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#BladeRunner Crítica "Blade Runner" de Ridley Scott (por Begoña Suárez)

No hay nada como ver una buena película que te deje en vilo hasta el final. Esta película tiene mucho de esas características. Pero es también extraña, misteriosa, triste, que refleja la decadencia de un futuro próximo en contraste con las ganas de vivir (que son muchas). Es por eso que no resultara atractiva a primera vista en 1982 cuando se estrenó. Porque rompía moldes con una temática inusual de robots humanos y escenarios futuristas. Pero fue ese estilo entre decadente y futurista acompañado de una banda sonora excepcional que la convirtió en una obra de culto de referencia.

La historia está basada en el libro de Philip K. Dick titulado ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?. Y trata de la persecución de los “replicantes”, una especie de robots humanos creados por la Tyrell Corporation para trabajar como esclavos en las...

Frenético (1988) de Roman Polanski (por El Despotricador Cinéfilo)

Uno de los elementos que más me han fascinado siempre en el cine del gran Hitchcock es como los argumentos de muchas de sus películas rozan continuamente la inverosimilitud, la incoherencia, el absurdo y el disparate y, sin embargo, te lo cuenta con tal maestría y talento que nos encanta y hechiza a pesar de lo inverosímil de su propuesta.

Pues bien, Polanski (otro gran Maestro, hay que reconocerlo, aunque durante muchos años no es que fuese fruto de mi devoción) homenajea al Maestro Hitchcock con este Frenético del que copia, paso a paso, todo lo que una película hitchcokiana debe tener, eso sí, impregnada y contaminada con ese maravilloso toque europeo, morboso, inquietante y delirante que caracteriza el cine de Polanski. El resultado: una película de suspense formidable, muy entretenida, con un sentido del humor muy negro, muy bien interpretada (hay que ver con lo mediocre y limitado que es Harrison Ford como actor y lo bien que se desenvuelve en determinados papeles en el que lleva todo el peso del film sobre sí mismo), con toques muy morbosos, mucha sensualidad, una extraña música estridente de Morricone y, sobre todo, mucha inverosimilitud e incoherencia delirante en todo el argumento (como si de un genuino Hitchcock se tratase).

Entonces, ¿hablamos de una película perfecta, una más, del siempre interesante Polanski? Pues no, porque a pesar de lo disfrutable y jugosa de su propuesta hay un elemento que Hitchcock jamás hubiese permitido: un error de casting tan tremendo como escoger a Emmanuelle Seigner como coprotagonista junto a Harrison Ford. Entiendo que el director, como tantos otros directores antes que él (un ejemplo también representativo sería Clint Eastwood con Sondra Locke), tenga tendencia a incluir a su pareja sentimental en sus películas. Lo triste es que estén cegados por ese motivo y no sean lo suficientemente inteligentes o intuitivos para darse cuenta que eso resiente y perjudica la película, al igual que pasó en otra película del director polaco: La novena puerta donde Seigner también era lo peor del film.

De todos modos es un desliz perdonable a una película recomendable, sobre todo por lo bien que retrata ese atípico, sombrio y gris París de los 80.

Más críticas de El Despotricador Cinéfilo en:

http://www.eldespotricadorcinefilo.com/el-despotricador-cinefilo.html

La conversación (1974) por Vircenguetorix


Dicen que las películas no cambian, pero nosotros sí. Como regla general estoy totalmente de acuerdo. La vida de un hombre es una continua prueba y ensayo diario sobre cuestiones y preferencias que vamos modificando casi sin darnos cuenta.

¿Cuántas películas si las viésemos de nuevo cambiaríamos nuestra apreciación y juicio sobre ellas? Me parece que un porcentaje muy elevado.

A mí me ha pasado con La conversación. La vi en el cine hace algunos años en versión original y recuerdo que no me entusiasmo precisamente, sin embargo la he vuelto a ver –curiosamente doblada- hace unas semanas y me ha parecido mucho mejor.

