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Esta tierra es mía (1959) de Henry King (por Father Caprio)

De idéntico nombre a la excepcional película de Renoir, este trabajo de Henry King es un melodrama bastante descafeinado y con trazas de habérsele metido tijera en demasía, que dejará contentos a los seguidores de Jean Simmons y Dorothy McGuire y quizás también a los de Rock Hudson, aunque éste las ha tenido mejores. De Claude Rains solo puedo decir una palabra: Profesional.

La historia de una familia de viticultores franceses en los viñedos californianos evoca con facilidad los avatares de aquella Falcon Crest televisiva, aunque estos Rambeau se mueven un tanto entre el quiero y no puedo, en un término medio que al género melodramático le sienta muy mal. Porque, coincidirán conmigo en que las intrigas unidas a las ansias de poder y de dinero son elementos imprescindibles en este tipo de cine. Aquí, haberlas hailas pero de baja intensidad, como si se pidieran perdón por alguna que otra salida de madre. Así, John Rambeau (Hudson) pasa de cabecilla de la revolución familiar a humilde granjero injertando cepas o la propia Jean Simmons (Elizabeth Rambeau) que parece haberse incorporado a la familia con alguna intención no demasiado confesable, acaba siendo su reserva espiritual.

Como he dicho al principio la película, que sobrepasa las dos horas, acusa en demasía los tijeretazos. Es cierto que los espectadores somos seres inteligentes a los que se nos cuenta la mitad y componemos el retablo entero, pero tampoco hay que abusar, que más de uno puede quedarse en el camino. Desde el principio se ponen a prueba nuestros conocimientos de genealogía familiar y debemos rebobinar para saber quién es quién y quién se acostó con quién. No se preocupen si suspenden pues al final el aprobado es generalizado con la frase de Rock Hudson a su progenitor natural: “Padre” “Lo sé hace mucho” Y es que el niño prometía…

Película no excelente pero entretenida. Seguro que las habrán visto peores. Las tribulaciones de una familia dedicada al vino durante la Ley Seca merece cuando menos un homenaje, sobre todo si es honrada y tratan de subsistir únicamente vendiendo las uvas para que con ellas se elabore vino para misa, se conviertan en pasas o se coman supongo que con queso, que saben a beso. Y todo ello durante doce años, que no serán nada pero arruinan a cualquiera.

Los viñedos como fondo, la ambición en primer plano, el amor por todas partes y el “honore” italiano condicionando la historia, son los elementos de un film de King más bien light que, a mi parecer, merece un aprobado, siquiera sea por su excepcional reparto, su fotografía en cinemascope y porque en líneas generales se deja ver con interés.

El fuego y la palabra (1960) por Francisco Rodríguez Criado


DEMASIADO FUEGO, DEMASIADAS PALABRAS

El inicio y el final de una película, independientemente de sus mimbres narrativos, son determinantes a los ojos del espectador. Al fin y al cabo constituyen la puerta de entrada y de salida de la historia narrada, son su nacimiento y su defunción.

Dejando el inicio para otro momento, es el final quien hace de transición entre el tiempo de evasión y la vuelta a la cruda realidad. Conscientes de ello, algunos cineastas se empecinan en recargar sus películas con finales impactantes, absurdamente impactantes diría yo. Igual que hubo un tiempo en que, por corrección política, el final de una película debía ser forzosamente un happy end, parece como si existiera una ley no escrita de llevar el mayor dramatismo posible a los últimos minutos de la cinta. Pero ¿ha de ser un final siempre climático? En la literatura, fuente inagotable de historias de las que a menudo se nutre el cine, se ha planteado este asunto en no pocas ocasiones. Famoso es el punto de vista de Edgar Allan Poe, expresado en algunos de sus ensayos, de que el cuento literario debe estar concebido de tal manera que desemboque en un final sorprendente que deje al lector con la boca abierta. Sin esa premisa, para Poe no hay cuento posible. Sin embargo, como respuesta involuntaria a Poe, vino Chéjov a abrirnos un nuevo mundo literario, intimista y edificante, magistralmente pergeñado a partir de la desidia y el hastío que, lejos de orquestar trucos, se limitaba a mostrar objetivamente la realidad, que no es poca cosa. Por lo general, sus historias lo que dejan abierto no es la boca del lector sino el cuento en sí, como si de la vida misma se tratara. Pero Chéjov fue un ruso introvertido del siglo XIX y el cine es por antonomasia un producto extravertido americano del XX. Es un hecho constatado que el séptimo arte (sobre todo el que lleva el sello de Hollywood), en un intento de ofrecer espectáculo sea como sea, se decanta más por los fuegos artificiales de Poe que por la calma chicha de Chéjov.

