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Al final de la escapada (1960) de Jean-Luc Godard (por Álvaro de la Cueva)
Por la boca muere el pez.
Decían algunos de los maestros del séptimo arte:
- "Para mí, el cine son cuatrocientas butacas que llenar" (Hitchcock)
-"He hecho películas que a mí me hubiera gustado ver: yo sólo quiero ver películas que me entretengan” (Billy Wilder)
- Tengo diez mandamientos. Los nueve primeros dicen: ¡no debes aburrir!"(Howard Hawks)
La humildad en los propósitos de estos grandes cineastas explica quizás por que muchas de sus obras son -en términos generales-, consideradores clásicos del cine, imperecederos y de autentica modernidad a 50, 60 años e incluso 70 años vista.
Godard, por el contrario, soltaba soflamas muy trascendentes y campanudas que bien analizadas se revelan como autenticas majaderías:
- “Una Historia debería tener un principio, un nudo y un desenlace, pero no necesariamente por este orden”
- “Lo que quiero es destruir la idea de cultura... La cultura es una excusa del imperialismo”
Tan titánicos y heroicos propósitos puede explicar por que vista hoy Al final.. resulta tan rotundamente rancia y ridícula.
Se suele dar la paradoja de que las obras rupturistas, que pretenden crear un orden nuevo en el mundo del arte, no superan la prueba del mejor crítico que es el paso del tiempo.
Y hoy el interés de la película se encuentra entre el cero y la nada.
Godard pudo embaucar en su momento a alguna alma cándida. Yo me fío mas del criterio del maestro Wilder que tardo poco en desenmascarar la patraña:
"Comprendo sin dificultad por qué Godard ha podido por sí sólo exterminar varias empresas productoras".
- "Para mí, el cine son cuatrocientas butacas que llenar" (Hitchcock)
-"He hecho películas que a mí me hubiera gustado ver: yo sólo quiero ver películas que me entretengan” (Billy Wilder)
- Tengo diez mandamientos. Los nueve primeros dicen: ¡no debes aburrir!"(Howard Hawks)
La humildad en los propósitos de estos grandes cineastas explica quizás por que muchas de sus obras son -en términos generales-, consideradores clásicos del cine, imperecederos y de autentica modernidad a 50, 60 años e incluso 70 años vista.
Godard, por el contrario, soltaba soflamas muy trascendentes y campanudas que bien analizadas se revelan como autenticas majaderías:
- “Una Historia debería tener un principio, un nudo y un desenlace, pero no necesariamente por este orden”
- “Lo que quiero es destruir la idea de cultura... La cultura es una excusa del imperialismo”
Tan titánicos y heroicos propósitos puede explicar por que vista hoy Al final.. resulta tan rotundamente rancia y ridícula.
Se suele dar la paradoja de que las obras rupturistas, que pretenden crear un orden nuevo en el mundo del arte, no superan la prueba del mejor crítico que es el paso del tiempo.
Y hoy el interés de la película se encuentra entre el cero y la nada.
Godard pudo embaucar en su momento a alguna alma cándida. Yo me fío mas del criterio del maestro Wilder que tardo poco en desenmascarar la patraña:
"Comprendo sin dificultad por qué Godard ha podido por sí sólo exterminar varias empresas productoras".
Ascensor para el cadalso (1957) de Louis Malle (por El Despotricador Cinéfilo)
¿Por qué será que cada vez que nos enfrentamos a una película de la "Nouvelle Vague" tenemos tendencia a encumbrarla como Obra Maestra y a considerarla un referente de la cultura popular cinematográfica europea? ¿Por qué todo lo que huele -o habría que decir tufa- a "Nouvelle Vague" tiene ese tufillo pseudointelectual repelente y pretencioso tan típico de los autores franceses de este movimiento?
