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Los hermanos Karamazov (1958) de Richard Brooks (por El Despotricador Cinéfilo)
Hasta hace bien poco nunca había visto la popular película Los hermanos Karamazov
(1958, Richard Brooks), un film que ya desde niño leí en libros de cine
críticas muy negativas y poco favorables. Pero como Richard Brooks
tiene en su haber un buen puñado de obras magistrales (y alguna que otra
Obra Maestra) pues me animé a verla con muy pocas esperanzas de que me
gustase. Y vaya por donde, me gustó.
Puede que no sea en absoluto un film redondo y por supuesto dista mucho de estar entre lo mejor de su interesante director, pero es un producto más que digno con un reparto espléndido encabezado por el siempre carismático Yul Brynner y un extraordinario Lee J. Cobb en uno de sus mejores e inolvidables personajes. Es decir, un film entretenido, bien interpretado y de una factura impecable.
El problema de que a mucha gente no le guste es, como siempre, no tener la capacidad de poder separar la película de la novela de Dostoievski en la que está basada. La novela del genial escritor ruso es una de las más altas cotas que se han alcanzado en la literatura universal, una obra de importancia seminal en el mundo de las letras y probablemente la novela preferida de muchísimos millones de lectores de todo el mundo. Los hermanos Kamarazov ha sido referenciada y aclamada desde hace más de un siglo como una incuestionable Obra Maestra universal. Y ciertamente lo es.
En cambio la película de Brooks es un típico producto hollywoodiense de los años 50 (incluyendo el inevitable happy end que por supuesto no está en la novela) y que traiciona en muchísimos aspectos la obra original siendo tremendamente infiel e irrespetuosa, aparte de lo imposible de condensar las miles de página del libro en una película de solo dos horas. Pero yo me cuestiono, ¿es esto realmente algo malo? Por supuesto que a todos nos gustaría que tanto la novela como la película fuesen una Obra Maestra absoluta (como por ejemplo pasa con otro clásico de Brooks: A sangre fría) pero es que hay ciertos textos que son imposibles de adaptar, no tienen cabida en el arte cinematográfico y Los hermanos Kamarazov es un ejemplo perfecto. Sé que es muy difícil para cualquiera separar literatura y cine, y por regla general de este combate sale perdiendo casi siempre el cine (salvo en contadas ocasiones que de obras malas o mediocres han surgido memorables films como por ejemplo Lo que el viento se llevó o El padrino).
Por tanto, si no se va a conseguir nunca adaptar y ser fiel al material original del que se parte entonces ¿por qué no deleitarse simplemente viendo la película como lo que es y no intentar buscarle otras cualidades que jamás tendrá? De nada sirve fustigarse y enojarse haciendo comparaciones entre lo creado en un arte y el otro, porque así no se disfruta nunca. Pero, si se es lo suficientemente inteligente de ver una película convencional con ojos inocentes y desprejuiciados, la gozaremos y no nos sentiremos ultrajados por haberse profanado y desdibujado la obra original del autor.
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Puede que no sea en absoluto un film redondo y por supuesto dista mucho de estar entre lo mejor de su interesante director, pero es un producto más que digno con un reparto espléndido encabezado por el siempre carismático Yul Brynner y un extraordinario Lee J. Cobb en uno de sus mejores e inolvidables personajes. Es decir, un film entretenido, bien interpretado y de una factura impecable.
El problema de que a mucha gente no le guste es, como siempre, no tener la capacidad de poder separar la película de la novela de Dostoievski en la que está basada. La novela del genial escritor ruso es una de las más altas cotas que se han alcanzado en la literatura universal, una obra de importancia seminal en el mundo de las letras y probablemente la novela preferida de muchísimos millones de lectores de todo el mundo. Los hermanos Kamarazov ha sido referenciada y aclamada desde hace más de un siglo como una incuestionable Obra Maestra universal. Y ciertamente lo es.
