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Perseguido (1947) de Raoul Walsh (por El Despotricador Cinéfilo)

Una de las cosas que más me impresionan y fascinan del cine de Walsh es que, hasta el momento, debo haberme visto al menos medio centenar de películas suyas e insisto, hasta el momento, todavía no he encontrado una mala película suya, ningún despropósito o película fallida como tienen todos los demás grandes Maestros sin excepción. Pero, si encima, tras todo lo visto de repente visiono esta película tan desconocida (no tenía ninguna referencia ni conocimiento de ella) y de bruces sorpresivamente me encuentro ante un espléndido, soberbio e insólito western ya mi asombro toma proporciones extraordinarias.

Pero, por si todo esto fuera poco, este Perseguido me deja boquiabierto y anonadado por el tono tan lúgubre, tenebroso, fantasmagórico, angustioso y sobre todo por el constante aliento trágico que desprenden cada una de las escenas y la gran carga psicológica en toda...

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La torre de los ambiciosos (1954) por Father Caprio


Los ojos de Barbara Stanwyck llenando por completo la pantalla. Como música de fondo, el discurso "romántico-idealista-país multicolor" de William Holden. Esta es la síntesis de un film que prometía tiburones despedazándose y se quedó en plácidas abejas Maya bajo el sol. Porque, miren ustedes, sin adelantar desenlaces, la cosa no es creíble. El mundo empresarial si por algo se caracterizó en el siglo XX fue por su culto al dinero, al beneficio y a la rentabilidad de los accionistas. O sea que Fredric March es el único que parece tener los pies en el planeta Tierra, mal que nos pese y aunque sea el malo de la película.

¿Qué los muebles quedan perfectos para la foto del muestrario y nada más? Ya lo dijo Quevedo, poderoso caballero es Don Dinero. ¿Qué la pata de la mesa está desatada y quebrada? Din Don Din Don es Don es Don Dinero. Lo del cliente siempre tiene razón es un invento moderno, un mal necesario para seguir atesorando beneficios pero sin perder el norte. ¿O es que se piensan que la crisis actual surge para proteger al sufrido ciudadano, fiel cliente de las empresas de toda la vida? Más bien al contrario, son las especulaciones financieras de quienes tienen dinero y quieren más todavía, las que pisotean la economía mundial. Todo eso ya lo saben ustedes.

Si no han visto la película tal vez desconozcan que Robert Wise contó con un plantel de actores excelentes: Paul Douglas, June Allyson, Fredric March, Shelley Winters, Walter Pidgeon, Nina Foch (excelente), Louis Calhern, William Holden y mi admiradísima Barbara Stanwyck, y si la película mantiene un nivel medianamente digno es gracias a ellos. Tampoco hay que infravalorar su inicio, cercano al cine negro o determinados aspectos concretos como el desarrollo de las votaciones con su carga de tensiones y motivaciones ocultas. Y para serles, absolutamente sinceros, en ciertas fases del film llegué a buscar puntos de coincidencia con aquella maravilla de Frizt Lang que se llamó Mientras Nueva York Duerme.

Puro espejismo. Al final, la película que rondaba por mi cabeza era La locura del dólar del maestro Frank Capra. Su propuesta optimista para una sociedad americana en crisis me pareció muchísimo más ortodoxa y ajustada a los cánones económicos que esta La torre de los ambiciosos. Capra levantaba los ánimos a un país en bancarrota. Wise levanta a los espectadores de los asientos canturreando..."la abeja Maya bajo el sol"...

La carta del Kremlin (1969) por Father Caprio


Vaya por delante que considero a Huston un excelente director. Películas como El tesoro de sierra Madre, Cayo Largo, La noche de la iguana o El Halcón Maltés, entre bastantes otras, no son el resultado de un día de suerte.

Pero, hay días en que uno se levanta algo así como con ganas de despotricar, eso sí, educadamente, que lo cortés no quita lo valiente, y hoy como que le va a tocar al señor Huston. La cosa viene a colación de La carta del Kremlin, película suya no demasiado bien acogida por el público en su tiempo, aunque la crítica y los años transcurridos parecen haber encumbrado el film a la categoría de cult movies solo aptas para paladares exquisitos. Bien, pues a riesgo de recibir algún vapuleo que otro por discrepancias con la selecta jet cinematográfica, me reafirmo en que se trata de una película mediocre donde se confunde la violencia gratuita con el talento artístico.