Pues bien, a pesar de estar ya a estas alturas de mi vida muy escaldado por los bodrios insufribles de la nueva ola francesa de los 50 y 60, me enfrenté a este Ascensor para el cadalso con mucha ilusión, pues Louis Malle es, junto a Truffaut, el único autor no soberanamente coñazo de estos creadores de tedio, desesperación y aburrimiento. Sabía que Malle no me decepcionaría y que su película sería al menos entretenida. Pues bien, ¡qué equivocado estaba!: a pesar de empezar francamente bien, con mucho interés, ritmo, acción y suspense, acababa regododeándose en los peores tópicos del cine francés de esos años.
A los 30 minutos de metraje toda la energía, acción y fuerza de la película (digna del mejor Hitchcock, al que implícitamente homenajea) se diluye totalmente y queda solo una sucesión de planos interminables que muestran la angustia del rostro de Jeanne Moreau (a lo que Hitchcock hubiese dedicado 25 segundos Malle le dedica 25 minutos), incoherencias ridículas y brutales en el guión, situaciones completamente irreales e inverosímiles, reflexiones pseudofilosóficas que encima no conducen a nada ni hacen avanzar la acción, música jazzística machacona e inadecuada y, lo peor de todo, insufribles y trascendentales diálogos entre personajes cuyo único interés reside en ver cómo crece la hierba tras ellos; de ahí que se eternicen dichos diálogos.
Ay, entiendo que era la primera película de Malle y que estaba todavía demasiado influenciado e inspirado por Godard y compañía, pero ¡cuantísimo ganó este director cuando empezó a hacer su propio cine lejos de esas nefastas y obsoletas influencias!
Pues bien, a pesar de estar ya a estas alturas de mi vida muy escaldado por los bodrios insufribles de la nueva ola francesa de los 50 y 60, me enfrenté a este Ascensor para el cadalso con mucha ilusión, pues Louis Malle es, junto a Truffaut, el único autor no soberanamente coñazo de estos creadores de tedio, desesperación y aburrimiento. Sabía que Malle no me decepcionaría y que su película sería al menos entretenida. Pues bien, ¡qué equivocado estaba!: a pesar de empezar francamente bien, con mucho interés, ritmo, acción y suspense, acababa regododeándose en los peores tópicos del cine francés de esos años.
A los 30 minutos de metraje toda la energía, acción y fuerza de la película (digna del mejor Hitchcock, al que implícitamente homenajea) se diluye totalmente y queda solo una sucesión de planos interminables que muestran la angustia del rostro de Jeanne Moreau (a lo que Hitchcock hubiese dedicado 25 segundos Malle le dedica 25 minutos), incoherencias ridículas y brutales en el guión, situaciones completamente irreales e inverosímiles, reflexiones pseudofilosóficas que encima no conducen a nada ni hacen avanzar la acción, música jazzística machacona e inadecuada y, lo peor de todo, insufribles y trascendentales diálogos entre personajes cuyo único interés reside en ver cómo crece la hierba tras ellos; de ahí que se eternicen dichos diálogos.
Ay, entiendo que era la primera película de Malle y que estaba todavía demasiado influenciado e inspirado por Godard y compañía, pero ¡cuantísimo ganó este director cuando empezó a hacer su propio cine lejos de esas nefastas y obsoletas influencias!
El desprecio (1963) por Father Caprio
Como creo que ya quedó patente en un comentario anterior, mis relaciones con el llamado cine de autor no atraviesan un buen momento. Uno de los genios de este mundo del celuloide, universalmente reconocido es Jean-Luc Godard, al que no voy a presentar aquí. Director de películas tan afamadas como “Al final de la escapada” ó “Pierrot el loco” y también allá en 1963 de “Le mepris” (El desprecio).
Me doy cuenta que en ciertos círculos cinéfilos, los comentarios negativos sobre aspectos concretos de su filmografía son inmediatamente contrarrestados con argumentos basados en la idiosincrasia personal del autor, en su forma de ver la realidad, en su pertinaz deseo de dejar su impronta en todos sus trabajos. En definitiva, que por encima de guiones, historias y otras zarandajas que casi no vienen a cuento, destaque con todas las luces de neón encendidas el nombre de Godard.
