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Tovarich (1937) de Anatole Litvak (por Father Caprio)

El hábitat natural de la realidad histórica con toda seguridad no es el cine. Puede estar en la literatura, especialmente en los anales de los hechos ocurridos o incluso en documentales especializados y con toda seguridad la hallaremos en las tradiciones orales, pero el cine es un medio generalmente parcial o, cuando menos, distorsionador. Dicho esto, estaré de acuerdo en que algunos films tratan de reflejar la verdad histórica casi religiosamente. Excepciones que confirman la regla que se dice.

Tovarich es una película que, nos sitúa frente a la revolución rusa, desde el punto de vista de una aristocrática pareja exiliada en París. Los casi 500.000 exiliados que se refugiaron en Francia huyendo de la revolución bolchevique, seguro que no serían todos aristocráticos. También habría campesinos, cosacos adeptos al régimen zarista y otros colectivos no tan favorecidos. Pero las vicisitudes para sobrevivir de una aristocrática pareja de rusos “blancos” no debe confundirnos e imaginar que las cosas fueron distintas. Esto es una película de entretenimiento y no más. Para quien busque crudezas históricas le recomiendo El Don apacible una epopeya histórico-literaria inmensa en todos los sentidos convertida en una excelente película de...

Los miserables (1935) de Richard Boleslawski (por Father Caprio)



Richard Boleslawski, otro de esos directores de los que siempre dudamos si hemos escrito correctamente su apellido, no me resultaba un desconocido. El Jardín de Alá y El velo pintado le precedían en mis retinas cinéfilas. La primera, a pesar de la interesante presencia de la diva Dietrich no pasaba de ser un melodrama poco creíble a la par que lacrimógeno. La segunda, con la divina Garbo en todo su esplendor fotografiada por un William Daniels que la mima y la realza, es una obra imprescindible. Esta especie de balanza moviéndose trémula entre los gozos y las sombras se ha acabado decantando hacia su lado más excelso con esta versión de la magnífica e inmensa obra de Victor Hugo, Les miserables.

Se ha dicho que es la mejor versión cinematográfica de la novela del francés. Nunca acabo de saber cuando algo es lo mejor o no, pero les digo que es una película excelente que sabe recoger el espíritu de la ilustre obra literaria en un prudente metraje que no alcanza las dos horas (la versión de 1934 de Raymond Bernard tenía una duración original de 5 horas y 15 minutos) y donde se estructuran los hechos de la vida de Jean Valjean (Fredric March) en tres capítulos conectados entre si por la permanente huida del protagonista de su implacable perseguidor el Inspector Jauvert (Charles Laughton), circunstancia que a algunos les traerá recuerdos de la obsesiva captura del fugitivo por el Teniente Gerard. Por descontado, no comparo lo incomparable, sino que me limito a poner algún punto de referencia siquiera lejano para ayuda de quienes desconozcan el argumento de la historia.

No tengo la menor duda de que, en la consideración de posible mejor versión, están las dos grandísimas interpretaciones de March y Laughton, dos actores que pueden considerarse entre los mejores de la historia del cine. A Laughton ya lo califiqué como "posible mejor actor del mundo". A March no le he echado tantas flores, debo reconocerlo, pero películas como Dr. Jeckyll and Mr. Hyde, de Rouben Mamoulian o Una mujer para dos, de Ernst Lubitsch y esta misma, cimentan una carrera enconmiable y bastante olvidada en la actualidad. En Les miserables ambos están sublimes encarnando roles radicalmente distintos. Su enfrentamiento es algo así como la lucha entre el bien y el mal, entre el verdadero y cristiano sentido de la justicia y la literalidad de unas leyes opresoras e injustas. Sin embargo sus personajes no son lineales sino que muy al contrario se retuercen interiormente en contradicciones personales profundas que los dos actores saben transmitir a base de gestos y expresiones, miradas y silencios, que demuestran tanto su categoría artística como la excelencia en la dirección de Boleslawski y la habilidad fotográfica del gran Gregg Toland.

Les miserables es la historia de una gran injusticia. Un hombre roba una hogaza de pan para alimentar al bebé de su hermana y es condenado a 10 años de trabajos forzados en galeras. Valjean se encuentra allí con Jaubert, un hecho que marcará su vida. Tras cumplir su condena, su condición de ex convicto le cierra todas las puertas, haciendo imposible su reinserción. Únicamente el obispo Myriel (un excelente Cedric Hardwicke) le da alimento y cobijo, y a pesar de haberle robado su vajilla de plata le trata como un verdadero hermano e incluso le regala dos candelabros de plata que conservará toda su vida y que tienen un significativo lugar en la historia. Estos hechos cambiarán radicalmente la vida de Jean Valjean.