Como intriga no es gran cosa, y su ritmo por muchas vueltas que le demos no dejar de ser excesivamente lento en muchos tramos, no se necesitaban casi dos horas ni mucho menos, pero lo realmente soberbio es su retrato intimista sobre la soledad, la incomunicación, el remordimiento y la sospecha. Es complicado hacerlo mejor de lo que lo hace Coppola en esta pequeña joya de película, un tanto irregular pero inolvidable.

La mayor parte del mérito es de Gene Hackman, en una de sus cinco mejores interpretaciones de siempre, lo cuál son palabras mayores. Por cierto, me encanta esa gabardina-chubasquero verde que lleva. ¿Alguien sabe donde se puede comprar?

Es una película para degustar tranquilo en una tarde-noche de vacaciones con copa y puro y el corazón con braquicardia, pero abstenerse de verla si venimos irritados y agobiados del trabajo, nuestros biorritmos serán muy distintos de los que exige La conversación que es introspección zen.

Benditos malos actores (2010) por El Despotricador Cinéfilo

En mi niñez siempre me sorprendió escuchar las tibias, desapasionadas y apagadas opiniones del inefable Carlos Pumares acerca de un mito como John Wayne, más aún siendo Pumares un apasionado y ferviente defensor del cine del gran John Ford (y decir Ford, al menos para mí, es también decir Wayne).

Puedo entender que a muchos críticos John Wayne no les parezca un buen actor, o simplemente que ni lo consideren un actor, pues únicamente hace de John Wayne en todas las películas, es decir, de sí mismo. Y no les faltará razón a todos esos críticos, pero yo siempre he pensado que benditos sean todos esos malos actores, porque, más allá de su talento y capacidad de actuación, el cine está necesitado de actores mediocres (o directamente muy malos) para realizar ciertos papeles, los cuales, paradójicamente (muy paradójicamente), ningún otro actor podría interpretarlos mejor que ellos por muchas tablas shakesperianas que tuviera a sus espaldas.

Pues ¿qué otro actor de la historia podría parar la diligencia mejor que John Wayne? ¿Qué otro intérprete podría transmitir con mayor contundencia sus sentimientos que Stallone subiendo las escaleras del museo de Philadelphia al compás del “Gona fly now” en Rocky? ¿Quién, aparte de Harrison Ford, podría interpretar mejor a Indiana Jones o a Han Solo? ¿Y qué decir de Patrick Swayze o Demi Moore en Ghost, Richard Gere en Pretty Woman, Sean Young en Blade Runner, John Travolta en Fiebre del sábado noche, Victor Mature en Sanson y Dalila, etcétera?

Es decir, la mediocridad o el hecho de ser un mal actor no está, en absoluto, reñido con la proeza de lograr interpretaciones magistrales y memorables, pues hay actores predestinados a ciertos papeles que, por pura magia del cine, consiguen brillar más que ningún otro gran intérprete de renombre: misterios del celuloide, embrujo de la gran pantalla.

Final Fantasy (2001) por Francisco Rodríguez Criado


Final Fantasy. ¿El fin de los actores?

El mundo del cine se pregunta si Final Fantasy, la primera película realizada íntegramente por ordenador, podría marcar el inicio de una nueva era donde los personajes informáticos reemplacen a los habituales actores de carne y hueso. Hironobu Sakaguchi, el director, asegura “que se han acercado más que a nadie a crear personajes de realidad fotográfica.”.

El temor generado por esta película me parece injustificado: el actor ha sido, es y será imprescindible en el cine. Hay que resaltar que incluso Final Fantasy precisó de actores para marcar los movimientos de los personajes digitales y doblar sus voces. Y si añadimos que la financiación de este tipo de cine no sale ni mucho menos económica, nos haremos una idea de lo pesada que es su bolsa de desventajas.

