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#clarkgable Amor en venta (1931) de Clarence Brown (por Father Caprio)

Sean cuales sean las circunstancias económico-sociales por las que ha ido atravesando, en el último siglo, este mundo nuestro tan baqueteado, las miradas de gran parte de la población del globo se han dirigido a ese lugar mágico creador de sueños que ha sido y es Hollywood. Por descontado que no estoy desmereciendo otras filmografías, muchas de las cuales han alcanzado cotas de calidad equiparables e incluso superiores a una escuela americana en la que el negocio y las taquillas eran el principal objetivo de las Majors. Pero el lugar donde se forjaron los sueños de muchas generaciones ese es... 


Flamingo Road (1949) por Father Caprio

Flamingo Road es una calle. Una calle localizada en cualquier ciudad. Aquí estamos en Boldon, ciudad norteamericana inexistente pero que sirve perfectamente como ejemplo de urbe con intereses políticos poco confesables donde las fortunas tradicionales y las advenedizas (léase corrupción) comparten vecindario en esa especie de boulevard de los sueños cumplidos a cualquier precio.

Pero al mismo tiempo, Flamingo Road era una trampa-bomba preparada por la Warner, en la persona de Jack Warner a una de sus estrellas en declive, Joan Crawford. Esta trampa cuya finalidad era abaratar el despido de la artista, les explotó en sus propias manos y la película relanzó la carrera de la star durante unos años más. La conjunción Crawford-Curtiz volvió a funcionar bastante bien y sin alcanzar el nivel de su anterior colaboración, Mildred Pierce (Oscar para la actriz), la película deja un buen sabor de boca, hecho al que no es ajena la excepcional interpretación de un Sydney Greenstreet maliciosamente sudoroso y adiposamente execrable, Vamos, una perla, al nivel cuando menos de su “hombre gordo” de El halcón maltés. Sin Lorre eso sí.

De la carrera de la Crawford todavía quedaban por llegar joyas como ¿Qué fue de Baby Jane?, donde la edad no permitía excelsos destapes, pero en este Flamingo Road aun deja constancia de sus bien formadas piernas en su presentación como una bailarina de feria a la que el destino, en forma de ayudante del sheriff (Zachary Scott), catapulta a la cima de la política local y al vecindario de la calle Flamingo.

Es probable que a algunos les suene a película de TV y especialmente a una exitosa serie semanal de los 80 protagonizada por Mark Harmon y Morgan Fairchild, El mangoneo y la corrupción siempre han dado mucho juego.

Los insaciables (1963) por Father Caprio

La sombra de la senatorial caza de brujas es alargada. Lo mismo que la del ciprés, Y todavía alcanza a Edward Dmytryk, visto lo visto. Solo así puede explicarse las críticas negativas en exceso a una película que supuso la mayor inversión de la Paramount en el año 1964 así como un gran éxito de taquilla.

Los insaciables    

Basada en un best seller del prolífico Harold Robbins, narra la ascensión de Jonas Cord a la cúspide de un imperio económico que negociaba con aviones lo mismo que con plásticos así como con el propio cine. Esta es una película mas de esas que tratan el cine desde dentro pero lo hace, no desde la óptica del cine y su mundillo sino desde la esfera del money money, del dinero que llama al dinero, del dólar que confiere el poder, la gloria y las mujeres.

Se ha dicho que guarda cierto paralelismo con la vida de Howard Hughes. Y ciertamente algunos de los personajes están claramente "emparentados" con stars cinematográficas de los 30. Es clara la relación Carroll Baker (Rina) con Jean Harlow, el rubio platino las delata, e incluso se habla de la posibilidad de que el papel de Martha Hyer (Jennie) fuese el equivalente a Joan Crawford. Sin embargo, y en mi opinión, el film no precisa de estas semejanzas para convencer al espectador.

Bueno, no es un convencimiento absoluto. Tiene sus lagunas. Ese lado oscuro del protagonista que condiciona su actitud de defensa agresiva y sus planteamientos negativos y fatalistas ante el concepto de familia estable, merman un tanto el film. Son buenos planteamientos para películas como Psicosis pero aquí las cosas van por otros derroteros, por lo que tratar de explicar las maldades inexplicables por la vía de la psicología freudiana es un riesgo innecesario. El espectador se contenta con millonarios pisoteando con garbo al personal, con sexis chicas boom envueltas en visones y con una colección de barrabasadas y perlas gramaticales a diestro y siniestro. No es preciso que en el fondo sean buenos.

Papel que ni pintado para George Peppard, actor que tal vez hubiese despuntado de no haber sido porque en aquellos años había otro, al que todos recordamos, que daba idéntico perfil para papeles como este pero que además tenia una calidad superior.

Por último, mencionar a Alan Ladd, nuestro recordadísimo Shane, quien fallecería poco después, victima de una mezcla letal de tranquilizantes y alcohol. Es posible que su actuación sea la más destacable de una película por la que no se tirarán cohetes pero que tampoco hay que denostarla en exceso.

