los primeros compases de Sirk en Estados Unidos tras su exilio germano fructificaron en una serie de películas que, por un lado, iniciaban ese melodrama suyo tan característico y por otro conservaban el auténtico sabor del inconfundible expresionismo alemán mamado desde la cuna. Una buena película que puede considerarse ejemplo de lo dicho es Lured, traducida en España como El asesino poeta y donde la temática del asesino en serie tipo Jack el destripador en las nocturnidades de la city envuelve al espectador en esa atmosfera tan típicamente expresionista y languiana.
Claro que para poder empezar a disfrutar de las excelencias que sin duda tiene el film lo primero que hay que conseguir es desembarazarse de esa imagen arquetípica de Lucille Ball como artista casi exclusivamente de comedia y es que lo del televisivo show de Lucy Ball la marcó y mucho. Cuando lo hagamos y veamos que la cosa va en serio, la misma mirada nueva nos dirá que estamos ante un interesante film de suspense que arrastrará nuestra imaginación incluso y salvando distancias, hasta la etapa británica del maestro Hitchcock y que de calificarlo como serie B lo estaremos bendiciendo de alguna manera, porque la B además de barato es la inicial de bueno. Como se habrán dado cuenta lo de serie B lo he escrito en condicional, porque una película que cuenta con la fotografía de William Daniels es un auténtico lujazo.
La historia trata sobre un asesino que contacta con sus víctimas por la vía de los anuncios por palabras y que anticipa sus crímenes mediante enigmáticas poesías que remite a la policía londinense. La amiga de una de las chicas desaparecidas es contratada como cebo por Scotland Yard. No puede decirse que la temática sea extremadamente original ni a priori podemos esperar que nuestra capacidad de sorpresa se vea ampliamente desbordada. Sin embargo la película contiene momentos excelentes y mantiene en niveles altos el interés de los espectadores.
La presencia de George Sanders en su línea bastante habitual "soy un truhán, soy un señor" es de agradecer así como la de un secundario de primera como Charles Coburn. La escena de Boris Karloff viene a ser algo así como un sketch interior de la película, hecho a medida de una de las grandes figuras del género terrorífico.
Interesante, aunque un tanto predecible, no estamos ante una obra maestra pero si ante un trabajo que agradará a los seguidores de Sirk, a los de Lucy Ball e incluso a los de Sanders, pero sobre todo a los que nos gusta la mezcla de cine negro, barroquismo y altas dosis de suspense
Claro que para poder empezar a disfrutar de las excelencias que sin duda tiene el film lo primero que hay que conseguir es desembarazarse de esa imagen arquetípica de Lucille Ball como artista casi exclusivamente de comedia y es que lo del televisivo show de Lucy Ball la marcó y mucho. Cuando lo hagamos y veamos que la cosa va en serio, la misma mirada nueva nos dirá que estamos ante un interesante film de suspense que arrastrará nuestra imaginación incluso y salvando distancias, hasta la etapa británica del maestro Hitchcock y que de calificarlo como serie B lo estaremos bendiciendo de alguna manera, porque la B además de barato es la inicial de bueno. Como se habrán dado cuenta lo de serie B lo he escrito en condicional, porque una película que cuenta con la fotografía de William Daniels es un auténtico lujazo.
La historia trata sobre un asesino que contacta con sus víctimas por la vía de los anuncios por palabras y que anticipa sus crímenes mediante enigmáticas poesías que remite a la policía londinense. La amiga de una de las chicas desaparecidas es contratada como cebo por Scotland Yard. No puede decirse que la temática sea extremadamente original ni a priori podemos esperar que nuestra capacidad de sorpresa se vea ampliamente desbordada. Sin embargo la película contiene momentos excelentes y mantiene en niveles altos el interés de los espectadores.
La presencia de George Sanders en su línea bastante habitual "soy un truhán, soy un señor" es de agradecer así como la de un secundario de primera como Charles Coburn. La escena de Boris Karloff viene a ser algo así como un sketch interior de la película, hecho a medida de una de las grandes figuras del género terrorífico.
Interesante, aunque un tanto predecible, no estamos ante una obra maestra pero si ante un trabajo que agradará a los seguidores de Sirk, a los de Lucy Ball e incluso a los de Sanders, pero sobre todo a los que nos gusta la mezcla de cine negro, barroquismo y altas dosis de suspense
El caserón de las sombras (1932) por El Despotricador Cinéfilo
El caserón de las sombras es una broma, una broma pesada. Pero no en el sentido de divertida, bufonesca o graciosa, sino más bien en el sentido decepcionante del término. Porque, vamos a ver, una obra de terror de la Universal, de los años 30, dirigida por el genial James Whale y que transcurre en una fantasmagórica, opresiva, gótica y lúgubre casa podría dar para una de las mejores Obras Maestras del género.
Añadamos un elenco de actores excepcionales: un Boris Karloff en su mejor momento, un Charles Laughton bordando el personaje de inglés refinado y sarcástico, un joven y estupendo Raymond Massey (supongo que al igual que a mí, a todos los que han visto la memorable Arsénico por compasión les hará una gracia impresionante ver a Raymond Massey compartir escena con Karloff), un divertido Melvyn Douglas y una correcta Gloria Stuart (que raro que esta actriz no llegase a ser nunca una estrella, porque lo cierto es que intervino en más de un clásico de la época).