En cambio la película de Brooks es un típico producto hollywoodiense de los años 50 (incluyendo el inevitable happy end que por supuesto no está en la novela) y que traiciona en muchísimos aspectos la obra original siendo tremendamente infiel e irrespetuosa, aparte de lo imposible de condensar las miles de página del libro en una película de solo dos horas. Pero yo me cuestiono, ¿es esto realmente algo malo? Por supuesto que a todos nos gustaría que tanto la novela como la película fuesen una Obra Maestra absoluta (como por ejemplo pasa con otro clásico de Brooks: A sangre fría) pero es que hay ciertos textos que son imposibles de adaptar, no tienen cabida en el arte cinematográfico y Los hermanos Kamarazov es un ejemplo perfecto. Sé que es muy difícil para cualquiera separar literatura y cine, y por regla general de este combate sale perdiendo casi siempre el cine (salvo en contadas ocasiones que de obras malas o mediocres han surgido memorables films como por ejemplo Lo que el viento se llevó o El padrino).
Por tanto, si no se va a conseguir nunca adaptar y ser fiel al material original del que se parte entonces ¿por qué no deleitarse simplemente viendo la película como lo que es y no intentar buscarle otras cualidades que jamás tendrá? De nada sirve fustigarse y enojarse haciendo comparaciones entre lo creado en un arte y el otro, porque así no se disfruta nunca. Pero, si se es lo suficientemente inteligente de ver una película convencional con ojos inocentes y desprejuiciados, la gozaremos y no nos sentiremos ultrajados por haberse profanado y desdibujado la obra original del autor.
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Yo creo en ti (1947) por El Despotricador Cinéfilo
Es curioso, a la par que divertido, el gran poder de convicción que tiene el buen cine, aunque adolezca de ciertas lagunas argumentales más que evidentes. Incluso Obras Maestras incuestionables como El exorcista (1973, William Friedkin) o Encuentros en la tercera fase (1977, Steven Spielberg) plantean algunas cuestiones que no se resuelven, como, por ejemplo, ¿qué tiene que ver toda la excavación arqueológica del principio de Max Von Sydow con lo que ocurre después?, en el caso de la emblemática película de Friedkin, o ¿cuándo, cómo, quién y por qué ha formado a esos señores de rojo al final de la fascinante obra spielbergiana? Por no hablar de ejemplos tan descabellados como el de El sueño eterno (1946, Howard Hawks), donde son tantas las cuestiones policíacas que quedan sin resolver que serían incontables.
Y, sin embargo, nosotros, como espectadores, toleramos que nos engañen de tal manera porque son películas tan absorbentes, convincentes y maravillosas que da igual que tengan esas lagunas en el guión, pues están tan fabulosamente contadas que esas nimiedades argumentales las pasamos (yo creo que subconscientemente) por alto.
Ahora bien, en el caso de Yo creo en ti (1947, Henry Hathaway) es tal el número de preguntas sin respuesta que irrita más de lo normal. E irrita en la resolución final, pues hasta ese momento estamos ante un film espléndido, con un soberbio James Stewart (claro que ¿en qué película no está bien Stewart?) y una excelente dirección de Hathaway que, con gran maestría, precisión, sobriedad y ritmo, nos narra una historia valiente y asombrosa (más aún si se piensa que está basada en hechos reales).
Quedamos, pues, tan absorbidos, conmocionados y fascinados por tan fabulosa muestra de buen cine que nuestro cerebro no quiere preguntarse ciertas cuestiones. El problema reaparece cuando la dejas reposar y empiezan a surgir ciertas dudas que, muy alegre y desenfadadamente, nunca se dan por aclaradas, como, por ejemplo, ¿por qué se exculpa solo a Richard Conte y no a su compañero también inocente? ¿Qué necesidad hay de ampliar la fotografía si con solo comparar las portadas de los periódicos ya se identificaría a qué día pertenece? ¿De quién tiene tantísimo miedo el personaje de la polaca y de quién se esconde? Y lo más importante: ¿quién es el verdadero culpable del crimen de 1932?