Y volviendo a lo de mejor película, si o no, les dejo el enlace con un blog donde la consideran mejor película del año 1935: http://goodfellamovies.blogspot.com/2009/06/1935-les-miserables-richard-boleslawski.html

Sinceramente, no me hacía falta, se la hubiese recomendado igualmente…
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Sillas de montar calientes (1974) de Mel Brooks (por Father Caprio)

¿Qué debo pensar de una película calificada como comedia que no consigue inmutar mis músculos risorios más allá de un par de ocasiones? ¿Es una mala comedia? ¿Soy yo el espectador inadecuado?

Ciertamente, la cuestión no es baladí, especialmente si tenemos en cuenta la opinión de críticos y de páginas web especializadas. Así, Filmsite inicia su extensa reseña de este film con estas palabras: “The iconoclastic, not-politically-correct Blazing Saddles (1974) is one of Mel Brooks´ funniest, most successful and most popular films” Y mi risorio sin moverse: ¿Que me pasa doctor?

Igual que digo una cosa digo la otra. Así en Filmaffinity se lee ”Brooks, rey de la parodia hasta la llegada de Nielsen, se ríe de los westerns clásicos. Algún buen golpe no la redime de su flojera" (Javier Ocaña: Cinemanía)” Gracias sean dadas a Javier Ocaña por haberme reconciliado conmigo mismo y comprobar que no soy la única voz que clama en el desierto. Cuando menos seremos dos en la visita al especialista por lo que, probablemente, nos haga alguna rebajita en estos tiempos de crisis y recortes.

De todas formas, y pidiéndoles disculpas por esta inusual crítica, uno se plantea ¿Hay tanta gente equivocada? O dicho de otra forma: ¿Qué tiene el agua para bendecirla? Llegados a este punto es inevitable entrar en el terreno de las valoraciones personales que, por supuesto, no tienen porqué coincidir con las de ustedes, pero les anticipo que aceptaré de buen grado todas aquellos comentarios positivos y favorables al film de Brooks. Este blog, es un espacio de dos direcciones, y el feedback que recibo de ustedes nunca cae en saco roto.

De Brooks me gustaron Máxima Ansiedad y muy especialmente El jovencito Frankenstein, genial parodia del cine de terror y de uno de los iconos sagrados del género. En Sillas de montar calientes se parodia otro género mítico, el western, y probablemente, desde la óptica del espectador americano, se haga bien, pero el mensaje al españolito de a pie se nos vuelve críptico e ininteligible. Salvando ciertos guiños cinéfilos no demasiado difíciles – Marlene Dietrich como cantante de salón (Destry rides again) o el “hate-love” en los puños del Mitchum de La noche del cazador, aquí, un Yes/No en las grupas de un cabestro – el resto resulta demasiado confusos en este lado del océano, y en la medida que la película y el espectador anden en distintos plans astrales, el humor, preciso de cierta complicidad, anda kaput en combate.

Además de una clara posición racista, Sillas de montar calientes, extiende sus tentáculos al nazismo, a la crítica política, al cine escatológico y a mi parecer desagradable, al sexo y a la homosexualidad, a la intransigencia, al cine dentro del cine, al musical o al sionismo entre otros muchos objetivos, a la vez que ofrece lecturas difíciles para los comunes mortales no USA: Referencias a Mae West, Cabaret o El tesoro de sierra Madre, difíciles de pillar, o el acento yiddish de un gran jefe indio, lo que en versión doblada resulta meritorio detectar.

Ni me reí del banquete de judías, ni del sheriff agarrándose de la nariz, ni del político en la bañera buscado su ranita. Me hizo sonreir una referencia, clara eso sí, al gran Randolph Scott y una original escena digna de los Lonely Toones. Poco arroz para el mucho pollo que se presumía.

Probablemente, los entendidos alabarán la originalidad de Brooks en su parodia. Aunque sus guiños, gags y tics me resultan desconocidos en su mayor parte, acepto calificar con un 8 esta faceta de la película. Pero, un par de muecas de sonrisa, confieren un 2 en el apartado de comedia de ámbito extranorteamericana. El promedio pitagórico nos da un 5 con lo que se va servida y dando las gracias.

