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Prométeme (2008) por Aurea García Fernández
"Con él llegó el escándalo" es un título que iría bien para definir el cine de este director y músico nacido en Sarajevo en 1954 es decir en la República Socialista Federal de la hoy inexistente Yugoslavia. Premiadísimo siempre empezó a ser cuestionado a partir de su incursión americana "Arizona Dream" sospecho que por razones extracinematográficas, ya saben que si pro-serbio que si tal o cual…
Lo que es incuestionable es que ha sabido plasmar como nadie en la pantalla (y en sus conciertos) la singularísima idiosincrasia de un enclave geográfico multiétnico que en un momento dado y sin que aún hayamos entendido del todo las razones verdaderas se precipita en una guerra absurda que aún colea y en la que también se adentró su cine.
En esta última película suya se vale del cuento más o menos tradicional del nieto y el abuelo para ofrecernos una orgía barroca de imágenes delirantes de marcado signo surrealista con esa música que le es peculiar y que no deja al espectador estar quieto en su butaca. El ritmo tanto visual como sonoro es ya digo delirante con un griterío, unas carcajadas y una locura generalizada que no hacen perder en ningún momento el hilo de la historia central (el nieto, su vaca y el abuelo) y todas las colaterales que tampoco tienen desperdicio (la maestra enamorada del inconmensurable abuelo, el inspector escolar enamorado de ésta, los primos encontrados en la ciudad que en algo te recuerdan a ciertos personajes de los Coen incluso por la indumentaria, la bella novia adolescente, los descacharrantes mafiosos urbanitas, etc).
Kusturica sabe contarnos lo que quiere con elocuentes imágenes cargadas de metáforas: la vida, la muerte, el amor, el mundo rural que desaparece con esas extensiones deshabitadas o el hermoso baño en la alberca repleta de rojas manzanas frente al desquiciante y hortera, presidido por el mal gusto, la artificialidad, las luces de neón, el feísmo de la urbe, etc. Todo es enloquecido pero nada sucede por azar en la película perfectamente planificada y montada y no hay secuencia o plano gratuito: todo está en su sitio.
Aquí si que hay un recital de maravillosas interpretaciones: el plantel de actores es asombroso: en medio de ese aparente caos que es la película no levantan una ceja si no lo marca el director además se nota que se lo están pasando "de cine" y...!te contagian!. Todo parece fruto de la más alucinante improvisación pero !ni hablar!: el director sabe muy bien lo que quiere.
Kusturica siempre se ha rodeado de los poetas y escritores más cualificados de su país y eso también se nota a la hora de captar y expresar con extrema eficacia y acierto esa espacialísima idiosincrasia que se ha dado en Los Balcanes con su cruce de etnias, religiones vivencias y confrontaciones aún calentitas y siempre a punto de volver a estallar.
En fin, un director diferente, una película diferente, unos actores de primera y una música que te arrastra con su alegría pero no nos equivoquemos aquí no hay banalidad ni "frivolité" ni superficialidad alguna esa locura delirante no pierde de vista ni por un momento el digamos "desgarro interior" de estas asendereadas comunidades. Para no perdérsela.
La tormenta perfecta (2000) por Francisco Rodríguez Criado
No estuvo muy fino Wolfgang Petersen en La tormenta perfecta a la hora de retratar la aspereza de una profesión como la de los pescadores.
Decepciona comprobar que toda la dinámica de este filme se basa en un descarado intento de tocar la fibra sensible del espectador mediante un estilo tan inverosímil (aunque esté inspirado en un suceso real) como pastelero.
Uno se pregunta por qué no convence un glamuroso y millonario actor George Clooney en el papel de capitán de barco de pesca en horas bajas, y, sin embargo, sí encaja (por poner un ejemplo) en el personaje del simpático y carismático presidiario a la fuga de Oh, brother, de los hermanos Coen. Personalmente, no creo que Clooney sea el actor adecuado para una tormenta tan… perfecta.
La película navega entre el realismo cotidiano del mundo de los pescadores, la aventura épica de un barco cuya tripulación elige libremente adentrarse en una terrible tormenta (que el guionista se ha atrevido a adjetivar como “perfecta”) y la historia de amor en segundo plano entre los marineros y sus mujeres, que sufren su ausencia apiñadas alrededor de la barra de un bar que, curiosamente, hace las funciones de centro social, donde niños pequeños entran con papá para tomar un refresco mientras parejas suben a un segundo piso para congraciarse en un desfogue carnal (y todo ello presentado como si fuera la cosa más natural del mundo).
La previsibilidad de los acontecimientos, el empleo abusivo de la banda sonora, la temprana presentación del mar como un elemento desestabilizador dentro de la familia, y esa maldita ola digital que se cuela en nuestras pantallas con la testarudez de un vendedor de seguros convierten a La tormenta perfecta en una película imperfecta, completamente prescindible.
¿Algo a salvar? La buena actuación de Mark Wahlberg como aprendiz de pescador y la fotografía de algunos planos en los que el mar nos muestra su cara más amable.
Lo peor, sin duda: el falso arranque dramático de la película, y el melifluo epílogo, que acentúan aún más si cabe lo que es la película en sí: un auténtico pastel.
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