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El huevo de la serpiente (1977) de Ingmar Bergman (Por Father Caprio)

Probablemente me haya reencontrado con aquel Bergman que en su día me pareció incomprensible pero al que con los años he ascendido a la categoría de cineasta inteligente. El cascarón del huevo era, ya entonces, muy fino y permitía vislumbrar a un genio del cine, pero mi ceguera, propia de la edad, era todo lo gruesa que se puede ser debajo de capas y capas de inmadurez.

El milagro de recuperar la vista comenzó con Fresas Salvajes y continuaron entreabriéndose los párpados con El séptimo sello. El huevo de la serpiente ha sido un paso más en la misma dirección aunque reconozco que el proceso milagrero se ha ralentizado un poco y ha exigido una meditación más “di profundis” que lo habitual. ¿Demérito de Bergman o incapacidad supina mía? Ahí lo dejo… Nadie dijo que esto fuese a ser fácil, y efectivamente el cine del sueco no lo es. ¡Hale, a currárselo!

Lo primero que nos desconcierta es el título ¿Qué pasa con el singular huevo de la serpiente? Hasta el final del film la cosa no queda clara para los profanos en ciencias naturales. El huevo de la serpiente se rodea de una cutícula transparente que permite ver lo que se está gestando. ¿Y que se estaba gestando en la Alemania del 23? Por ahí van los tiros. Por ahí y por una Alemania derrotada síquicamente y que estaba pidiendo a gritos, pre nazis por supuesto, una reparación a su herida dignidad.

En un entorno de humillación, pobreza, tristeza, hambre, instintos de supervivencia e impunidad para los criminales, se desarrolla una historia preñada de los mismos sentimientos colectivos, pero a nivel individual, donde dos cuñados unidos en la desgracia, son sujetos pasivos de un tiempo donde los principios desaparecieron nadie sabe cómo ha sido y donde solo quedan la amargura y las falsas risas del cabaret. La larva del nazismo incubándose entre odios, experimentos, semitismo y desesperanzas varias.

Bergman retrata un Berlín oscuro, donde el miedo es la nota predominante y la fe se ha volatilizado. Hay muchas escenas impactantes – se exigen no años para entenderlas, pero sí madurez-, les dejo una, el sacerdote perdonando los pecados de Manuela (Liv Ullmann), no en nombre un Dios alejadísimo, sino en nombre de los propios humanos, y a su vez pidiéndole a ella perdón por su propia apatía. Una instantánea genial de un momento histórico en el que la serpiente no podía por menos que tomar forma.

Malas calles (1973) por Heifer


Martin Scorsese, Robert De Niro, Harvey Keitel, y la mafia como trasfondo argumental son los ingredientes básicos que no trajo en 1973 Malas Calles. Muchos hoy día veréis semejante combinación y seguramente pensareis, - "Joder; pinta bien la cosa"; y es lógico llegar a esa conclusión, pues después de haber disfrutado en años posteriores con la maestría de otras obras suyas como son Taxi Driver o Uno De Los Nuestros, no cabe esperar otra cosa.

Pues nada más lejos de lo que he terminado encontrado en esta cinta. No sé si he caído otra vez en la trampa de haber dado por hecho que los que hoy considero grandes han sido y fueron siempre grandes, o qué... pero el caso es que al final me he quedado desilusionado y con mal sabor de boca.

Y es que, Malas Calles, me parece una película con demasiados fallos como para poder enganchar totalmente a nadie. Me explico; su guión, por ejemplo, va dando tumbos desde el principio, y una historia que tiene muy poca chicha que ofrecer, se estira demasiado hasta cansar al espectador en una eterna espera por que pase algo de una vez. Además, mientras nadamos en una historia que parece estar permanentemente a la deriva esperando un viento que la lleve a algún sitio en concreto, nuestros sentidos se verán distraídos por descuidos tan inexplicables como pueden ser una mala iluminación o un mal montaje en momentos determinados. Y la verdad que es una lástima, pues esos detalles unidos al poco peso que tiene el desarrollo del guión, empaña enormemente el trabajo de una buena actuación de Harvey Keitel, y un genial de Robert De Niro.

Pero en fin, los comienzos siempre son tiempos de aprender, y esta pequeña historia de mafiosillos de segunda fila puede considerarse el germen de lo que luego sería Taxi Driver, o The Goodfellas. El retrato que la cámara hace de las calles y la fauna urbana, y un acertado uso de una buena banda sonora, hacen que atisbemos lo que luego serían cualidades características en la obra de Scorsese.

Resumiendo un poco ya; que el gran defecto de Malas Calles, es lo alarmantemente fácil que te lo pone para terminar pensando por ejemplo en las cosas que tienes que hacer mañana, o en la papa que vas a coger el próximo finde. Podría decirse que pasa tan poco, que al final terminas pasando. Pero bueno, un final muy bien rodado nos da el caramelito para que vayamos contentos de vuelta a la realidad de nuestra vida.

Disfruten con los sinsabores que Charlie tiene que pasar por culpa de su compañero Johnny Boy, siempre hay alguien que tiene que resaltar dentro de la discreción de la mafia... maldita estupidez arrogante; con esas cosas no se juega Johnny...

Por cierto; mejor en versión original, pues el doblaje al castellano es merecedor de un disparo lejano.

Nota del Despotricador Cinéfilo: Efectivamente el doblaje original de los años 70 es terrible, pero el redoblaje realizado en el año 2002 con las voces de Antonio García Moral (Keitel) y Juan Antonio Bernal (De Niro) es espléndido.