Sería Febrero o Marzo de 1991 cuando, en plena adolescencia, me fui entusiasmado al cine a ver el estreno de El Padrino III, pues, desde que vi los dos primeros Padrinos, me enamoré, al igual que muchos otros millones de personas, de esas dos inmensas Obras Maestras de Coppola, hasta el punto de pontificar ya entonces acerca de la calidad de El padrino II: la mejor película de la historia del cine (opinión que sigo manteniendo 20 años después tras haber visionado miles de films).
Por ello, mi decepción con El padrino III fue mayúscula porque, a pesar de tratarse de una película más que notable, poco o nada tiene que ver con sus míticas y clásicas antecesoras (y desde el minuto uno de la película, además), ya que es imposible, absolutamente imposible, que Michael Corleone, tal y como acaba el personaje en la segunda entrega (corrompido, amoral, hundido psicológicamente, agrio, amargado y derrotista), en la tercera parte, aunque hayan pasado muchos años, despliegue ese sentido del humor, esa simpatía, ese encanto, esa alegría y esa debilidad por redimirse impensable en el Michael Corleone que todos conocíamos.
Pues bien, exactamente lo mismo, aunque, lógicamente, a una escala menor (el Wall Street original de Oliver Stone no se puede comparar con los Padrinos ) me ha ocurrido con este Wall Street: el dinero nunca duerme. Y eso que debo reconocer que cuando vi en mi niñez la primera parte no me gustó mucho e incluso me disgustó el Oscar concedido a Michael Douglas. Pero poco a poco, con el paso de los años, volví a verla y mi apreciación por la película subió muchos enteros (por utilizar un irónico símil económico) y el Gordon Gekko de Michael Douglas ha pasado a formar parte de esos clásicos e indelebles personajes cinéfilos que acaban marcando.
Por eso, ahora, en esta tardía secuela 23 años después, no puede considerarse más que decepcionante, porque todo el atractivo del jugoso personaje de Gordon Gekko ha desaparecido por completo. Es decir, no hay ni rastro de la malicia, mordacidad, fuerza, maldad, energía, ironía, sarcasmo, inteligencia y amoralidad del personaje original; se han esfumado por completo. Lo han ablandado, desmitificado y debilitado a unos extremos vergonzosos. Puedo llegar a entender que el paso por la cárcel pueda cambiar a las personas y hacer que lleguen a redimirse, pero ¿a esos extremos? ¿Es posible dar un giro total de 180 grados, y más en una personalidad tan marcada como la de Gekko? Eso, al igual que pasó con Michael Corleone, es un delito cinematográfico.
Quizás si hubiesen hecho una película totalmente distinta, solo con los personajes Labeouf, Mulligan, Langella y Brolin hubiese resultado un film aceptable. Pero aprovecharse de la fama de la película original y profanar y empañar así el buen recuerdo de un personaje como Gordon Gekko es algo inadmisible.
ccc
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Transformers (2007) por Betomovies
Transformers es una película que busca directamente la grandilocuencia y la fanfarronería ficticia con el sólo objetivo de entretener. Nada nuevo si el director es Michael Bay.
La propuesta es apenas aceptable, porque nadie podrá negar que el camino para lograr una obra al menos decente estaba allanado: gran presupuesto, una serie de dibujos animados que trae sus fanáticos, las expectativas de ver a esos robots transformables mezclados con indefensos humanos en la gran pantalla con todo el despliegue infográfico de última generación, etc. Mucha ansiedad, sólo un temor: Michael Bay.
Pues se confirma nuevamente que lo de este director es presentar productos comerciales al 100% que no pueden nunca trascender más allá de la acción pasatista y palomitera.
Michael Bay propone una cinta que en varias ocasiones irrita con su humor inefectivo, no entusiasma con la trama simplona repleta de vértigo y efectos especiales pero carente de emociones válidas y de intriga, embarulla con tanto ajetreo y sacudida en las secuencias de batallas donde supuestamente estaría el punto fuerte, exaspera con la gran cantidad de actores que están para ofrecer caras bonitas y cuerpos torneados en vez de actuaciones convincentes (en esto quiero hacer la salvedad de todo el esfuerzo y el despliegue de un Shia LaBeouf que puede rescatarse de la media generalizada), apenas respeta la historia original de la serie simplificándola y comercializándola al máximo.
En fin, nadie puede negar que la película es impactante desde lo visual, pero esos sugerentes robots transformables se merecían algo mejor orquestado desde el guión, como para rememorar la magia de aquella serie japonesa de los ochenta que tanta intensidad poseía.
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