Canción de cuna para un cadáver (1964) por Lovekraft


Canción de cuna para un cadáver
se podría haber llamado ¿Qué fue de Baby Jane 2? pero lamentablemente no llega a la altura de su predecesora y eso que hereda no pocos detalles de la misma.

Para empezar gran parte del equipo técnico y artístico, además de ambientes, estilo narrativo, etcétera. Podría decirse que Aldrich quiso repetir la jugada y casi lo consiguió. Es interesante que también tenemos un homenaje a Matar a un Ruiseñor con los niños tratando de demostrar su hombría y a la vez esclarecer los misterios del pasado.

Todo engloba a éste filme en la categoría de películas malsanas con la locura como principal motor y que sirvieron de precedente para que en posteriores décadas nos inundaran con halloweenes, pesadillas, matanzas en Texas,... que pena que por el camino se quedarán los guiones y solo copiaran la casquería, las angulaciones extrañas de cámara y la musiquita misteriosa.

Si al menos todos esos hijos ilegítimos hubieran cuidado la fotografía como lo hace Canción de cuna para un cadáver, ya que es un autentico placer disfrutar de esa luz expresionista y manierista perfectamente integrada en la historia que sirve para subrayar interpretaciones y momentos dramáticos ayudando en todo momento a la narración... como debería ser siempre por otro lado.

Muy recomendable, si te gusto ¿Qué fue de Baby Jane? ni lo pienses aunque en mi opinión esté un peldañito por debajo... ¿será por la ausencia de Joan Crawford?

Julia (1977) por El Despotricador Cinéfilo


En mi habitual andadura cinéfila, de vez en cuando me encuentro con alguna peliculita discreta, como Bajo sospecha, de Richard Thorpe, un típico producto de los años 40 protagonizado por unos convincentes Joan Crawford y Fred MacMurray. Ciertamente no se puede negar que el film es flojo, propagandístico, insulso y una tontería muy hija de su época. Eso sí, no he podido, mientras la veía, evitar pensar en lo muy sobrevalorada que está otra película de temática muy similar: Julia, de Fred Zinnemann.

Porque por lo menos Bajo sospecha tiene la decencia de no tomarse en serio a sí misma en ningún momento, siendo su principal virtud una absoluta ausencia de pretensiones, al ofrecer solo un banal divertimento cinematográfico de espías americanos en la Alemania de la Segunda Guerra Mundial, es decir, una historia al más puro estilo pulp fiction para entretener a la audiencia y aprovechar, ya de paso, para hacer la necesaria propaganda anti-nazi (el film es de 1943).

En cambio, Julia es todo lo contrario, pues desprende una solemnidad, una seriedad, una trascendencia y un aroma de film intelectual (también muy hijo de su época) que quieren transmitir una férrea ideología política, cuando Julia no es más que una peliculita de una espía (ni eso, de una aburrida escritora aspirante a espía) con todos los clichés de este tipo de cine. Los principales defectos de la obra de Zinnemann son el absurdo inverosímil de la trama y la forma en que pretende captar el interés tanto con la historia principal (o varias: la relación con su amiga y el asunto de pasar dinero de contrabando en la Alemania nazi...) como con las secundarias que pueda haber (sobre su carrera de escritora, la relación con su marido también escritor, etcétera).

Todo se queda en un fútil intento, pues todas esas historias están desdibujadas o, más bien, solo esbozadas. No existe un desarrollo y una profundización, así que el espectador no entiende bien qué pasa, con lo cual la trama, el argumento, da la impresión de ser un absurdo, porque no se comprende a los personajes ni su forma de actuar ni su papel en el desarrollo de los acontecimientos. Parece una historia inverosímil, sin sentido (¿por qué necesitan a Lillian para pasar el dinero si ella no es capaz de hacer nada sola?, continuamente necesita gente alrededor que le vaya indicando cada pequeño paso, y encima está tan azorada y confundida que se delata; además, por si fuera poco, es judía, lo cual hace la misión más peligrosa. ¿Es que todos esos que la acompañan, antes de subir al tren, durante el viaje y al llegar, no podían haberlo hecho más fácil solos y sin tener que ir al cuidado del personaje de Jane Fonda, que ni se entera de nada ni sería capaz de hacer absolutamente nada bien de no ser porque hay varias personas continuamente encima de ella?).

Se podría pensar que toda la trama de espionaje es solo una excusa argumental, algo secundario, al igual que su relación pseudolésbica con Julia (Vanessa Redgrave), pues el objetivo principal de la película es ver cómo supera la protagonista el bloqueo creativo que sufre. Pero también en esto fracasa el guión, siendo el final un disparate ilógico no concluyente. Más valdría no ir de sobrados con tantas pretensiones intelectuales y haber hecho simplemente un film discreto, bonito y sencillo.