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Acto de amor (1953) por Father Caprio
Anatole Litvak es uno de esos cineastas europeos que, como los toreros, hicieron las Américas pero que sus últimos muletazos los dieron en esta su vieja Europa, maltratada en exceso durante el siglo XX y la segunda gran guerra. Litvak, además, nacionalizado estadounidense, formó parte del ejercito USA, circunstancia que ha dejado una clara impronta en su filmografía como resulta notorio en La noche de los Generales ó en Acto de Amor, filmada por el ucraniano en escenarios europeos y cuyo argumento se desarrolla en la Francia liberada por las fuerzas aliadas.
Acto de amor es una película de segundo nivel. De esas que alcanzan un cierto grado de interés pero que acaban dejando una sensación de vacío. No estamos hablando de ceros absolutos sino de pequeñas carencias que impiden que la obra impregne la sensibilidad de los espectadores. Para ser justos, la película no es mala, pero podía ser mejor. Es algo así como una sinfonía inacabada ó como una novela que pasa de puntillas sobre cuestiones que podían dar mucho más juego. Por ejemplo, resulta interesante, pero insuficientemente tratado, el malestar del pueblo francés frente a las tropas liberadoras, tragándose su orgullo y sintiendo la humillación de quienes andan absolutamente faltos de bienes de capricho, léase chocolate, café, cigarrillos, etc., frente a los Papa Noel americanos.
También el melodrama amoroso daba para más juego y en cambio resulta algo light. ¿Dónde está la pasión? La película merodea en amores y soledades. Los personajes de Robert y Lisa, interpretados por Kirk Douglas y Dany Robin, son claros exponentes de vidas insatisfactorias que reinaron por un día, pero en las que el destino se ceba con perpetuidad, nocturnidad y alevosía. Pero Litvak únicamente esboza, diseña y traza. No hinca el cincel para construir una realidad vital y apasionada. Y por ello el film carece de la cafeína necesaria para estimularnos. Es un trabajo discreto que en su virtud lleva su pecado: La mediocridad.
Anecdótica la aparición de Brigitte Bardot, en una de sus primeras películas.
El desprecio (1963) por Father Caprio
Como creo que ya quedó patente en un comentario anterior, mis relaciones con el llamado cine de autor no atraviesan un buen momento. Uno de los genios de este mundo del celuloide, universalmente reconocido es Jean-Luc Godard, al que no voy a presentar aquí. Director de películas tan afamadas como “Al final de la escapada” ó “Pierrot el loco” y también allá en 1963 de “Le mepris” (El desprecio).
Me doy cuenta que en ciertos círculos cinéfilos, los comentarios negativos sobre aspectos concretos de su filmografía son inmediatamente contrarrestados con argumentos basados en la idiosincrasia personal del autor, en su forma de ver la realidad, en su pertinaz deseo de dejar su impronta en todos sus trabajos. En definitiva, que por encima de guiones, historias y otras zarandajas que casi no vienen a cuento, destaque con todas las luces de neón encendidas el nombre de Godard.
Esta reivindicación de la autoría la supieron hacer mejor que nadie los directores franceses. Sus películas no eran de Belmondo ni de Jeanne Moreau por citar solo dos actores de la época, eran películas de Godard ó de Truffaut. Y bueno, hay que reconocer que estaban en su derecho. Y a eso se le ha llamado cine de autor.
Pero a este que aquí escribe, le gusta encontrar guiones consistentes y con interés. Las filosofías existencialistas suelen aburrir y producen somnolencia. Los cuerpos maravillosos también acaban cansando si no se les dota de alguna que otra frase coherente. Y si al elenco de personajes unimos, como actor, a un director consagradísimo de la talla de Fritz Lang pues los seguidores de este cineasta alemán nos sentimos bastante desconcertados oyéndole hablar de dioses, héroes y otras historias homéricas incomprensibles para la mayoría de los mortales.
Pero eso sí, la película es Godard, los colores, el rojo, el blanco destacando sobre azules, los carteles, las referencias cinéfilas. ¡Ah, ¿Es de Godard, verdad?! “La crème de la crème” Pues miren, aunque se molesten algunos. No me gustó. Y lo siento. Hasta los dioses hacen obras mediocres.
Y Dios creó a la mujer (1956) por Father Caprio
Interesado en conocer la cultura sexual francesa de los 50 busco en Google: “sexualidad”, “Francia”, “1956” y obtengo (en primeros lugares) Brigitte Bardot Y Dios creó a la mujer. Es un resultado tan esclarecedor que sobra cualquier discurso sobre licencias y liberalidades en el período “precreativo”. Las masas, dormidas en la sociedad francesa y aceporradas allende los Pirineos (o séase aquí), empiezan a despertar en el 1955 con el rock and roll y en el 1956 con B.B. De aquí al 68 van 12 años pero tan sólo un paso.
Roger Vadim se estrena cinematográficamente con esta película donde - “no hay nada más lindo que la familia unida”- promociona a su señora esposa, una francesita con todo en su sitio y muy bien puesto, llamada a convertirse en uno de los mitos eróticos del siglo XX, probablemente el mayor junto a Marilyn Monroe. Sin embargo los contoneos de Marilyn arrastraban cierta entidad interpretativa, cierta madera de actriz, mientras que las provocaciones de Brigitte sirvieron para poco más que para incendiar las represiones ancestrales arrastradas per sécula seculorum amén.
Seguro que no les descubro el argumento: Jovencita de buen ver y mejor tocar, provocativa al máximo se contonea con los pies descalzos entre un misógino, un ingenuo y un millonario. Un, dos, tres, al escondite francés y los cuernos al poder. Descalza por la librería, con la cara del amante en los talones y mambo “sur la table”. Momentos que abren la caja de las represiones y que permiten que empiece a entrar en la sociedad francesa es aire renovador y precursor del futuro mayo del 1968. Todo ello en las formas y en el cuerpo del mito B.B., que no en el fondo de un film cuyo argumento se reduce a la mínima expresión y a una gran cornamenta incapaz de atravesar puerta alguna.
Dios creó a la mujer y Vadim la recreó, en la suya propia, para deleite de propios y extraños y para indignación de los antireplicantes guardianes de la moralidad. En la Bardot había, incluso sobraba, materia prima. Roger Vadim lo sabía, ambos lo sabían. De ahí al mito, solo restaba un paso y se dio: Esta película.
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