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El explorador perdido (1939) de Henry King (por Father Caprio)
Oir Stanley y Livingstone y a algunos - serán las canas- se nos dispara
automáticamente el "¿Doctor Livingstone, supongo?", una especie de frase
hecha que parece investirnos, y hablo exclusivamente por mi, de un aire
de superioridad cultural que en el fondo oculta un desconocimiento
supino de estos dos personajes históricos. Con esta película de Henry
King y un poco de información adicional encontrada en esta
misericordiosa Red que enseña al que no sabe, he conseguido reparar,
siquiera en parte, mis profundas carencias en la materia. Y es que
Stanley y Livingstone fueron mucho más que una frase.
David Livingstone fue médico, explorador y misionero. También botánico y geógrafo. Pero, por encima de todo un hombre ávido de saber y amante del mundo. Un ser humano al que Africa robó el corazón hasta el punto de que su cuerpo descansa en la Abadía de Westminster pero cuyo corazón está enterrado bajo un árbol africano. Por su parte Henry Stanley era un reputado periodista de un rotativo neoyorkino (New York Herald) de lo que hoy llamaríamos periodismo de investigación y que se caracteriza por no esperar la noticia sino ir a buscarla allí donde se encuentre. Y la noticia era el paradero de un explorador mundialmente conocido al que un periodico londinense había dado por muerto. Un reto suficientemente atractivo para un ambicioso Stanley.
Sobre esta historia real, se construye una buena historia adaptada. Una película que exalta la figura de dos hombres a los que Africa hizo distintos. Sin embargo por lo que hace a Stanley, personaje interpretado por Spencer Tracy, el film corre un tupido velo sobre sus tropelías con los nativos en un postrero viaje al continente negro para, presuntamente, continuar la labor de Livingstone. Ya sabemos que en muchas ocasiones los intereses comerciales y un cierto paternalismo respecto a qué debía ofrecerse a los espectadores, ocultaban aspectos importantes y significativos de la realidad. En cualquier caso la pelicula demuestra coherencia en toda su integridad y su ocultación de esta verdad no resulta significativa en ningún modo ni desmerece un gran trabajo de Henry King.
Y es que a King parecía atraerle no solo el desconocido continente africano sino que otorgaba a éste poderes regeneradores y con capacidades casi catárticas sobre los seres humanos. Ahí queda también su versión de la obra de Hemingway Las nieves del Kilimanjaro. El cambio que experimenta Stanley es comparado por Eve Kingsley (Nancy Kelly), su frustrado amor, con el experimentado por el propio Doc Livingstone, e incluso por el propio padre de Eve, avejentado en extremo por una tierra dura donde las haya, donde la malaria, la disentería, el canibalismo, el tráfico de esclavos y las propias fieras, ponen a prueba dia a dia el temple del que estan forjados quienes se atreven a adentrarse en ella.
En esta transformación espiritual del hombre está, pues, uno de los grandes activos del film. Pero hay otros. La grabación de exteriores en las propias tierras donde se desarrollaron los hechos, con sus escenas de safaris e incluso de luchas es otro elemento a considerar. Por descontado los actores, con Spencer Tracy en su línea de actor con buenos fundamentos, Walter Brennan como guia del salvaje oeste desubicado en una ignota Africa y poniendo unas notas de humor tan excelentes como su propia categoría como profesional y Charles Coburn como editor del periódico de la competencia poco interesado en el éxito de la empresa del New York Herald. Por encima de ellos, lo cual es decir mucho, Sir Cedric Hardwicke en su papel de Livingstone, un actor al que ya celebré hace poco por su papel de obispo en Los miserables de Boleslawski.
Todo es mejorable, pero les aseguro que estamos ante un film que no deja impasible a nadie, con planos fotográficos soberbios (mención especial para la despedida de Stanley y Livingstone en la vuelta de este al mundo civilizado), con diálogos notables (el discurso de Stanley ante el Colegio de Geógrafos) y en general un desarrollo sin apenas fisuras de un film que mezcla aventura, amor y sobre todo el poder y la fuerza de dos voluntades inquebrantables.
David Livingstone fue médico, explorador y misionero. También botánico y geógrafo. Pero, por encima de todo un hombre ávido de saber y amante del mundo. Un ser humano al que Africa robó el corazón hasta el punto de que su cuerpo descansa en la Abadía de Westminster pero cuyo corazón está enterrado bajo un árbol africano. Por su parte Henry Stanley era un reputado periodista de un rotativo neoyorkino (New York Herald) de lo que hoy llamaríamos periodismo de investigación y que se caracteriza por no esperar la noticia sino ir a buscarla allí donde se encuentre. Y la noticia era el paradero de un explorador mundialmente conocido al que un periodico londinense había dado por muerto. Un reto suficientemente atractivo para un ambicioso Stanley.