Hay que tener en cuenta, además, el valor social del séptimo arte, sustentado en gran parte por sus histriones operarios, que son, a fin de cuenta, quienes dan la cara, y nunca mejor dicho. No admitir la importancia social de los actores sería infravalorar a este gran negocio, que es mucho más que películas: es imaginación, sensaciones, planteamientos que trascienden más allá de los minutos que dura la proyección. El espectador, dependiendo de su personalidad, conectará en mayor o menor medida no sólo con los personajes sino con esas personas de carne y hueso que hay tras ellos, compañeros de lujo en ese inestable Titanic que es la vida. ¿Qué sería de las ilusiones de tantos y tantos ciudadanos de a pie que encuentran en el glamour de Richard Gere, Jodie Foster, Harrison Ford o Brad Pitt una vía de escape para evadirse de sus vidas sencillas y a menudo monótonas? ¿Qué sería de esa joven que sirve cervezas mientras suspira por la oportunidad de su vida? Hasta los perros se clavan frente al televisor cuando escuchan la llamada de Lassie.

Los actores son en sí, con sus miserias y sus grandezas, foco de atención de millones de personas: son un espejo donde mirarse. (O donde mirarse poco y mal). Marcan la frontera entre la realidad y la irrealidad, y su posición hoy en este lado mañana en el otro nos resulta morbosa e inquietantemente atractiva.

¿Podremos identificarnos con las angustias de un jueguecito informático? No, porque por muy definidos que sean, no dejarán de ser simples muñecos. No viven en mansiones ni conducen coches descapotables ni acuden a fiestas selectas (la mayor parte de los actores, tampoco, dicho sea de paso), ni son detenidos por celosos guardianes de la ley cuando cometen algún delito.

No creo que se acaben los suspiros de los adolescentes por sus ídolos. Ni las incontrolables ínfulas de tales estrellas. Seguiremos interesados por los cotilleos de Hollywood, por la salud de Marlon Brando, los amoríos de George Clooney o las operaciones de cirugía estética de Cher. El ser humano no puede permitirse el lujo de abandonar sus aficiones miméticas.

Yo supongo que una avalancha de películas futuristas realizadas por ordenador invadirán masivamente las salas cinematográficas en los próximos años, pero la cosa no pasará de ahí. Al final, el cine binario acabará como otro género más, seguido por unos y denostado por otros.

Indiana Jones y la última cruzada (1989) por El Despotricador Cinéfilo


Ciertamente Indiana Jones y la última cruzada (1989) no es una película que lo tuviese fácil, pues venía precedida por En busca del arca perdida, una de las Obras Maestras más perfectas e impresionante de la historia del cine (y por la que Spielberg ya definitivamente se ganó el corazón de todos los cinéfilos) y de una soberbia segunda parte llamada Indiana Jones y el templo maldito (1984), uno de los films más trepidantes, vertiginosos, vigorosos y entretenidos que puedan existir, ¿y que tiene de malo esta tercera parte?.

Pues reconozco que algunas cosas si que son flojas, hay grandes aciertos como la tremenda química cómica (¿esto es una cacofonía?, si es así lo siento) entre Harrison Ford y Sean Connery, algunos momentos brillantes de humor y escenas muy interesantes a lo largo del guión (además Alison Doody está más buena que sus antecesoras en las otras dos películas, y eso es un aliciente).

Entonces ¿dónde adolece el film?, pues precisamente donde no debía hacerlo: en las escenas de acción (y menos de un Maestro como Spielberg). Me parece sobre todo penosa la escena de las lanchas fuera borda (con un final patéticamente rodado, casi como con desgana) pero en general todas están rodadas como sin fuerza y rutinariamente, solo las escenas finales del tanque tienen el sello Spielberg de brío, intensidad y potencia. Aún así reconozco que es un film bastante notable solo que comparado con los dos films que le preceden acaba sucumbiendo (pero claro, cualquier film de aventuras sucumbe con esas 2 genialidades del amigo Spielberg). Pero yo confío plenamente, ahora que se está rodando la cuarta parte de la saga, que volverá a recobrar el pulso narrativo y nos ofrecerá un espectáculo digno del que se merece Indiana Jones, y del que sobre todo nos merecemos los fans.

Menos mal que por lo menos siempre nos quedará la música del maestro Williams.