Pues bien, con semejantes ingredientes, ¿no daba para un terrorífico, embriagor, sobrecogedor y asfixiante film? Pues no, lamento decir que no. Empieza muy bien, combina muy bien la comedia distendida con el terror más opresivo y claustrofóbico. La ambientación es perfecta y el clímax no puede ser mejor. Nos esperamos expectantes una deliciosa joya de tan alta calidad como La novia de Frankenstein y, cuando empieza por fin a desarrollarse la trama, va… y se acaba la película.
Pero ¿qué clase de broma macabra y absurda tomadura de pelo es esta? ¿Es qué no tenían presupuesto para más? Es desconcertante (y, ¿por qué no decirlo?, cabreante) que te preparen para luego nada. ¡Qué desperdicio de talento del director y de los actores, qué desperdicio de historia, qué desperdicio de clímax y qué desperdicio de nuestro tiempo! ¿Fue esto solo un entretenimiento de Whale para pasar el rato y simplemente jugar un poco con los cánones del terror? Quizás el problema sea mío que no soy capaz de entender esa combinación de escenas de comedia desenfadada e irónica con escenas de terror. ¿Acaso lo que se pretende es realizar una divertida parodia de las películas de dicho género? Quién sabe. Sea como sea, acaba resultando una frustración para el cinéfilo. Una pena, sin duda.
Añadamos un elenco de actores excepcionales: un Boris Karloff en su mejor momento, un Charles Laughton bordando el personaje de inglés refinado y sarcástico, un joven y estupendo Raymond Massey (supongo que al igual que a mí, a todos los que han visto la memorable Arsénico por compasión les hará una gracia impresionante ver a Raymond Massey compartir escena con Karloff), un divertido Melvyn Douglas y una correcta Gloria Stuart (que raro que esta actriz no llegase a ser nunca una estrella, porque lo cierto es que intervino en más de un clásico de la época).
Pues bien, con semejantes ingredientes, ¿no daba para un terrorífico, embriagor, sobrecogedor y asfixiante film? Pues no, lamento decir que no. Empieza muy bien, combina muy bien la comedia distendida con el terror más opresivo y claustrofóbico. La ambientación es perfecta y el clímax no puede ser mejor. Nos esperamos expectantes una deliciosa joya de tan alta calidad como La novia de Frankenstein y, cuando empieza por fin a desarrollarse la trama, va… y se acaba la película.
Pero ¿qué clase de broma macabra y absurda tomadura de pelo es esta? ¿Es qué no tenían presupuesto para más? Es desconcertante (y, ¿por qué no decirlo?, cabreante) que te preparen para luego nada. ¡Qué desperdicio de talento del director y de los actores, qué desperdicio de historia, qué desperdicio de clímax y qué desperdicio de nuestro tiempo! ¿Fue esto solo un entretenimiento de Whale para pasar el rato y simplemente jugar un poco con los cánones del terror? Quizás el problema sea mío que no soy capaz de entender esa combinación de escenas de comedia desenfadada e irónica con escenas de terror. ¿Acaso lo que se pretende es realizar una divertida parodia de las películas de dicho género? Quién sabe. Sea como sea, acaba resultando una frustración para el cinéfilo. Una pena, sin duda.
La comedia de los terrores (1964) por Father Caprio
Me pregunto si esta película realizada por Tourneur en 1964 tuvo alguna clase de influencia en la formación de aquella inigualable pareja cómica, insignia del spanish humor surrealista que fueron los admiradísimos Luis Sánchez Polack y José Luis Coll, Tip y Coll para su amigos, que fuimos todos los españoles. Porque, viendo a Price y Lorre, nos damos cuenta de que en España pudieron faltar muchas cosas pero el humor de los señores de negro no.
De todas formas les confieso que tuve que ver la película hasta tres veces para intentar hacer una valoración lo más justa posible. En el primer visionado reconozco que me reí con algunos gags, como la subida nocturna por la escalera ornamentada con bustos grecorromanos, los gorgoritos-terremoto de la diva del bel canto a lo Cantafiore o cuando Mr. Black espada en mano se "despacha" contra un biombo con sorpresa. Sin embargo, al acabar el film tuve la misma sensación extraña que imagino tuvieron los espectadores de la época y que ocasionó cierto fracaso comercial.
Como suelo hacer habitualmente, después de ver una película contrasto mi opinión con otras de la red. Las de Filmaffinity en primer lugar. Luego otras, tales como las de Ozu,s world o de IMDB. Fue llegando a este punto que observé grandes discrepancias entre la floja valoración de Ozu y la de otros aficionados que la calificaban poco menos que de obra maestra. Por ello, no queriendo ser injusto con mis calificaciones volví a repasarla. Me detuve entonces en la genialidad de algunos diálogos. Especialmente mordaces los del funerario Trumbull con su esposa:
- Aléjate que me contagias el dinero.
- ¿Me rechazas?
- Hasta que no te conviertas en alcohol, sí
Estimulado por este descubrimiento de valores no demasiado apreciados en mi primera visión pues me dije aquello de "no hay dos sin tres" y no piensen que no descubrí nada nuevo. Todo lo contrario, me di cuenta de que las interpretaciones de Price, Lorre, Rathbone, Karloff, la diva Joyce Jameson y ¡hasta el gato! eran geniales. Parecían personajes sacados de los comics más descerrajantes.
Y acabé sintiéndome tan a gustito entre venenos, ataúdes, asesinatos, carrozas mortuorias, féretros con una vida útil de trece años, muertos que no se mueren ni a tiros. Tanto es así que como mi tocayo y paisano Peret acabé tarareando:
¡No estaba muerto, estaba de parranda!...
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