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Irma la dulce (1963) por El Despotricador Cinéfilo
He de reconocer asombrado que el Maestro Wilder es para mi un caso excepcional, pues después de ver (y revisar) las 25 películas que dirigió (y escribió) no hay ninguna de sus películas que me disguste o que pueda despotricar contra ella, aunque las tenga flojas, pero todas tienen algo que las hace especiales (un pequeño toque de magia).
Entonces recordé vagamente como de niño odiaba la película Irma la dulce, eso no me cuadraba, y por ello volví a revisarla de nuevo, y comprendo perfectamente que sea un film que disguste o moleste considerablemente.
¿Y por qué? pues porque básicamente esta película (a pesar de su gran fama y sus millones de dólares recaudados) no es propiamente una película, es un cuento, solo eso, un cuento fantasioso, irreal y absurdo donde la verosimilitud no tiene cabida por ninguna parte. Por ello (tal y como me ocurrió a mi de niño) intentar ver la película desde un punto de vista coherente y verosímil te irrita y te rompe los esquemas por todos los lados.
Todo en ella es un absurdo detrás de otro, todo es una memez, todo es imposible de creer, todo es inverosímil, todo quiebra cualquier lógica de razonamiento (ya el rizar el rizo es la última escena es la aparición del lord al final de la película en la iglesia). Pero entonces, de repente, me di cuenta que Irma la dulce es como un musical pero sin música (después de darme cuenta de ello, descubrí que efectivamente está basado en un musical de Broadway al que Wilder omitió descaradamente las canciones).
Entonces ya todo cobró sentido, porque en la historia del cine en el género musical ha demostrado algo, ninguno de ellos, absolutamente ninguno de ellos (desde la Obra Maestra más Absoluta, es decir, Cantando bajo la lluvia) tienen coherencia, verosimilitud y credibilidad, al fin y al cabo, ¿quién en su sano juicio deja de hablar de repente para ponerse a cantar?. El cine musical tiene siempre algo de pueril e infantil, nos adentramos en él con la inocencia absoluta de que la inverosimilitud se va a adueñar de todo lo que veamos a continuación.
Pero claro, al cine musical se lo perdonamos (es parte de su atractivo y magia), pero en el cine "normal" se hace más duro de tragar, y por ello Irma la dulce produce tal malestar al verlo, por atentar continuamente contra las leyes de la lógica, pero ahora bien, si se hace la prueba de verla como un musical sin música entonces se disfrutará como la amplia mayoría del querido Maestro Wilder.
The silent movie (1976) por El Despotricador Cinéfilo
The silent movie (1976) (cuyo horroroso e incompetente título en España me avergüenzo hasta de escribir: La última locura de Mel Brooks), es una película totalmente fallida, y es una pena, porque partía de una excelente idea muy divertida. De hecho, el guión en sí mantiene continuamente muy bien el equilibrio entre la comedia y el sincero homenaje al slapstick más puro (sobre todo el de Chaplin y Keaton), conteniendo además un par de gags geniales muy destacables, como la escena de la ducha con Burt Reynolds o la caravana inestable de James Caan (homenaje directo a la chaplinesca La quimera del oro). Entonces ¿qué falla?, pues lo que falla en todos los films de Mel Brooks (salvo en El jovencito Frankenstein). Y es que se cree tan original, gracioso y divertido con sus chistes que los estira tanto acaban por perder toda la gracia, los gasta y malgasta así todo su sentido, haciéndose pesados y rutinarios, incluso vulgares. Si tuviera la inteligencia de no estirarlos entonces probablemente el 90% de ellos serían geniales (pero claro, entonces la película duraría solo 20 minutos), por esa misma razón es tan efectivo el chiste de Burt Reynolds en la ducha: por su brevedad.
Es una verdadera pena (en esta y en la mayoría de sus films) que el egocentrismo egolatra del señor Brooks se regodee tanto en su propia gracia hasta hacerla insulsa, aburrida y pesada. Más le valdría haber aprendido de sí mismo cuando escribía los concisos, breves y divertidísimos guiones de El superagente 86, y es que los cineastas que son tan geniales en sus comienzos caen en tal frustración de no poder superarse que suelen caer en el lado facilón de la comedia y malgastar así su indudable talento (que el señor Brooks lo tiene, pero muy escondido).
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