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#Origen Crítica "Origen" de Christopher Nolan (por Jaime de Carlos)

Lo ha vuelto a hacer. Nolan ha vuelto a dejar una película para el recuerdo, de ésas que no dejan indiferente a nadie y que trascienden la butaca del cine. Con apenas 40 años, el director británico sale a obra magna por película, pues tiene cinco de sus siete largometrajes en el Top100 de la historia del cine según ImdB (Memento, The Prestige, las dos de Batman y, ahora, Origen). Excepcional bagaje que demuestra que lo suyo no es coincidencia, que nos encontramos ante el director llamado a moldear el séptimo arte en este siglo XXI.


Y Origen es una prueba más de ello, porque se trata de una película de poso pronfundo, de reflexión eterna. Pasarán los años y los espectadores de todo el mundo seguirán sacándole nuevas interpretaciones al film, pues nos encontramos ante una cinta que en cada una de sus escenas nos añade una...

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El tiempo en sus manos (1960) de George Pal (por Álvaro de la Cueva)

Al cine de ciencia ficción "clásico" el paso del tiempo le sienta particularmente mal.

Los estragos del tiempo son considerables si la película en cuestión hace un alarde intensivo de efectos especiales - como ocurre en el presente filme- pues el estándar actual ha alcanzado tal excelencia que ver con ojos de espectador moderno los “cutre-trucos” que se empleaban en otras épocas del cine (merecedores incluso de un Oscar) nos provocan hilaridad y, en el mejor de los casos, si se tiene un espíritu benevolente, cierta ternura comprensiva.

Y resulta irónico que a una película que juega con la idea del tiempo, éste le haya pagado de tan mala manera.

Tras un magnifica prólogo de 20 minutos (en donde se presentan de forma magistral los personajes y se explica con nítida claridad narrativa la tesis de la "cuarta dimensión" (*)) la película deriva hacia un muestrario de paupérrimos efectos especiales de serie Z, que impide tomarse mínimamente en serio el film.

Y es que las maquetas son tan rematadamente cutres, los depravados monstruitos tan sumamente candorosos, los efectos de "cámara rápida" tan chuscos a ojos actuales que provoca no sólo que no te lo puedas tomar en serio, sino – lo que es peor- que ni siquiera sigas la película con interés.

Hay dos momentos en la película que me divirtieron especialmente:

- El descabellado y- como no podía ser de otro modo- inoperante intento de Rod Taylor de abrir dos ocasiones, robustas puertas de acero macizo de un mínimo de medio metro de grosor a base de grimosos rascamiento con las uñas. ¿Dónde andaba perdido el Director para decir un ineludible “¡¡¡Corten!!!”

- El proceso de putrefacción del cadáver de uno de los entrañables monstruitos. En un determinado momento se le “desengancha” un ojo con el divertido efecto que recuerda a esas gafas de los rastrillos navideños que incorporan dos ojos que se menean al andar del usuario...

Hay muchos momentos jocosos, pero tampoco es cuestión de cebarse con saña. Al fin y al cabo todos somos victimas y damnificados por el tiempo. Creo que en algunos relojes se incorporaba en su esfera una leyenda que rezaba: "Todas hieren, la última mata"

(*) El amigo Nolan, perpetrador de ese galimatías embarullado que es Origen debería analizar, con aplicado interés de escolar estos 20 minutos, y aprender como deben contarse bien las cosas. Soberbia introducción que desgraciadamente se malogra en cuanto la maquina de efectos especiales se pone en marcha.

El niño que llevamos dentro (2012) por Francisco Rodríguez Criado

Son tantas y tan peligrosas las amenazas que se ciernen sobre el ser humano, que ciertos creadores de ficciones llegaron a la conclusión de que para salvarnos de las garras del mal no valía un héroe cualquiera: hacía falta un superhéroe. Durante mucho tiempo la victoria del bien contra el mal estaba garantizada gracias a tipos infalibles como Superman, Batman o Spiderman. Por mucho que sufriera la civilización, el superhéroe de turno estaba ahí para asegurar nuestra supervivencia.Era gratificante, pero en este mundo tan convulso que vivimos parece que ya no podemos abandonarnos a las películas de superhéroes con inocencia infantil. Si antes las veíamos para abstraernos de la realidad, ahora buscamos en ellas una intencionalidad, un trasfondo socio-político que venga a confirmar o a rechazar nuestros ideales. Es al menos lo que está ocurriendo con El caballero oscuro, la última película de Batman, en la que muchos ven no solo un retrato de nuestras sociedades actuales, gobernadas por políticos ineficaces y mal defendidas por policías timoratos, sino también una crítica a movimientos contestatarios como el 15 M. Algunos opinan que Christopher Nolan nos estaría avisando de que el mal no está focalizado solamente en un grupo de malvados que vienen a destruir nuestra civilización, sino también en aquellos que, manipulados, colaboran en destruir dicha civilización en el intento de reformarla.

Tengan razón o no quienes hacen lecturas tan simbólicas del cine de superhéroes, me pregunto de qué sirve ver una película de Batman si los espectadores ya no somos capaces de rescatar al niño que llevamos dentro.

Viento salvaje (1957) de George Cukor (por El Despotricador Cinéfilo)

Pocas veces me he quedado más asombrado y perplejo mientras veía una película que en el caso de este Viento salvaje. Porque bien es cierto que existen muchas películas que se parecen a otras, o incluso que son remakes directos o indirectos, pero en este caso son tan escandalosamente notables las similitudes que no puedes evitar esbozar una sonrisa, sobre todo teniendo en cuenta que hablamos de una diferencia de tan solo un año. Me explico.

