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Un americano en París (1951) por El Despotricador Cinéfilo


De vez en cuando, evoco, sobre todo para desconectar del estrés diario de adulto, cómo en mi niñez adoraba con pasión el cine musical, que era por aquel entonces mi género cinematográfico preferido (afición y devoción que he ido perdiendo a lo largo de los años). No recuerdo haber sentido decepción con ninguna película musical, ya fuesen las tontorronas películas de Fred Astaire y Ginger Rogers o los clásicos más indiscutibles, como West side story, Cabaret o Cantando bajo la lluvia.

Por tanto, excusa decir que adoraba a Gene Kelly y al innumerable puñado de Obras Maestras que nos legó su inmenso talento. Ya por aquel entonces, en mi (todavía) ignorancia cinéfila, me encantaban las obras de Stanley Donen y de Vincente Minelli; me regodeaba una y otra vez en esa alegría por vivir que contagian los buenos musicales. Pero, a pesar de esta afición tan ferviente, nunca pude tragar Un americano en París.

Y la explicación es bien sencilla: estamos ante uno de los clásicos más magistrales, dinámicos, entretenidos, divertidos y estimulantes del género, con un Gene Kelly en su mejor momento y una dirección prodigiosa del gran Minnelli. Y, probablemente, sería una de las Obras Maestras más geniales del maravilloso tándem Minelli/Kelly/Freed si no fuera por el soporífero ballet final.

Nunca he cronometrado cuánto dura ese ballet tan surrealista, solo sé que el adjetivo interminable se ajusta como un guante. No sé cómo sus autores no se dieron cuenta de que dicho ballet rompe todo el ritmo de la película provocando el aburrimiento total. Por supuesto que la escenografía, la coreografía y la planificación son magníficas, pero un ballet mudo de más de un cuarto de hora no es permisible en ningún musical, por muy espléndida que sea la música.

El dichoso (y famoso) ballet es solo un alarde de pedantería, pomposidad, narcisismo y suntuosidad, digno de una ópera o un ballet teatral, pero (muy) indigno de una obra cinematográfica. Aunque, en fin, se le perdona, pues es imposible mantener el rencor hacia Gene Kelly por tantos otros momentos gloriosos que nos ha aportado.

Algo pasa en Las Vegas (2008) por José Luis Martínez Orea


Inicio mi colaboración en El despotricador, empresa familiar pero abierta al infinito, con la crítica de una comedia que se exhibe estos días en los cines de España: ALGO PASA EN LAS VEGAS de Tom Vaugham.


Es una comedia romántica hecha a la medida de la protagonista Cameron Díaz,propósito que hasta los traductores del título en español (en el original What Happens in Vegas) han forzado haciéndolo coincidir con aquel "Algo pasa con Mary" (1998), famosísima comedia gamberra que en su día lanzó a la protagonista. Claro los Farrelly eran otra cosa.

El comienzo es interesante, rápido. Nos mete en el ajo o el embrollo (in media res) como muchas de las comedias clásicas de Hawks, Wilder, Minelli, Bogdanovich, Edwards, con unos primeros minutos en Las Vegas prometedores, pero que, según avanza el metraje, la película se vuelve tópica, previsible, y que, algún diálogo chispeante, alguna réplica realmente cómica, algún personaje secundario (Rob Cordry) hay una sensación generalizada de que la película está muriendo por momentos: Y lo peor es que sus personajes impostan y sobreactúan al darse cuenta de esa muerte anunciada.

Cameron Díaz.¿Por qué los personajes abundantes son tan buenos para la comedia? ¿Por qué los que tienen la boca desbocada, como un buzón de cartas, dan tanto papel? ¿Recuerdan a los dos buzones postales andantes que son Julia Roberts y Cameron Díaz disputándose el novio en "La boda de mi mejor amigo"? Sí Cameron es abundante en todo: los ojos se salen de la pantalla. Los brazos infinitos y las piernas larguísimas (vean las primeras escenas que bien camina con zapatos de tacón). A estas alturas con buenos directores ha aprendido ya a utilizar (movilidad, timidez, guiños, risas) su abundancia en la comedia.

¿Por qué aquí no? Lo peor es el montaje. da la sensación de que, cumplido el fin primordial de hacer una comedia de Cameron Díaz con Aston Cutcher, el nuevo guapo de moda, el joven marido de la talluda Demi Moore, todo lo demás ha salido fallido. Hay varias películas con distintos estilos en una. El final es el principio, no por el estilo, sino por aprovechamiento de descartes valiosos. Anacronismo en el maquillaje, como si la protagonista se hubiera ido a la playa a mitad de una escena. ¿Y que me dicen de la doble trama fallida? ¿Era necesario divorciarse y casarse dos veces? ¿Por qué en vez de ir los protagonistas frente al mar infinito a decir tonterías sobre amor y filosofía, no los manda otra vez a Las Vegas?.

Insoportable la segunda parte por la filosofía que desprende sobre la felicidad y el trabajo. Sobre la vida americana y la empresa privada. ¿Es mejor, más íntegro, trabajar en una ebanistería que en la bolsa? ¿Son así los jueces, los chinos integrados, los servicios sociales, las fiestas de empresa?.

Con ALGO PASA EN LAS VEGAS pasa que, si no la ve no pasa nada y, si la ve, tampoco. En fin, El Despotricador que mejor despotrique, buen despotricador será…