Pánico en la escena (1950) de Alfred Hitchcock (por Father Caprio)

El propio Hitchcock fue el peor crítico de este film. Reconoció haberse dejado llevar por la valoración favorable de una novela (Man running de Selwyn Jepson) cuyo argumento se calificó como típicamente hitchconiano. Recogió el guante pero acabó arrepentido. ¿Que falló?

Es cierto que estamos ante un film menor del mago inglés pero ello no es suficiente para una descalificación rotunda. La película no es una obra maestra pero superaría con creces a muchos otros trabajos del género policíaco. Sin embargo no tiene la denominación de origen de don Alfredo y eso, evidentemente, lastra y baja la cotización. Los "vinos" Hitchcock han madurado en barricas de suspense, lo que les confiere su sabor especial. Aquí el suspense ha sido sustituido por la sorpresa y digamos que no es lo mismo.

Pánico en la escena se basa en la aparente inocencia de Jonathan Cooper (Richard Todd) a quien todos los indicios apuntan como asesino del esposo de su amante Charlotte Inwood (Marlene Dietrich). Tan solo la confianza plena de su amiga Eve (Jane Wyman) mantiene la esperanza de su inocencia y en la lucha por demostrarla e implicar a la propia amante se centra el argumento de un film donde el suspense está desaparecido en combate, la tensión es la justa y la comedia romántica llena ese hueco anodino tan infrecuente en las películas del inglés.

De todos modos pretendo ser justo y por ello quiero destacar algunos aspectos de relevancia:

Marlene Dietrich, una actriz a la que los años endurecieron su belleza al mismo tiempo que le añadían un "glamour" absolutamente personal e inimitable.

Alastair Sim, actor inglés que pone el contrapunto de humor al film. Hay que decir que su participación en la película fue impuesta y no bien recibida por Hitchcock. Sinceramente creo que al mago le fallaron sus varitas proféticas.

La escena de la muñeca con el vestido manchado, probablemente el momento más inolvidable de esta cinta.

Su planteamiento argumental como falso flashback. Es la gran mentira del film y uno de los argumentos en su contra, aunque para mi se encuentre entre sus aspectos más positivos.

El reencuentro de Hithcock con el mundo del teatro, uno de los referentes de su obra que ya encontramos por ejemplo en Murder o en los 39 escalones

Su final (que no desvelaré)

No cito a Jane Wyman, una estrella eclipsada por la Dietrich (en la realidad hubieron sus mas y sus menos entre las dos stars, rencillas aprovechadas en favor de la película por el propio don Alfredo), ni tampoco a los actores, los cuales se intuye están ahí, pero poco más (la sombra de Marlene es muy alargada)...

¿Que falló? preguntaba al inicio. Falló el suspense. En ningún momento sentimos la inminencia de un peligro cierto sobre el personaje digamos cándido del film (Eve). En ningún momento nos sentimos agobiados por un semáforo que no cambia de color o por unos pasos que acaban alejándose en dirección contraria. Este no es nuestro Hitchcock que nos lo han "cambiao"...

Sin embargo la película puede y debe verse.

Lolita (1962) por El Despotricador Cinéfilo


Lolita
es uno de los escasos y raros casos de que me he leído el libro antes de ver la película, y el libro me pareció sumamente divertido, sobre todo a costa del pobre personaje de Humbert Humbert, el cual en un tono de humillante y divertida sumisión pasa todo tipo de desventuras y situaciones patéticamente divertidas que su deseo por Lolita le hace cometer (como ya hizo de forma muy parecida, y por otra Lola también, el Emil Jannings de El Ángel azul (Stemberg, 1930) esta vez humilladamente seducido por Marlene Dietrich). Eso sí, luego reconozco que el libro se vuelve insoportablemente aburrido cuando empiezan a irse de motel en motel (aun recuerdo con desazón las soporíferas descripciones que hacía Navobok de las toallas de los hoteles y similares).

Pero ¿qué pasa con la película?, pues la película demuestra que Kubrick tiene una ausencia absoluta de sentido del humor (no sólo se ve en este film, se ve en todos los suyos) pues no consigue transmitir ni una sola vez el gran humor que desprendían las sumisiones y humillaciones de Humbert Humbert, siendo una película muy seria e incluso aportando mayor sosez de la que merece. ¿Y que se salva entonces en Lolita?, pues no es precisamente Sue Lyon, que no aparenta 13 años ni de coña (y encima hace sentirnos como deplorables y perversos pedófilos a los espectadores masculinos, ay, esa escena del hulahop), en este aspecto es mucho mejor la niña de la nueva versión de Lolita que en los años 90 hizo Adrian Lyne.

