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La novia era él (1949) por El Despotricador Cinéfilo


A la hora de elegir una mala película de Hawks para despotricar, me tengo que decantar sin duda por La novia era él, una comedia atroz sin hilo argumental prácticamente y que se basa únicamente en la sucesión de gags uno detrás de otros, y por desgracia, la mayoría de ellos sin la menor gracia. Y esto es debido a que es tan flojo el guión que nunca te llegas a meter de lleno en la película, y aunque Cary Grant y Ann Sheridan se esfuerzan no acaban de remotar pues son solo payasadas una detrás de otra, aunque eso sí, reconozco en el film un gags brillante y absolutamente genial: el lío que se hacen con los anillos en la tercera boda consecutiva entre los dos, quitándoselo a ella para dárselo al cura, para que éste se lo de a él para ponérselo nuevamente a ella, un auténtico puntazo de antología de la comedia, pero el resto es pura bazofia.

Pero donde más pierde el film es sobre todo con el momento en que Cary Grant debe disfrazarse de mujer, no es que se acerque ni por asomo a la hilaridad de Jack Lemmon y Tony Curtis en Con faldas y a lo loco (Wilder, 1959) ó de Dustin Hoffman en Tootsie (Pollack, 1982), pero es que no te puedes meter ni de coña en la película, pues es imposible que nadie se crea que es una mujer sobre todo con esa peluca e incluso con esa incipiente barba tan varonil, y ya se sabe, en el momento que se pierde la suspensión de credibilidad de una película ya está sentenciada, es un insulto al espectador, y como diría Michael Corleone: no soporto que insultes a mi inteligencia. Y si es tan descarado y está tan mal hecho que ni los actores ni el director se creen ese hombre disfrazado de mujer, entonces ¿por qué me lo voy a creer yo?

Descubriendo Nunca Jamás (2004) por El Despotricador Cinéfilo


El cine es, sin ningún género de dudas, el arte que más engaña, eso sí, engañando en el buen sentido de la palabra, y de hecho pagamos para que nos engañe lo más convincentemente posible, pues nuestras vidas están necesitadas del efecto ilusorio que transmiten las grandes películas.

Supongo que con el paso de los años, y tras visionar miles y miles de películas, se va desarrollando una especie de instinto que ya no te deja engañar y engatusar tan fácilmente, o por decirlo de otra manera, ya sabemos diferenciar la Obra Maestra de la película académicamente perfecta.

Recuerdo todavía perfectamente el gran revuelo que se formó en los Oscars de 1998 cuando Shakespeare enamorado se llevó el Oscar a la Mejor Película, arrebatándoselo a la gran favorita Salvar al soldado Ryan. Para mí esta decisión fue una coherencia absoluta, pues la película de Spielberg era académicamente perfecta, impecable y magistralmente dirigida (pues el maestro Spielberg cuando atina, sabe hacerlo como nadie), pero carecía de algo básico que si tenía el film de John Madden: un toque de magia.

Por supuesto que los cineastas no son dioses ni magos, son solo seres humanos, puros artesanos, pero cada cierto tiempo (y eso es, en mi opinión, el mayor encanto del cine) surgen Obras Maestras Absolutas tocadas por un halo de magia, gracia e inspiración que las hacen subir de nivel, es decir, pasan de ser una película académicamente perfecta a ser una Obra Maestra inmortal. Y muchas veces, eso no está en manos de los seres humanos que las realizan, sino del puro azar.

Pues bien, Descubriendo Nunca Jamás es el típico film académicamente perfecto, graduado al milímetro para conseguir su efecto en el público y un producto muy loable donde todo funciona como un reloj para arrancar la sensibilidad y la emoción al público: las perfectas interpretaciones de Johnny Depp y la siempre magnífica Kate Winslet, el guión, la música, etcétera. Pero ausente de alma, le falta ese toque de magia y le falta ese polvo de hadas, nunca mejor dicho, que rezuman las grandes películas.

Quizás sea porque que el argumento es solo una vuelta de tuerca a lo ya visto en Shakespeare enamorado, y por tanto no nos sorprende ni emociona tanto como era de esperar; pero no creo que sea ese el principal problema, al fin y al cabo ¿por qué nos siguen fascinando historias cuyos argumentos hemos visto ya miles de veces?, la respuesta es mucho más sencilla: la magia que corra por su celuloide, solo por eso, sencillamente el alma de la magia que las acompaña.