Esta reivindicación de la autoría la supieron hacer mejor que nadie los directores franceses. Sus películas no eran de Belmondo ni de Jeanne Moreau por citar solo dos actores de la época, eran películas de Godard ó de Truffaut. Y bueno, hay que reconocer que estaban en su derecho. Y a eso se le ha llamado cine de autor.
Pero a este que aquí escribe, le gusta encontrar guiones consistentes y con interés. Las filosofías existencialistas suelen aburrir y producen somnolencia. Los cuerpos maravillosos también acaban cansando si no se les dota de alguna que otra frase coherente. Y si al elenco de personajes unimos, como actor, a un director consagradísimo de la talla de Fritz Lang pues los seguidores de este cineasta alemán nos sentimos bastante desconcertados oyéndole hablar de dioses, héroes y otras historias homéricas incomprensibles para la mayoría de los mortales.
Pero eso sí, la película es Godard, los colores, el rojo, el blanco destacando sobre azules, los carteles, las referencias cinéfilas. ¡Ah, ¿Es de Godard, verdad?! “La crème de la crème” Pues miren, aunque se molesten algunos. No me gustó. Y lo siento. Hasta los dioses hacen obras mediocres.
Al final de la escapada (1960) por Taylor
Todo cinéfilo que se precie debe ver sí o sí films como A bout de soufflé (Al final de la escapada. Otra cosa es que, sugestionados por el enorme impacto que en su momento provocó la peli de Godard en particular y la “nouvelle vague” en general, debamos mear bechamel sí o sí ante la mayor chapuza narrativa que ha dado el cine europeo.
Seamos serios. Godard era un gamberrete, uno de esos petulantes e iluminados niños de papá que creyeron que dinamitando la sintaxis cinematográfica iba a convertirse en el Picasso del séptimo arte. Afortunadamente, el lenguaje cinematográfico volvió a su cauce y los desvarios anarquistas, nihilistas y antiburgueses de Jean-Luc quedaron como lo que son hoy en día: estrambóticos experimentos que solo salen a la luz cuando, de vez en cuando, algún “gafapasta” con cuatro clases a sus espaldas flipa en colores hablándote de falsos raccords, saltos de eje, asincronías y demás espasmos visuales.
Le adjudico cierta valoración porque Jean Paul Belmondo (impagable chico Martini) y Jean Seberg (bellísima) forman un pareja excelente y porque, como experimento, la cogorza de Godard fue original e innovadora en su época e iluminó a futuras generaciones de cineastas que, gracias a Dios, supieron emplear muchos de estos recursos gramaticales con mayor cordura y mesura.
De repente, el último verano (1959) por Vircenguetorix
Todos los grandes del cine -y Mankiewicz lo es- tienen algunas películas que están aupadas y consideradas más de lo que son, por el simple motivo que ese autor tiene suficientes obras maestras como para que llegue un momento que sea complicado ser crítico con él con tanta perfección. Eso le pasa a Ford, a Kurosawa, a Godard, a Buñuel, a Lean... a todos.
Es como cuando el empollón de la clase le ponían siempre sobresaliente. ¿De verdad creen que hacía los exámenes tan bien? Pues claro que no, pero la vida es consecutiva y consecuente, por lo tanto causal, y todo se arrastra, lo bueno y lo malo.
De repente, el último verano me parece una obra bastante fallida de Mankiewicz que intenta beneficiarse del contenido morboso de la historia y del prestigio de los guionistas, unido a un colorido y prestigioso reparto para hacer una obra ante todo provocadora. Sin embargo la película va y viene, y son igual de memorables sus excelentes minutos, que los tiene, como los más soporíferos y estridentes, de los cuáles prefiero no recordar.