No estoy hablando de una violencia tipo Tarantino año 2009. Los años 70 eran otra cosa pero aún así las gratuidades de Huston son evidentes. Además, la violencia no es únicamente partirle el espinazo a alguien. La nota final proponiendo tres muertes inocentes a cambio de una vida es una agresión al espectador para que deje la sala con cara de mala leche. Tal vez Huston pretendía que dirigiéndose a la salida los espectadores comentaran ¡Que grande es este Huston!. Y Huston es grande, tan grande que su fama no se resiente porque jugando a los espías intente romper el mito Bond, lo mismo que lo quiso romper con aquella infumable Casino Royale del 67. Porque es muy cierto que los espías no son necesariamente tan seductores ni toman martinis no agitados ni desvían automáticamente las balas que se disparan sobre los OO7 que en el Fleming-mundo han sido.

Pero para demostrarlo no hace falta convertirlos en drogadictos, gays o gigolós insensibles, ni ponerles nombres hortera, tipo “el brujo” o “el libertino” o la “dulce Alicia”. Hay términos medios entre los irreales pero entretenidos Bond con sus chicas y los anónimos funcionarios grises tipo Greene o LeCarré. Y en esa media real habrá muertes y dureza pero bien incardinadas en un contexto de realidades para adultos donde la violencia no puede eludirse porque eludirla sería como eludir el mundo. Mi crítica a Huston no es tanto que desmitifique los Bond-light sino que lo haga exagerando las dosis.

Aunque en realidad tampoco tengo claro si estoy criticando a Huston o simplemente despotrico contra todos aquellos que después de casi dos horas de una mediocre película, encuentran en sus últimos quince minutos la piedra filosofal de las maravillas hustonianas descubriendo sentidos ocultos solo al alcance de paladares con gourmet cinéfilo. Desde luego que lo que despotrico lo digo con el máximo de los respetos…

La estrella del norte (1943) por Aurea García Fernández


Asombra descubrir que hubo un tiempo en el que en Hollywood se rodaban películas pro-soviéticas en las que los malos-malísimos eran sin lugar a dudas los fascistas como se llamaba entonces a los nazis alemanes y los buenos-buenísimos los comunistas, sí,sí, aunque ahora nos parezca mentira, en serio.

La película nos muestra la Arcadia utópica y feliz de una sencillo pueblo ucraniano en el que conviven fraternalmente camaradas jovenes, maduros y viejos en paz y armonía hasta que la invasión alemana al comienzo de las vacaciones veraniegas de 1941 los pone a prueba y TODOS, toditos, todos dan la talla sin resquicio alguno sin importarles su más que probable muerte convirtiéndose así en héroes y algunos, claro, en mártires de la causa antifascista.

Vista ahora se nos presenta como algo falsa y acartonada aunque no cabe duda de que la reacción de los diferentes pueblos soviéticos ante los nazis fue realmente heroica y ahí está el cerco de Leningrado para atestiguarlo más allá de todo lo humanamente posible. Les pilló desprevenidos pero estaban organizados y lo que es más importante motivados. Niños, jovenes, ancianos, mujeres: todos a una, sin guerras generacionales ni sexistas. Cabe preguntarse, tal vez ingenuamente, ¿qué hubiera sucedido si aquel socialismo utópico no hubiera degenerado en la funesta y mortífera tiranía estalinísta? Preguntas vanas tal vez.

En opinión de muchos no hubo en Hollywood un director mejor formado y preparado que Milestone nacido en Rusia y preparado allí, en Alemania y en Bruselas antes de llegar a la Meca del Cine y trabajar con Mack Sennet o Henry King como fotógrafo, montador, director artístico, guionista, enfín que cuando llegó a la dirección conocía el oficio de la A a la Z y de hecho fue reconocido por la recién inaugurada Academia con un par de Oscars y alguna que otra nominación. Es la época, recordemos, en que los escritores acuden a Hollywood (de entre los nuestros Edgar Neville acompañado por su amante la elegante Conchita Montes anticipo de las Penélopes, Patakis, Vegas, etcétera actuales) a escribir guiones como es el caso de Lillian Helman que firma el de la película que comentamos, aunque al parecer Milestone introdujo los cambios que le parecieron pertinentes con disgusto de ella.

