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La ley de la hospitalidad (1923) de Buster Keaton (por Father Caprio)

Siempre se dijo que hacer reír es muchísimo más difícil que hacer llorar. Y es cierto. Tanto que hay cómicos patéticos que si conseguimos soportarlos hacen llorar más que otra cosa. Es por ello que el género cinematográfico de la comedia es, posiblemente, el más difícil de todos y tendemos a valorar más una película dramática que una cómica. Nos impacta más y eso hace que la valoremos de forma distinta. Pero cometemos una gran injusticia. Sin ninguna duda.

Seguro que todos tenemos nuestras comedias y nuestros cómicos favoritos y muchos, entre los que me cuento, guardamos en nuestra cinéfila retina recuerdos impagables de nuestra niñez. Ahí están El gordo y el flaco, Charlot, Jaimito y tantos otros, en carreras de autos, en peleas a tartazo limpio y tantas otras secuencias mágicas. En mi caso y desde la madurez he ido recuperando estas joyas impagables del séptimo arte y las he vuelto a ver intentado abstraerme de aquellas impactantes carcajadas infantiles colectivas y he hallado en ellas auténticos valores cinematográficos.

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La iniciación a la cinefilia (2011) por El Despotricador Cinéfilo

Seguramente ningún educador infantil estará de acuerdo conmigo (y no les faltará razón; al fin y al cabo ellos son los expertos y yo solo un mero observador), pero aun así desearía expresar mi opinión. Antes de adentrarme en el tema en términos cinematográficos, me gustaría hacerlo empleando un cierto paralelismo con el mundo de la literatura. Uno de los recuerdos más vivos que tengo de mi temprana adolescencia es cómo en el bachillerato (sería 1º o 2º de BUP) nos obligaron (por no decir "nos forzaron") a leer a Cervantes, Quevedo y otros clásicos de la literatura española.

Para mí, al igual que para todos mis compañeros, eso suponía un gran pesar, un plomazo insoportable y un suplicio intelectual mayúsculo. Probablemente ha sido el causante de que durante muchos años hayamos aborrecido la lectura y hayamos perdido mucho del sentido del placer de una buena lectura (afición que yo no cogí con pasión hasta bien entrado en la veintena). Un caso muy divertido, a la par que patético, es cómo al obligarnos a los 14 años a leer El buscón muchos de nosotros no nos dimos cuenta de que se trataba de una comedia y lo asimilamos como un tostón de drama muy incomprensible. Desde entonces siempre he pontificado a favor de la iniciación a la lectura de los adolescentes a través de novelas (por muy genios que sean Cervantes, Quevedo, Góngora y demás glorias de nuestro Siglo de Oro) asequibles y adecuadas, como Los tres mosqueteros, La isla del tesoro, El conde de Montecristo, etcétera. Solo así se conseguirá captar su atención y ayudarlos a desarrollar el amor a la letra impresa de modo que puedan saborear años después otros clásicos indiscutibles.

Todo este rollo literario viene a que este Verano, en plan docente y educador, me he impuesto disciplinadamente la ardua tarea de iniciar a mi sobrino Pablo en la cinefilia. Esto que puede parecer muy sencillo me ha sumido en múltiples dudas e indecisiones, pues no sabía por dónde empezar. Porque no me interesa que vea películas, sino despertar en él el virus de la cinefilia para que nunca le abandone. Tras mucho deliberar, me pregunté a mí mismo qué era lo que más me atraía, atrapaba y fascinaba de niño. La respuesta fue bien rápida: Hitchcock. Y el experimento solo se podría denominar como éxito, pues, tras ver cuatro de las más emblemáticas películas del maestro inglés, está ansioso y expectante por ver muchas más obras suyas. Hitchcock siempre es una apuesta segura, un caballo ganador; tan asequible que cualquier mente no iniciada en el cine quedará cautivada por sus imágenes. En fin, no seré yo a estas alturas del 2011 el que vaya a descubrir aquí las virtudes de este genio indiscutible e irrepetible.

Lo verdaderamente importante es que ahora ya sí que puedo meterle cualquier cosa y la aceptará con expectación e interés. La veda ya está abierta y el virus cinéfilo ya recorre su cuerpo. Es el momento, pues, de avanzar con los hermanos Marx, Chaplin, Frank Capra, Billy Wilder y todos aquellos que dejaron una profunda huella en mi infancia para toda mi vida. Y todo esto me lleva a una reflexión aparte: ¿por qué el Ministerio de Cultura no se deja ya de tantas gilipolleces banales y obliga a que en las escuelas se exhiban las películas de Chaplin y Keaton? Pues no hay mayor manera de amar y aprender las cosas que disfrutando con ellas.