Hay dos grandes lunares en esta producción. La primera la falta de acierto en el manejo del factor tiempo en el uso cinematográfico. La duración de las escenas no tiene correlación con la evolución de los personajes. Vemos como se insertan ciertos trucos temporales que no funcionan, al más estilo Agatha Christie Como en la última escena, el que parecía cuerdo ahora está loco y viceversa, eso no ayuda en absoluto a la verosimilitud de la película porque esto es cine no teatro, y existen las elipsis.
Además si toda la película se apoya en las interpretaciones para contar la historia de Sebastián, ¿por qué utiliza Mankiewick en toda la escena final una imagines revestidas de blanquecina ensoñación para transmitir el horror? ¿No está acaso seguro del texto, de las interpretaciones o simplemente de la capacidad del público para entenderlo, o de él mismo para hacerse entender? En cualquier caso es fallida, y podemos apuntar que es tan interesante como desagradable, y tan aburrida como impactante. Demasiadas alternancias polares en una película que la censura en España machacó y que ahora podemos visionar íntegramente en DVD.
Entre copas (2004) por José Luis Martínez Orea
Creo que es la quinta vez que veo Entre copas, película sobre vino, concretamente de la cosecha de 2004. La uno en el recuerdo de vino y cine a la lista de Campanadas a medianoche, Comer, beber, amar, Días de vino y rosas, Días sin huella, La grande bouffe, Las uvas de la ira, La leyenda del santo bebedor, Providence, Tierra, Un buen año, Un paseo por las nubes.Y además, entre otras, Entre copas.
El título de la distribución podría haber sido, en vez de Entre copas, Entre vinos o Entre amigos o cualquier otro, ya que el Sideways del original alude al carácter de los protagonistas, su fracaso profesional y personal, su deriva amorosa, el andar tocados del ala, al garete, escorados como el Titanic después de lo del iceberg. Forzando un poco más la traducción, podría haber sido perfectamente Entre sopas.
Creo que es la quinta vez que veo la película y cada vez me he preguntado lo mismo: ¿de qué trata en realidad esta película que aparentemente sólo habla de vino? Y, ya se sabe, que, cuando uno se hace este tipo de preguntas, es porque se trata de más cosas de lo que parece, se está hablando de varias cosas a la vez.
En primer lugar de vinos. ¿Recordáis Días de vinos y de rosas en las que sólo se bebía whisky? no. Aquí sólo se bebe vino. Vine y cine parodiando el dicho de "in vino, veritas", "la verdad a veinticuatro imágenes por segundo". Si en la oscuridad de la bodega el vino madura, así el cine nace con una naturaleza subterránea, fantasmagórica, de iluminar las sombras. No hay más que ver en la copa, al trasluz, la estructura inestable, orgánica, tumultuosa del vino, para estar viendo cine. Y también los pámpanos, las botellas, la luz solar del paisaje californiano, las filas de las vides, ya que los auténticos protagonistas de esta película, casi únicos, son el vino y el cine.
Se parte de la idea de que la ebriedad es una condición fisiológica del arte. El don de la ebriedad de Claudio Rodríguez: "La más honda verdad es la alegría". Elixir que se busca, paraíso artificial, copas y copa. Podría traer a colación a Baudelaire, pero baste la copla del calendario zaragozano: "Bendito sea Noé,/que plantó el primer sarmiento;/a unos quita la sed,/a otros el entendimiento."
Y, al revés, nadie ha explotado tanto la idea de fracaso con el vino como el cine. El licor, medicina que anestesia (películas del Oeste); que sutura las heridas del alma (Maia, la hermosa camarera del restaurante); que hilvana la memoria de los memoriosos (Miles, el tacto de un racimo le evoca, sin decirlo, la carne de su mujer amada y perdida); el que ata los afanes (la pareja de amigos y sus invitadas); el que anuda la vida de los solitarios (prácticamente todos); el que hace que fluya la conversación, las confidencias, el humor, el deseo; el que inhibe desinhibe (se habla de vino por no hablar de sí mismo).Sí, en el vino verdad, alegría y terapia.