El reparto es muy bueno y destaco a una jovencísima Anne Baxter que ya apunta maneras de gran actriz y el luego protagonista de infinitas películas bélicas Dana Andrews, sobrio como siempre por no hablar del magnífico aunque siempre un puntito histriónico el también director Eric Von Stroheim que encarna como no podía ser de otro modo al brillante y cínico médico alemán que no duda en adoptar prácticas horrendas (reclutar a los niños para trasfundir su sangre a los soldados heridos aunque todos ellos mueren sin remedio, pobres víctimas de la sinrazón adulta) aunque no esté de acuerdo con ellas...ah...pero las practica, mas tranquilos que la justicia poética existe.

El film es antibélico pero parece como si el director pensara que el fin último de toda guerra sea la supervivencia, entonces ¿qué pasa?,¿siempre habrá guerras? No puede ser, de verdad que no lo soporto: alguna vez dejará de imponerse la sinrazón y la locura, vamos, digo yo. Aunque no sé como me atrevo a escribir esto con la que está cayendo por doquier.

Navidades blancas (1954) por El Despotricador Cinéfilo


Existen ciertas películas que son como los muebles de Ikea, es decir, prefabricadas y que se montan fácilmente siguiendo siempre los mismos pasos. ¿Y cómo es posible que algunas películas se puedan montar sin haberla visto nunca antes? Pues sí, porque hay películas tan manidas, previsibles y de consumo directo para el público que dicho público las va montando mientras las ven. Y un caso bien representativo es “Navidades blancas”.

Se podría decir que “Navidades blancas” no es una película, sino un producto de consumo que poco difiere de las salchichas o embutidos que se compran en el “Carrefour”, pues al igual que dicha comida el efecto es el mismo: te da un placer previamente conocido, uno en el paladar y el otro en las emociones más básicas y primarias.

¿Estoy intentando decir entonces que “Navidades blancas” es una mala película porque es tan pueril, previsible, aséptica, pura e inocente que no hay espacio para una mínima sorpresa o interés cinematográfico? Pues no, o no exactamente. Por una parte es una película terriblemente mala, pues sabes continuamente lo que va a pasar en cada escena (incluso, si me apuran, hasta adivinas los diálogos).

Pero por otra parte si eres capaz de comprender que es un mero consumo comercial y te adentras, eso sí, muy inocentemente, en el film, entonces podrás volver a revivir la idéntica sensación experimentadas en cientos de films previos del mismo patrón argumental.

Y es que hay películas que hay que verlas con el piloto automático desconectado, pues sino te puede llegar a asquear esos diálogos tan edulcorados, esos sentimientos tan pueriles, entrañables, pastelosos y navideños, la descarada pomposidad, el tono infantil y sobre todo el tremendo puritanismo que asolaba el cine americano en los años 50 (menos mal que “El apartamento” (Wilder, 1960) acabaría contundente y tajantemente con ello de un plumazo).

Pero cuidado, no desvaloremos los méritos de “Navidades blancas”, pues vista con ojos de niño estamos ante un musical magnífico (que grande era Irving Berling), unas coreografías espectaculares y espléndidas, una Rosemary Clooney en estado de gracia (mucho mejor que los otros 3 protagonistas) y un producto prefabricado que, como todo producto prefabricado, está calibrado al milímetro para producir su efecto.

Pero claro, ¿es eso realmente lo que queremos? Es la gran diferencia entre arte y artesanía, o más claramente dicho, entre un marmitako elaborado con pasión y amor frente a la hamburguesa industrial del Burger King.

El fuego y la palabra (1960) por Francisco Rodríguez Criado


DEMASIADO FUEGO, DEMASIADAS PALABRAS

El inicio y el final de una película, independientemente de sus mimbres narrativos, son determinantes a los ojos del espectador. Al fin y al cabo constituyen la puerta de entrada y de salida de la historia narrada, son su nacimiento y su defunción.