Las carencias del cine mudo (2009) por El Despotricador Cinéfilo

Tengo que reconocer un poco avergonzado que, a pesar de llevar sobre mis espaldas kilómetros de celuloide y miles de películas almacenadas en mi memoria, no soy un buen cinéfilo. Pues tengo una carencia que no consigo superar a pesar de los años, y eso que la he alimentado a conciencia, pero supongo que ya es irreversible: no tolero el cine mudo.

Sé, y lo digo muy sinceramente, que es algo terrible, pues cualquier cinéfilo (buen cinéfilo, quiero decir) clamará al cielo diciendo que en la mayoría de la producción del cine mudo se encuentran muchísimas de las mejores Obras Maestras que ha dado el cine, por no hablar de que técnicamente marcó las bases de la cinematografía y sentó cátedra en los postulados del Séptimo Arte. Y yo no discutiré eso, por Dios, pero, ay, ¿Es suficiente motivo para poder visionar un film mudo sin prejuicios?

Supongo que el problema nació porque yo me inicié en el cine mudo, como tantos otros, con genialidades de Chaplin, Keaton, Harold LLoyd, Stan Laurel y Oliver Hardy, etcétera, por tanto me sedujo brutalmente y empecé a amarlo de verdad; amor que fue aumentando cuando descubrí Obras Maestras como El séptimo cielo (Borzage, 1927) , Amanecer (Murnau, 1927), El demonio y la carne (Brown, 1926), y tantas otras.

Pero de repente la magia se apagó cuando con 15 ó 16 años vi la mítica Avaricia (1924, Stroheim) y me aburrió mortalmente sus 3 horas de metraje, y descubrí algo desconocido hasta entonces para mí: ¡¡¡ el cine mudo tenía intertítulos !!!, hasta entonces no había reparado en ello, como tampoco había reparado en que los actores no hablaban, pues me habían hechizado tanto esas otras maravillosas películas que habían bloqueado esas supuestas limitaciones técnicas, pues por mis retinas solo veían cine en estado puro.

Y ese fue el principio del fin, pues muchas obras (algunas de ellas muy alabadas por la crítica) produjeron el misma impacto en mí: aburrimiento y, lo que es peor, ser consciente de estar viendo una película de cine mudo. Ahora, tras tantos años de buen cine albergado en mi corazón (y por tanto, con conocimiento de causa) puedo llegar a entender porque algunos films mudos (insisto en lo de algunos, pues otros son espléndidos) lleguen a aburrir: y es por la exageración de las actuaciones, tan artificiales y artificiosas, tan teatrales, tan hijas de su época en definitiva.

Y realmente es una pena, porque mucha gente, al igual que yo, ya empieza a ver una película muda con prejuicios, y eso le motiva a desechar la mayoría de la producción de esa época, lo que lleva a un mal todavía mayor ¿cuántas joyas como Amanecer nos estaremos perdiendo solo por el miedo a aburrirnos? Y es que los miedos cinéfilos son a veces más dañinos para nuestra alma que los miedos reales.

Las vacaciones del señor Hulot (1953) por El Despotricador Cinéfilo


Quizás sea un problema mío, pero Tati no me hace gracia. Y se que es un problema, porque reconozco objetivamente que es un auténtico genio de la comedia, muy a la altura de ese Chaplin y Keaton, que tanto homenajea constantemente. Pero a pesar de haber visto tanto Mi tío como Las vacaciones del señor Hulot no consigo meterme en su sentido del humor.

Es decir, detecto y valoro cada una de los aciertos del guión, veo el gran talento que hay en la planificación de cada escena, comprendo porque es una Obra Maestra del cine, valoro todas las virtudes de su corta filmografía y objetivamente me rindo incondicionalmente a su gran talento para la comicidad y para la innovación, así como para su sutileza de incluir leves (pero incisivas) críticas sociales. Resumiendo, por ser uno de los cineastas más talentosos, peculiares y singulares que ha dado el cine.