Hará unos meses disfruté con la excelente película Deseo bajo los olmos (1958, Delbert Mann) y hace tan solo unos días vi este Viento salvaje (1957, George Cukor). Cualquiera que haya visionado ambos films se quedará muy confundido y desconcertado, pues el argumento de los dos es exactamente el mismo. Y no es que estemos hablando de un argumento muy típico, manido y mil veces utilizado en muchas películas, sino que se trata de una historia francamente original, lo cual llama aún más la atención por el calco que supone una de la otra.

Porque, vamos a ver, en ambas la historia se desarrolla en una inmensa casa situada en un entorno hostil, salvaje, solitario y rural (en una es un granjero; en la otra, un ganadero). Los protagonistas son, en ambas, viudos maduros adinerados que se van a Italia a buscar una esposa con la que volver a casarse (en una Sophia Loren y en otra Anna Magnani). Además, en los dos casos el hijo del viudo acaba enamorándose de su madrasta, lo que desatará todas los acontecimientos trágicos. Es más, poniéndome quisquilloso, diría que hasta las escenas de enfrentamiento y peleas o incluso las de los bailes de las fiestas son idénticas. ¿Alguna posible diferencia? Pues quizás solo una: Anthony Perkins está francamente bien en Deseo bajo los olmos, lo cual no se puede decir del soso y limitadito Anthony Franciosa en Viento salvaje.

De todos modos, en ambos casos se trata de dos películas magníficas y muy recomendables, aunque solo sea por contemplar el inmenso talento de Sophia Loren y de la Magnani haciendo lo que mejor saben hacer: de italiananas apasionadas y viscerales.

De cualquier forma, no son las únicas ocasiones en que argumentos similares te pueden liar la memoria cinéfila, pues recuerdo perfectamente que, por puro azar, un día vi Tiempo de amar, tiempo de morir (1958, Douglas Sirk) y La cruz de hierro (1977, Sam Peckinpah) y, desde entonces, soy incapaz de diferenciar la una de la otra por su temática casi idéntica. De hecho, muchos años después, me volvió a pasar lo mismo al ver el mismo día El ilusionista (2006, Neil Burger) y El truco final (2006, Christopher Nolan). ¿Qué conclusión se podría sacar de todo esto? Pues un mandamiento que deberíamos cumplir todos los cinéfilos con rigor: No verás películas argumentalmente muy parecidas, a menos que disten muchos meses entre los dos visionados.

Thor (2011) de Kenneth Branagh (por El Despotricador Cinéfilo)

A una película siempre hay que perdirle credibilidad, coherencia y verosimilitud -aunque sea de género fantástico o de ciencia ficción-, pues precisamente la función principal del cine es convencernos y engañarnos (en el buen sentido de la palabra); por muy inverosímil que sea la trama ha de engatusarnos lo suficiente para que todo resulte convincente. Por tanto, no pondré ni un pero a la fantasiosa, espectacular, mitológica y mágica historia de Thor. Ahora bien, cuando nos salimos de los impresionantes y espectaculares efectos especiales, ¿qué nos queda? Pues nos quedan dos apuntes del guión que deberían haberse trabajado más para resultar creíbles y que, al estar tan pobremente resueltos, proporcionan una sensación de vacuidad absoluta.

Por una parte, se entiende que el punto de inflexión de este Thor es cómo pasa de ser un guerrero arrogante, irascible y soberbio a tomar conciencia de sus valores y principios como monarca para así poder asumir su reinado con sabiduría, temple y justicia. Pues bien, ¿cuándo se produce esa transformación?, ¿cuándo toma conciencia de ello?, ¿qué le hace madurar, reflexionar y cambiar hasta volverse una persona digna, humilde y madura? Es inverosímil totalmente. En un momento determinado de la película es arrogante, impetuoso, irresponsable y orgulloso y, al segundo siguiente, ya ha evolucionado lo suficiente para tomar conciencia de lo que es correcto y de cómo debe obrar a partir de entonces. ¿Cómo es posible que Branagh, con el historial de personajes shakesperianos que tiene a sus espaldas, no repare en lo endeble de esa parte esencial del guión? ¿Cómo nadie se da cuenta de lo ridículo que resulta ese brusco cambio de personalidad sin motivos suficientes salvo la supuesta muerte de su padre? Todo es precipitado, acelerado y resuelto sin ganas, como si lo único que importase fuera acabar cuanto antes con ello para así mostrar una nueva remesa de impactantes y violentas escenas de acción.

Eso por un lado. Por otro lado, la pueril historia de amor entre Thor (Chris Hemsworth) y Jane Foster (Natalie Portman) está resuelta con la misma dejadez y pobreza. ¿Cómo es posible que se enamoren habiendo convivido juntos solo unos minutos y que ese amor sea tan fuerte y poderoso como para arrastrar toda esa pasión y dedicación incondicional entre ambos? Puedo entender una evidente atracción física, pero de ahí a ese amor tan forzado y rebuscado... Resulta increíble. Por no hablar de lo ridículos, vergonzantes y absurdos que son los diálogos entre ambos.

¿Tan difícil es trabajar en profundidad y pulir un poco más los guiones en las películas de superhéroes de modo que las puedan disfrutar tanto los niños como los adultos? ¿Tan difícil es seguir la estela de los Batman dirigidos por Christopher Nolan? Solo pido eso: madurez y solidez en los guiones, solo eso.