Si es cierto que todos los amantes y desengañados del amor en esta película beben, no todos aman el vino en el mismo grado. Miles, buen bebedor, experto catador, bebe más de la cuenta, ama el vino, sabe que el vino forma parte de la vida y es su vida. Jack, simple amigo de Miles y del vino, complaciente bebedor, busca en el vino otras cosas. Maia es la verdadera compañera de Miles, entendida, también ve en el vino toda la vida, intenta a través de él comprender el universo.
La amistad de los que beben, quizás el tema central de la película, ya que el argumento transcurre entre estos dos amigos, Miles y Jack. Entre el escritor que no encuentra editor a su novela mamotreto, y el viejo actor de series televisivas que nadie contrata ya. Entre el abandonado divorciado y el que hace su viaje de soltero antes de casarse. Entre el reconcentrado y pesimista Miles, con su reserva intelectual, su capacidad de análisis y su gran sorna, y el galán en retirada, Jack atolondrado, que es seguramente el que más necesita, robándole incluso tiempo a su donjuanismo, de la amistad. Dos amigos que beben, hablan, callan. De ese enfrentamiento o de esa pugna trata la película.
Y de la pugna del amor. Miles, monógamo divorciado y en perenne fracaso; Jack, mujeriego, con quien sea y como sea (rica, gorda, china), que se resiste a abandonar su soltería monógama: Dos antagonistas cómplices. Miles que no puede olvidar después de dos años a la que cree su mujer única, viaja más que nada para recordarla. Jack, cuyo donjuanismo le hace ponerse en situaciones ridículas (la cartera, el árbol). Son ridículos ambos por sus historias respectivas de amor. Pero también nace el amor en esta película. También el amor, bebiendo, de forma casi misteriosa, llega a esta película. "Porque mejor que el vino son tus amores", decía Salomón. A mí lo que más me gusta de esta película precisamente es la metáfora de hablar de vino cuando hablan de amor; y al revés. En el momento más íntimo Maia pregunta a Miles:¿Y a ti por qué te gusta tanto el Pinot Noir?". La contestación y el diálogo siguientes es una de las mejores definiciones de amor además de una perfecta declaración. Y también un momento sublime cinematográfico, al que asistimos bebidos o embebidos en la pantalla.
Y el viaje. Tiene mucho Entre copas de épica antigua, de héroes o antihéroes que se echaban al mundo a ver. O a beber. También de ridícula pareja cervantina por californianas tierras que no manchegas. Y de las infinitas películas del Oeste, buenas y malas en las que dos cabalgan juntos. Tiene mucho de road movie, película de amor y viaje, de amistad y de paisaje. Se viaja por lugares, viñedos, tierras bodegas, carreteras, moteles, de cata en cata, por las dos o tres cosas por las que se viaja siempre: para cumplir un destino, para la búsqueda o la huida, y también entre tanto, para los brindis infinitos.
Y finalmente no voy hablar de los maravillosos actores (todos),ni de los paisajes, ni de la dudosa elección de las bodegas de origen francés, ni del humor ni de la música, porque al comienzo dije que hablaría sobre "¿de qué trata esta película que aparentemente sólo trata de vino?, pero sí hablaré de cine. Alexander Payne ha logrado en esta película una de las exigencias más profundas de toda poética, decir más con lo que se dice, sin que nada admita ser dicho de ninguna otra manera. La verdad cinematográfica. "La verdad a veinticuatro imágenes por segundo" (Godart). In vino veritas. Con el vino no sólo se ve doble sino el doble. Acaso la metáfora visual de esta película. Creo que es la quinta vez que he visto el doble.
