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¡¡Industria cinematográfia nacional ya!! (2009) por El Despotricador Cinéfilo

Cualquiera que pasee un poco por foros y webs de cine en Internet enseguida detectará un rechazo brutal hacia el cine español, tachándolo, la mayoría, de basura o bodrio; incluso se podría decir, por lo leído, que el 99% de los cinéfilos consideran al cine español aburrido, insoportable, soporífero, pretencioso y lo califican con todos los términos despectivos o peyorativos que se puedan imaginar.

Y, ciertamente, no les falta razón: dada la sobredosis de bodrios que nos ha proporcionado el cine patrio en las últimas décadas, puedo llegar a entender ese rechazo tan visceral y pasional. Ahora bien, yo no diría que el 99% del cine español es basura, yo diría que ese lamentable porcentaje es solo de un 75%, y, de hecho, opino que ahora se hace mejor cine que nunca en España. No, no me he vuelto loco, aunque lo parezca al afirmar algo así, pues sí que se hace algo que era impensable hace unos años: cine de género, y eso yo lo aplaudiré siempre en cualquier cinematografía (sea española o chipriota).

El cine de género puede dar bodrios, como los films de “Torrente”, o genialidades como las que nos ofrece el amigo Amenábar película tras película, pero ambos casos son dignos ejemplos de lo que se debe hacer. No seré yo quien defienda las virtudes (si es que tienen alguna) de los films de “Torrente”, pero mataría por que se hiciesen 10 películas así al año; aunque sean igual de malas, pero que se hagan. ¿Por qué?, pues porque son productos de consumo que generan grandes recaudaciones, y eso lleva a crear riqueza para financiar otras películas, y así, poco a poco, ir cimentando los pilares de una industria del cine.

Ojalá se hiciesen muchísimas películas (buenas o malas) que diesen dinero, y eso propiciase que se pudieran hacer muchas más películas de género, las cuales alimentarían una nueva futura producción; es decir, como funciona una empresa privada cualquiera, pero aplicado a la cinematografía; o mejor dicho, como hacen TODAS las cinematografías del mundo desde siempre, salvo la española.

Me niego a aceptar que con mis impuestos el (decepcionante y miserable) Ministerio de Cultura siga financiando y subvencionando cada año docenas de peliculitas (muchas de las cuales nunca llegan ni tan siquiera a estrenarse) solo para que algunos autores puedan hacer su película intelectual al año; una película que, encima, nunca recauda nada, y cuya recaudación, además, en el (improbable) caso de que llegase a generar algún beneficio económico, sería para el productor y no para todos los españoles que se la hemos financiado.

Hay que acabar con esta tomadura de pelo. Que se cree de una vez una industria que se autofinancie a sí misma y con ella se podrá hacer, tal y como en cualquiera otra cinematografía mundial, tanto cine comercial como cine independiente de autor. Eso, los demás lo aprendieron hace ya 100 años, en los inicios del cine, ¿no es hora, de una vez por todas, de que empecemos nosotros? Cuánta razón tenía Pumares cuando afirmaba que los americanos son afortunados porque no tienen Ministerio de Cultura.

Ágora (2009) por Aurea García Fernández



Cuánto agradezco al joven Amenábar que haya rescatado para el gran público a una mujer tan ejemplar y digna de ser recordada como la brillante y bella intelectual alejandrina Hypatía, la hija del matemático Teón director de la famosa Biblioteca de Alejandría en la que estaba guardado todo el saber acumulado por la humanidad hasta ese momento y despiadadamente destruida al parecer por los parabolanos, huestes talibanas puestas en circulación por el ambicioso obispo cristiano Cyrilo luego santificado.

Hypatía que asombró a sus coetáneos no sólo por su belleza sino sobre todo por su inteligencia, sabiduría y generosidad (compartía sus conocimientos con sus discípulos y permitidme dedique un recuerdo al maestro zamorano Agustín García Calvo muy en esta onda de compartir sabiduría).