Pero claro, cuando se trata de disfrutar, es mejor que algo te llene del todo subjetivamente y no objetivamente. Como amante del Séptimo Arte agradezco la gran aportación de Tati a la comedia, pero como espectador subjetivo me aburré, y mucho. Y sinceramente me da mucha pena y envidia, porque conozco a mucha gente que disfruta con la obra de Tati, pero supongo que eso es algo inherente en cada ser humano (también detesto y me aburre todo Fellini, y no me queda más remedio que reconocer que su filmografía está repleta de Obras Maestras).

Por lo que simplemente diremos que Tati no es un humor para todos los paladares, que habrá quien lo adore y beatifiqué como un genio inconmensurable (que lo es) del humor visual, y otros que se aburrirán con esa sucesión de gags anticuados, obsoletos y fosilizados.

El profe (1971) por El Despotricador Cinéfilo


No creo que exista en el mundo un solo niño al que no le gusten las películas de Cantinflas, y lo que es mejor, que dichos niños cuando se hacen adultos y vuelven a visionar las obras más representativas de su filmografía, les siguen encantando y gustando, aunque la amplía mayoría de ellas sean totalmente infumables.

¿Cómo es posible esto?, pues porque estoy convencido que Don Mario Moreno "Cantinflas" es uno de los mayores genios cómicos de toda la historia del cine, a la misma altura de Chaplin o Keaton, un genio tan prodigioso, carismático y todoterreno que solo con su presencia salva (y requetesalva) cualquier film, por muy guión cutre y edulcorado que tenga.

Después de revisionar bastante de sus películas elijo El Profe por elegir una cualquiera, pues todas son igual de espléndidas y mediocres a la vez, espléndida por una parte porque ver a Cantinflas actuando es una gozada, disfrutando de su enorme talento en cada una de sus palabras que dice, o en cada uno de sus cariturescos movimientos; pero por otra parte, mediocre porque todos esos guiones desprenden una banalidad, simpleza y mediocridad indigna de un artista de su categoría.

Y es que todos sus films pecan del mismo tono de folletín recargado de moralismo, civismo, educación y crítica social por todas partes. Y eso que reconozco un gran valor de poder hacer crítica social en las comedias, pero no a ese nivel que llega al hastío, pues su excesiva carga moralista, reivindicativa y defensora de las desigualdades sociales acaban por ser un lastre en la historia. Si solo se insinuasen sutil, discreta y convincentemente serían buenas películas, pero ahora bien, que la película sea un continuo folletín para reivindicar, criticar y denunciar todas las injusticias acaba anulando el tono de comedia general. Aunque quien sabe, a lo mejor es que no pretenden hacer comedia.

En fin, menos mal que Don Mario Moreno Cantinflas, como todo genio que se precie, está por encima del bien y del mal, y eso repercute que sus películas sean siempre inmortales, aunque el celuloide del que estén hechas sea de tan mala calidad.

The silent movie (1976) por El Despotricador Cinéfilo


The silent movie
(1976) (cuyo horroroso e incompetente título en España me avergüenzo hasta de escribir: La última locura de Mel Brooks), es una película totalmente fallida, y es una pena, porque partía de una excelente idea muy divertida. De hecho, el guión en sí mantiene continuamente muy bien el equilibrio entre la comedia y el sincero homenaje al slapstick más puro (sobre todo el de Chaplin y Keaton), conteniendo además un par de gags geniales muy destacables, como la escena de la ducha con Burt Reynolds o la caravana inestable de James Caan (homenaje directo a la chaplinesca La quimera del oro). Entonces ¿qué falla?, pues lo que falla en todos los films de Mel Brooks (salvo en El jovencito Frankenstein). Y es que se cree tan original, gracioso y divertido con sus chistes que los estira tanto acaban por perder toda la gracia, los gasta y malgasta así todo su sentido, haciéndose pesados y rutinarios, incluso vulgares. Si tuviera la inteligencia de no estirarlos entonces probablemente el 90% de ellos serían geniales (pero claro, entonces la película duraría solo 20 minutos), por esa misma razón es tan efectivo el chiste de Burt Reynolds en la ducha: por su brevedad.

Es una verdadera pena (en esta y en la mayoría de sus films) que el egocentrismo egolatra del señor Brooks se regodee tanto en su propia gracia hasta hacerla insulsa, aburrida y pesada. Más le valdría haber aprendido de sí mismo cuando escribía los concisos, breves y divertidísimos guiones de El superagente 86, y es que los cineastas que son tan geniales en sus comienzos caen en tal frustración de no poder superarse que suelen caer en el lado facilón de la comedia y malgastar así su indudable talento (que el señor Brooks lo tiene, pero muy escondido).