Yo te saludo, María (1985) por Anónima
Yo te saludo, María es uno más entre los muchos intentos fallidos que se han sucedido a lo largo de la historia del séptimo arte de dar una versión cinematográfica adaptada al siglo XX de un relato bíblico.
En esta película Jean-Luc Godard pretende actualizar la historia de la virgen María adaptándola a los tiempos modernos, no tratando de acercarnos esas figuras hoy tan lejanas de las Escrituras y hacérnoslas más fácilmente comprensibles, sino dando su visión particular sobre el tema. El resultado es un relato difícil de entender contado desde un punto de vista irreverente y hasta blasfemo del dogma de la Inmaculada Concepción.
A través de la paráfrasis del misterio de la Natividad Godard reflexiona sobre su propio trabajo como cineasta, sobre la gestación de las películas, a la cual otorga cierto carácter sagrado.
"Yo te saludo, María" o lo que podríamos llamar el Evangelio según Godard, aparece precedido del corto "El libro de María", que actúa como prólogo, aunque no alcancemos a comprender la relación entre uno y otro filme, aparte del nombre de la protagonista y de una técnica narrativa similar. Y es que resulta difícil penetrar los enigmas godardianos, apenas podemos vislumbrar el sentido de su palabra.
Godard nos presenta su parodia con aparente objetividad, imitando el estilo bíblico al ofrecernos su testimonio con una cierta falta de emoción, sin apasionamiento, y al hacer aparecer a lo largo de la película las palabras "en aquel tiempo". Sin embargo, las imágenes que jalonan el filme, estratégicamente situadas para ilustrar o dar fuerza a las palabras y a las escenas, son de una belleza visual impresionante y de una enorme expresividad.
Al adaptar los personajes bíblicos los altera y los deforma de tal manera, que resultan inverosímiles.
La figura de José es ninguneada y hasta ridiculizada. En lugar de hombre justo y baluarte de María parece un pelele en manos de ésta.
María es una muchacha neurótica, maleducada y grosera, sobre todo con José, que juega al baloncesto y ayuda a su padre en una gasolinera. Si bien existe una cierta irreverencia al mostrárnosla retorciéndose en la cama con ataques histéricos o desnuda en el momento de ser fecundada por Dios, se trata de desnudos exentos de obscenidad. Sin embargo, el director suizo roza peligrosamente los límites de la perversión y del incesto en la escena que presenta a Jesús jugando al juego de la ballena bajo el camisón de María.
Más grotesco aún es el ángel Gabriel de "Yo te saludo, María". Godard nos muestra una especie de mendigo con visos de profeta loco que parece sufrir síntomas de síndrome de abstinencia por su nerviosismo y sus ataques de agresividad plasmados a través de los golpes que propina a un atónito José. Sin embargo, aún más sorprendente y hasta divertido es que en el momento de la Anunciación a María este republicano ángel Gabriel se equivoque de texto y, en vez de las palabras adecuadas, diga: "No estaremos tranquilos mientras queden Borbones en España". No sólo parece haber una crítica de los profetas y de los visionarios a través de este personaje, sino de los dogmas, impuestos a cogotazos. "El tabú elimina el pecado", nos dice.
Más desconcertante si cabe es la relación entre el profesor, que parece representar a Juan el Bautista, y Eva.
A las deficiencias propias del filme hemos de añadir, en la versión española, la del título; pues, como bien es sabido, el título original de la película de Godard es "Je vous salue, Marie", frase que constituye el inicio del "Ave María". De manera que el título debería traducirse al español como "Dios te salve, María", pues esa traducción tan literal desvirtúa la intención del título francés.
"Yo te saludo, María" es, en definitiva, otro filme típicamente godardiano en el que se mezclan complejidad y poesía, que fue objeto de una inmerecida atención debido a la polémica desatada a raíz de las críticas sufridas por parte de ciertos sectores católicos, pues no pasa de ser un vástago más, levemente irritante y pretencioso, de este "diletante" (así lo llamó Billy Wilder) director suizo.
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