Descartada ya Sue Lyon ¿qué salva el film? Pues lo salva el tremendo trío protagonista que lo componen dos excelentes actores como James Mason y Shelley Winters (soberbios los dos en la película) y ese genio de la comedia llamado Peter Sellers, desgraciadamente muy comedido (por la pulcra y castrante seriedad de la dirección de Kubrick), pero el cual hace brillar y remontar totalmente el film cuando ya empezaba a ser francamente aburrido.

¿Qué sería de Stanley Kubrick sin Peter Sellers? Pues sencillamente que ni Lolita ni Telefono Rojo, volamos hacía Moscu (1964) serían buenas películas, es más, serían unos bodrios considerables, pero disponer de Sellers es sinónimo de éxito (que se lo digan sino al mediocre Blake Edwards, ¿verdad?), pero aún así hay que elogiar la tremenda labor de James Mason (una de las mejores interpretaciones de su carrera sin duda) y de la siempre excelente Shelley Winters (sobre todo en la memorable escena cuando descubre cotilleando la gran pasión oculta de su marido). Pero uno no puede evitar dejar de preguntarse ¿no hubiese sido una película mucho mejor con otro director, con más sentido del humor y de mente menos cuadriculada, que el perfeccionista Kubrick?

Marruecos (1930) por El Despotricador Cinéfilo


Siempre me ha sorprendido como, a lo largo de la historia, muchos críticos han mitificado a ciertas películas solo porque contienen maravillosos primeros planos o encuadres magníficamente planificados; lo cual, por supuesto, si tienen una coherencia en la historia a mí también me encantan (que sería por ejemplo de Casablanca sin esos maravillosos primeros planos).

Ahora bien, que toda una película se sostenga, o mejor dicho, se tenga que sostener, por el encanto de los actores, en este caso por Marlene Dietrich (y muy bien secundada por Gary Cooper y Adolphe Menjou), y que los críticos estén fascinados por lo maravillosamente que está fotografiada no me parece que hagan un gran favor al cine. Porque el cine es básicamente solo una cosa: un guión, y cuanto mejor es dicho guión mejor será la película. Pues la fotografía, montaje, música, decorados o incluso hasta la dirección son solo herramientas para plasmar dicho guión en la pantalla, es decir, son elementos secundarios y nunca deben llamar la atención por sí solos.

Sin un buen guión a mí particularmente todo lo demás me da igual, sin una historia que te entretenga y enganche todo lo demás da igual. Porque, sinceramente, ¿qué me importa que el primer número musical de Marlene Dietrich sea tan fascinante, sensual, inolvidable y que ella esté estupenda si el resto de la película es un aburrimiento? ¿qué me importa que el maravilloso plano final estén tan magistralmente encuadrado por Sternberg si hasta entonces el tedio ha acompañado la película?

Porque desde luego Marruecos es una de las peores obras de Sternberg (recién salido de El ángel azul, quien lo diría), donde todos los personajes son muy acartonados, esquemáticos y lineales, los diálogos son muy pobres y sin encanto, además, hay una gran ausencia de diálogos en momentos que debería haberlos (supongo que esto es debido a que es una película de 1930, por lo que el sonoro todavía estaba en pañales, lo que ocasiona que muchos de los tics del cine mudo están aun palpables) lo que ralentiza considerablemente la acción.

Y sobre todo, y lo que es más importante (y donde se ve claramente la flaqueza del guión), el espectador debe hacer un gran esfuerzo para entender las motivaciones de los personajes; pues están descritos tan banal y superficialmente que no entiendes el porqué de ese desaforado amor pasional (¿quién sabe? a lo mejor el problema en que en los años 30 los amores, para que fuesen así de irracionales, apasionados y desaforados, no necesitaban motivaciones, y es algo que hemos perdido los humanos en el siglo XXI).

Pero claro, siempre habrá críticos e historiadores que glorifiquen y se derritan por aspectos técnicos de la película, o lo que es lo mismo, que sea tan aburrida, pasada de moda y desfasada que solo les quede fijarse en eso.