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Esta tierra es mía (1943) de Jean Renoir (por Alvaro de la Cueva)



Algunas califican a esta película como "panfleto". El Diccionario define "panfleto" como: 1. Libelo difamatorio, 2. Opúsculo de carácter agresivo.

¿Es "Esta tierra es mía" un panfleto? No lo creo.

Panfleto es "Raza" de Jaime de Andrade (o sea del "Generalísimo") o la filmación de la concentración del Partido Nazi en Nuremberg en 1933 de la Riefenstahl. Un panfleto defiende ideas deleznables y además de forma grosera o burda. "Esta tierra es mía" defiende con convicción, pero serenamente, los nobles valores de democracia, libertad, igualdad e independencia de las naciones en el contexto del año 1943.

El film se sitúa en "en algún lugar de Europa" (ubicación esta un tanto ingenua de Renoir, pues las coordenadas geográficas donde transcurre la película son claras). Quizá buscaba Renoir dar a su tesis validez universal. Lo que nos viene a decir Renoir es que la maldad existe no solo por la perversidad de algunos hombres e ideas, sino también por la inacción y pasividad de los hombres buenos cuando les es exigible moralmente actuar, y eso es aplicable en todo tiempo y lugar.

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La ley de la hospitalidad (1923) de Buster Keaton (por Father Caprio)

Siempre se dijo que hacer reír es muchísimo más difícil que hacer llorar. Y es cierto. Tanto que hay cómicos patéticos que si conseguimos soportarlos hacen llorar más que otra cosa. Es por ello que el género cinematográfico de la comedia es, posiblemente, el más difícil de todos y tendemos a valorar más una película dramática que una cómica. Nos impacta más y eso hace que la valoremos de forma distinta. Pero cometemos una gran injusticia. Sin ninguna duda.

Seguro que todos tenemos nuestras comedias y nuestros cómicos favoritos y muchos, entre los que me cuento, guardamos en nuestra cinéfila retina recuerdos impagables de nuestra niñez. Ahí están El gordo y el flaco, Charlot, Jaimito y tantos otros, en carreras de autos, en peleas a tartazo limpio y tantas otras secuencias mágicas. En mi caso y desde la madurez he ido recuperando estas joyas impagables del séptimo arte y las he vuelto a ver intentado abstraerme de aquellas impactantes carcajadas infantiles colectivas y he hallado en ellas auténticos valores cinematográficos.

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Marilyn (2013) por El Despotricador Cinéfilo

De niño nunca comprendí ni pude asimilar la enorme fascinación, popularidad, fervor, glamour y delirio que provocaba Marylin Monroe entre los millones de fans que tuvo en su época (y que sigue teniendo incluso hoy en día), así como ese portentoso magnetismo que la convirtieron en su momento en la estrella más famosa del mundo entero.

Excusa decir que mi opinión ha ido cambiando según fui adentrándome en la adolescencia y la madurez. De repente, sin tan siquiera darme cuenta, empecé a reparar y apreciar los motivos que la convirtieron en ese mito inmortal, en ese perpetuo icono del siglo XX y en ese inexplicable fenómeno sociológico (fenómeno que transciende totalmente a lo meramente cinematográfico para adentrarse directamente en la cultura popular, como también ha pasado con otro de los más grandes genios que dará jamás el cine: Charles Chaplin).

Marilyn, como cualquier mito y leyenda imperecedera, tiene más vigencia ahora que nunca y la mejor forma de demostrarlo es que yo nunca me he cuestionado si es una buena o mala actriz; de si tenía realmente talento o no; de si era convincente en sus papeles o se limitaba solo a interpretarse a sí misma . Nunca me lo he preguntado ni falta que hacía, pues la señorita Monroe tenía algo mucho más importante que todo el talento del mundo y era que producía magia cuando atinaba en la actuación, y que esa magia se convertía en un autentico celuloide, en cine en estado puro. Algo que está al alcance de muy pocas estrellas o incluso diría de casi ninguna. Pues, eso no es producto del buen quehacer del director, del ingenio del guionista o de la química con otros actores; era simplemente mérito suyo que en la escena más intrascendente la llenase de luz, de magia, de encanto, de erotismo y de chispa, de esa chispa que hacía detonar y conmover las emociones de sus millones de fans a lo largo del planeta.

Por ello sus mejores películas son aquellas que los directores (con Billy Wilder a la cabeza, por supuesto) fueron lo suficientemente inteligentes para saber captar con la cámara ese encanto natural que desprendía y esa inocencia/sensualidad/morbo que envolvía cada momento suyo en la pantalla. Esos momentos son cine puro. Mitomanía pura. Cuando las estrellas eran verdaderamente estrellas.