¿Debemos ofendernos por que no se nos explique todo esto? Yo, sinceramente, pienso: qué más da, pues lo importante del cine son las tremendas emociones que te transmite y contagia; si además la película es tan perfecta que hasta se beneficia de un guión muy pulido, entonces mejor todavía, pero, desde luego, no por ello dejaremos de disfrutarla. Y, como todo arte, qué maravilloso es disfrutar del buen cine, aunque sea imperfecto.
El exorcista (1973) por Anónima
Comienzo mi colaboración hablando de una película que admiro, probablemente mi preferida dentro del género de terror.
El Exorcista constituye un mito en lo que al cine fanterrorífico se refiere. Supone, además, un hito en la historia del cine: marcó un antes y un después. Es, sin duda, un clásico del cine de terror y algunas de sus escenas forman ya parte del imaginario colectivo.
Su fama de película maldita hizo de ella un film temido. Muchos son los que aún hoy no se han atrevido a verla, pero nadie la desconoce.
La interpretación de los actores fue inmejorable; la dirección, magistral. El argumento trata el caso particular de una posesión diabólica y de su exorcismo, tema que no ha perdido actualidad con el paso del tiempo, y, por extensión, la difícil cuestión del bien y del mal, de cómo el mal puede encarnar en lo más inocente y puro que podemos imaginar, una niñita de pocos años. El tema no supone ninguna novedad, como tampoco lo es la representación del mal como algo visiblemente feo, horrible, grotesco y repugnante encarnado en esa niña de rostro hinchado, plagado de cicatrices, que escupe guacamole, que blasfema y actúa de forma impropia para su edad.
El mal verdadero no es tan fácil de ver, pero, a veces, resulta más lejano. Lo identificamos con guerras, catástrofes, genocidios y no tenemos en cuenta que el mal también está entre nosotros, dentro de nosotros mismos y en muchos actos cotidianos. ¿Qué puede haber más terrorífico que el hecho de ver reflejado a Satán, la representación del mal, en tus propios hijos? ¡Cuántos padres mirarían a sus hijos con recelo y hasta con temor después de ver esta película!
Desde luego, no podemos decir que sea uno de esos films en los que el tiempo sólo ha dejado polvo, una pátina especial lo cubre.
Y sin embargo, en las nuevas generaciones de adolescentes que se acercan a él no produce, a veces, más que hilaridad. Nosotros mismos, los jóvenes o adultos de hoy, volvemos a ver la película y no podemos reprimir en ocasiones una respetuosa risa, olvidando las pesadillas y obsesiones que nos produjo la primera vez que la vimos. ¿Qué ha pasado? Quizá el problema sea que se trata de una película hija de su época y debemos mirarla con las lentes de entonces.
Han sido tantos los films que han seguido su estela, que han hecho de ella la fundadora de un subgénero dentro del género de terror, pero, al mismo tiempo, la han trivializado. A eso debemos añadir el realismo espeluznante que se ha conseguido en muchas películas, unido esto a lo acostumbrados que están hoy en día nuestros ojos a ver toda clase de atrocidades con sólo encender el televisor. Todo ello ha hecho que El Exorcista ya no impresione y que hasta los diálogos resulten a veces pueriles, fomentado a su vez por la banalización que se hizo de la película y hasta ridiculización del personaje de la niña por parte de humoristas.
Todos estos factores que la han convertido en un clásico y en pionera y fundadora de un subgénero, también han hecho que pierda impacto visual.
No obstante, la película sigue envuelta en un halo de misterio y cumpliendo, a pesar de todo, su principal objetivo, producir miedo en el espectador.. Y hasta esa sonrisa que a veces nos provoca, se nos congela inmediatamente en la cara convertida en una mueca de terror.
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