Sobre esta historia real, se construye una buena historia adaptada. Una película que exalta la figura de dos hombres a los que Africa hizo distintos. Sin embargo por lo que hace a Stanley, personaje interpretado por Spencer Tracy, el film corre un tupido velo sobre sus tropelías con los nativos en un postrero viaje al continente negro para, presuntamente, continuar la labor de Livingstone. Ya sabemos que en muchas ocasiones los intereses comerciales y un cierto paternalismo respecto a qué debía ofrecerse a los espectadores, ocultaban aspectos importantes y significativos de la realidad. En cualquier caso la pelicula demuestra coherencia en toda su integridad y su ocultación de esta verdad no resulta significativa en ningún modo ni desmerece un gran trabajo de Henry King.
Y es que a King parecía atraerle no solo el desconocido continente africano sino que otorgaba a éste poderes regeneradores y con capacidades casi catárticas sobre los seres humanos. Ahí queda también su versión de la obra de Hemingway Las nieves del Kilimanjaro. El cambio que experimenta Stanley es comparado por Eve Kingsley (Nancy Kelly), su frustrado amor, con el experimentado por el propio Doc Livingstone, e incluso por el propio padre de Eve, avejentado en extremo por una tierra dura donde las haya, donde la malaria, la disentería, el canibalismo, el tráfico de esclavos y las propias fieras, ponen a prueba dia a dia el temple del que estan forjados quienes se atreven a adentrarse en ella.
En esta transformación espiritual del hombre está, pues, uno de los grandes activos del film. Pero hay otros. La grabación de exteriores en las propias tierras donde se desarrollaron los hechos, con sus escenas de safaris e incluso de luchas es otro elemento a considerar. Por descontado los actores, con Spencer Tracy en su línea de actor con buenos fundamentos, Walter Brennan como guia del salvaje oeste desubicado en una ignota Africa y poniendo unas notas de humor tan excelentes como su propia categoría como profesional y Charles Coburn como editor del periódico de la competencia poco interesado en el éxito de la empresa del New York Herald. Por encima de ellos, lo cual es decir mucho, Sir Cedric Hardwicke en su papel de Livingstone, un actor al que ya celebré hace poco por su papel de obispo en Los miserables de Boleslawski.
Todo es mejorable, pero les aseguro que estamos ante un film que no deja impasible a nadie, con planos fotográficos soberbios (mención especial para la despedida de Stanley y Livingstone en la vuelta de este al mundo civilizado), con diálogos notables (el discurso de Stanley ante el Colegio de Geógrafos) y en general un desarrollo sin apenas fisuras de un film que mezcla aventura, amor y sobre todo el poder y la fuerza de dos voluntades inquebrantables.
Los miserables (1935) de Richard Boleslawski (por Father Caprio)
Richard Boleslawski, otro de esos directores de los que siempre dudamos
si hemos escrito correctamente su apellido, no me resultaba un
desconocido. El Jardín de Alá y El velo pintado le
precedían en mis retinas cinéfilas. La primera, a pesar de la
interesante presencia de la diva Dietrich no pasaba de ser un melodrama
poco creíble a la par que lacrimógeno. La segunda, con la divina Garbo
en todo su esplendor fotografiada por un William Daniels que la mima y
la realza, es una obra imprescindible. Esta especie de balanza
moviéndose trémula entre los gozos y las sombras se ha acabado
decantando hacia su lado más excelso con esta versión de la magnífica e
inmensa obra de Victor Hugo, Les miserables.
Se ha dicho que es la mejor versión cinematográfica de la novela del francés. Nunca acabo de saber cuando algo es lo mejor o no, pero les digo que es una película excelente que sabe recoger el espíritu de la ilustre obra literaria en un prudente metraje que no alcanza las dos horas (la versión de 1934 de Raymond Bernard tenía una duración original de 5 horas y 15 minutos) y donde se estructuran los hechos de la vida de Jean Valjean (Fredric March) en tres capítulos conectados entre si por la permanente huida del protagonista de su implacable perseguidor el Inspector Jauvert (Charles Laughton), circunstancia que a algunos les traerá recuerdos de la obsesiva captura del fugitivo por el Teniente Gerard. Por descontado, no comparo lo incomparable, sino que me limito a poner algún punto de referencia siquiera lejano para ayuda de quienes desconozcan el argumento de la historia.