Como es lógico el director ha tenido que elegir entre las múltiples fuentes y opciones que se le ofrecían para abordar tan singularísimo personaje y se puede o no estar de acuerdo con las elegidas, pero son las suyas y no las nuestras, y seguramente aquellas que le venían bien para contar lo que quería contar y me consta que muy bien asesorado por el catedrático de Griego de la Complutense y excelente divulgador de la cultura clásica Carlos García Gual. En lo que sí estaremos de acuerdo las gentes del común con el director es en que los dogmatismos fundamentalistas y las irrefrenables ansias de poder vengan de donde vengan siempre generan intolerancia y destrucción.

Sabemos que Hypatía fue víctima de esa intolerancia en una Alejandría, entre dos siglos, convulsa en la que se enfrentaban violentamente diferentes ideologías y formas de vivir como la hebrea, la cristiana y la residual y decadente romana aún vigente luchando desesperadamente por el poder, víctima propiciatoria de todo tipo de tramas que se urdían a su alrededor y en las que ella nunca quiso entrar.

Da un poco de pavor leer lo que se ha escrito de nosotras las mujeres a lo largo de los tiempos desde el famoso Código de Hammurabí nada menos que en el siglo XVII antes de Cristo pasando por el persa Zaratrusta (siglo VI a de C.) o el griego Aristóteles o ya en el año 67 de nuestra era el mismísimo San Pablo citado en la película por no hablar del Corán (s.VI d. C.) o el reformador Lucero (s.XVI) sin perder de vista a la Constitución inglesa del siglo XVIII, o sea casi ayer mismo o sin ir muy lejos, las inauditas proclamas que los textos de la Sección Femenina de Falange divulgaba entre las niñas que acudíamos a los Institutos de Secundaria españoles para hacer el bachillerato durante el franquismo.

Por eso cabe deducir que mucho, muchísimo tenía que brillar Hypatía para que según todos los testimonios provocara entre sus contemporáneos tanta admiración y respeto. Sus discípulos acudían de todas partes (a veces geográficamente desde muy lejos) para recibir sus lecciones, fueran hebreos, cristianos, paganos o ateos: todo un ejemplo de tolerancia y amor por la investigación y el conocimiento, así como la capacidad de trasmitir todo eso, o sea el arte de la docencia.

Pero el fundamentalismo de unos y la ambigüedad y cobardía de otros, máscaras en realidad de las ambiciosas ansias de poder y de la envidia, machacaron y destruyeron sin piedad a este icono alejandrino de la inteligencia, belleza, independencia personal y amor inmenso por el saber y el conocimiento sus verdaderas pasiones. La singularidad sea del tipo que sea siempre se paga cara, y más en tiempos de cambios y turbulencias como fue la Alejandría de los siglos IV al V de nuestra era con un Imperio romano que empezaba a manifestar su descomposición y decadencia.

Se le ha reprochado al director que su película esté en exceso impregnada e influenciada por el laicismo contemporáneo pero ¿podría ser de otra manera?. Los temas recurrentes en el arte siempre e inevitablemente estarán contagiados por el contexto individual y colectivo del momento en que se hacen. No podemos pedir al artista el rigor científico que exigiríamos a un investigador, porque eso estaría fuera de lugar. Amenábar ha sabido asesorarse aunque luego haya dejado volar su imaginación como tiene que ser.

En lo que todo el mundo está de acuerdo es en la brillantez del diseño de producción, dirección artística, vestuario (que se puede ver estos días en el Museo del Traje de Madrid), maravillosas tomas cenitales, lecciones de Cosmología anticipatorias de las de Kepler y que el director aprovecha a lo largo de la película para enfocar con su cámara todo tipo de círculos y derivados hasta llegar finalmente a la elipse que se le resistía a Hypatía y su esclavo ayudante. Amenábar sabe hacer cine por si alguien lo dudaba y sabe arriesgar y enfrentarse a retos nada fáciles. Uno de sus muchos aciertos ha sido la elección de Rachel Weisz que con su mirada, su presencia y su actitud hace creíble al personaje, cosa difícil dada la complejidad y matices del mismo, pues no olvidemos que a pesar de sus grandes virtudes ella por ejemplo cree en la esclavitud como era normal en el mundo greco-romano, aunque vistos los acontecimientos que suceden ante sus ojos saber rectificar. Hay un momento en la película en el que se exclama con asombro "¿de dónde han salido tantos cristianos?": muy probablemente de ahí de los esclavos a los que se promete redimir.

