Confieso que los primeros minutos de Birdman me emocionaron. Unos créditos en plan setentero aderezados con una percusión electrizante, demente e hipnótica. Me dejaron como conejo ante focos de automóvil. Y como primer sorbo, un Keaton esquizo levitando en tarzanetes. "Peliculón!", me dije. Incluso el cartel, en su sencillez indie, prometía. Paré máquinas, silencié a los demonios y me puse en modo cinéfilo onanista en el sofá, suponiendo que iba a disfrutar de hora y pico de arte. Mi gozo en un pozo. Tras la creativa primera escena, una diarrea incontrolada de actores haciendo que hacen son actores que hacen que son actores. Unas interpretaciones forzadas, histriónicas, gritonas, tan incómodamente tensas como un evaluado en Selectividad. Unos diálogos más rebuscados que un ofertón en las rebajas. Mi opinión es que las pasadas vacaciones Iñarritu se hinchó del primer y brillante Tarantino y ha querido emularle. Y cae en unos descalabros tan falsamente estudiados como mostrar a un Edward Norton en presenten armas segundos después de mostrar a un Keaton que a nivel vital se desmorona. Se lo paso a un novel que acaba de salir sudando y nerviosete de...