No tengo la menor duda de que, en la consideración de posible mejor versión, están las dos grandísimas interpretaciones de March y Laughton, dos actores que pueden considerarse entre los mejores de la historia del cine. A Laughton ya lo califiqué como "posible mejor actor del mundo". A March no le he echado tantas flores, debo reconocerlo, pero películas como Dr. Jeckyll and Mr. Hyde, de Rouben Mamoulian o Una mujer para dos, de Ernst Lubitsch y esta misma, cimentan una carrera enconmiable y bastante olvidada en la actualidad. En Les miserables ambos están sublimes encarnando roles radicalmente distintos. Su enfrentamiento es algo así como la lucha entre el bien y el mal, entre el verdadero y cristiano sentido de la justicia y la literalidad de unas leyes opresoras e injustas. Sin embargo sus personajes no son lineales sino que muy al contrario se retuercen interiormente en contradicciones personales profundas que los dos actores saben transmitir a base de gestos y expresiones, miradas y silencios, que demuestran tanto su categoría artística como la excelencia en la dirección de Boleslawski y la habilidad fotográfica del gran Gregg Toland.
Les miserables es la historia de una gran injusticia. Un hombre roba una hogaza de pan para alimentar al bebé de su hermana y es condenado a 10 años de trabajos forzados en galeras. Valjean se encuentra allí con Jaubert, un hecho que marcará su vida. Tras cumplir su condena, su condición de ex convicto le cierra todas las puertas, haciendo imposible su reinserción. Únicamente el obispo Myriel (un excelente Cedric Hardwicke) le da alimento y cobijo, y a pesar de haberle robado su vajilla de plata le trata como un verdadero hermano e incluso le regala dos candelabros de plata que conservará toda su vida y que tienen un significativo lugar en la historia. Estos hechos cambiarán radicalmente la vida de Jean Valjean.
Y volviendo a lo de mejor película, si o no, les dejo el enlace con un blog donde la consideran mejor película del año 1935: http://goodfellamovies.blogspot.com/2009/06/1935-les-miserables-richard-boleslawski.html
Sinceramente, no me hacía falta, se la hubiese recomendado igualmente…
¿Te ha gustado esta crítica? ¿Quieres leer más críticas de Father Caprio? Pulsa aquí
Se ha dicho que es la mejor versión cinematográfica de la novela del francés. Nunca acabo de saber cuando algo es lo mejor o no, pero les digo que es una película excelente que sabe recoger el espíritu de la ilustre obra literaria en un prudente metraje que no alcanza las dos horas (la versión de 1934 de Raymond Bernard tenía una duración original de 5 horas y 15 minutos) y donde se estructuran los hechos de la vida de Jean Valjean (Fredric March) en tres capítulos conectados entre si por la permanente huida del protagonista de su implacable perseguidor el Inspector Jauvert (Charles Laughton), circunstancia que a algunos les traerá recuerdos de la obsesiva captura del fugitivo por el Teniente Gerard. Por descontado, no comparo lo incomparable, sino que me limito a poner algún punto de referencia siquiera lejano para ayuda de quienes desconozcan el argumento de la historia.
No tengo la menor duda de que, en la consideración de posible mejor versión, están las dos grandísimas interpretaciones de March y Laughton, dos actores que pueden considerarse entre los mejores de la historia del cine. A Laughton ya lo califiqué como "posible mejor actor del mundo". A March no le he echado tantas flores, debo reconocerlo, pero películas como Dr. Jeckyll and Mr. Hyde, de Rouben Mamoulian o Una mujer para dos, de Ernst Lubitsch y esta misma, cimentan una carrera enconmiable y bastante olvidada en la actualidad. En Les miserables ambos están sublimes encarnando roles radicalmente distintos. Su enfrentamiento es algo así como la lucha entre el bien y el mal, entre el verdadero y cristiano sentido de la justicia y la literalidad de unas leyes opresoras e injustas. Sin embargo sus personajes no son lineales sino que muy al contrario se retuercen interiormente en contradicciones personales profundas que los dos actores saben transmitir a base de gestos y expresiones, miradas y silencios, que demuestran tanto su categoría artística como la excelencia en la dirección de Boleslawski y la habilidad fotográfica del gran Gregg Toland.
Les miserables es la historia de una gran injusticia. Un hombre roba una hogaza de pan para alimentar al bebé de su hermana y es condenado a 10 años de trabajos forzados en galeras. Valjean se encuentra allí con Jaubert, un hecho que marcará su vida. Tras cumplir su condena, su condición de ex convicto le cierra todas las puertas, haciendo imposible su reinserción. Únicamente el obispo Myriel (un excelente Cedric Hardwicke) le da alimento y cobijo, y a pesar de haberle robado su vajilla de plata le trata como un verdadero hermano e incluso le regala dos candelabros de plata que conservará toda su vida y que tienen un significativo lugar en la historia. Estos hechos cambiarán radicalmente la vida de Jean Valjean.