Dejando el inicio para otro momento, es el final quien hace de transición entre el tiempo de evasión y la vuelta a la cruda realidad. Conscientes de ello, algunos cineastas se empecinan en recargar sus películas con finales impactantes, absurdamente impactantes diría yo. Igual que hubo un tiempo en que, por corrección política, el final de una película debía ser forzosamente un happy end, parece como si existiera una ley no escrita de llevar el mayor dramatismo posible a los últimos minutos de la cinta. Pero ¿ha de ser un final siempre climático? En la literatura, fuente inagotable de historias de las que a menudo se nutre el cine, se ha planteado este asunto en no pocas ocasiones. Famoso es el punto de vista de Edgar Allan Poe, expresado en algunos de sus ensayos, de que el cuento literario debe estar concebido de tal manera que desemboque en un final sorprendente que deje al lector con la boca abierta. Sin esa premisa, para Poe no hay cuento posible. Sin embargo, como respuesta involuntaria a Poe, vino Chéjov a abrirnos un nuevo mundo literario, intimista y edificante, magistralmente pergeñado a partir de la desidia y el hastío que, lejos de orquestar trucos, se limitaba a mostrar objetivamente la realidad, que no es poca cosa. Por lo general, sus historias lo que dejan abierto no es la boca del lector sino el cuento en sí, como si de la vida misma se tratara. Pero Chéjov fue un ruso introvertido del siglo XIX y el cine es por antonomasia un producto extravertido americano del XX. Es un hecho constatado que el séptimo arte (sobre todo el que lleva el sello de Hollywood), en un intento de ofrecer espectáculo sea como sea, se decanta más por los fuegos artificiales de Poe que por la calma chicha de Chéjov.

Por extraño que pudiera parecer, los mejores directores también caen en la trampa de crear finales retorcidamente deslumbrantes, quizá porque piensan inconscientemente que un gran director por definición está obligado a rodar un gran final. El caso más notorio que recuerdo ahora mismo es el de Steven Spielberg, quien en un ejercicio de ingenuidad –ingenuidad artística y concesión comercial– lastró La lista de Schlinder con un final lacrimógeno, tan patético como innecesario. (Aun así su película sobre el holocausto nazi sigue siendo sobresaliente).

Pero yo venía a hablar de la última película que he visto, El fuego y la palabra, de Richard Brooks, adaptación cinematográfica de la novela Elmer Gantry, de Sinclair Lewis, otra gran película con un final forzado. Y es una pena, porque se trata de un filme ambicioso y de calidad que no rehúye la polémica (más bien se diría que la busca), algo que agradecer teniendo en cuenta que fue rodada en 1960, cuando el cine norteamericano era demasiado conservador y aún faltaban algunos años para que EEUU conociera los mayores cambios sociales e ideológicos de su historia.

La película toca un material altamente inflamable: la religión, y más en concreto la religión pasada por el filtro de los predicadores de dudosa moralidad que para llevar a buen término sus propios objetivos personales sacan partido de las inconsistentes necesidades espirituales de los feligreses. Protagonizada por Burt Lancaster en el papel del simpático y vigoroso oportunista Elmer Gantry (papel que le sirvió para ganar el Oscar al Mejor Actor, un Globo de Oro y el premio de los Críticos de Cine de Nueva York) y por la inolvidable Jean Simmons dando vida a la sincera creyente hermana Sharon Falconer, El fuego y la palabra muestra la epifanía de un vendedor que se convierte a la religión evangélica llevado por su gran oratoria y por su acuciante necesidad de ganar dinero. (Y yo diría también que por dar rienda suelta a cierta brumosa vocación pastoral que muy a su pesar lleva dentro).

Pero ese proyecto topa con muchas dificultades, y la peor de todas surge cuando una antigua amiga de Gantry, una prostituta de sentimientos encontrados, pone las cosas en su sitio. Sacudido por el escándalo, que llega hasta los periódicos, Gantry abandona su impostura y con ella la tarea de evangelización.

Y ahí termina la película. O mejor dicho: debería haber terminado. Pero la renuncia de Gantry a mantener la farsa no debió de parecerles lo suficientemente impactante a los productores. (Como no he leído la novela de Sinclair desconozco si los finales coinciden). Una lástima, porque la película hubiera sido más verosímil en el –por así decirlo– primer final. Ahora bien, un incendio inesperado –y mal explicado– que acabe con la hermana Sharon Falconer, como si de una Juana de Arco americana se tratara, ¡ay!, eso es ya otra cosa. ¡La guinda del pastel!

En fin, todo es cuestión de gustos. Pero me queda la sensación de que ciertos temas tratados en la película (la fe ciega, la falsa espiritualidad, el culto a la personalidad, la dualidad del bien y el mal que confluyen en Elmer Gantry) quedan oscurecidas ante un final pretendidamente dramático que convence poco y mal.