Si hay que poner algún "pero" a la peli sería como ya han señalado otros al guión que intelectualmente te convence pero emocionalmente no del todo, y es que ya lo dijo alto y claro papá Wilder: "nadie es perfecto". En cualquier caso reitero mi agradecimiento a Amenábar por poner en circulación a mi querida Hypatía, primera científica conocida, portadora de la llama de la sabiduría y la tolerancia en un mundo bárbaro y brutal.

Más críticas de Aurea García Fernández en:
http://www.eldespotricadorcinefilo.com/aurea-garcia-fernandez.html

Vanilla sky (2001) por El Despotricador Cinéfilo


Nunca he entendido como el cine americano siendo indiscutiblemente el mayor creador de cine de calidad que existe ahora y siempre (es irrefutable que por cada Obra Maestra que hay de cine europeo o asiático, hay 99 Obras Maestras americanas) pueden ser tan rematadamente mediocres, cutres e inútiles a la hora de realizar remakes de films de éxitos de otras nacionalidades.

Se supone que un remake se realiza para superar con creces (o al menos levemente) al original, o para aportar elementos mejores de las que adolecía el film original, pero hasta ahora no creo haber visto un remake americano que sea, no ya superior a la película que revisiona, sino que todos son infinitamente inferior a los remakeados. Incluso en films tan netamente americanos como la francesa Nikita el remake americano fue infumable, y solo películas tremendamente infieles (como Los siete magníficos) consiguen honrar un poco a la película que les precede.

Pero nunca hasta Vanilla sky me había irritado tanto un remake americanizado, y eso que ya de por si Abre los ojos era una película neta y totalmente americana (y es que la maravillosa influencia spielbergiana de mi admirado Amenábar es indiscutible), pero si el film de Amenábar era tremendamente original, impactante y disfrutable (como dijo mi amigo Ángel en su día: "no me he enterado de nada pero que bien me lo he pasado viéndola"), el de Cameron Crowe es un bodrio de tal calibre que sentí verdadera vergüenza del engendro que ha parido.

No se porque tengo cierta empatía y cariño desde siempre por Cameron Crowe (supongo que será por haber leído y releído docenas de veces su magnífico libro de "Conversaciones con Billy Wilder"), porque como cineasta su cine desprende una pretenciosidad y prepotencia que no se de dónde la sacará, porque todas sus películas (a excepción de algunos aciertos parciales) son aburridas, previsibles, tendenciosas y sumamente banales, incluso su mejor film (Casi famosos) se me antoja más un acierto de guión (donde transmite brillantemente sus experiencias autobiográficas como cronista de la revista "Rolling Stone") que como director, donde su mediocridad florece por todas partes.

¿Qué despotricar sobre Vanilla sky?, pues sería mejor decir sobre lo que no despotricar, pues lo único relevante es la selección de canciones que acompaña al film (es lo mínimo que se le puede pedir a alguien como Crowe, en especial la de McCartney), y eso que (aunque parezca increíble) a mi Tom Cruise me gusta mucho como actor (me parece un actor solvente, que no es poco), pero es insalvable ese amago de guión que coge lo peor de lo peor del guión de Amenábar, y encima se regodea en ello, no ofreciendo en ningún momento ni misterio, ni tensión, ni intriga, ni miedo ni tan siquiera emociones básicas. Todo es frialdad, está dirigida con desgana, es como si al empezar a dirigirla se diese cuenta de que era imposible igualar (no ya superar) a Abre los ojos y haya hecho una realización mecánica, fría, despersonalizada y sin el menor sentimiento, es decir, hacer cine como quien hace churros.

En fin amigo Cameron, habrá que seguir queriéndote por tus conversaciones con Billy Wilder, porque como cineasta pocas emociones y sentimientos nos vas a arrancar.