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A Roma con amor (2012) de Woody Allen (por Aurea García Fernández)

De nuevo Woody Allen nos envía una postal desde su periplo europeo y los forofos del director neoyorkino encantaditos de recibirla. Esta vez nos la envía desde la "ciudad eterna", Roma, con todos sus tópicos a cuestas: "paparazzi", cine, pasta, vespas, óperas, tenores y todo lo demás y lo hace sirviéndose de cuatro historias simultáneas o casi pero que no llegan a confluir tal y como sucede en el "Decamerón" inspiración originaria de la película.

En la primera historia un conocido arquitecto extranjero está en Roma de vacaciones con su mujer y unos amigos cuando paseando en solitario por el barrio del Trastévere es reconocido por un joven arquitecto italiano admirador suyo. Este joven que vive con su novia se va a enamorar perdidamente de una amiga de esta que visita Roma por unos días. El maduro arquitecto le previene reiteradamente porque él ya ha vivido esa historia y sabe muy bien como acaba.


La segunda historia está interpretada por el propio Woody que encarna a un viejo director de escena que ha venido con su mujer a conocer al novio italiano de su hija, naturalmente izquierdista, cuyo padre tiene un pequeño negocio de pompas fúnebres y va a dar lugar al más logrado e hilarante episodio de la película. Por supuesto la esposa del director (maravillosas las cortas intervenciones de Judy Davis) es psiquiatra ya que sabido es que don Woody no da un paso sin un buen psiquiatra al lado.

Roberto Benigni asume el aburrido y vulgar personaje de vida monótona y rutinaria de la tercera historia que una mañana cualquiera sin ton ni son se convierte en "famoso" al que persiguen "paparazzi" y televiseros hasta que focalizan su atención en otro infeliz y Leopoldo Pisanello ha de sufrir el precio de la fama.

Hay una cuarta historia protagonizada por una joven pareja provinciana que llega a Roma en busca de oportunidades laborales y se ve envuelta en una serie de equívocos y dislates y aquí es donde entra nuestra "Pé" más Loren que nunca si no fuera porque su acento español a veces se le escapa sin querer y al señor Allen parece no importarle o bueno no lo percibe pero está estupenda en cualquier caso.

Estas cuatro historias tienen un escenario común: Roma, la cuna de nuestra civilización y de nuestra cultura (¿sabían ustedes que lo primero que hicieron los ciudadanos, o mejor, una loca ciudadana, de Boston(USA), fue crear una escuela en la que se enseñara latín?) pero como decía al principio en ningún momento coinciden siguiendo en esto el esquema del "Decamerón".

La crítica italiana ha masacrado a la susodicha postalita que al parecer no les ha gustado nada de nada !hombre, que tampoco es para ponerse así!. Cierto que hay como pereza, como poco laboreo en estas historias desarrolladas con lo mínimo y repletas de topicazos, pero sin duda muy por encima de la media. Ya sabemos de la capacidad que tiene el neoyorkino para estar continuamente reinventándose contando siempre lo mismo aunque esta vez lo haga a través de cinco personajes diferentes y no solo del que se ha reservado como actor, el del viejo director de óperas que no pierde ocasión de relanzar su carrera.

Las cuatro historias se van enredando hasta el absurdo con un tratamiento del tiempo "sui generis" que a mucha gente desconcierta ofreciéndonos un retablo a ratos barroquizante a ratos surrealista siempre vital y desquiciado como mandan los tópicos y que ha puesto a los italianos de los nervios.

La música me pareció que estaba muy bien manejada pese a ese "Volare" del gran Domenico Modugno con que arranca el film recolmete de los topicazos, aunque esa canción siga siendo maravillosa y "eterna" como la propia ciudad. El "casting" a mi juicio y en general muy acertado.

Para los que no gusten de recibir postales del maestro les advierto que ya anda haciendo gestiones por Alemania. Prevenidos quedan. 


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El aviador (2004) por Betomovies


La primera impresión que la película El aviador me deja es de vacío. Como filme biográfico, no pude encontrar el encanto de vivir las experiencias de vida del magnate Howard Hughes tales como poderoso magnate, emprendedor cineasta en sus momentos de hobbie, ingeniero aeronáutico obsesivo, amante de los placeres mundanos relacionados con el sexo, etc.

Todo ello porque Martin Scorsese me aburre con mucha alharaca y poca efectividad narrativa. Dicho en otras palabras, no logra poner de manifiesto las emociones puras de una persona que conquistó la atención del mundo en su momento.

