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La calle sin nombre (1948) de William Keighley (por El Despotricador Cinéfilo)



Que Richard Widmark es una de mis debilidades cinéfilas desde siempre no es ningún secreto. Pues pertenece a esa escasa raza de actores carismáticos que en cada plano que salen se engullen la escena, se la comen enteran y eclipsan al resto de actores con su inmenso talento, atractivo y personalidad cinéfila que trasciende la pantalla y al argumento. Y como se suele decir: si hace de malo pues mejor que mejor. 


A la historia del cine negro (bueno, y del cine en general) ha pasado su antológica interpretación en El beso de la muerte de Hathaway. Y bien podría considerarse La calle sin nombre una especie de continuación de aquella, pues Widmark vuelve a bordar ese arquetipo de personaje neurótico, imprevisible, sádico, visceral, inquietante, ambiguo, cruel y violento que tanto nos gusta a todos los amantes del cine negro, aportando ese toque memorable e indeleble que tanto caracterizaron sus interpretaciones sobre todo en los años 40 y 50. 

Sin embargo , a pesar de que La calle sin nombre es un film magnífico y muy entretenido, me niego a meterlo en la misma cesta que El beso de la muerte, pues a mi parecer tiene un lastre que perjudica la narración y del que curiosamente también se resentía otra película que vi hace unos meses y de temática argumental casi idéntica a este film: La brigada suicida de Anthony Mann. Este lastre es muy evidente en ambas películas: esa voz en off describiendo en exceso, en tono documental paso a paso, las andanzas y avances del agente del FBI y, sobre todo, esa apología de las virtudes patrióticas y los sacrificios diarios que realizan los agentes por el bien común. 

Desde luego, la voz en off es un elemento imprescindible en cualquier film noir y un sello característico de estos tipos de films (por ejemplo la emblemática narración en off de Fred MacMurray en Perdición, aunque claro, el maestro Wilder sabía usar en sus películas estas narraciones mejor que nadie), pero en estos dos casos el abuso resulta cansino e innecesario. De hecho el descarado remake que Fuller hizo de esta película años después (La casa de Bambu con unos estupendos Robert Stack y Robert Ryan) dosifica mejor este tipo de narración y acaba beneficiando al conjunto. 

Por tanto, el mejor consejo podría ser quedarnos con la siempre gozosa interpretación de Widmark y pasar benévolamente por alto las demás cuestionables taras que pudiera tener el film.

El amigo americano (1977) por Taylor


El amigo Wenders es un tipo peculiar. Su pertinaz obsesión por entremezclar esa profunda admiración por la iconografía yanqui con elementos gafapastiles de genuina raigambre europea arranca en un ya lejano 1974 con “Alicia en las ciudades”. En 1977 esa irreprimible zozobra vuelve por sus fueros a través de esta peli, “El amigo americano”. Una peli que, pese a su consensuada condición de “film de culto”, ni me seduce, ni me fascina –y, lo que es peor- ni tan solo me convence.

Y no me convence porque “El amigo americano” no consigue despojarse en ningún momento de esa incómoda y perniciosa condición de híbrido. Como thriller no es un despropósito, pero casi. El suspense hitchcockiano brilla por su ausencia y la incipiente intriga inicial acaba diluyéndose como un azucarillo en un océano de situaciones insípidas y patéticas que rozan –vaya si no- la tomadura de pelo.

Como obra de autor el trabajo de Wenders gana algunos enteros. Porque si bien es cierto que como adaptación de la obra de Highsmith prefiero sustancialmente “A pleno sol” de Clément, reconozco que el alemán exhibe buenas maneras y demuestra que conoce su oficio en esta singular propuesta personal. Es más, salvando las distancias, algunas secuencias al más puro estilo “film noir” y la inquietante musiquilla de Jurgen Knieper me remiten con cierta insistencia al “Chinatown” de Polanski. Pero solo a ratos. Por desgracia.

Un film interesante, sí. Pero sólo eso, interesante. Un seis.