Por extraño que pudiera parecer, los mejores directores también caen en la trampa de crear finales retorcidamente deslumbrantes, quizá porque piensan inconscientemente que un gran director por definición está obligado a rodar un gran final. El caso más notorio que recuerdo ahora mismo es el de Steven Spielberg, quien en un ejercicio de ingenuidad –ingenuidad artística y concesión comercial– lastró La lista de Schlinder con un final lacrimógeno, tan patético como innecesario. (Aun así su película sobre el holocausto nazi sigue siendo sobresaliente).

Pero yo venía a hablar de la última película que he visto, El fuego y la palabra, de Richard Brooks, adaptación cinematográfica de la novela Elmer Gantry, de Sinclair Lewis, otra gran película con un final forzado. Y es una pena, porque se trata de un filme ambicioso y de calidad que no rehúye la polémica (más bien se diría que la busca), algo que agradecer teniendo en cuenta que fue rodada en 1960, cuando el cine norteamericano era demasiado conservador y aún faltaban algunos años para que EEUU conociera los mayores cambios sociales e ideológicos de su historia.

La película toca un material altamente inflamable: la religión, y más en concreto la religión pasada por el filtro de los predicadores de dudosa moralidad que para llevar a buen término sus propios objetivos personales sacan partido de las inconsistentes necesidades espirituales de los feligreses. Protagonizada por Burt Lancaster en el papel del simpático y vigoroso oportunista Elmer Gantry (papel que le sirvió para ganar el Oscar al Mejor Actor, un Globo de Oro y el premio de los Críticos de Cine de Nueva York) y por la inolvidable Jean Simmons dando vida a la sincera creyente hermana Sharon Falconer, El fuego y la palabra muestra la epifanía de un vendedor que se convierte a la religión evangélica llevado por su gran oratoria y por su acuciante necesidad de ganar dinero. (Y yo diría también que por dar rienda suelta a cierta brumosa vocación pastoral que muy a su pesar lleva dentro).

Pero ese proyecto topa con muchas dificultades, y la peor de todas surge cuando una antigua amiga de Gantry, una prostituta de sentimientos encontrados, pone las cosas en su sitio. Sacudido por el escándalo, que llega hasta los periódicos, Gantry abandona su impostura y con ella la tarea de evangelización.

Y ahí termina la película. O mejor dicho: debería haber terminado. Pero la renuncia de Gantry a mantener la farsa no debió de parecerles lo suficientemente impactante a los productores. (Como no he leído la novela de Sinclair desconozco si los finales coinciden). Una lástima, porque la película hubiera sido más verosímil en el –por así decirlo– primer final. Ahora bien, un incendio inesperado –y mal explicado– que acabe con la hermana Sharon Falconer, como si de una Juana de Arco americana se tratara, ¡ay!, eso es ya otra cosa. ¡La guinda del pastel!

En fin, todo es cuestión de gustos. Pero me queda la sensación de que ciertos temas tratados en la película (la fe ciega, la falsa espiritualidad, el culto a la personalidad, la dualidad del bien y el mal que confluyen en Elmer Gantry) quedan oscurecidas ante un final pretendidamente dramático que convence poco y mal.