La película que propone Scorsese es una vaivén de satisfacciones y frustraciones tangibles: desde el punto de vista amoroso, profesional, y desde el plano emocional. Ya desde el vamos, tengo que decir que Di Caprio no me resultó para nada convincente en el papel, aquí hay una falla tremenda e infranqueable en la película. Como espectador me sentí desilusionado con la manera de narrar de Scorsese (y no es la primera vez). Esa búsqueda de parcializar la vida de una persona y de reducir el filme a la exageración de la inestabilidad de Hughes desde distintos puntos de vista, tergiversa la realidad y no se es objetivo con datos históricos. El recurso de la magnificación de sus éxitos y fracasos, convierten al filme en una suerte de novela fantasiosa para nada creíble.

La película es tenebrosa y retrata mucho de los tormentos propios del ser humano, no demuestra en forma clara y contundente el retrato de una personalidad que necesita más de una película para ser abarcada por lo menos desde los puntos más esenciales.

Le hubiera venido muy bien que plantear la película en forma más descriptiva, donde los personajes y las situaciones vayan dando una idea acabada de los tópicos más importantes de la biografía de Hughes. Su lucha contra sus demonios internos, su obsesión por el triunfo y su ambición por destacarse en la aviación son puntos fundamentales que según mi criterio no son abordados con tino en ningún momento.

Si vamos al plano técnico nadie puede negar que El aviador tiene todo lo necesario para ser un gran filme. Con mucho presupuesto para contar con una excelente fotografía, un diseño de arte fabuloso, unos efectos visuales claves en los momentos de vuelos, una estética muy pulida. Es decir todos los puntos bien redonditos para que la Academia la premie, porque es lo que se busca, es la fórmula que se viene repitiendo año tras año, proyecto tras proyecto, filme tras filme: el mostrar lo que sus miembros quieren ver y sobre valoran demasiado.

En definitivas, para mi entender, la película fracasa en lo esencial: transmitir el carisma propio de Howard Hughes, en parte por no acertar con el actor indicado y por otro lado por carecer de un guión apetecible y rico en detalles que aclaren el panorama de la vida de una de los más excéntricos personajes del momento de Hollywood.

El talento adquirido (2010) por El Despotricador Cinéfilo

Seguro que muchísima gente está convencida de que con el talento se nace, y de que nunca se adquiere a base de esfuerzo, trabajo y entrega. Probablemente tengan razón, pues la historia del cine está plagada de casos de brillantes artistas que siempre han demostrado desde sus comienzos, con mayor o menor fortuna, su gran talento delante y detrás de las cámaras.

Pero yo siento un especial cariño por todos esos artistas que en sus comienzos me decepcionaron una y otra vez, siendo muy pésimos y, en algunos casos, hasta patéticos. Sin embargo, me alegra observar cómo, con la madurez, han adquirido tal experiencia que se han convertido en actores y actrices más que notables, o, por lo menos, no decepcionantes.

La lista sería interminable, desde Alec Baldwin (de actor pésimo con una bajísima gama de registros a actor más que aceptable), Nicolas Cage (aborrecible en sus primeras películas) e incluso el Michael Douglas de los primeros años (aún me asombra cómo se atrevió, en su juventud, a protagonizar películas en las que encarnaba a personajes heroicos cuando, sin embargo, representaba en esa época todos los atributos del no héroe -que no es lo mismo que antihéroe-: ausencia absoluta de carisma).

Pero incluso actores tan magistrales y todoterrenos como Anthony Hopkins o Gerard Depardieu estuvieron fatal en muchísimas películas de los 70 y 80. Es decir, aunque se nazca con un gran talento, se puede ser una nulidad si no se aprovecha adecuadamente. Y si hay un caso clarificador de que la madurez, como el buen vino, hace mejorar a los actores, ahí está ese Sean Connery, criticadísimo como actor en su juventud y venerado como uno de los grandes al alcanzar la plenitud.

Ahora bien, si ver mejorar a actores (y actrices, por supuesto, ahí está, por ejemplo, Sandra Bullock) es un gran motivo de alegría, qué duro es el proceso inverso, es decir, contemplar a aquellos artistas que nos ofrecieron joyas en el inicio de su carrera y luego ya solo han parido basura tras basura (sí, date por aludido Harold Ramis, porque jamás te perdonaré que esa sublime Obra Maestra llamada Atrapado en el tiempo haya sido el principio y el fin de un gran talento).