Y volviendo a lo de mejor película, si o no, les dejo el enlace con un blog donde la consideran mejor película del año 1935: http://goodfellamovies.blogspot.com/2009/06/1935-les-miserables-richard-boleslawski.html
Sinceramente, no me hacía falta, se la hubiese recomendado igualmente…
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El asesino poeta (1947) por Father Caprio
Los primeros compases de Sirk en Estados Unidos tras su exilio germano fructificaron en una serie de películas que, por un lado, iniciaban ese melodrama suyo tan característico y por otro conservaban el auténtico sabor del inconfundible expresionismo alemán mamado desde la cuna. Una buena película que puede considerarse ejemplo de lo dicho es Lured, traducida en España como El asesino poeta y donde la temática del asesino en serie tipo Jack el destripador en las nocturnidades de la city envuelve al espectador en esa atmosfera tan típicamente expresionista y languiana.
Claro que para poder empezar a disfrutar de las excelencias que sin duda tiene el film lo primero que hay que conseguir es desembarazarse de esa imagen arquetípica de Lucille Ball como artista casi exclusivamente de comedia y es que lo del televisivo show de Lucy Ball la marcó y mucho. Cuando lo hagamos y veamos que la cosa va en serio, la misma mirada nueva nos dirá que estamos ante un interesante film de suspense que arrastrará nuestra imaginación incluso y salvando distancias, hasta la etapa británica del maestro Hitchcock y que de calificarlo como serie B lo estaremos bendiciendo de alguna manera, porque la B además de barato es la inicial de bueno. Como se habrán dado cuenta lo de serie B lo he escrito en condicional, porque una película que cuenta con la fotografía de William Daniels es un auténtico lujazo.
La historia trata sobre un asesino que contacta con sus víctimas por la vía de los anuncios por palabras y que anticipa sus crímenes mediante enigmáticas poesías que remite a la policía londinense. La amiga de una de las chicas desaparecidas es contratada como cebo por Scotland Yard. No puede decirse que la temática sea extremadamente original ni a priori podemos esperar que nuestra capacidad de sorpresa se vea ampliamente desbordada. Sin embargo la película contiene momentos excelentes y mantiene en niveles altos el interés de los espectadores.
La presencia de George Sanders en su línea bastante habitual "soy un truhán, soy un señor" es de agradecer así como la de un secundario de primera como Charles Coburn. La escena de Boris Karloff viene a ser algo así como un sketch interior de la película, hecho a medida de una de las grandes figuras del género terrorífico.
Interesante, aunque un tanto predecible, no estamos ante una obra maestra pero si ante un trabajo que agradará a los seguidores de Sirk, a los de Lucy Ball e incluso a los de Sanders, pero sobre todo a los que nos gusta la mezcla de cine negro, barroquismo y altas dosis de suspense
Claro que para poder empezar a disfrutar de las excelencias que sin duda tiene el film lo primero que hay que conseguir es desembarazarse de esa imagen arquetípica de Lucille Ball como artista casi exclusivamente de comedia y es que lo del televisivo show de Lucy Ball la marcó y mucho. Cuando lo hagamos y veamos que la cosa va en serio, la misma mirada nueva nos dirá que estamos ante un interesante film de suspense que arrastrará nuestra imaginación incluso y salvando distancias, hasta la etapa británica del maestro Hitchcock y que de calificarlo como serie B lo estaremos bendiciendo de alguna manera, porque la B además de barato es la inicial de bueno. Como se habrán dado cuenta lo de serie B lo he escrito en condicional, porque una película que cuenta con la fotografía de William Daniels es un auténtico lujazo.
La historia trata sobre un asesino que contacta con sus víctimas por la vía de los anuncios por palabras y que anticipa sus crímenes mediante enigmáticas poesías que remite a la policía londinense. La amiga de una de las chicas desaparecidas es contratada como cebo por Scotland Yard. No puede decirse que la temática sea extremadamente original ni a priori podemos esperar que nuestra capacidad de sorpresa se vea ampliamente desbordada. Sin embargo la película contiene momentos excelentes y mantiene en niveles altos el interés de los espectadores.
La presencia de George Sanders en su línea bastante habitual "soy un truhán, soy un señor" es de agradecer así como la de un secundario de primera como Charles Coburn. La escena de Boris Karloff viene a ser algo así como un sketch interior de la película, hecho a medida de una de las grandes figuras del género terrorífico.
Interesante, aunque un tanto predecible, no estamos ante una obra maestra pero si ante un trabajo que agradará a los seguidores de Sirk, a los de Lucy Ball e incluso a los de Sanders, pero sobre todo a los que nos gusta la mezcla de cine negro, barroquismo y altas dosis de suspense
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